Archivos de la categoría ‘Amor cabrón’

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Se gestionan con más o menos eficiencia el amor y la ternura. Se exalta el paternalismo.
Y a la ira se la trata como algo a erradicar de los cerebros primates o humanos.
Eso es castrar el pensamiento de la pasión.
Porque hay cosas que deben amarse y otras odiarse .
Sin ira solo queda apatía, amores sin sangre, pálidos, anémicos.
La cobardía es la indignidad más humillante.

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Cada rincón de la montaña guarda unos recuerdos.
Es un paseo por la serena y cálida nostalgia.
Al fin tienen un lugar donde descansar mis momentos pasados.
Está bien…
No tenía donde guardar los secretos a la luz.
Se estaban enmoheciendo, se descomponían junto con mi vida. Necesitaban aire, sol, lluvia, hielo…
Ahora están a salvo todos los que vivimos, morimos y sentimos.
Cada rincón da cobijo a un pasado y tiene sus propios aromas, sus colores que identifican los ojos un poco cansados ya.
Hay rincones de la vida y la alegría, del sexo y el placer, del dolor y la muerte, del cariño y la ternura.
La risa y el llanto… Maldita paranoia hermosa…
Tanta tragedia, tanta comedia. Es una obra magna, no debía morir conmigo.
Observaba en tiempos oscuros, desde tristes ventanas las lejanas montañas; sin saber porque mi piel quería desprenderse hacia ellas. Era la tristeza de su lejanía, de la imposibilidad.
No sabía que debía salvar lo vivido, vaciar mi carga y dejar sitio a más vida, a más pasado.
Me horrorizan los ancianos que mueren en sus pasados, que cierran los ojos con melancolía a lo que fueron.
Yo quiero morir en el presente, viviendo cosas nuevas, creando nuevos recuerdos. Continuamente….
Hasta que llegue la Gran Noche de la Luna Nueva Eterna y se mantenga para siempre en mi horizonte.
Tengo un archivo de nostalgias que miro subiendo y bajando montañas. Y de vez en cuando, arranco una hoja para olerla y acariciarla.
Luego, se deshace dulcemente como una muerte buena entre mis dedos.
Soy un presente acariciando el pasado, confortado por el rumor y la sombra de sus hojas pequeñas y hermosas.

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Los dedos solitarios se tornan fríos como la escarcha que en la madrugada se forma robando el poco calor que los seres guardan en su interior.
En los dedos solitarios, el frío se posa primero en la piel, en segundos se filtra hacia la carne y luego, imparable, enfría la sangre que contienen, que es bombeada gélida al corazón y al cerebro.
No importa lo mucho que te abrigues, el frío ya está dentro. Te congelas desde el alma hacia los pies; por dentro y desde dentro.
Y es entonces cuando piensas en las cerúleas pieles, en las uñas amoratadas, en párpados que se abren repentinos sin voluntad y los dedos misericordiosos que los cosen.
Sin embargo, el frío de la soledad no mata, se queda en el justo grado de helor para que puedas escribir de tu desprotegida piel, del calor que sabes que no llegará nunca. Tomas la pluma y escribes frío tras frío, como en épocas antiguas de mantas en hombros y piernas y unos dedos demasiado rígidos, a la luz de un pábilo agitado por la tristeza.
El frío de la soledad no te mata, solo espera y asiste frotándose ávidamente las manos, a tu suicidio.
Te asomas a los vidrios sucios de la ventana, para ver la luna lanzando sin piedad sus rayos de hielo sobre la faz de la atormentada tierra.
Sobre ti.
Y observas la piel que el frío ha cortado, que apenas contiene la sangre de tus dedos y vuelves a la mesa a seguir escribiendo; porque así haces tu pensamiento sólido, multidimensional; puedes incluso sentir su dureza en la oscuridad al pasar los dedos por él.
Existes más que en ningún otro momento de calidez.
El mecanismo es preciso, es certero; sino tienes la piel que te ha de confortar, la escribes y describes en un paranoico concierto de rasguños y golpes de plumín sobre el papel y la mesa. Haces tu tragedia tangible y mensurable. Y todo ese esfuerzo se convierte en calor.
El papel arde con letras al rojo vivo.
La transmutación del pensamiento en materia, solo es posible cuando hay una fricción que provoca el calor, cuando es tu gélida y desconsolada sangre la que escribe.
Luego, en un rincón oscuro donde no llegue la luz de la vela que tiembla, te llevarás al pecho esos pensamientos arrugados con los puños crispados y llorarás una cálida tristeza. Te sentirás trascender, concluirás que amar es tragedia. Que la voluntad y la soledad son los dos átomos que forman la molécula de la libertad. Y la libertad es creación.
Y se sabe que todos los partos del mundo duelen.
Eres un privilegiado al hacer materia del amor. Un combustible.
La soledad a esas alturas de la madrugada, es un cigarro entre los dedos y unos ojos que se cierran con sueño ante el papel. Es una sonrisa triste al meditar sobre tu propia locura.
La fría soledad se esfuma lanzándote imprecaciones, porque hoy no habrá suicidio. O al menos, ahora.
Guardas ese papel arrugado en un cajón con la ingenua esperanza de que un día, vivo o muerto, tenga entre sus manos la masa de tu pensamiento y sepa así que no fueron solo palabras, si no sueños que congelaban el alma.

