
En Realidades Truncadas.
Te tengo en la punta de la lengua.
Podría ser mucho más obsceno si fuera sincero del todo.
Acabo de serlo ¿verdad?
¿Cómo se pueden decir estas cosas con el rostro tan grave? No puedo ser un mentiroso desenfadado y relajado. Amarte, decir tu nombre y encontrarte en la dureza de mi miembro es metafísica aplicada al ánimo y a cada nervio que recorre mi cuerpo.
Es un colapso generalizado de la razón.
No me río, no tiene nada de gracioso amarte.
No es una broma, mi amor.
Tengo un te quiero que se me escapa por las puntas de… la lengua.
Dios… Cómo te necesito…
Soy una fuerza vectorial inflamada de sangre buscando la intersección de tus muslos y el vértice duro y casi esférico que corona el triángulo irregular que forma tu coño.
Soy eje y tu concavidad.
Amarte y follarte me hace experto en la geometría que jamás llegué a entender.
Y lamer tu sexo me hace un experto somelier.
La enología también tiene sus aplicaciones sexuales.
Tu cuerpo es una auténtica universidad y yo un tosco alumno.
Amar es dedicación absoluta,
ergo tiempo.
Y el tiempo es el bien más preciado
dicen los que saben, los que triunfan.
Y si eres egoísta las cuentas no salen.
Y sientes que pierdes más que ganas.
Y amar es un mal negocio.
Ergo el tiempo es más fuerte que el amor,
y el amor se muere de decepción
asfixiado por el vertiginoso torrente
de la tragedia de la arena de un reloj.
Y no es justo.
Pero… ¿Qué lo es?
Y toma el pequeño reloj de arena
y cristal cruel
entre sus dedos de uñas granates
como sangre oscura
y el reflejo de los carnosos labios
de terciopelo negro,
para observar la ampolla del tiempo
y el rostro cuasi sepulto en la arena
sobre el que llueven unos últimos granos
sobre los claros y húmedos ojos
que lloran sin comprender aún
la atroz usura del tiempo
parpadeando barro de amor.
Y las cuentas comienzan a cuadrar.
ti-titi-tititi–titi–ti—-titi–titi-ti-tititi–…
Son breves momentos de amor y apresuradas palabras de alegría escritas en un morse eléctrico y rápido.
Fulgurantes trallazos de ternura electromagnética.
Son antiguos telegrafistas que en pleno siglo XXI, lanzan besos en código morse. Apenas hay tiempo, pobres…
ti-titi-tititi–titi–ti—-titi–titi-ti-tititi–…
Urgentes besos e ilusionados abrazos antes del trabajo, antes de comer, antes de la cena, antes de dormir, antes de todo…
Instantes que pueden hacer hermoso el día de una forma rotunda y sorprendente.
Como si existieran los milagros.
ti-titi-tititi–titi–ti—-titi–titi-ti-tititi–…
Durante una convalecencia se cuentan dolores de uno y otro con besos y alegría. Tecleando los pulsadores para enviar todo el amor posible en el menor tiempo.
No saben ni ellos mismo como lo hacen, no entienden como se puede transmitir tanto cariño y ternura tan velozmente.
Los enamorados baten extraños y absurdos récords secretos.
ti-titi-tititi–titi–ti—-titi–titi-ti-tititi–…
Telegrafistas que ganan tiempo no escribiendo de ansias incumplidas e inconsolables.
Telegramas de ilusión y besos, rápidos y eficaces, sin tiempo para las melancolías.
La melancolía atacará con dureza luego, cuando el martillo del telégrafo quede en reposo en la oscuridad de la oficina de correos. Cuando estén solos y el tiempo no amenace la dicha del encuentro eléctrico.
Los telegrafistas enamorados imaginarán luego, en su aislamiento entre la multitud, los besos carnales, la humedad de las pieles acaloradas y cenar juntos en el mismo lugar sin despedidas con puntos y rayas.
ti-titi-tititi–titi–ti—-titi–titi-ti-tititi–…
Esperarán impacientes un año, un día del dragón que vuele llevando en sus garras palabras palpables de tinta y papel que den consuelo a la melancolía que a veces les detiene peligrosa y dolorosamente el corazón. En cualquier momento.
Que esas palabras combatan el vacío de las manos cuando los telégrafos dejan de sonar su morse de amor. Cuando la quietud de los martillos del telégrafo deja vía libre a tristezas, distancias, tiempos, esperanzas y alegrías. Cuando queda demasiado tiempo para que la realidad les aplaste el ánimo y esbocen una sonrisa cansada que nadie entiende.
ti-titi-tititi–titi–ti—-titi–titi-ti-tititi–…
Por ello cuando el morse habla solo hay alegrías, amor y ternuras. Rápidos e inequívocos mensajes cortos: «Te quiero – Stop – Te pienso – Stop – Eres una mujer impresionante – Stop – Eres bárbaro – Stop…
Stop, stop, stop…»
¿Cómo es posible querer tanto en tan poco tiempo y con tan pocas palabras?
Porque el amor corre veloz como la luz, como la electricidad que lleva un código morse de amor y esperanzas.
Dragones de plata, hojas de papel embebidas en tinta de amor y pulsaciones electromagnéticas que dan vida al corazón…
Se quieren – stop – Sonríen cuando deberían llorar – stop – Combaten el tiempo a sabiendas que pierden – stop – Triunfan amando cada día robando tiempo al tiempo – stop.
Fin de la transmisión.