Con esta canción oí por primera vez tararear a mi hijo con claridad, la cantaba mirando por la ventanilla del coche, atrás en su silla de seguridad, como si estuviera solo.
—¡Life… oh life… oooh liiiiiiife…!
Cantaba flojito intentando imitar la voz de la cantante que sonaba en la radio. Y todo estaba bien, el cantaba a la vida, como debía ser y yo conducía el coche hacia la playa.
Luego pensé en la muerte, a la que nadie canta tiernas canciones, y me alegré de que no sonara algo parecido a eso. Era algo demasiado lejano para él; era inmune a esas cosas.
Algo inconcebible en mi mente por muchos años que pasen para él.

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