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Yo no soy esquizofrénico

Publicado: 8 diciembre, 2011 en Amor cabrón
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Yo no soy esquizofrénico, sin embargo tengo una doble personalidad.

Estoy yo y está Él: el Dios Polla, el Pene que vive su propia vida. El maldito ser que me traiciona; que pone de manifiesto mi deseo quiera o no.

Necesito hablar seriamente, siento la necesidad de ser racional; pero ella me mira de cintura para abajo y sabe que no lo conseguiré y ríe con su cómplice. Con mi segunda personalidad que acapara la suficiente sangre para dejarme el cerebro seco.

Mi pene no entiende de palabras ni emociones, se endurece ante ella, ante el recuerdo de sus manos descapullando el placer, besándolo, lamiéndolo. Tragando todo el amor que mi pornógrafa personalidad escupe dentro y en su piel. En sus ojos, en su cabello…

Está hermosa, mi pene la hace intensamente guapa.

No la puedo apartar de mi mente, no puedo dejar esta erección dolorosa, inconsolable.

Me duele…

Pero no me hace caso. Su función es joderla. Siempre acabo rendido ante los deseos de ambos: de ella, de él. Del que vive entre mis piernas, el que parasita mi riego sanguíneo y me obliga a acariciarme, a descubrir mi baboso glande a la atmósfera. Bendito frescor el del aire en mi capullo recalentado…

Con los dedos entre mis pesados testículos y el bálano, se me tensa el vientre y descargo a presión, sin control. El ombligo se inunda y todo es paz durante ese desfallecimiento del Dios que me esclaviza.

No puedo afirmar que estoy triste sin ser traicionado por mi otro yo. Es imposible que me tome en serio cuando mi erección tensa la ropa que cubre mi polla.

Mi puta polla…

No odio a mi pene, no pretendo extirparlo; pero me hace imbécil.

A veces creo que piensa cosas feroces, cosas hostiles para la ternura. Y decide invadir su coño bendito, alojarse, apretarse y soltar su carga de semen contra toda emoción racional de amor y ternura.

Yo me rindo ante la indecente violación de su cuerpo. Y soy un instrumento en poder de mi pene.

Es un dios que se muestra impertérrito ante el llanto, la risa o el miedo.

Él no se preocupa más que de endurecerse, empaparse y penetrarla ante la sola visión de sus labios.

Soñamos con restregarnos por sus pechos y dejar un río blanco en su torso, un río que se extienda hasta el mismo vértice de su coño y se haga dos inundando la vulva que besamos, lamemos y penetramos.

No puedo consolarla cuando está triste, porque mi esquizofrenia presiona y palpita ante el calor de su cuerpo.

Otra vez sin sangre para pensar, otra vez mi miembro intenta alojarse entre sus piernas, busca penetrarla. Yo solo puedo presionar contra ella y dejar que fluya este líquido viscoso que me lleva a la desesperación.

Orino y está presente en la gota que se prolonga y que cuelga de mi meato demasiado sensible. Cierro los ojos y dejo que pese la gota, que se balancee.

La gota me masturba en sórdidos urinarios, en malolientes lugares. Mi esquizofrenia no considera los decorados.

Mi pene es obsesivo, cada día exige más. Cada día la ama más, quiere amar más que yo. Quiere poseerla más que yo.

Yo no soy Jeckill, no soy docto; pero mi mister Hyde, no tiene piedad de mí.

Ella no tiene piedad con su desmesurada sensualidad. Con su erotismo a flor de piel.

A flor de mi polla.

Yo no soy esquizofrénico y si lo fuera no desearía tratamiento.

No es una alucinación lo que tengo entre mis manos palpitando.

No lo soy.

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Romper el silencio

Publicado: 30 noviembre, 2011 en Reflexiones
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Sorbo un café con el cigarro entre los dedos y Tchaikovsky suena dando ritmo al delicioso silencio.

La pluma se desliza en el papel derramando ideas, orquestando emociones como un virtuoso director.

Hay espectaculares momentos de hermosa intimidad. Para llegar a esto, lo imprescindible es amar y ser amado; solo así es posible escribir con serenidad.

Tal vez este estado es lo que llaman plenitud; sin embargo no me siento pleno. No es algo que se dé en mí esporádicamente: estar en el lugar y momento adecuados es mi privilegio habitual, mi día a día.

Es mi estado natural.

Lo terrorífico era antes, lo tortuoso era no sentirse a gusto con Tchaikovsky. Ni con mi buena estilográfica.

Es el momento de trazar unas letras de armonía esperando que llegue mi amada a desbaratar el silencio.

Solo podría aguantar unas pocas horas más sin ella. No soy resistente, no soy paciente más que para un corto tiempo pactado. Cuando su ausencia se prolonga más allá de mi paciencia, la música se distorsiona y me irrita. Los violines son un chirrido de alta frecuencia que arrasa mis oídos y evapora el silencio para agitar mi ánimo con los sonidos de banales vidas ajenas a mí, a nosotros. Sonidos de deprimente cotidianidad.

Y todo está mal y voy a morir pronto.