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Iconoclasta

 

Aberrante

No puedo decir que tengo alma, porque si así fuera, sería ahora mismo un gas entre tus pechos y tus muslos.

Penetrando tan dentro de ti, que te tendrían que exorcizar.

Como no tengo alma, cuando no te follo estrangulo el pene hasta que colapso la circulación sanguínea y siento que revienta. No es una parafilia, es el desmedido deseo sin consuelo cuando no estás.

Una mortificación por mi imposibilidad.

Soy duro conmigo mismo. Soy estricto.

Aunque el semen se escurra y enfríe entre mis dedos, sin que la piel deseada conforte con su tibieza a los hijos que no nacerán; no ha habido placer.

¿Es posible correrse con un llanto? Lo es, te lo juro.

No follarte es una aflicción que hace de mí una monstruosa obscenidad.

Soy aberración para la humana serenidad.

Soy tu doliente pornógrafo con el pecho sucio de ceniza y los dedos pegajosos sin saber qué hacer con eso.

Y un pene que palpita herido las últimas arcadas de un llanto.

Oscuro como el corazón de los dioses.

 

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Iconoclasta

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Si sale vapor de la tierra es por un efecto termo-dinámico.
No es materia espiritual.
La orina no desprende un vapor místico.
Somos de una vulgaridad desesperante, los escritores deberían callar sus letras bellas que prometen trascendencia. No deberían crear ilusiones en los ingenuos.
Pero no son preocupantes los eufemismos cuando se tiene el conocimiento de la absoluta imprescindibilidad de los humanos.
La única forma de trascender es morir.
Y meterme en tu coño deseado.

Odiada mía

Debería odiarte porque por mujeres como tú los hombres son idiotas.
Hay una frecuencia en tu voz que me hace perder el hilo de mi propio pensamiento y balbuceo incoherencias de amor en tu oído. Olvidando lo que debía decir como hombre formado.
Con tu voz me haces adolescente provocándome una punzada en el pecho que solo puede calmar tu abrazo, tu respiración.
Tus pechos presionando el mío.
Me deshaces. Por favor…
Debería odiarte porque tu llanto es mi canto de sirena. Porque buscas el consuelo de mis brazos y los labios para recoger las lágrimas. Destruyes mi fortaleza construida con tesón a lo largo de los siglos, amén.
Provocas una ternura infinita que desconocía poder sentir.
Me siento vulnerable, indefenso frente a la apabullante carga de tu sensibilidad.
Debería odiarte porque has destruido mi independencia, ya no puedo concebir los días solo. Te odio…
No hay paz sin ti.
Debería odiarte porque haces de mí un absurdo trípode cuando clavo la mirada en tu escote.
Debería odiarte porque tus labios hermosos secan los míos cuando los contemplo.
¿Te das cuenta, odiada mía, que haces de mí lo que me esforcé en no ser?
Estás rozando la ilegalidad, es prácticamente secuestro lo que haces conmigo.
Debería odiarte por llevarme por sueños imposibles, cuando ya era hombre que ensuciaba sus manos y pies con el polvo en el que se convierten los seres al morir.
Odiada mía, debería odiarte cuando dices amarme y siento que no soy de acero forjado, si no de piel y carne temblorosos ante ti, encima de ti, dentro de ti…
Pienso que nunca conseguiré besarte tanto por lo que te odio. Tu piel es inabarcable como un universo en mi mente pequeña y simple.
Cuando tus ojos brillan al verme, siento el vértigo de los años cientos en los que nadie me miró así. No lo sabía todo, odiada mía.
Qué equivocado estaba…
Me doblo con una arcada ante tanto tiempo perdido sin ti.
Y te odio cuando la melancolía de tu ausencia me hace llorar.
Porque los hombres no lloran, cuando lloran están derrotados. Mírame, soy tu trofeo encima de una chimenea.
Antes no sentía esas «cosas» brotar de mis ojos, eso no iba conmigo.
¿Qué me has hecho, detestada mía?
Te odio porque dividiste mi vida en «a. de Ti» y «d. de Ti» (antes y después de Ti), como si fueras un hermoso y divino Jesucristo de cuerpo rotundo y sensualidad perfecta.
Partiste mi vida con «Piénsame» y un «Te pienso».
Convertiste una parte de mis oscuras edades en prehistoria.
No sabes lo que sufro al escribir «debería odiarte» o «te odio», porque la sola idea de odiarte, me provoca convulsiones. Duele imaginar que por un milisegundo pudiera aborrecerte.
¡Te odio!
No…
Te amo con toda mi alma. Es la única forma de concluir este listado de reproches por lo que has hecho de mí.
Te amo a pesar de que has hecho avanzar el tiempo a velocidad de híper-espacio. Hay tan poco tiempo y tanto que amarte… Me falta vida ahora, cielo.
Pero ¿sabes, odiada mía? Vendería la mitad de mi vida al diablo o a dios si existieran, para que mis últimas horas fueran contigo.
Pacto morir a tu lado.

