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666 y la violencia de género

Publicado: 30 junio, 2011 en Terror
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Menos mal que en mi cueva no da el sol, nunca.

Jamás.

Las rocas se mantienen frescas, el tabaco es más aromático y mis recuerdos más vívidos. De hecho mi memoria no falla en ningún instante, como mi pene… Como mi sed de mal. Sólo pretendía hacerme más asequible a vosotros; un poco más cercano.

Mi pene permanece tranquilo en el fresco trono de piedra, pero durará poco, mi Dama Oscura está excitada porque le cuento algunas historias, y se toca. Coge la mano de unos de mis crueles para que le acaricie frente a mí, con su vagina abierta. Y poco a poco me excita…

El cruel, como buen malvado que es, excitado, le pellizca un pezón. Y mi Dama Oscura le arranca los ojos. Y me hace reír. Mi carcajada resuena en todas las rocas y los crueles se hacen un ovillo protegiéndose de mi agresividad. De mi maldad.

Me acuerdo de aquella muejer maltratada en la calle. Yo estaba buscando una mujer a la que convertir en ninfómana; vereís, la mejor forma de provocar destrozos matrimoniales y de parejas, es crear a una mujer tan sedienta de sexo que destruirá familias y hombres y mujeres.

Pero para convertirlas en ninfómanas se requiere un proceso sexual un tanto aburrido, sin violencia. Y eso me aburre un poco. Pero un día de estos ya os lo contaré, para que luego vayáis a joder con vuestras parejas, excitados y sudados.

Ahora os contaré de una mujer, (una primate) que me llamó la atención cuando su marido en mitad de la calle le dio un puñetazo en un pecho. Cuando cayó al suelo y él la levanto a tirones de cabello. A mí me gustó, me llenó; pero había algo en aquel mono, que me molestaba. Se creía más malvado que yo, más macho. Y ahí se equivocaba.

—Levántate hijaputa —le decía a su rechoncha mujer.

Debería rondar los cincuenta años, como él. Él era un tío bajito y delgado. Muy delgado, con una voz muy potente, de muy macho. Muy borracho. De muy muerto ahora…

No me importa una mierda los motivos. Los seguí ilusionados y aún oía a la primate pedirle perdón, que no la pegara más. Que no se pasaría con el gasto durante el resto de la semana.

—Paco, por el amor de Dios, no me pegues más.

Y él decía continuamente: «Malaputa, malaputa, malaputa…» Y de vez en cuando la golpeaba en la nuca con la mano abierta.

Un viento suave y fresco refrescaba mi frente sudada y de vez en cuando se me cerraban los ojos con placer. De ese refrescante aire; de ese dolor inhumano que infligiría con total impunidad. Con mi desmesurado poder.

Los seguí hasta su bloque de mil apartamentos, un bloque de incultos y pobres primates. Olía a fritanga de mierda, el olor se extendía de las mil cocinas como una muestra de la primate miseria. De adocenamiento revenido.

Y me metí tras ellos en el portal, ni me miraron porque a mí no me dio la gana.

Observé el piso que marcaron en el ascensor y subí más rápido que la máquina. Él abría la puerta del apartamento empujando a la mona adentro para darle una buena paliza, yo me acerqué raudo y los empujé a los dos. Al mono le di un puñetazo en la mandíbula y se la saqué de su articulación, se le quedó torcida y me miraba completamente aturdido. Ella comenzó a lanzar un grito y le destrocé los labios de un puñetazo. Quedó tendida en el suelo mostrándome sus bragas grandes y bastas. Metí la mano y exprimí su culo. Delante de su mono. Es un plus que les ofrezco a los amantes.

Como quiera que el mono intentara hablar, así con desmesurada fuerza su maxilar inferior desencajado y acabé de separarlo abriendo su boca salvajemente a la vez que extraía la mandíbula hacia fuera, un fuerte crujido y el primate sacó toda clase de líquidos por la nariz.

A la mujer le di una fuerte patada en el exterior de un muslo para que fuera espabilando.

Me acerqué mucho a sus ojos cerdos y le dije:

– De morir hoy, no te libras, mono de mierda.

Deberías ver lo gracioso que quedaba con los ojos abiertos y la mandíbula desencajada, cuando se movía por el dolor, la quijada se balanceaba de un modo que seguramente era doloroso. Es que me parto el rabo.

Por cierto, se me ha puesto duro como el acero y le indico con el dedo a mi Dama Oscura que venga y me lo chupe.

Tiene una boca…

Oigo un rumor y tras una cortina encuentro a un ángel, un enviado del jodido dios para intentar arreglar este matrimonio; para salvarles la vida.

Agarro al querubín por los cojones:

– Dile al maricón de tu jefe, que ha fallado, lo arreglaré yo. Y son míos. Estos monos me pertenecen, maricón.

El ángel mira con lágrimas en los ojos al mono y a la mona.

Le doy una patada en el culo para que aligere y se va cantando no se qué mierda clásica (Haendl) con su angelical voz.

Precioso de verdad; pero si vuelve lo descuartizo.

Agarro al marido por la cintura después de haberle roto un par de costillas a patadas y lo ato con su propio cinturón al radiador del pequeño y oscuro comedor. Un comedor deprimente con una sola ventana que deja las paredes interiores en penumbra, así que enciendo las luces y mejora un poco el ambiente.

Le separo las piernas sin preocuparme por los brazos, los cuales al doblarlos en sentido contrario a su articulación, le he reventado los codos. No los puede mover y he tenido que sacudirle de hostias para que no se me durmiera. Hostias como las que da dios, sólo que las mías son putas. ¿Entendeís?: Hostias putas.

Soy lo que rima con joya de ingenioso.

Silbando felizmente a los Rolling y su famosa Angie, saco mi navaja Laglioli de acero inoxidable pulido y clavo la hoja profundamente en su muslo, muy cerca de sus cojones, hago correr el filo unos cuantos centímetros hasta que un chorro de sangre a presión salta a borbotones rítmicos con cada latido de su miserable y cobarde corazón.

Con mi cinturón le practico un torniquete hasta que sangra justo lo que necesito para que se muera poco a poco; sin perderse nada del espectáculo.

Podría haber invadido su mente para que no sintiera dolor, pero no mola.

Desnudo a su mujer delante de él tras haberla despejado con ligeras palmadas en la cara.

Parece sumida en un marasmo intenso y queda desnuda y quieta, inmóvil.

Yo me desnudo también y la obligo a arrodillarse delante de mí. Le apoyo el pulgar en la barbilla para que abra la boca, le meto mi pene en la boca y muevo la pelvis. Mi mano le indica que ha de mover la boca y chupármela. Nos hemos colocado de perfil a su marido para que capte todo el detalle.

Mi pene se ha inflamado como si le hubieran metido aire a presión y su boca se llena.

En un momento dado, sale de su sopor y vomita al darse cuenta de lo que tiene en su boca.

Yo es que me parto.

Pues no es delicada la mona… Seguro que nunca le ha comido el rabo a su asqueroso macho.