No importa la lógica, la razón queda fuera de mi alcance cuando la necesito, cuando la añoro. Todo el amor pesa, todas las ansias destrozan mi paz.

El paso del tiempo es una lija para el alma cuando amas y esperas.

Desesperas…

Pero no es el momento, ahora no.

Ahora me pregunto como ingeniármelas para hacer algo bello. Aún que la paz está conmigo y siento en mis labios el calor de los suyos.

Estas cosas se resuelven solas cuando se ama, la belleza está en cada rincón, en cada momento. Solo hay que prestar atención para encontrar la obra maestra de cada día; hermosa, efímera y profunda como un mar.

El sonido de la pluma rasgando en la cuartilla se eleva por encima de la música (qué bellos son los Cantos Canarios que obligan a mis ojos vencerse ante los violines). El sutil golpeteo al trazar tildes, comas y puntos. El crujido del papel…

Bendito universo…

Hay quien siente un placer especial por el pan caliente a la mañana, por el agua fría en la cara al mediodía. Yo solo quiero mi papel, mi crujiente y melódico papel lleno de amor y emociones. Necesito pasar las cuartillas que se acumulan a mi diestra. Su sonido es la banda sonora de mis días como ella es mi reposo.

Solo por ella escribo de amor y sosiego. El amor aglutina la música, la tinta, el papel y el silencio.

Pronto vendrá, ya queda poco.

Tic-tac…

¡Joder, ya debería estar aquí!

Tic-tac…

La vida es una mierda. Lleva casi media hora fuera de casa.

Tic-tac…

Las personas mueren desesperadas de soledad. Esas cosas ocurren.

Tic-tac…

Ya me está dando por culo esta puta música.

Tic-tac…

No te preocupes cielo. Es broma, aún disfruto del concierto de música y letras que cada día te dedico.

Tic-tac…

Pero no tardes, ven pronto.

Hay un hombre que pende de ti.

Tic-tac…

Sé que vendrás, nunca me abandonaste hace años. El médico miente por envidia.

Tic-tac…

La succinilcolina que me inyecta el enfermero en el brazo es como tú: rompe mi silencio con dulzura. Todo está bien.

Tic-tac…

Tengo sueño, mi amor. Es hora de dormir. Has tardado más de lo habitual.

 

Tic-tac…

Afloja las correas cuando llegues, cielo. Me hieren la piel y sangro.

 

Iconoclasta

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El fin del mundo

Publicado: 25 agosto, 2011 en Terror
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Podría ser el fin del mundo. Hoy, un día soleado y tranquilo, no excesivamente caluroso podría sorprenderme.

De días preciosos estoy harto, me chorrean por la ropa como una lluvia pertinaz.

Que los días hermosos se los meta Dios en el culo.

No he vivido nunca un día del fin del mundo, dijéramos que me apetece experimentarlo. Es un tanto grotesco e incongruente pensarlo; pero la destrucción siempre es algo atractivo. La creación no me gusta porque al universo se le ha acabado la originalidad.

Puede que alguien sugiera que todos los días es un fin del mundo porque siempre hay alguien que la palma.

Y porque todos los días nace alguien es el día de la creación.

Tonterías de quien busca desesperadamente dar interés a su mediocre existencia.

No quiero un fin del mundo largo como una era geológica. El fin del mundo ha de ser brutal; pero nada de impactos que vengan del espacio, quiero algo más espectacular.

Lo que debe ocurrir es que el mundo reviente desde dentro.

Que el planeta quede partido en tres o cuatro trozos. De una puta vez.

Que los tan “poderosos” océanos se vacíen en cuestión de minutos por un imposible precipicio.

Puedo imaginar el crucero atestado de gente cayendo por la catarata del fin del mundo. Hay humanos que han caído del transatlántico y caen solos entre toneladas mortales de agua. Ballenas, delfines y tiburones intentando nadar hacia la arena que los asfixiará por evitar caer en ese horroroso vacío imposible.

Las gaviotas han perdido el rumbo y siguen al agua que se precipita al vacío, al espacio, a la nada…

Ningún ser vivo puede imaginar su planeta partido.

Necesito que no sea muy rápido para que YO y toda la jodida humanidad sintamos el inconsolable miedo a la muerte y al sufrimiento.

Necesito sentir miedo.

Estoy seguro de que con una buena dosis de pavor dejaría de sentir asco y desprecio.

Y lo que es más importante: aburrimiento.

A mi gato se lo tragaría una sima insondable y abrasadora. Puedo ver sus ojos asustados, sus pupilas como rendijas pidiéndome ayuda. Qué triste es ver lágrimas en los ojos de los gatos. Sus garras clavadas al borde del precipicio sin fondo tiemblan de cansancio.

Adiós gato mío.

Así tiene que ser el fin del mundo: tan horroroso que provoque el llanto hasta de las bestias.

No quiero que el fin del mundo sea tranquilo.

La humanidad ha de sufrir ahora y en la hora de su muerte, amén.

¿No es preciosa esta oración del fin del mundo?

Hasta las Vírgenes gritaran con su Jesús mamando teta ante el estruendo de la rotura planetaria.

