Archivos para octubre, 2015

Captura

Vencido, una víctima del otoño, en Realidades Truncadas.

Mi amigo vencido

Publicado: 23 octubre, 2015 en Humor, Lecturas, Maldito romanticismo, Reflexiones
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Posando con mi vencido amigo y el otoño riendo triunfador y pérfido.

Cumple años Izabel Goulart

Publicado: 23 octubre, 2015 en Humor, Lecturas, Reflexiones
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Izabel Goulart

En Telegramas de Iconoclasta.

Perdóname

Publicado: 23 octubre, 2015 en Amor cabrón
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Perdóname

No llores, mi amor.

No cuando no puedo darte el calor de mi piel.

¿Te das cuenta de lo hermosa que te hace tu tragedia? ¿Te das cuenta de mi angustia por las lágrimas que se bebe la tierra sin que corran por mi pecho?

No llores si no puedo envolverte, ten piedad…

No muestres tu tristeza a este mundo de mierda.

¡Qué valiente eres!

Confieso que tu llanto es mi paz. Me construye como tu hombre, porque no existe nada tan íntimo que asistir a tu tristeza en la madrugada.

Todo irá bien, cielo.

Perdóname por verte tan hermosa, tan mujer cuando la tristeza te abruma.

Perdóname por amar tus lágrimas.

Amarte me hace egoísta y tu llanto pone a prueba mi decencia.

Temo amarte más, porque descubrirá lo más bajo de mí, lo que yo mismo me niego.

Llora en mí, hazme saber que soy tu consuelo, tu fortaleza.

Llora…

Perdóname, amor.
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Iconoclasta

Morir cada día

Publicado: 22 octubre, 2015 en Sin categoría
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La tragedia nuestra de cada día: la muerte del día.
El sol lanzando sus últimos bramidos de luz, haciendo del color un drama.
No le tengo lástima.

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La montaña es mujer, por ello la amo. Menstrua belleza en íntimos y melancólicos otoños.

Ilusos semáforos

Publicado: 22 octubre, 2015 en Absurdo, Lecturas, Maldito romanticismo, Reflexiones
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Ilusos semáforos

Camino en plena madrugada cuando no hay absolutamente nadie en la calle, cuando los semáforos en rojo detienen el tráfico a nada. Cambian de color sin que sea necesario, son los autistas de las frías noches. Se niegan a creer que son cosas y hacen su trabajo con patética voluntad.
Siento lástima por ellos.
Cruzo la calle y el semáforo de los peatones brilla en verde, como si se alegrara de poder servir para algo por fin.
Los semáforos necesitan seres vivos.
Yo no quisiera ser semáforo.
(Fragmentos de Las tertulias de las frías noches, de Iconoclasta)

Cuestión de cordura

Publicado: 21 octubre, 2015 en Conclusiones, Lecturas, Maldito romanticismo, Reflexiones
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La noche existe cuando no hay nadie, cuando eres lo único que camina por las calles. Entonces eres noche, te conviertes en algo de ella, o en ella misma. Y es donde debe estar, lo que debes ser: un apátrida de la luz y el calor.
No es cuestión de valor o miedo, de frío o calor. Solo es el filo de la cordura.

Las tertulias de las frías noches

Publicado: 21 octubre, 2015 en Terror
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Las frías noches y sus habitantes_01

Camino en plena madrugada cuando no hay absolutamente nadie en la calle, cuando los semáforos en rojo detienen el tráfico a nada. Cambian de color sin que sea necesario, son los autistas de las frías noches. Se niegan a creer que son cosas y hacen su trabajo con patética voluntad.

Siento lástima por ellos.

Las personas y los demás seres se cobijan pronto en sus hogares, como si el frío fuera una bestia que devora seres en la noche ante semáforos que cambian de color con una triste voluntad de ser.

Sobre el sonido de los relés que cambian las luces de color, se eleva el estruendoso silencio que los muertos gritan en sus muertas tertulias, tomando copas de muertos licores en las mesas de un bar cerrado a los vivos.