La navaja amenaza su garganta y mi mano muy cerca de los ojos de su marido masajea su vagina seca, así que meto los dedos a ver si así corre un poco más de flujo. Ella no reacciona, continúa forcejeando con sus tetas gordas bamboleándose.

He visto cierto odio en los ojos de su marido, odio hacia a mí. A mí ni el puto dios me mira así.

Hay una grapadora en un estante de una librería, así que estiro de uno de sus párpados hasta pegarlo a la ceja y de un fuerte golpe le clavo una grapa. Hago lo mismo con el otro ojo. Y le dejo gritar porque me pone.

Le pego otra hostia a la mujer porque se resiste y mira a su marido con pena. Como si le quisiera, como si temiera por la vida de su verdugo…

Siento un odio ciego.

La planto encima de la mesa del comedor y la penetro sin miramientos, su coño está tan seco que me da un placer extremo, no hay lubricación por su parte y mi glande se frota contra unas paredes elásticas pero ásperas y disfruto. Y disfruto con el dolor y el asco de ella. Disfruto apretando sus pezones hasta el punto de cortarles la circulación.

Y el marido apenas se mueve, la sangre continúa saltando rítmicamente de su muslo y yo resbalo en ella.

Decido invadir la mente de la mujer para que él vea que ella disfruta de un verdadero macho. Me meto en su mente con brutalidad y allí huele mal, así que me tapo la nariz y comienzo a excitar su lóbulo derecho con mis poderosas ondas mentales. Mi otra mano amasa su vagina entera, mi mano exprime su vulva y se va deslizando por su interior, al cabo de unos segundos mis dedos están manchados de una baba fuerte, densa. Ella misma se ha acostado de lado en la mesa con una pierna en alto ofreciéndome su coño mojado. Meto mi polla y resbala suave allí, sus ojos lloran pero sus labios lanzan gemidos de placer, el marido llora sangre mientras la ve chuparse sus dedos con una lujuria intensa.

Y se toca su clítoris embutido en grasa mientras la follo…

Se da la vuelta, porque tiene el coño tan mojado que no nota ya el roce de mi pene. Y abre sus nalgas ofreciéndome su ano oscuro. Yo escupo en él y la penetro con una violencia salvaje, ella tensa la espalda y parece querer separarse de mí, la tomo por la cadera y empujo con fuerza. Mi polla resbala entre su culo ensangrentado. Y empiezan sus jadeos sincronizados con mis embestidas.

El marido parece próximo a perder el sentido, así que le saco la polla a la mona, y le reviento la nariz, el masivo derrame alcanza los ojos que han perdido el blanco.

Y la vuelvo a penetrar con mi pene ensangrentado, su culo está tan irritado que me excita hasta la eyaculación.

Y empujo su mente…

Y mis cojones se contraen, el semen está siendo bombeado al pene, y ella siente toda esa presión. Sus ojos tristes y aterrados, me miran profundamente cuando se lleva mi glande a la boca, pasando la lengua por él, succionándolo de rodillas ante mí, ante el Maldito.

Y me acaricia los cojones sin que su cerebro pueda evitarlo; me lleva hasta su verdugo y cuando la primera gota de semen le llega a la lengua, dirige el pene hacia la cara de su macho, y me corro en la cara del mono, en sus ensangrentados ojos, en su boca abierta y deforme. Y apenas se mueve, su sangre mana muy lenta ya.

Y le cuelgan hilos de blanco semen de su nariz.

Mi vientre se ha contraído tantas veces que me duele. Y mis piernas flaquean.

Ella con asco en los ojos limpia mi pene. Con la lengua.

Yo abandono su mente y vuelve a llorar, abrazándose a su cabrón de marido.

Le coloco la navaja en su mano y ella la mantiene obediente. La policía necesita huellas y entender lo que ha ocurrido sin prestar atención a los “desvaríos” de la primate.

Le penetro el culo sorpresivamente con cuatro de mis dedos y vuelve a sangrar. Grita llevándose las manos al ano destrozado. Y ensucio con su anal sangre los cojones de su puto marido. Para que metan a esta tarada en la cárcel.

Para que se pudra allí.

Acabo de escurrir la poca sangre que le queda a su verdugo introduciendo la mano en la herida del muslo y rasgándola más aún con un tirón seco.

Aúlla y acerco mi boca a la suya metiendo mi lengua en ella, sorbiendo su muerte. Convirtiéndome en muerte.

Tras vestirme y darle un golpe en el cogote a la mujer, como su marido le hacía, me largo cerrando la puerta suavemente.

—Mi Paco, mi Paco… ¿Qué te han hecho, mi vida? —la oigo con asco lamentarse, seguramente abrazando la muerta cabeza de su puto marido.

¿Sabéis lo que pretendía ese dios cabrón con ella?

La quería convertir en una mártir. Ese dios homosexual y folla-niños quería que ella cayera un día bajo el cuchillo de su mono macho.

Y les he jodido su puto plan de mierda.

Soy mejor que vuestro puto dios, al menos le he dado placer, le he dado más años de vida y más dignidad.

Pero sinceramente, estoy seguro de que no ha aprendido; estoy seguro de que un carcelero, día sí y día también la follará por el culo y le dará palizas, tremendas palizas. Pero no morirá pronto. Morirá vieja y apalizada.

No soy un ser bueno, soy un anti-dios.

Y mi Dama Oscura se está acariciando su sexo rasurado mientras mi pene palpita excitado en su boca.

Me voy a correr…

Ya os contaré más cosas otro día.

Secretos, secretitos…

Siempre sangriento: 666

Iconoclasta

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666 y el bebé no muerto

Publicado: 19 abril, 2011 en Terror
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Ha nacido muerto, el pequeño Pablo oscila como un muñeco de goma cabeza abajo cogido por los pies de la mano del médico, que acaba de sacudir sus nalgas a pesar de saber lo muy muerto que está.

El padre lo ha visto, sobre todo la mirada del médico. Y mira fíjamente el pequeño cuerpo sin vida. El no-padre no se encuentra en el planeta, está muy lejos. A millones de años luz del paritorio.

Es increíble como el silencio puede gritar tanto.

-¿Y mi niño? ¿Y mi niño? -pregunta la madre con las pocas fuerzas que le quedan; dando paz al alma al romper el silencio del dolor infinito.

De entre sus piernas flexionadas y separadas gotea una baba rojiza. Y algún cuajarón de sangre.

El bebé, el cadáver parece ser el centro del universo. Un péndulo de carne sucia de un parto oscuro, estéril.

El médico no quiere dar la noticia. Quiere estar en la planta de abajo tomando un café y riendo de tonterías con sus colegas.

La vida es extraña como raro es el cuerpo inerte del bebé. Su cordón umbilical oscila frente a su cara. Ya no le puede molestar.

La enfermera limpia compulsivamente la sangre de la mesa de partos. Tampoco quiere estar ahí. Cada compresa que empapa en la sangre, es un momento de escape de ese universo negro y sin salida alguna. Tan finito como marcan las paredes del quirófano.

Teme el Gran Grito de la Madre. Las madres que lloran por su bebé muerto emiten sonidos en frecuencia de ultra-pena y duele en el alma.