Niños y adultos caminan sobre el mundo roto, cada cual sobre el pedazo que le ha tocado en suerte cubriendo sus oídos con las manos, intentando contener la hemorragia de los tímpanos destrozados.

Yo no, yo dejo que la sangre mane libre. Mis oídos siempre han sido defectuosos, no me importa y tampoco tengo gran cosa que oír. No me duelen más que cuando se me infectan.

Y se me infectan por la grandísima culpa de los sonidos y voces de lo vulgar y mediocre.

Dicen que mascando chicle se alivia la sobrepresión en las orejas, yo no masco chicle. Masco rabia y descontento. Que venga el fin del mundo, eso es lo que dará nueva vida a mis oídos ahítos de vida ajena.

El estruendo que ha provocado la fractura del planeta es inenarrable. Cuando ha cesado, se ha instalado la muerte con todo su silencioso poder, como la raya en el mar bate sus aletas colosales y su mirada fría busca vida con la que alimentarse.

Por primera vez en mi vida he escuchado el magno silencio, que ha durado varios minutos; hasta que los oídos han podido escuchar y las bocas han comenzado a gemir por amputaciones, roturas y muertes de amigos y familia.

Quiero vivir para escuchar ese silencio de nuevo y que sea real…

Es lo que siempre he pensado: la única forma de arreglar esto es que ocurra una gran catástrofe que acabe con todo. Que acabe con la vida simplemente.

Hay planetas deshabitados que no son infelices.

Es hora de morir pequeños…

Quisiera que ahora mismo se interrumpiera mi escritura ante la Gran Rotura de La Tierra. Vale la pena morir por disfrutar de unos instantes de absoluta sorpresa y terror.

La humanidad no es de las cosas más valiosas que se puedan encontrar en el universo. Si nuestra civilización estuviera tecnológicamente preparada para viajar a otros planetas, lo único que aportaría es vulgaridad y aburrimiento.

Una bandera de tolerancia e hipocresía dibujada en el fuselaje de la nave imbécil-espacial.

Follar no es para tanto, al final, si no te la meten por el culo también te aburre. Lo saben los ricos y los que ostentan cargos públicos de poder. Los que viven holgada y cómodamente en su mundo mierdoso.

La humanidad no es como follar, es como la masturbación con la que te consuelas, es una foto de un momento intenso donde el sexo abierto de una mujer se muestra durante los primeros segundos como algo nuevo a descubrir. Una vez te has corrido, pierde toda gracia e interés.

El fin del mundo, la gran hecatombe tiene que durar lo suficiente como para que pueda disfrutar el momento sin sentir la pestilencia de los cuerpos descomponiéndose.

Pongamos… ¿tres, cuatro horas?

Estaría bien.

Es solo por mi comodidad y un poco de higiene (aunque morirme sucio es algo que me la pela); porque muertos todos, poco importa una plaga.

Lo más probable es que hoy no ocurra nada. Que a lo sumo mueras tú o incluso yo.

Que mueran algunos bebés intrascendentes y ancianos que dejaron de importar hace tiempo.

No es consuelo alguno para mí. Hay que morir con mucha más fuerza, con más estrépito, han de morir millones. Algo que me impacte, que llame mi atención de una vez por todas.

Algo que no sepa, algo que no haya experimentado.

Y no me importaría ser el último en morir. No le temo a morir solo sin un abrazo de consuelo. No necesito consuelo.

Quiero acción.

En mi vida todo ha sido esperar y esperando muero lentamente, aburridamente.

Si he de esperar más, que sea observando con mi cigarrillo colgando de la boca como revienta el mundo y lo que contiene. Sería un triunfo en mi vida. O lo que quedara de ella.

Cuando queda tan poca vida uno ha de pensar que está muerto.

Cuando has gastado las tres cuartas partes de la vida, date por muerto, porque cada segundo que vives se lo has arrebatado a la muerte.

No puedo comprender porque los iluminados, los clarividentes y charlatanes de feria, los sectarios religiosos y todas esas culturas tan exóticas ven el fin del mundo siempre lejano. Estamos en el 2011, ¿por qué coño esperar al 2012?

Les faltan cojones. Al calendario maya le falta valor y le sobra hipocresía disfrazada de cobardía.

Tengo prisa, no he de esperar más.

Por eso mi hijo ha muerto bajo mi cuchillo con la garganta abierta. Yo haré mi fin del mundo mientras su sangre se filtra por las sábanas y gotea en el suelo tras atravesar el colchón.

¿Cómo morirán aquellos a los que amo? No importa, no se puede hacer nada por ellos.

Si a la madre de mi hijo no le hubiera reventado la cabeza con la plancha de la ropa, hubiera muerto ardiendo en una falla del suelo inundada de magma, o aplastada por el derrumbamiento de un edificio. Ha sufrido menos con mis dieciséis golpes en su rostro, que si hubiera resbalado por la tierra para acabar sumergiéndose en metales fundidos. Soy piadoso.

Lo bueno de la muerte total y para todos, es que es imposible el consuelo.

Nadie se queda para despedir a los muertos y todas las propiedades se desintegrarán con el planeta y la vida.

