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El pozo del deseo

Foto de Sacrila.

Tiene el tamaño necesario para alojar la punta de mi lengua endurecida, como si quisiera penetrarte también el vientre; para llenarlo de mi saliva hambrienta como la de los lobos que lo custodian.

Un pozo de deseo que arquea tu espalda cuando lo lleno.

Lo enfoco como el animal que caza, como una presa, como una posesión.

Como un hombre que te anhela…

Es el punto del reposo de la lengua, una sima en tu vientre que es promesa, el anticipo de lo que beberé más abajo, más profundo.

El centro de la perspectiva de mi deseo y de él radian las líneas de convergencia del placer y la excitación.

No sé si es perfecto, no lo contemplo en su proporción, lo contemplo en su profundidad, en su trascendencia, con devoción. No puedo pensar más que es tuyo.

No puedo comparar porque no existe parangón.

Acaricia el ombligo y sentirás mi rostro en tu vientre.

Y déjame inundarte, amor mío.

Maldita mía.

Maldita

Publicado: 3 junio, 2015 en Amor cabrón
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Maldita 10

Foto de Sacrila.

Lo difícil de amar no son esas pequeñas cosas como cultivar el amor en los pequeños detalles, en eso tan cacareado de hacer de cada día un nuevo y maravilloso comienzo. Eso viene solo, sin esfuerzo.
Lo duro es follarte para después, casi en el acto, evocar tu sabor y el perfecto roce de una penetración que funde y confunde nuestras carnes.
No es fácil amarte, me arrebatas el control.
Maldita seas.
Mi mano en tu cuello, incrédula de acariciar toda esa sangre y respiración que manan por esa piel tan amada y tus ojos poderosos que parecen mirar tan adentro de mí que temo sangrar, te convierten en maldición, en condena.
Lo difícil es mantener la serenidad.
Te adoro, maldita seas.
Eres un tormento hermoso al que amo sísmicamente.
Lo titánico es no masturbarse una y otra y otra y otra vez, evocando cada momento en el que gemías, en el que mi saliva caía sobre tu piel.
Es aniquilador no estar dentro de ti.
Tú no eres consciente de la carga erótica que dejas caer en mis hombros.
En mi rabo erecto…
Maldita, maldita, maldita…
No eres consciente de la pesadez pornógrafa de tus pechos que oscilan entre jadeos, que se erizan por la amenaza de mis dientes. Eres inocentemente maldita en tu natural erotismo, en tu innata forma de amarme.
Y aún así, cargas con el pecado de ser mi obscenidad.
Maldita tu belleza que me hace patán de boca abierta.
Maldita tu piel porque ofrece una calidez que me embriaga y me roba la voluntad.
Malditos tus labios que he devorado y mi glande los ha hidratado.
Malditos tus pechos desproporcionados en su grandeza enmarcados por unos hombros adolescentes.
Eres tan obviamente sexual…
Malditas tus piernas preciosas que conducen inexorablemente a tu coño, un infierno al que me arrastras y no tengo fuerza para resistir. No quiero resistir.
Malditas tus manos que aferran mi pene hasta el dolor y me guían como un muñeco por la ruta del deseo desmedido de tu sexo insaciable.
Maldita la cadera rotunda que servirá para afianzarme cuando te embista y pierda el control dentro de ti, adentro.
Más adentro, más fuerte…
Maldita toda tú, porque eres pura heroína en vena, me provocas síndrome de abstinencia.
Soy un yonki de tu pensamiento, de tu alma diosa.
Maldita seas…
¿Cómo es posible amar semejante maldición?
Maldita porque eres voluptuosa hasta el tormento.
Porque cuando me he saciado de tu cuerpo, está tu alma omnipresente que vectorialmente unidireccional (es física, es mensurable, es táctil tu poderosa mente) ataca directamente a la línea de flotación de la realidad, para convertir un tiempo y un lugar anodinos, en el más misterioso y seductor universo.
Maldita porque tus palabras de amor me hacen agua.
Recuerdo siglos atrás de estar contigo, recuerdo tu vientre y tu mirada aniquiladora y milenaria como un sortilegio.
Eres maldita porque has hecho de mí un amante errante que vaga buscándote desesperado en todas las eternidades y universos.
Yo te amo, Maldita.

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Iconoclasta

Sacrila def

Ilustración de Sacrila

Si Jesucristo nació para redimir a los humanos, ella nació para condenarme.
Ella es mi Cristo obsceno.
Proclama el amor que he buscado en todas mis vidas.
Está alojado en su corazón, bajo la contundencia de sus pechos voluptuosos, en su abdomen tatuado por dos lobos que la adoran como la única deidad, en su cabellera de zafiro deshilachado que cuelga como un manto de noche hasta su cintura.
Y sus ojos tan grandes, tan oscuros… Penetran hasta el más negro rincón de mi cerebro y lee todo lo que soy, todo lo que seré, lo que no seré. Y lo que es peor: lo que fui.
Alza sus brazos en cruz, inclina la cabeza a un lado y exhibe una sonrisa insolente imitando al crucificado en un hermoso y obsceno sacrilegio.
La amo con la fuerza de la naturaleza más pura, más instintiva.
Con el rabo duro hasta doler.
¡Qué valiente, qué oscura, qué blasfema!
Me arrodillo ante ella en rito de adoración lamiendo sus muslos, tan cerca del coño que siento su piel erizarse.
Aferra con el puño mi cabello corto y me obliga a mirar sus ojos. Sus ojos, por dios…
“¡Ámame con toda tu sangre y con la mía!” me susurra haciendo del mundo un lugar mudo y sin sonido.
Y deja caer una gota de saliva en mis labios entreabiertos.
Grito mi desesperado deseo metiendo las manos entre la raja de su túnica roja, clavando las uñas en sus piernas. Desgarrando lenta y contenidamente su piel.
Gime de nuevo, y me sonríe con los brazos en cruz, no me perdona, me incita a más.
“¡Mirad, fariseos, así se ama. Amar debe doler!
El nazareno se equivoca, el nazareno solo os vende muerte con sabor a hostia”, grita a los idiotas que nos observan con miedo y sin comprensión en sus vacunas miradas.
No puedo dejar de amarla y condenarme a ella.
Es mi único y sagrado sacramento.
Ella dice: “No has de ser perdonado, amado mío. Solo ámame y sé amado y esperemos así la muerte que nos eternizará en la Constelación de las Rasgadas Pieles”.
Y lloro arrodillado ante ella, invadido y condenado por su amor, con los dedos crispados en su piel, manchados de la sangre hermosa que describe ríos de rubí descendiendo sus piernas.
Jesucristo mira horrorizado a Dimas, el buen ladrón, buscando comprensión y consuelo a su propio dogma incomprensible y sin fuerza.
Vacío.
Nuestros jadeos de amor y deseo inundan el Calvario en ecos que nos hacen trascender más allá de la bondad y la maldad en una obscena comunión.
Somos el más obsceno sacrilegio en este Valle de Idiotas.
Rei simus…

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Iconoclasta