Alguien dice “Lo siento”.

Ha sido el médico, aunque no cree que haya sido su voz.

Tal vez haya hablado el bebé excusándose de su propia muerte.

La gente muere, los bebés deberían respirar, las madres sonreír llorando y los padres deberían estar nerviosos, temblorosos y pálidos por la emoción del parto.

-Rosi, llévalo a la tercera.

La tercera planta es la sala mortuoria. La morgue infantil. A Rosi no le gusta aquel conjunto de neveras pequeñitas como nichos de juguete.

La enfermera envuelve el cadáver en una manta pequeña con el nombre del hospital en sus extremos.

-¿Dónde se llevan a mi niño? -llora la madre.

A Rosi ahora no le importa la morgue infantil, solo quiere salir de ahí.

Ha elegido una manta de color azul. Hay mantas rosas y azules.

Faltan las de color negro, aunque pueda parecer cruel.

Da pena engañarse con una manta azul. Da dolor desenvolver una manta de color de vida con un muerto dentro. Es una macabra ilusión.

Los colores de vida no deberían envolver a la muerte.

El bebé muerto pesa infinito en los brazos y en el ánimo. El ascensor tarda horas en llegar y cuando abre sus puertas se encuentra con un par de médicos en prácticas riendo por alguno de sus chistes idiotas.

El pasillo de la tercera es tan largo como la vida. Ha de caminar más de doscientos metros girando siempre a la izquierda, siguiendo el contorno del enorme hospital pedriático.

Mueren pocos bebés y no se encuentra con nadie. No hay rumor de voces en esa planta. Es el inframundo de los pequeños.

El ruido de sus zuecos resuena en las paredes y la línea roja que guía hasta la recepción del depósito parece no tener fin.

-Soy muy pequeño, no me dejes allí. Es frío, lo sé.

Un escalofrío recorre su espina dorsal y una lágrima de nervios y temor cae sobre la manta azul.

El bebé ríe con un sonido hiriente y terrorífico. Se ríe de su propia broma malvada.

-Duele mucho morir, tú no eres mi mamá. ¿Por qué me llevas lejos de mamá? Tengo hambre. No lo hagas. ¿Y por qué nadie me da calor?

Las piernas de Rosi tiemblan, la puerta del depósito está a escasos treinta metros, a unos treinta y seis pasos.

La inocencia es más potente que la vida. La muerte se mea en la inocencia.

Se detiene y descubre la carita del bebé. Está amoratada, su cuerpo frío como las paredes que los rodean y sus ojos abiertos: enormes pupilas opacas por un velo violeta buscando una luz que no consiguen encontrar. Las escleróticas solo son unos pequeños resquicios que roban toda humanidad que pudiera quedar en su mirada.

Su cuerpo ya no es tan flexible, comienza a haber rigidez.

Los labios azulados intentan sonreír y sólo consiguen crear un instante de inenarrable terror.

Los brazos de Rosi flaquean.

-No me dejes caer. Aunque esté muerto. Llévame contigo, deja que me pudra con un humano calor.

Lo deja caer al suelo y la cabeza del bebé muerto golpea con fuerza contra el pavimento deslucido de vinilo. No se ha roto nada, los huesos son demasiado flexibles aún.

Lo recoge del suelo con el mismo cuidado que si estuviera vivo.

-No quiero más dolor, necesito que me lleves, que me cuides. He sufrido mucho en el vientre de mi madre -el bebé mueve la boca con dificultad, cerrando los ojos por el esfuerzo y apretando sus cárdenos deditos para formar un puño. Su aliento lanza un hedor de sangre corrupta que provoca un mareo en la enfermera.

Rosi intenta tranquilizarse, tiene que llegar al depósito y dejar allí al bebé. Sólo son unos pasos; pero teme la locura. Ahora el terror no viene del pecho oscuro del bebé que se expande y contrae en una enfermiza respiración que provoca un pitido de baja frecuencia que se mete directo en el cerebro para crear una vida imposible y horrenda.

Ahora el terror viene de una enfermedad, Rosi teme que algo se haya roto en su cerebro y provoque esta tremenda alucinación. Ella sabe que puede ocurrir. Un tumor que ha empezado a aplastar el cerebro. Un vaso capilar que revienta arrasando la cordura. Se dan esos casos.

Porque un bebé muerto que lamenta no vivir, no es real. No puede ser real, el mundo no funciona así. Es pecado que un bebé muerto siga sufriendo y no entienda que debe callar, que debe estar quieto. Alguien va a tener que dar una buena explicación por esto.

Se toma el pulso, se palpa la frente buscando fiebre.

Se aparta la negra mano del bebé del pecho que intenta desgarrar su escote porque tiene hambre. Unos obscenos dientes amarillos y rotos que aparecen por sus pequeñas encías sangrantes, asoman hambrientos.

Ante el rechazo, el bebé lanza un grito que se convierte en un llanto desesperado de hambre. Su baba tiene el color amarillento de la piel de los pequeños que mueren con hígados enfermos.

Rosi necesita ayuda, necesita dejar ese bebé del infierno en el único lugar que le corresponde en este edificio. En este lugar, en este planeta. No se le ocurre otro.

Corre perdiendo un zueco y lanzando el otro, los escasos metros que quedan hasta la puerta del depósito.

Cuando abre la puerta, un hombre y una mujer la esperan.

El bebé deja de llorar en ese mismo instante.

Sobre la mesa de autopsias, que se encuentra tras una mampara de grueso cristal, se encuentra el cuerpo destrozado de Abel, el forense.

Siente que su estómago se contrae hasta lanzar a presión la poca comida que le queda dentro.

-El bueno de Abel sufrió todo lo que un ser humano puede sufrir, no temas por él. Su alma está aquí, con nosotros. Se remueve de dolor y no olvida el sabor a mierda de sus propios intestinos, que le he metido en la boca mientras moría.

De la boca del forense sale un trozo de tripa grisáceo y de su vientre abierto asoma un amasijo de instrumental quirúrgico.

-Ese es nuestro pequeño Pablo. Si parece muerto, es porque lo está. En el infierno es algo habitual. Y ahora he aquí una sucursal del infierno –el hombre de camisa negra y pantalones de lino azul marino eleva los brazos para mostrar con teatralidad el lugar en el que se encuentran.

Su acento es incalificable, sus “s” son duras y cortantes. Sus “r” parecen ser arrancadas de lo más profundo. Podría ser alemán; pero Rosi distingue el acento nórdico de su abuelo.

No acaba de encontrar el color de sus ojos, predomina el negro, pero por alguna causa podría decir que también son azules. Y verdes. Y dorados.

Rosi consigue movilizar sus piernas y da media vuelta hacia la puerta para salir de allí. La mujer de melena negra y pantalones de licra negra ajustados como una piel, la agarra del cabello y tira de ella. Sus dedos rozan el pomo de la puerta y con tristeza se siente llevar hacia ese universo de dolor y cosas que no existen. No quiere estar con Abel, no quiere su cuerpo lleno de cosas metálicas.