Será la muerte más justa.

Mi gato que cuelga del cuello en la lámpara del salón con los belfos encogidos, no llorará jamás en un fin del mundo. Sus garras no se aferrarán al borde de una sima sin fondo.

Y de la misma forma que no habrá consuelo alguno, será imposible la pena y la misericordia.

Moriremos solos, abandonados ante y dentro de la gran hecatombe.

Solo se abrazarán los cobardes. Yo no me abrazaré a nadie.

Mi pequeño bebé de piel morada, no será una pieza de este sacrificio cosmogónico. He incrustado su biberón todo lo que ha sido posible en su garganta.

Si para mí, un pobre hombre sin más poder, es fácil acabar con mi propia familia, bien podría el mundo entero reventar por algún mandato caprichoso de un universo también aburrido.

¡Ya!

Digo yo…

Tiene que ocurrir. En algún momento de flaqueza temo haber matado a los que amo para nada. Quería evitarles el sufrimiento ante la imposibilidad del consuelo.

¿Y si el fin del mundo es sólo un sueño de mi mente enferma?

¿Y si el mundo no reventará nunca?

No quiero esperar más y es muy triste morir sin ilusiones.

Que reviente ahora. ¡Ya!

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Errores

Publicado: 6 abril, 2011 en Reflexiones
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Contabilizo errores y no hay final. Contabilizo aciertos; pero éstos se pierden un océano de fracasos.

Es como buscar la polla en el coño de una ballena. Por la magnitud de ese coño cetáceo que es el error. Por lo micróscopico de mi polla ahí dentro: vendría a ser el único acierto.

Cuando el fracaso es todo, no importa la educación ni los buenos modos.

Estoy demasiado dolido de tanto cagarla. No importa si mis expresiones o metáforas desagradan. O degradan.

A mí nome gusta tener la polla tan pequeña y me jodo.

No sé, no me apetece leer un libro de auto-ayuda. No me gustan las supercherías. No me gustan los charlatanes del buen rollo.

Creo que la llaga que me ha salido en el glande es un error que quiere destruir mi único acierto. Aunque el error lo haya cometido a conciencia. Por lo tanto puede que sea un acierto.

A veces puedo ser tan complejo que me siento orgulloso de mi neurona.

La puta no me cobró en exceso y yo me la follé a pesar de que olía a orina, mierda y sangre podrida.

Su coño era pequeño; pero tenía toda la pus que una ballena pudiera almacenar en el suyo.

A veces meo sangre y mis calzones se manchan de un líquido amarillo espeso.

Anda algo mal en mi polla, mi único acierto.

Llega un momento en la vida en el que los errores dan risa.

Me miro la polla y sudo mierda de miedo.

En la Edad Media, una polla así como la mía, era abierta en cuatro partes en toda su longitud como un rábano para sanarla. Se me encogen las pelotas de sólo pensarlo. Yo me muero con ella podrida; pero entera.

Por eso eyaculo con una sonrisa idiota mi semen purulento en las blancas sábanas de mi vecino desde la ventana de mi habitación. Da risa pensar que en la Edad Media no se corría un mal vecino en las sábanas de un buen vecino. ¡Qué tontos!

A veces mi leche lleva gotas de sangre y le da color a la blancura inmaculada de la tela.

La puta infecciosa me cobró intereses como los usureros que se han cruzado en mi vida. Ser un hombre-error no debiera tener cargas fiscales. Solo que esos intereses los elegí yo.

A la puta le daba igual y se dejó follar. Sus tetas estaban llenas de pinchazos porque las venas de sus brazos estaban destruídas y no aceptaban más jacos de heroína. No dejaban de sangrar con cada movimiento.

No me puedo quitar de la nariz el olor de su cuerpo corrupto, de la misma forma que no me puedo sacar los errores del pensamiento.

No sé si es buen augurio, aunque me la pela porque no soy supersticioso; pero cuando descargué mi semen en su coño, ya estaba fría.

Seca como la mojama.

Se murió sin sentir placer alguno, yo creo que sentía incluso asco de que alguien como yo la usara. No es una muerte feliz cuando mueres haciendo de puta. De puta que agoniza con la sangre blanca de tanta heroína.

No fue un error mi infección: me negué a usar un condón con la puta y agónica drogadicta.

No puedo bajar el prepucio para descubrir mi glande sin morderme el labio de dolor. La costra de pus y sangre es un serio handicap para la higiene íntima.

La última vez que se descubrió mi glande, fue cuando la puta con los dientes podridos me la mamó para ponérmela dura. No me dolió, sólo me dio asco. Aún así, empujé en su boca apestosa.

Sería un ser humano, pero ésa estaba podrida de errores e intenté inyectarle los míos.

Los dos estábamos acabados, pero yo era más fuerte, o al menos mi sangre no era horchata de caballo.

Ella lo sabía tan bien como yo sabía que firmaba mi lenta muerte. Todos sabemos que cuanto peor estás, peor te trata la vida. Y así hasta que tu coño o picha se pudre y se cae a pedazos.

Así quedó mi hermana, muerta en un asiento de coche abandonado en un descampado para drogadictos.