 

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Iconoclasta

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El impreciso amor, la desesperante imprecisión de puño y letra.

En Los manuscritos del Iconoclasta.

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No te rías cuando te digo que me la pones dura.
Dices que soy tierno.
A pesar de todas mis obscenidades. Me quieres demasiado, mi adorada.
Yo quería ser feroz…
Amándote me salen las cosas maravillosamente al revés.
Te voy a arrancar ese sujetador negro a bocados, maldita.

Los brazos rotos

Hay algo que parte los huesos, los troncha como madera seca.
Es el vacío.
Cuando se abraza la nada en la que se forma el espejismo de un deseo, los huesos se astillan y sientes el lacerante dolor de lo que no hay.
Los sueños incumplidos tienen el terrorífico poder de la ruptura impía.
La ausencia parte el ánimo como una paja seca y el ánimo siempre está alojado en el tuétano, en la médula tan profunda como el amor que me destruye.
Es normal que se partan los brazos. Los levantadores de pesos no tienen que elevar el vacío, por eso no sangran cuando elevan los 200 kg. por encima de sus cabezas.
No es extraño despertar con los brazos colgando, como si fueran las alas podridas que el cuervo arrastra por el suelo.
Oyes el crujido y piensas que no es posible, que no pueden partirse tantas veces los huesos, que eres un Sísifo que apenas se recompone, se parte de nuevo.
Y lloras brevemente todo ese dolor antes de que el sol te ilumine el rostro. Con cierta vergüenza, porque ¿cómo explicas que el vacío te ha roto los brazos? Que no es cáncer.
«Es que ella está horriblemente lejos, médico de brazos rotos, y deja su vacío allá donde miras».
¿Es que nadie me va a entender?
Si mi pene tuviera huesos, se partirían. Eyacularía sangre que correría por mis muslos espesa, pornográficamente dolorosa…
Es como si el vacío pidiera mi médula para llenarse. No sé…
Duele madre, duele la vida que me diste.
Hiciste mis brazos de cristal…
El mundo me está destrozando en vida, coño.
Piensas que si usaras los pulmones para aspirar el olor de su cabello y su coño, las costillas se partirían y rasgarían los pulmones.
No existe nada tan letal como aspirar vacío.
Lo sé por las alas marchitas de los cuervos y las mías. Tan rotas que me hacen amorfo, me roban la humanidad y crean un gusano de mí.
Mierda…
El dolor no es espejismo, no es un vacío. Es la obscena y única materia que llena la nada con cúbitos y radios estampados con lunares rojos.
Habito un vertedero de huesos ensangrentados.
¿Cuántas veces podrán destrozarse mis brazos para llenar el vacío? Debe haber un final, una conclusión. No puede ser tan largo.
No hay mal que un millón de asquerosos años dure.
Lloras para liberar la presión osmótica que se crea entre la membrana del sueño y la de la fatalidad. Observando el cúbito y el radio asomar obscenamente, rasgando la piel que debería ocultarlos. Y piensas en el calcio y su deficiencia.
Y en que la única fe es la del absoluto e insaciable poder del vacío.
Duelen los oídos porque la baja frecuencia del sonido de un hueso al partirse, afecta al tímpano y a un puto corazón que está al borde del colapso.
Es lo mismo que decir que eres impetuoso muriendo…
En tu piel, en tu rostro y en tu coño deseado está mi protección. En tus labios entreabiertos que mi lengua invade.
Cualquiera de los dos pares.
Sin ti el mundo enmudece con un escalofriante chasquido y se parten los brazos allá donde abrazaban tu torso brillante.
Suave, suave…
Y se cierran los ojos lentamente con la más triste aflicción y las manos crispadas aún, intentando contener tanta locura.
Toda la locura.
Toda tú.

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Iconoclasta

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Existes para que yo quiera vivir, para que acepte la vida con la ineludible condición de estar en tu pensamiento.
Te hago responsable de mi vida y muerte.
No te voy a describir las venas que palpitan por debajo de mi vientre, ni la incomodidad que siento cuando el pantalón me ahoga; pero eres responsable de esta asfixia.
Eres responsable de crear una húmeda y tórrida mazmorra en mí mismo con cada «¡Ahá!», cuando ríes y asientes feliz a mis indecorosas expresiones de deseo. Cuando me toleras con esa mirada ultraterrena.
Enamorado y dolorosamente erecto…
Haces de mi vida una paranoia de ternuras y animalidad.
Y así, cualquier consideración de sosiego es una amenaza a la intensidad que le das a mis días.
Y sin esa intensidad enloquecedora, soy mierda.
Soy absolutamente irresponsable de lo que haces conmigo.
Quisiera recordar tiempos anteriores a ti; pero no existen. Por lo visto, nací en el mismo momento que miraste mis ojos no natos.
Entiendes ¿verdad?
El amor es una piel fundida en otra.
No sé cómo describir con precisión esta tragedia de amarte.
«Amor» tiene tan pocas letras, es tan impreciso…