No ha podido ver llegar el golpe, tenía los ojos cerrados. La mujer le ha dado con el revés de la mano en la boca. No oía sus propios gritos y ahora sus labios parecen latir y traga sangre como un jarabe de óxido hecho de latas viejas.

La sangre de su boca se escurre por la barbilla y un reguero baja por entre su escote.

-Puta primate… Si vuelves a gritar te cortaré las cuerdas vocales y no morirás por ello.

Con un bisturí corta los botones de la blusa y deja al descubierto el sujetador; lo corta de un tajo rápido entre los pechos y deja una fina herida en la piel de la enfermera.

-El bebé tiene hambre -dice el hombre que se acerca a ella con el niño en el brazo derecho. La mujer le sujeta los brazos desde su espalda.

El antebrazo derecho del hombre está adornado con una escarificación que nunca sana, que siempre desprende un icor que mantiene los tres “6” siempre húmedos. Pulsan como una herida llena de pus. Cuando acerca su rostro al suyo, siente una arcada de nuevo ante el insoportable hedor de su aliento. Cuando mete su lengua áspera e hiriente en su boca, cree que va a desvanecerse y su sexo se inunda de flujo. Con todo la repugnancia del mundo, desea ser penetrada.

-Métemela hasta dentro -susurra Rosi pensando que si la zorra morena no le inmovilizara los brazos, se clavaría sus propios dedos en su inundada vagina.

666 acerca el niño no muerto a los pechos de la enfermera y su corrupta boca hace presa en uno de sus pezones. Los pequeños incisivos amarillentos y rotos rasgan la piel y en los ojos de Rosi se ilumina la alarma de dolor. 666 masajea la vagina y las lágrimas parecen ahora bajar de su sexo.

La Dama Oscura ha dejado sus brazos libres para que sujete al bebé.

-Tú eres comida y piel, Rosi. Tú eres algo que odio. Me molesta que respires. No es personal, me ocurre con todas las criatura hablantes de ese puto dios creador de vida imbécil.

En el cerebro de Rosi hay un placer y un horror. El dolor es común a ambos. No sabía que eso pudiera sera así.

El dolor de su pezón desgarrado no tiene importancia alguna. Lo que importa es dar toda la sangre al pequeño no muerto.

Se siente madre, siente que ha de dar su vida por el pequeño y repugnante monstruo que jadea como un animal al sorberla.

La Dama Oscura se arrodilla ante 666 y bajando la cremallera del pantalón saca su pene para llevárselo a los labios. Él apresa su nuca con una mano, con la otra retira el prepucio para descubrir el glande que ahora ella acaricia con los dientes.

-Es nuestro pequeño, mi Dama Oscura. La vida se abre paso, los primates encuentran alimento tanto en la leche como en la sangre. Rosi, dale de comer al pequeño y yo te daré de comer a ti como a ella. Será el premio a tu instinto maternal. Tal vez luego abra tu vientre y te llene de pequeñas manitas de cadáveres que se guardan en este hermoso y fresco lugar.

Rosi no puede hablar, sólo sentir el terror que se esconde en cada una de las palabras. Lo que más la asusta es el odio que se le pega a la piel y le hace un velo casi negro en los ojos que todo oscurece.

Se abre la puerta.

-¡Abel! ¿Ha llegado Rosi con un bebé? Necesito ya el acta de defunción para que la firmen sus padres.

-Abel está muerto, doctor Pérez. Si acerca su oído a la pared aún podrá escuchar sus gritos de dolor. La agonía de un ser vivo queda enterrada en cada poro molecular de todas las materias. Sólo hay que prestar atención -dice ya con el puñal en su mano.

La Dama Oscura se ha sacado el pene de la boca y manteniéndolo como un micro en sus labios, observa la escena con sus enormes ojos oscuros entrecerrados.

Pérez se ha quedado mudo y se encuentra con la mirada de Rosi. Ésta le pide ayuda con la mirada, con más potencia que si lo hiciera con alaridos.

-No hay acta alguna, el pequeño Pablo está vivo, mucho más vivo que tú -666 de un salto se ha plantado frente a Pérez y le ha rajado la pared intestinal con el puñal.

El médico intenta sujetar sus intestinos, pero se le derraman entre los dedos como la arena seca del desierto.

666 se acerca a su cara moribunda.

-Has muerto tú antes que un bebé muerto. ¿No es increíble lo que puedo hacer?

Acto seguido, 666 le palmea las nalgas con fuerza con lo que a Pérez se le escapan las tripas que caen al suelo con un ruido húmedo, un chapoteo obsceno.

-¿Te gusta que te hagan esto? ¿No quieres llorar?

Perez ha caído al suelo, sobre sus propias vísceras. 666 clava el puñal en la nuca. El médico queda inmóvil como un muñeco sin pilas.

El pecho de Rosi es un óleo rojo y el bebé no deja de gruñir y mamar la sangre, su manita derecha se aferra al pezón, sus finas uñas se han hundido muy dentro de la mama. Rosi siente vaciarse de sangre y ya nada importa. Tal vez cuando muera, dejará de beberla.

Y el bebé mama su vida con una letanía incansable y monótona:

-Soy el hijo atroz de la humanidad. Soy lo que nunca debería haber nacido.

Lentamente cierra sus ojos muriendo al fin, dejando caer al bebé que se golpea contra un taburete de acero hundiendo su cráneo. Sus pequeños pulmones lanzan alaridos de dolor. La Dama Oscura se pone en pie y lo coge por un pie, elevándolo hasta que puede mirar directamente a sus ojos negros y muertos.

-¿Te duele mucho Pablito? Necesitas un buen sueño. Necesitas morir de verdad. Es una mala vida esta.

666 se acerca al bebé pisando el pecho de Rosi y escondiendo el puñal, clavándolo entre sus omoplatos.

Acaricia el cráneo hundido del bebé y cesa el llanto.

-Soy papá, mi pequeño. Ahora vamos a pasear un poco. Tienes que ver el lugar donde hubieras crecido, o al menos una pequeña parte, no tienes mucho tiempo de vida. Tus padres tienen que saber que no estás muerto. Y por ellos, muchos primates sabrán que nacen niños muertos que comen sangre y carne. Niños… Muertos como el futuro de la humanidad. No te amo, no te deseo, pequeño mono. ¿Recuerdas cómo mamá lloró cuando toqué su vientre en aquel ascensor del consultorio? Y tú moriste en ese momento, sólo faltaban unas horas para que nacieras. Su ombligo se tornó negro como carne podrida. Y mi maldad entró quemando toda vida y humanidad por ese cordón umbilical.

Sus dedos tiemblan por no hundirse en los ojos del niño, necesita todo el control para no aplastar los ojos que él mismo creó.

La Dama Oscura desabrocha su pantalón, está observando con excitación ese momento de peligro en el que el ser que más ama podría poner de manifiesto la pasión de su maldad infinita. Y se acaricia el vértice superior de su vagina, masajeando el clítoris suavemente. Conteniendo un placer que apenas puede frenar en sus labios.