Un error… A veces pienso que mientras se la metía, su dopado cerebro tenía breves ataques de claridad y reconocía a su hermano.

Uno de esos errores que ahora me dan risa. Ella necesitaba ayuda, ella pidió que la alojara en casa. Yo le dije que no metía a ninguna colgada en mi morada. Fuera hermana o madre.

No soy un mártir, cuando no tenía ni para tabaco, no me daban ni la colillla.

Cuando fracasé en los estudios, no me dieron un puto trabajo digno.

Cuando mi mujer me puso los cuernos, me pidieron que diera lo poco que ganaba para un hijo que no me quería ni que yo quería.

Errores…

Mierda.

Me tiré a mi hermana para purgarme de ellos. Ella era más desgraciada. Le metía mis errores con cada embestida, apretando las llagas de sus brazos llenos de pinchazos. Golpeando mi vientre contra su pelvis huesuda, sólo cubierta de piel. Ella me inoculaba sin voluntad su inmundicia directamente en la polla.

-¿De verdad no vas a usar condón?

-No… -estuve a punto de llamarla hermanita.

Le mordí un pezón y se lamentó con fuerza, en mis labios quedó el sabor a óxido de la sangre.

No me enteré en que momento murió, aún estaba caliente su seco coño cuando me salía de madre.

Ahora mi sangre es veneno puro, ahora mi polla es una inyección mortal.

He violado a mi ex-mujer con ella. En unos días su fluido vaginal apestará.

No le he dado por culo a mi hijo porque no estaba en casa.

Ha tenido suerte, más que yo.

Ha cometido menos errores que yo a su edad.

Que no se fie.

Y ahora voy a intentar suicidarme en el depósito de agua potable que abastece la ciudad, al fin y al cabo trabajo allí.

Os vais a beber todos mis putos errores.

Y cuando vuestra propia sangre os mate, cuando la infección os haga delirar; reíros de vuestros fallos, porque eso le da a la vida una alegría que antes no conocíamos.

No todos habéis tenido la suerte de follaros a vuestra hermana puta y enferma, pero si podéis, no dejéis de hacerlo.

Libera más presión que un psicólogo idiota.

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Vida anal

Publicado: 20 marzo, 2011 en Terror
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Sujeta firmemente la cuchilla de afeitar y practica un profundo corte en el brazo. La carne se abre perezosa, como una sonrisa cansada. Como una especie de vulva estéril que se llena de sangre hasta rebosar.

No tiene tabaco con que distraerse.

No es un corte indoloro, como no es indolora la penetración anal.

Es más elegante el corte profundo y devastador en el brazo que mearse por un exceso de presión en la próstata. Es cuestión de disciplina mental.

Aunque con el tiempo, de la sodomización se extrae placer. Y muchas veces un pene sucio de mierda; pero no acaba de ver elitismo alguno en el esfínter herniado.

Del brazo, de ese profundo corte no sale excremento alguno, lo cual ya no aporta visión de mierda. Lo cual denota cierta elegancia.

Del brazo mana vida pura. Hay tal exceso de presión que es necesario liberar sangre. Hay poca sangre y mucho tiempo. La vida puede ser subjetivamente corta o larga. Todo depende de lo profundo del corte.

Como ocurre con la sodomización: puede ser placentera o dolorosa.

La vida es anal.

Es el corolario perfecto.

Y cuando se es tan fuerte como él, la vida no es fácil.

Porque te rompes.

Si eres fuerte no hay otra opción que partirse.

Los débiles por ser poco agraciados genéticamente por un cerebro lerdo y conformista, se doblan. Se pliegan multitud de veces sobre si mismos. Y así caben en cualquier parte, en cualquier cajón.

Y se almacenan sus ideas baratas y anodinas en el mismo vertedero donde ha acabado el papel que se ha usado para limpiar el pene sodomizador lleno de mierda.

En la punta de la polla que lo avasalla, está la foto de su hijo.

Y en los labios de su exmujer hay mierda.

No basta esa sangre que brota. No duele, ha de derramarse más. Se siente tan fuerte y con tanta energía que no encuentra cosas importantes que romper. No vale la pena destruir nada de lo que su vista enfoca, no satisface suficiente la idea de la destrucción.

Sin embargo es inevitable una ira cancerígena.

Sangre y destrucción.

¿Qué puede perder?

Cuando no queda nada no hay miedo y mucha ira. Mucho rencor.

Es delicioso sentirse libre de prejuicios y moralidades. Sentirse tan desgraciado que no importa nada.

Coloca un cd en el reproductor, pero lo ha manchado de sangre, el aparato dice que no hay disco.

Lo lanza con un grito inhumano contra el suelo y todos esos pedazos lo sumen en un breve éxtasis. Y durante ese instante de paz, todo se llena de mierda otra vez. Su cerebro ha perdido cualquier tipo de imagen o recuerdo tranquilizador.

La vida se le ha metido por el culo y le duele.

Su furia crece con un ritmo cardíaco enloquecedor. Su pene está duro; pero no es deseo sexual, solo la presión de una vida que se siente enclaustrada en un cuerpo incapaz de hacer el suficiente daño.