Los muertos no temen al frío; pero recelan un poco del hombre que camina de madrugada tan lentamente, como si hubiera sol. Se nota en su silencio menos espectral cuando me acerco a ellos y prolongo mi paseo con otro cigarrillo.

Fotografío las mesas llenas de muerte, silencio y frío para que un día me pregunten donde está el interés de esa foto de metálicas sillas, tan frías, tan vacías en la noche. Y yo no sepa que decir.

Sus rostros cadáver se giran hacia mí invitándome a que me siente con ellos.

-Ven con nosotros y cuéntanos qué haces en un cuerpo si estás muerto. ¿Cómo se hace eso? -me preguntan silenciosamente, mientras los semáforos cambian a rojo y otros a verde con el único sonido audible en el planeta. Siento tristeza que a nada le importe su trabajo, su vida.

Un escalofrío de miedo me recorre el espinazo.

¿Y si tienen razón? ¿Y si no estoy ni muerto ni vivo?

Tengo pánico a que también muerto, me encuentre en un lugar que no me corresponde, que no quiero, que no acepto.

Me duele la pierna profundamente, tan adentro que la mano no puede calmar el dolor de la carne y el hueso, de la médula misma. Con el frío los tendones se hacen dolorosamente rígidos y los calambres se convierten en uno solo que no pierde intensidad y te cansa, te mina el ánimo.

Mi silencio les saluda con el humo que expulso por la boca y tomo asiento en una congelada silla.

Les digo que los buscaba a ellos, que son la magia y lo extraño en una vida que los sueños no duran más allá de unas horas, cuando duermes y despertar es un insulto a la ilusión.

Me gusta estar con ellos, con su despreocupado silencio.

-Aquí estaremos cuando mueras. Cuando mueras del todo -dicen al asomar el primer fulgor del alba y las luces de algunas casas se encienden.

Se evaporan y su silencio se transforma en ruidos lejanos de toses madrugadoras, agua que arrastra orina y mierda. Y coches que ronronean humeando como si anunciaran un nuevo papa, con los focos legañosos frente a un semáforo sin alma.

El reloj dice que he estado más de tres horas aquí sentado.

Me pregunto dónde pasarán el día mis nuevos amigos.

Es hora de levantarse porque la gente que se dirige presurosa a su trabajo me mira sorprendida.

Camino hacia mi casa para pasar el día resguardado, como si fuera un muerto.

Recuerdo que me dolía la pierna, ahora no; como si el silencio de los muertos la hubiera calmado. No la puedo doblar, pero me sostiene por su rigidez.

El semáforo de los peatones brilla en verde, como si se alegrara de poder servir para algo por fin. Los semáforos necesitan seres vivos, yo no quisiera ser semáforo.

Le hago caso y cruzo.

Me rompo en mil pedazos, dando vueltas por el congelado asfalto, lo noto en mi cara que se rompe con cada tumbo, como los brazos y la espalda, la cadera, las costillas…

Lo he intentado; pero la pierna tan rígida, casi muerta, no podía impulsarme con rapidez. Toneladas de acero frenan demasiado tarde. He intentado no morir, no se me puede culpar de irme por un mero capricho.

Hay camiones que no son sensibles a la bondad de los semáforos.

Intento respirar, no puedo: una costilla ha perforado un pulmón.

No soy médico; pero cuando en lugar de respirar sientes que se escapa el aire por algún lugar que no es la boca, es que algo huele a podrido en Dinamarca.

El camión hace demasiado ruido, me hubiera gustado una muerte más silenciosa.

Me esperan noches de animadas tertulias. No es malo.

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Iconoclasta

Unas muertes para un buen rato

Publicado: 20 octubre, 2015 en Conclusiones, Humor, Lecturas, Libros, Reflexiones
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Ahora sí que me lo voy a pasar en grande.
Unas muertes más o menos no pueden hacer daño. Incluso algunas son gozosas, literarias o no.
El poder del perro, chingado poder y chingona novela.
Ya nos valió madres.