666 no aplasta sus ojos, pero le arranca de un bocado los dedos índice y corazón de la manita derecha para luego escupirlos en la cara de la enfermera. No mana sangre de los muñones del pequeño; pero sus gritos de dolor son tan potentes que sus pequeñas cuerdas vocales se hieren y lanza pequeñas gotas de sangre.

666 coge una bata blanca de un armario de acero y le da otra a la Dama Oscura. Ella se ha prendido la identificación de la enfermera sin preocuparse en limpiarla de sangre. 666 no se ha colocado identificación alguna, simplemente se ha encendido un enorme Partagás.

Ambos salen besándose los labios con el bebé y su mantita azul cubriendo su cuerpo y ahogando un poco sus gritos.

Caminando por el largo pasillo dirección al ascensor, las paredes parecen doblarse para mantenerse a más distancia del mal.

-¿Vamos a ver a Lucinda y a Pedro? -son los padres de Pablo -Tú consuelas a la madre y yo al padre -el ascensor cierra sus puertas cuando han entrado y la Dama Oscura pulsa el botón del octavo piso.

En la sexta planta el ascensor se detiene e intenta entrar un enfermero empujando una silla de ruedas con una embarazada pálida y de ojos lagrimosos.

666 lanza una fuerte patada a la barriga de la mujer y lanza la silla, al enfermero y la embarazada contra la pared. Se cierra la puerta y el ascensor sigue subiendo ya hasta la planta de ingresos.

Conoce donde se encuentra la habitación de los padres de la misma forma que conoce donde se encuentra cada humano del planeta. A veces cree que le duele la cabeza  por un exceso de datos.

La Dama Oscura ostenta un resquicio de tristeza en su mirada observando los brazos amoratados e inquietos que asoman entre la manta que 666 lleva en brazos. A veces tiene breves abcesos de humanidad y 666 los siente como un dolor. No quiere que su Dama Oscura sienta ningún tipo de pena. Es el único ser al que protege de todo, incluso de sí mismo. Y él teme que un día no la pueda proteger de si mismo.

La abraza.

-Mi Dama, ésto no es vida, esto no se parece en nada a lo que podría un día crecer. Ni siquiera tendría la opción de ser más que un engendro del infierno. Ni bueno ni malo. No podría nunca elegir ni siquiera un pensamiento. Es nuestra bestia, una creación que solo cabe en nuestro infierno y sirve de condenación a los primates. Olvida que un día fuiste humana. Olvida que un día fuiste inferior.

666 la abraza y caminan juntos rumbo a otra masacre, a otra cosa que debe hacerse.

Viéndolos sin prestar demasiada atención, podría parecer un matrimonio con su hijo recién nacido en brazos. Sólo que la Dama Oscura es demasiado voluptuosa, no aparenta cansancio y el médico a pesar de la bata blanca, provoca desconfianza.

Tampoco puede ocultarse un fuerte olor a podredumbre a medida que avanzan y que provoca un escalofrío en la piel de la gente con la que se cruzan.

Cuando llegan a la habitación 869, Lucinda se encuentra bajo los efectos de la anestesia y Pedro dormita. Hay una atmósfera de tristeza y dolor densa como el gas iperita.

En las habitaciones donde se duerme con la muerte, huele especialmente mal.

666 aspira ese aroma con delectación, relamiéndose con una ostentosa sonrisa que hace el dolor más extremo aún. Que convierte en una absoluta burla la vida.

-Sobre esta roca edificaré mi iglesia, Pedro. Eso dijo ese Dios maricón. No me gustan los monos llamados Pedro, son especialmente santurrones. Especialmente becerros. Vengo a mostrarte a tu hijo, aún que está no muerto.

Pedro dirige la mirada a 666, es pleno mediodía pero las persianas están bajadas y se encuentran en la penumbra que crean las rendijas. En sus brazos, aquel hombre enorme y por alguna razón inabarcable por la mirada, le ha dejado un cuerpo animado que gruñe como una especie de alimaña moribunda. Sus manitas salen de la mantita reconociendo al padre y arañan dolorosamente sus labios. El hombre descubre su rostro y lanza un grito de horror; pero entre los ojos violáceos, los dientes amarillos y la negra sangre que mana de la herida de su cabeza consigue encontrar en él un vínculo de sangre. Es algo instintivo. Besa su rostro helado y siente sin asco el hedor de lo podrido.

La Dama Oscura le arranca de los brazos a Pablo. 666 le obliga a volver a sentarse y con el puñal hace un profundo corte en la ingle.

-Yo te vacío, Pedro. Vais a ser el horror inexplicable en un día vulgar. No hay razón alguna para ello. Y tampoco encuentro razón alguna para que hubiérais tenido una vida normal como padres con vuestro pequeño Pablo.

Pedro se deja matar cansado, asqueado, apenado, no le apetece vivir, aunque tampoco pone especial interés en morir. Su cara es una máscara que refleja nada.

-Lucinda, es tu hijo -la Dama Oscura le ha colocado desnudo al pequeño Pablo en el pecho. Lucinda despierta ante el inhumano helor de aquel cuerpo.

-¡Mamá, mamá! Dame calor con tu piel, tu hijo está frío. Tu hijo está muerto.

-Es mi Pablo -pronuncia la madre con una profunda debilidad, ebria de anestesia, cansancio y dolor.

-Ámalo ahora, os queda poco tiempo -musita en su oído la Dama Oscura, con un tono tan bajo que incluso la no respiración de Pablo dificulta el sonido que sale de sus labios.

666 ha escuchado casi con pena las palabras de la Dama Oscura, su escasa preocupación por su estado de ánimo se esfuma cuando con la fina daga que esconde en la parte interna de sus muslos, hiere los dos pulmones de Lucinda. La Dama Oscura es ahora pura maldad.

Pedro lanza un grueso chorro de sangre por su entrepierna, está muriendo a una gran velocidad. A medida que se siente más débil, gime con más fuerza. Lucinda aspira aire y expulsa sangre por labios y nariz.

Morirán ambos al tiempo, 666 es perfecto. Es la perfección maldita, como existe la perfección divina.

666 arranca del pecho de Lucinda al bebé no muerto.

El bebé gime.

-Creo en ti Padre Malvado, Rey de la No Vida, de la Inexistencia y de lo Profano e Inhumano. No me mates, no me dejes aquí. Dame vida, dame dolor. No dejes que mis ojos se cierren. Quiero vivir.

-¡Calla, mierdecilla! -dice con un siseo sobrecogedor 666.

Coloca el cuerpo de Pablo de espaldas contra la puerta, en el bolsillo superior de la bata, hay cuatro lápices. Usa uno para atravesar el pequeño pie derecho y clavarlo a la puerta.

El grito provoca el grito de sus no padres. Con el otro pie hace lo mismo.

Ahora el bebé golpea con su destrozada cabeza contra la puerta lanzando alaridos de dolor y miedo.

Con dos bolígrafos inmoviliza sus manos clavándolas también. Es un Cristo invertido.