El dinero es importante como la sangre y cuando no hay dinero, queda la ira. El dinero es vida, el dinero es anal.

El trabajo es un pene que sodomiza y al final da cierto placer.

Ha perdido el trabajo, ha perdido el dinero. Ha perdido el placer.

La vida es anal y ahora huele a mierda.

Como le debe oler el coño a su mujer que lo ha abandonado y ahora la folla un cerdo de pene mierdoso.

Quisiera poder clavar los dedos en las paredes y derribar edificios llenos de seres humanos. De cualquier raza, sexo o condición. La ira no es racista ni clasista.

Hacer algo trascendente.

El dolor es lo que más fácilmente trasciende.

El humano es como los perros: recuerda el dolor y su comportamiento se condiciona en torno a galleta-castigo.

Se cubre con fuerza la herida del brazo con cinta adhesiva que sirvió para precintar en su momento cajas de cartón llenas de papel higiénico.

Es uno de esos días en los que las asociaciones de ideas parecen revelaciones.

La mierda conduce a la basura y la sangre derramada se limpia con un papel cuyo destino es disolverse en más porquería.

Es cuestión de cortar algo más doloroso. El pezón izquierdo cae al suelo y se caga en dios. No tiene cuidado alguno con la cuchilla y se corta los dedos índice y pulgar; pero eso no duele nada.

El pecho bañado en sangre alivia la presión con más fuerza, es mucho más efectivo. Se viste unos vaqueros y una camiseta oscura y sale a la calle a ofender e incomodar a los doblados y plegados.

La sangre empapa la ropa y la chusma no se fija en él hasta que su rostro suda con una palidez cerúlea.

Cuando las gotitas de sangre que caen de su ropaje forman ya un rastro tan obvio como las cagadas de los perros y la basura en las esquinas de las calles, los débiles no ven otra cosa que un hombre drogado, enfermo, loco…

No ven la mierda que ha salido de sus anos y que se encuentra en la punta del bálano de sus amos sodomitas.

No vale la pena matar ni destruir; pero tamopoco hay otra cosa mejor que hacer.

No tiene trabajo, no tiene placer, no puede comprar amor en ninguna parte. Las buenas putas exigen demasiado. Los hijos son caros.

Le tiene que proponer a su hijo que se fotografíe desnudo para colgar sus fotos en internet, es una forma de ganar dinero como otra cualquiera.

Al final todo es prostitución.

Es mejor morir ofendiendo. Es la única forma de ser contundente, claro y dejar un recuerdo.

La cuchilla baila en sus dedos nerviosos. Cortando.

Sirenas… Se aproximan. Son cantos de idiotez: policías que no tienen más utilidad que gastar recursos sin ningún fin.

Como los médicos que no curan. Hay gente que no merece ser curada.

Como jueces y magistrados masturbándose ante el testimonio de una violación.

El hombre está cansado, piensa que camina; pero ha apoyado la espalda en un árbol y percibe la orina de los perros por encima de los gases quemados del tráfico.

Alguien le pregunta si se encuentra bien.

Dice que sí, que salvo un asco infinito que le pudre la sangre que deja manar, todo está bien. Y salvo por el hecho de que perdió el trabajo y ya ha agotado la prestación de desempleo.

El dinero hace la felicidad, compra amor, compra vida, compra comida.

Sin dinero la vida es más anal que nunca y duele el pene que presiona en el intestino grueso.

Se arranca la cinta del brazo ante el murmullo de asco y asombro del grupo de gente que lo observa casi con miedo. Temen más a la insania que lo que la sangre pudiera llevar de enfermedades.

Su hijo le guarda el rencor de meses de malhumor, de meses sin dinero. No quiere a su hijo de la misma forma que él no lo quiere ahora.

La sangre que mana es espesa como un moco.

El dinero compra amor y compra cariños. Compra hijos.

Tal vez el que folla a su mujer también folle al hijo. La vida es anal y cuando el pequeño se dé cuenta de que caga sangre, será tarde.

Le dejará en herencia su cuchilla para que se corte la carne cuando sea necesario. Porque cuando su culo se dilate hasta lo máximo, necesitará drenar el exceso de vida.

El hombre-castigo jadea jalando de los últimos centimetros de cinta y la sangre brota con más alegría cuando se abre la herida para que entre la luz en su cuerpo. Es todo tan oscuro…

La horrible sonrisa se muestra obscena y dolorosa en el antebrazo y ahora parece una vagina tumefacta, ya infectada. Duele con solo mirar.

La policía se aproxima abriéndose paso entre la gente. El calor evapora la sangre y deja restos que huelen. El calor del planeta pudre la vida, textualmente.

Una mujer histérica se desmaya, aunque no es verdad, sólo miente para llamar la atención, alguien la sujeta para que no caiga al suelo y apenas la hacen caso, porque el hombre-castigo está levantando la camiseta para mostrar su estigma.

Donde hubo un pezón, se ha formado una costra de tela y carne. Y cuando la tela se despega, el ruido a tejido rasgado y arrancado parece subir por encima del bullicio ambiental y los vulgares que están en primera fila, se lleven las manos a los pechos como si fueran sus pezones los seccionados.

