Es el día institucional que el estado/dios alienta a que se brinde o se piense por los muertos, en unos casos por añoranza y en su mayor parte por la alegría y el sosiego de tener la firme certeza de que no seguirá jodiéndote alguno de ellos.
Es el día de los muertos y es imposible que todos sean queridos.
Además de flores, en los cementerios se deberían vender clavos para el ritual de clavarlos en las tumbas y nichos de los odiados y asegurarse de que no saldrán de allí.
Un conjuro infantil, como las flores que no pueden oler ni ver.
Un folclore más.
Al fin y al cabo es más fácil odiar que amar.
En fin, el día de muertos siempre resulta inspirador para meditar o escribir ingenuas, es un día inocuas e incruentas reflexiones sobre los cadáveres ajenos.
Porque mis muertos tienen horas y días aleatorias en que los pienso íntimamente, sin liturgias ni decretos.
Mis muertos no saben de este día.
No los míos.
La tristeza y la añoranza tienen sus aleatoriedades incompatibles con santorales y tradiciones.
¡Chin-chin!
Bye…

Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.