Hunde su puñal bajo el esternón y corta hasta el ombligo. Las vísceras se desprenden para quedar colgadas ocultando el rostro del pequeño Pablo que aún grita. Practica ahora dos cortes uno del ombligo hacia las costillas derechas y otro hacia las izquierdas.

Abre ambos trozos de carne y da unos pasos atrás para observar su obra. Pedro y Lucinda exhalan sus últimos suspiros con las pupilas dilatadas reflejando a su hijo destrozado y maldito que aún pide la vida a su padre verdadero.

La Dama Oscura se coloca a la espalda de 666 y le abraza el pecho hundiendo sus manos bajo la camisa, acariciando sus pectorales que parecen abrasar sus manos por el calor del mismísimo infierno. Se moja y 666 sonríe ante la humedad del coño que tiene a su espalda.

La carne que cubría el pequeño pecho de Pablo forma ahora dos alas ensangrentadas, que parecen pender rotas. Un ángel del infierno en la tierra. Un ángel descuartizado.

La Dama Oscura hace un par de fotografías con el teléfono móvil.

-Lo subiré a Facebook en cuanto lleguemos a nuestra húmeda y oscura cueva.

666 sonríe. Lanza una poderosa carcajada que congestiona de horror los rostros de Lucinda y Pedro.

Así mueren, con el rostro distorsionado por la maldad pura.

-¿Crees que entenderán tu obra, mi Dios?

-No han de entender nada, mi Dama Oscura. Sólo han de temer. Sólo han de sentirse inútiles e incapaces de evitar el dolor y la tragedia. Cuanto más teman y menos entiendan, más sufrirán.

Ni matándolos a millones entenderían que ni a nuestros hijos, si los tuviéramos, amamos y que el acto de morir bajo nuestra voluntad es el premio a una vida que un Dios melífluo y homosexual dictó. Sólo nos debemos a nuestros placeres y a nuestros instintos. No entenderían que ellos son la parte tarada de una creación y nuestro alimento espiritual. Es demasiado complicado.

Ambos salen de la habitación, 666 ha metido los dedos entre los glúteos de la Dama Oscura y ésta siente su vagina inundarse.

Tal vez 666 no pueda ver la lágrima que se desliza rauda por el rostro de la Oscura, está encendiéndose otro Partagás número dos millones.

Siempre sangriento: 666

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666 La verdad de la Virgen María

Publicado: 19 abril, 2011 en Terror
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¿Qué ideas se le ocurrieron al bueno de San José ante el embarazo de su virgen esposa? ¿Por qué era virgen si estaba casada con un carpintero capaz de tallar sus fantasías sexuales más duras y grandes? Incluso a la medida; madera no faltaba en aquellos tiempos.

Desde luego, Dios tiene cojones, es un cerdo. Seguro que en aquel pueblucho de mierda vivirían mujeres solteras, niñas, viejas… Pero no, para dar por culo y joder, va Dios y se tira a una casada con penefobia (es mi única forma de entender la virginidad en una casada). Y la única forma de entender que José era un tarado sin valor ni dignidad. Porque si esa idiota reprimida hubiera sido mi mujer, le habría rasgado el coño en la primera cita y en la noche de bodas le peto el culo. Después le hubiera pegado tal paliza que me hubiera chupado la polla todas las mañanas al despertar hasta su muerte.

María no era para tanto, una mujer bajita regordeta y con unas tetas ridículas. Sucia y guarra como lo eran todas en aquella época. Se olían desde kilómetros sus coños sucios de menstruaciones añejas. El guasón de Dios la eligió por ese profundo asco que sentía por los penes, por ello es que fue elegida para dar a luz al Crucificado. Supe que algo tramaba por Belén el bueno de Dios porque, habían demasiados ángeles rondando por aquella aldea miserable, sucia y polvorienta. Así que me trasladé allí una temporada, devoré al coyote morador de una pequeña cueva situada en campo abierto un par de kilómetros colina abajo de Belén. Mis esclavas sexuales eran vecinas de aquella comarca, las que se movían hacia el riachuelo a lavar las ropas, a la fuente a recoger agua, las que acarreaban alimentos o leña por las sendas recalentadas por el sol. En tres semanas, violé y maté a más de treinta mujeres de las más variadas edades. También destripé a un par de legionarios romanos despistados y me quedé con aquellas bellas espadas. A uno lo mantuve consciente mientras a su amigo le arrancaba tiras de piel de los muslos y los pectorales. Cuando me cansé de jugar con aquellos primates recios y duros, les hice un pequeño corte en el cuello y me quedé sentado frente a ellos viendo como se iban apagando a medida que se vaciaban de sangre. Los cadáveres se apilaban en la zona más profunda de aquella madriguera creando un hedor que subía con el viento hasta la aldea. Seguramente desde entonces se identifica mi presencia con un olor a podredumbre, cosa que me place. La muerte de todos aquellos primates cuyos cadáveres se acumulaban en la cueva, fue achacada a un negro que deambulaba por la zona realizando pequeños trabajos en casas y campos. Lo lapidaron hasta morir y los machos del pueblo colgaron sus cojones en una estaca clavada en el suelo a la entrada del pueblo. Yo le acerté dos veces: en la cabeza y en la boca, además, sujeté una de sus piernas mientras le arrancaban los huevos con un cuchillo mal afilado. La madre de una niña de doce años a la que se la metí por todos los agujeros antes de decapitarla, le pegaba en la cara con el juguete de su hija, una especie de muñeca de paja. Todo un drama… Pero no siento piedad alguna por ningún primate, me dan asco.

Dios poseyó a un pastor de cabras de enorme rabo para tirarse a María y lo intuí cuando pasaba unos metros colina arriba; se dirigía a Belén. No me van las viejas pero; cuando se trata de hacer daño no hago ascos a nada; además, en aquellos tiempos y en esa región no había mucho donde elegir. En aquellos momentos estaba arrancando los dientes que le quedaban con unas tenazas, a la abuela de la pequeña primate que maté, quería meterle la polla en la boca y ahogarla. Pero le dejé caer una gigantesca piedra en la cara y dejé el cadáver al sol para que se pudriera; momentos después seguía los pasos del joven pastor.