Y siguen mirando.

A través de su nebulosa visión puede ver un par de uniformes avanzando entre la chusma que lo observa. La mujer desmayada ya está en pie de nuevo porque nadie le hace puto caso.

El hombre-castigo avanza hacia ella y con parte de la cuchilla clavada en su dedos, le corta profundamente la mejilla, desde el ojo derecho hasta el maxilar inferior, hundiéndola con fuerza, sintiendo como el metal araña el hueso.

No se desmaya la mujer, solo grita como un animal. Y el resto de animales se separa de él, salen de su ensimismamiento para entrar de lleno en la dimensión del pánico. La mujer cae al suelo sujetando el tejido de su cara y derramando vida que huele a mierda. O eso es lo que el olfato del hombre le hace creer.

Se aleja con paso presuroso de los policías que ahora corren hacia él gritándole que se detenga. La chusma le ha abierto un pasadizo, temen a la casi imperciptible cuchilla que corta los dedos del loco y la carne que está próxima.

Nadie debería temer a una cuchilla tan pequeña, pero la cobardía abunda tanto como la estupidez y así, un pequeño trozo de metal inmoviliza a los idiotas como conejos frente a los focos de los coches.

Les grita a los policías que no tiene dinero para tabaco, que necesita fumar y corriendo se corta el pezón que queda. Ante ellos que le apuntan con las armas.

Y esos mastines del poder sudan ante el pecho que sangra y ante la insania, no disparan, no hay razón para matar. Desafortunadamente.

Tal vez sea porque con menos sangre se pesa menos y se gana por tanto en velocidad. El hombre-castigo consigue arrancar a sus piernas fuerza para correr, la suficiente para que pueda alejarse de los perros que lo intentan cazar. Aunque corriera a seis match, nunca se alejaría lo suficiente. Piensa que es una tontería, porque no tiene dinero ni para combustible.

Cruza la calle sin mirar y un coche lo golpea. Cae con un trallazo de dolor y el hombro dislocado es un suave dolor. Lo que duele infinito es jadear y que se muevan las heridas de su pecho. Pronto se romperá del todo y se habrá acabado la historia.

Los policías le siguen ordenando que se detenga. Han pedido por radio una ambulancia y otro par de coches patrulla se unen a la persecución e intentan mantenerse cerca del hombre-castigo.

Es una persecución imbécil y sin sentido, si los policías no fueran tan idiotas como sus amos, lo habrían apresado ya. Pero tienen miedo: sangra mucho, está demasiado alienado. Los idiotas temen que la locura se pueda contagiar. El resto de borregos observa a prudente distancia. Memorizan actos y detalles para luego contar como testigos de primera lo ocurrido en sus casas, a los amigos en el bar o en el trabajo.

Ahora corre por una calle cuesta abajo, ha perdido un zapato y ha pisado con un pie desnudo una mierda de perro, cosa que le da asco y lo enfurece. Al pasar casi rozando a un hombre que intenta dejarle vía libre corta su cuello con la cuchilla sin llegar a profundizar demasiado. Ni siquiera gravemente, es una cuchilla solamente.

Hay hombres que parecen muy fuertes, que tienen apariencia de curtidos y de ser valientes. Pero éste grita como una rata herida, está tan asustado que piensa que el corte es profundo. Debería asustarle la posibilidad de contagio de imbecilidad por una cuchilla que ha cortado demasiado en tan pocas horas.

La policía piensa que es suficiente, que es mejor disparar y matar, por otro lado están cansados de correr y trabajar.

Los primeros disparos llegan cuando atraviesa un desierto tramo de calle cerrada al público por obras. Las balas pasan muy lejos del hombre-castigo. Es difícil matar cuando no se está acostumbrado a ello.

Le gustaría comprar, antes de morir, un cajetilla de tabaco; siente curiosidad por saber si el humo del tabaco le saldría por las heridas del pecho. Y por otro lado, está un poco nervioso. Se podría sentar a fumar un par de cigarros en cualquier banco mientras los policías le disparan e intentan acertarle.

Ahora, a la par que los policías, corre personal sanitario. Le empieza a recordar las películas cómicas mudas.

Suena un alto por enésima vez y un estampido.

Ahora no pueden disparar, hay demasiada gente en la rambla.

No es que quiera hacer daño, pero hay tanta carne junta que la cuchilla entre sus dedos siempre encuentra algo que cortar.

Un ciudadano valiente lo empuja y lo hace caer al suelo, intenta mantenerlo ahí con los pies, como si fuera un animal hasta que lleguen los policías y le den una galleta como premio. El hombre-castigo consigue cortar los tendones de su empeine derecho y cae el colaboracionista muy cerca de él. Le corta un ojo por error al intentar cortar el cuello.

Se levanta de nuevo, no se había dado cuenta de lo cansado que estaba. El hecho de elevarse lo hace jadear. Su brazo es una bomba de presión. Su pecho es un ardor que se extiende desde las heridas de los pezones hasta las mismísimas ingles.

Los cuerpos le protegen la vida, no pueden disparar muy a su pesar.

Se pregunta cuando oirá la gran explosión, cuanto tardará en llenarse de gas su apartamento, si será suficiente para que esa gran colmena donde vive, caiga al suelo con todos los idiotas dentro. Cuando el compresor de la nevera se conecte, se creará una pequeña chispa y entonces habrá dolor, y no precisamente anal.

Aunque dada la metáfora, tendrá que ser cuidadoso con la limpieza de su polla, porque será el suyo el pene lleno de mierda.

La vida es anal para unos y para otros es fálica.

La filosofía es una disciplina directamente relacionada con los genitales y el sistema excretor.

Le gustaría vivir para verlo, o al menos para sentir el estruendo. Morir sabiendo que se lleva a muchos con él es una ilusión como otra cualquiera.

La gente lo empuja, le entorpece la carrera y los policías están tan cerca que huele sus culos.

Cruza la calle y se salva de morir aplastado por un camión.

Por un momento se queda atónito cuando llega a la acera de enfrente, su ojo se ha cerrado, pero cuando se lleva la mano a la cara, no es cuestión de párpados. Es cuestión de que una bala que ha entrado por la parte posterior de su cráneo, ha salido llevándose el ojo y unos cuantos huesos.

Es increíble la de cosas que se pueden pensar en los escasos segundos que tarda uno en morir; él juraría que ha oído una tremenda explosión, que ha oído gritos y que hay cuerpos enterrados entre cascotes, cuerpos quemados.

Penes llenos de mierda limpios por el fuego purificador.

Pero sabe que su cerebro está hecho puré, que bien podría ser una alucinación.

Prefiere morir feliz.

Y no tiene tiempo a concluir si ha muerto feliz.

Ha muerto, que no es poco.

El policía ha gritado eufórico: “¡Le dí!”. Se acabó correr, se acabó el ejercicio.

Una gran explosión le borra la sonrisa de la cara.

El agente se pregunta con harta desgana que habrá ocurrido, rascándose distraídamente las nalgas.

Iconoclasta

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Dios

Publicado: 10 marzo, 2011 en Terror
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Dios ha muerto en pedazos. Dios está troceado en mi nevera.

El no debería haberme alejado de ella, él no debería haberme creado tan lejos de ella. Le recé tantas veces que se acercó a mí y de un certero tajo abrí su sacratísimo cuello.

Me como a Dios cuando tengo hambre, poco a poco lo voy devorando, no lo he dicho a nadie. Porque quien mata a Dios se convierte en Dios. Y yo no quiero sentir las oraciones de nadie. Soy Dios para llegar a ella. Para alzarla al cielo con mis brazos que son un manojo de fibras contraídas por el amor que siento.

Si escucho una oración la ignoro, mi poder es para mí; para tenerla, para llegar a ella. He dejado desangrar a un hijo en los brazos de su madre porque soy Dios sólo para ella.

Lo demás no me importa. Incluso lo destruiría todo para que nada ni nadie nos moleste.

Mi vida ha muerto. Mi vida está troceada en mi nevera, voy devorando a mi amor para que se funda en mí. La sangre que manaba de uno de los tajos, en su frente, se escurría por sus ojos como lágrima roja. No quería morir, no creía que pudiera morir por la mano de Dios. Mientras la apuñalaba se quejaba lánguidamente, exhausta. El dolor que provoca un Dios es tan intenso que anula la voluntad de expresarlo con un grito profundo. La voluntad se doblega ante la divinidad.

Era necesario unirla a mí. A Dios… Ego me absolvo.

Y mi pene sagrado la santificó en la hora de su agonía; fue su extremaunción con una polla divina. Mi amor sudaba sangre con su último orgasmo.

Un jaco de caballo y en vez de agua, su sangre. Su sangre hermosa y tan espesa que necesito mi fuerza diosa para poder empujar el émbolo, la vena se rasga por el temblor de mi presión. Pero soy Dios y mi caballo sagrado acaba galopando por mi riego sanguíneo.

Directo a mi pene. Directo a mi divino cerebro, mientras saboreo un delicioso trozo de su pecho.

Ahora soy dos veces Dios.

Un Dios de risa afable, ensangrentada.

Revolcándome entre los placeres de la sanguínea heroína y los lamentos de los que sufren, sin que nadie les escuche ya.

Sin que nadie pueda hacer nada por ellos.

Ignorando todo el humano dolor.

Un Dios distraído y satisfecho.

Iconoclasta

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El caleidoscopio

Publicado: 7 octubre, 2010 en Absurdo
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Alguien me mueve, me gira hacia la dolorosa luz, me rota y a veces me agita.

Estoy a su puta merced. Me fragmento, me rompo.

Soy estrella y después ameba. Mi mente se deshace en mil estallidos de color.

Sin dolor.

Sólo es asombro. Dios está juguetón. Dios me rompe y me rehace.

Dios es un psicópata.

Me transforma como una absurda energía que no tiene utilidad alguna.

Hay colores que se descomponen y en esos momentos la oscuridad reina.

Es desolador verse sometido así.

Descorazonador.

Estoy abandonado.

Podrido.

Iconoclasta

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