Seguí al pastor hasta que se metió en la casita de barro del matrimonio carpintero, sin llamar, sin expresión. Sin mediar palabra alguna y ante un ángel del 6º Coro Celestial, el follador divino cogió por la cintura a María la guarra y la subió encima de la mesa. Levantó sus faldas y le arrancó el pañal que cubría su coño. María intentó gritar, pero el ángel susurró algo en su oído, y ella abrió sus piernas. Yo miraba la escena desde el ventanuco que daba al camino principal, justo al lado de la puerta de entrada y sentí el olor repugnante de su coño. El alado abrió su vestido y desnudó sus tetas, empezó a manosearlas con ritmo y fuerza en aquel pleno mediodía caluroso y casi primaveral de marzo. A medida que sus pezones se erizaban y se ponían duros, comenzó a emitir jadeos, a gemir como una perra. Siguiendo las Divinas Instrucciones, aquel pastor abrió la maloliente vulva sucia aún de menstruación y seca como un tasajo; se agachó y su lengua empezó a acariciar los labios, a humedecer aquel agujero cerrado en su coño. El ángel me miró directamente a los ojos, sin sorpresa, pero interrogante. Yo asentí, conforme a que no interferiría en ese asunto. El ángel presionó más los pechos de María y sus pezones parecían querer salir disparados de la presión de sangre que acumulaban, la carne fofa de las tetas se desparramaba por los perfectos dedos de aquel ser que comenzó a cantar un potente aria en loor a su Dios. Yo sé que si el querubín hubiera tenido pene, se lo hubiera metido en la boca a esa tarada mujer. Le doy gracias al maricón creador porque me hizo imperfecto y con pene. El coño de la María ya lucía brillante y húmedo por las babas del pastor y sus propios humores de excitación. Y el pastor la penetró de forma rotunda, sin más preámbulos. A María se le quedaron los ojos en blanco cuando sintió la polla en su piojoso coño y dio comienzo una letanía de gran dulzura:

– ¡Perro, cabrón, hijoputa, impotente, cerdo…!- le decía cariñosa al pastor.

Y aún tuvo suerte la virgen, porque en aquellos tiempos los primates follaban como animales, los machos se corrían en las hembras, se subían los pañales y volvían al trabajo dejándolas a ellas con el coño irritado y empastado en semen y porquería. María disfrutó como una guarra. Se notaba. Los que pasaban frente a la casa e intentaban acercarse, se apartaban alarmados cuando los miraba con mis ojos preñados de un sadismo inusitado. Yo les sonreía y los primates se marchaban acelerando el paso.

¿Y José? Como sabía que no la matarían, y eso me aburre; di la vuelta a la casa hasta llegar a la pared trasera, la zona del patio y donde el carpintero tenía montado el taller. Y allí estaba él, sentado en un tosco taburete de 3 patas, se sujetaba los cabellos desesperado escuchando las delicadezas que su mujer profería en la sala principal de la choza. Pensando en lo puta que era su santa… Salté el muro de adobe y me coloqué frente a él, bajo el techo sombreador de cañizo.

– ¿Se están tirando a tu mujer y no haces nada?

– Es Dios quien lo ordena.

– Si entras con la gubia y matas al pastor que se la está metiendo y a la puta de tu mujer; sujetaré al ángel y después lo decapitaré. Enviaremos su hermosa cabeza a Dios y podrás buscarte otra guarra para que te haga la comida, una que quiera dejarse follar.

– Dios me mataría y me enviaría al infierno.

– Te estás masturbando todos los días como un poseso, la zorra no te quiere. En el infierno, conmigo, estarías mejor- le mentí.

Pero no respondió, asió la garlopa y comenzó a arrancar virutas de un tarugo de madera que estaba sujeto en el banco. Los gritos y gemidos de placer y locura de la puta se oían claramente:

– ¡Así, perro! Métemela tanto que me salga por la boca, hijo puta, métela hasta el fondo para que Dios vea como su buena María es capaz de tragar toda esa polla. Revienta mi chocho.

El ángel elevó un agudo falsete que hizo vibrar el barro de las paredes, penetrante como un tumor en el cerebro. Dejé solo al miserable de José y volví por donde había venido para volver a admirar el milagro de la fecundación divina. El ángel aún seguía clavando sus dedos en las deformes tetas de María y sus uñas herían la lechosa piel y de entre sus uñas salía la sangre. Los pezones erizados se habían amoratado con la sangre que presionaba contra el tejido sin poder retornar. Estaban tan sensibles que podían sentir hasta el aleteo de una mosca. El pastor la penetraba sin contemplaciones, sus testículos, hinchados como los de un animal, gordos y pesados de leche golpeaban contra las nalgas de la virgen. El pubis de vello moreno y pegajoso de María se deformaba por la penetración de aquel enorme tronco de carne que bombeaba dentro y fuera continuamente; la sangre de su himen se deslizaba perezosa por su ano hasta formar un charco en la mesa. Sus ojos estaban en blanco, extasiados. ¡Qué puta…!

El placer de aquella primate me excitó, saqué mi pene de los calzones y del glande amoratado pendían hebras de fluido lubricante que hacían suave y placentero el roce de mi puño áspero. Mi puño se metía hasta el vientre pegando fuertes golpes hacia atrás, casi desgarrando el meato por la presión, en unos segundos me corrí y me santigüé con la mano llena de semen derramándolo por encima de mis ropas. El eunuco querubín me miraba fijamente y cerró los ojos mirando al cielo y extendiendo sus monstruosas y enormes alas blancas. Yo me reí potente como Dios y todos los animales callaron en aquella maldita aldea.

María no podía aguantar más y comenzó a jadear como una cerda pariendo, se corría con un agudo grito en «i» mordiéndose los labios hasta hacerlos sangrar, mientras gritaba:

– ¡Dame tu puta leche, hijo puta, tarado! ¡Ahógame, cabrón!

El ángel pellizcaba con más fuerza los pezones a la vez que tiraba de ellos hacia arriba, yo susurraba:

– ¡Arráncaselos! ¡Arráncaselos y que mame sangre el futuro nazareno!

El ángel me miraba fijamente luchando contra mis órdenes cuando el animal del pastor contrajo sus nalgas con el orgasmo, por el chocho ensangrentado de María manaba una leche mezclada con sangre pero; la tragó casi toda. Al pastor se le salió el pene con la excitación y por su glande enrojecido escupió gotas de semen que volaron hasta el vientre aún contraído de María, hasta sus pechos, manchando los dedos del ángel. La puta quedó desmayada, el pastor aturdido aún, se subió los calzones y salió de la choza sin decir nada; me lanzó una mirada avergonzado emprendiendo el camino de vuelta hacia donde quiera que hubiese venido. El eunuco alado no se marchó de la casa hasta haber limpiado el cuerpo de María y curado el coño reventado, lo masajeó con un aceite que sacó de su túnica. Ella abrió las piernas entre suspiros. Volví a la parte trasera de la casa para observar a José, trabajaba frenéticamente en una extraña silla. Salí del pueblo ya satisfecho, dispuesto a dirigirme a mi reino, a mi oscura y fresca cueva, a mi trono de piedra; echaba de menos los aullidos de mis condenados. Me desvié hacia la fuente para beber agua y allí se encontraba el primate follador, mojando su cuerpo, refrescándose tras la gran follada. Me daba asco aquel mono con ese rabo tan enorme, de repente sentí un odio infinito hacia aquel ser.

– Que Yaveh sea contigo. – le saludé.

– Amén. – respondió.

Cogí una piedra, le asesté un fuerte golpe en la mandíbula y lo abatí. Me puse a horcajadas sobre su pecho y deshice sus ojos aterrados con fuertes golpes. A pesar de que no se movía ya, seguí golpeando su cabeza hasta que sólo quedó la quijada inferior pegada a su cuello. Los sesos y huesos se mezclaron con la sangre y el polvo formando una masa que atrajo a todas las putas moscas de aquel repugnante y árido lugar. Corté su enorme pene y lo introduje en el agujero del caño de piedra de la fuente, quedó precioso. Se hizo muy popular aquella fuente entre las mujeres de la comarca. Bebí el agua que se escurría por aquella polla muerta sin ningún tipo de reparo.

Unas semanas más tarde hice una visita a los carpinteros de Belén; José había inventado la mecedora y se encontraba en ella fumando un canuto de hojas secas que le provocaba una risa lagrimosa. María cosía unos calzones descoloridos y sus labios se movían continuamente susurrando una letanía mecánica, monótona y cadenciosa. Guardaba unos momentos de silencio, acariciaba su coño metiendo la mano profundamente entre las piernas y volvía a rezar de nuevo.

Ahora todos podéis entender el porque de ese deseo esquizofrénico de Jesús por ser crucificado, pobre hombre, nació en un hogar de tarados; lo que me extraña es que no se cortara antes las venas. Dios creó para él un hogar podrido e insano, abocó a su espiritual hijo a la insania y a la locura.

Dios es un ser malo, creedme. A veces es peor que yo con sus mierdas de designios inescrutables. Ya os contaré más historias verdaderas en otro momento. Siempre sangriento: 666

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666 Insensible

Publicado: 19 abril, 2011 en Terror
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¿Sabéis lo que tiene realmente mérito?

Caminar por en medio de la manada sin sentirse especialmente asqueado. Conservar el buen humor a pesar de la imbecilidad reinante.

No es fácil, requiere mucho auto-control y sentirse completamente desligado del dolor. Como el matarife que se pasa el día matando vacas y cerdos. Dijéramos que es algo cotidiano como el bocadillo de tortilla de los obreros.

No se puede ejercer bien el mal si aflora un solo sentimiento de lástima o misericordia. Dejando de lado todo eso de los escrúpulos, no existe ni una sola razón por la que deba perdonar el dolor y la ruindad que le voy a provocar a mi víctima. Estar vivo es de por sí un deporte de riesgo y en esta mierda de civilización, en la que el todoimbécilpoderosoDiosdemierda ha dejado al hombre a sus anchas y como cima de la cadena alimenticia; alguien tiene que ejercer de predador, porque hay mucho humano.

Pero no tengo prisa, soy caprichoso y me gusta centrarme de vez en cuando en un individuo. Me gusta que la gente que está cerca de él se maraville ante la mala suerte y el dolor que tiene que soportar porque a mí me da la gana. Así que mientras un cáncer le pudre el hígado, una diabetes le obliga a pincharse insulina enterrando a su hijo muerto en accidente de moto.

Y su dolor sólo cesará cuando muera. Cuando llegue a casa, seguramente le habré preparado una embolia que lo postrará en un hospital durante tres semanas.

Y lo bueno de esto, es que el dios al que rezan, ese cabrón hipócrita, lo sabe y no les hace ni puto caso. Está muy ocupado sodomizando a sus bellos arcángeles, el muy proxeneta.

Soy portador de todas las enfermedades y no me importa contagiar el sida a la ilusionada mujercita que va a la discoteca hortera de turno o al maricón más sensible del planeta.

Los jodo a todos por igual. Sólo me interesa que haya mucho dolor y pena. Porque cuanto más hay, la peña se torna más hipócrita; se hace más cobarde al ver el mal cebarse en el prójimo. Lo tienen bien aprendido eso de cuando las barbas se pelan y toda esa mierda de saber popular.

Y cuando todo el rebaño comienza a rebuznar y berrear, es porque me presienten sin saberlo. Entonces se crean maratones de beneficencia en los medios de comunicación y pueden hacer su buena acción del lustro dando una mierda de dinero que se quedarán los que participan en las ONGs para tener alojamiento gratis durante un mes en el país que eligen como destino turístico.

Es entonces cuando comienza la verdadera diversión, cuando me lo paso bien. Cuando estallan guerras que suman muertos, hambre y huérfanos. Y nunca llega el dinero.

Es entonces cuando los que recogen el dinero piensan que como no va a servir para nada, lo cambian por cocaína.

Pero en el fondo de mi podrido corazón hay el deseo de hacer una humanidad mejor matando la mala hierba, lo que no sirve.

Y tenéis que ver mi mérito en ello, ahora nacen niños que no deberían nacer naturalmente, bien por tara de los padres o porque simplemente esos padres no sirven para reproducirse, su mensaje genético podría ser defectuoso. A pesar de ello, los médicos consiguen dejar preñada a la mujer.

Yo mataré a su hijo que tanto le ha costado parir tras unos años.

Alguien debe frenar esto. Paliar la gangrena genética del humano.

Perdonad que haya filosofado más de lo habitual. Simplemente era una forma de comunicar que mis deseos de seguir realizando mi trabajo siguen en pleno apogeo y que el puto dios que está en el jodido cielo no hará nada por ayudar a mis víctimas. Principalmente porque tengo amenazado de muerte a su querido Gabriel.

Para que veáis que dios es un cobarde.

Y parte de esta sensibilidad con la que me he comunicado con vosotros, nace directamente de mis cojones. De la cálida mano de mi Dama Oscura.

Ella mantiene mi falo erecto y pegado al pubis mientras lame mis huevos, los aspira; los chupa como gominolas.

Le he metido el dedo pulgar del pie en el coño y se mece con él dentro, sentada en él.

El hijo del diabético que antes os he puesto como ejemplo está frente a nos, encadenado; tal vez no sabe que está muerto, tampoco sabe que espera a que me haya corrido para ordenar el lugar donde deben encerrarlo mis crueles.

La columna vertebral ha roto la carne y la piel que la cubre un trozo irregular de hueso asoma por su espalda. No le duele aún.

Mi Dama… siento el dedo empapado en su coño, y los cojones arrugados de tanta saliva. Enredo mi puño en su melena de ébano y la encaro a mi polla. Abre la boca mirándome con deseo y yo no me preocupo en metérsela con cuidado.

Ahora ya sí, la leche ha salido y con ella, parte de mi odio. No sé como mi Dama Oscura puede conservar la calma y no matar al mundo entero tras beberse todo este semen cargado de odio y podredumbre.

— Puta… — Le susurro mientras me lame los restos que han bajado a lo largo del bálano.

En silencio queda quieta de repente, pasmada y tiesa; sigue con mi dedo metido en el coño, tiembla, cierra los ojos, se lleva la mano a la vagina cubriéndosela y deja escapar un prolongado suspiro.

Cuando se corre así, me la volvería a tirar.

— Llevad al hijo de ese desgraciado al sub-infierno de los apocados y fracasados, y cuando venga su padre, que no tardará, lo metéis con él. Y que se abracen en ese infierno triste toda la eternidad. Esta es mi orden, mis crueles.

Los crueles han salido de las sombras, veloces y casi invisibles lo han arrancado del suelo, y como llevado por el viento desaparece entre la negrura de mi oscura y húmeda cueva. Grita, grita como todos los condenados cuando saben que la esperanza ha acabado.

No tendré piedad, ni aunque me hagáis una paja con los párpados.

Ya os contaré alguna otra anécdota otro día.

Siempre sangriento: 666

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