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¿Cómo es la vida profesional de un probador de condones?

Pues no es tan alegre y hedonista como pueda parecer. Cuando se folla por trabajo, puede uno caer en el hastío. A mí aún, tras diecinueve años de trabajo, no me ha pasado; pero por alguna casualidad se podría dar el caso. Es normal pensar en estas cosas cuando ves a hombres aburridos beber cerveza tras cerveza en el bar con sus dedos grasientos de aceites minerales viejos y nada de vaselina, semen o fluidos femeninos.

Hay días en los que necesito desligarme de mi trabajo y es por ello que de vez en cuando voy con putas para liberar tensiones, pagar es una forma de hacerlo por gusto y necesidad, como si fuera un hombre normal. Ese es todo el trauma que me causa mi trabajo. Y a mi mujer también porque no le acaba de hacer gracia que me vaya de putas a pesar de que sirva de alivio a mis momentos de desánimo. Es una egoísta.

Bendigo mi suerte a pesar de este detalle sin importancia.

Tengo el privilegio de no pasarme ocho horas en una fábrica atornillando los intermitentes de un coche como un pobre ingeniero.

Yo diría que quien peor lleva mi trabajo es mi mujer porque después de haber hecho los desayunos, comida, cena, la limpieza y unas lavadoras; ya no siente la misma alegría de antaño al ver mi polla erecta. Parece un poco desencantada tras quince años de matrimonio.

No me la mama con entusiasmo.

Y no siempre le ocurre, yo creo que se hace mayor.

Las mujeres que conozco envejecen peor que yo. A cambio han vivido momentos de intenso e inigualable placer, un placer que yo obsequio con generosidad aunque jamás me lo devuelven con la misma intensidad. Cosa que no les reprocho, ya que genéticamente no hay mujeres que puedan dar un placer comparable al que yo proporciono.

A veces uno se siente solo, más o menos como los superhéroes de las películas.

Los superhéroes son una especie de superdotados, como yo; pero con poderes menos carnales y mucho más banales.

La singularidad y el elitismo provocan soledad. Esto no se trata de un problema, ya que dado mi nulo carácter social, se convierte en una ventaja.

Recuerdo hace años, que mientras follábamos, nuestro hijo de un año cayó de la cama al suelo, el ruido no fue demasiado fuerte, no le salió chillón y aunque le hubiera salido, teníamos semen de sobras para untarle en la frente.

Recuerdo como reíamos, yo lamiendo su coño y ella con mi pene en la boca. Eran tiernos momentos. Iconoclastito lloraba desconsoladamente y ahora no sé si es porque no le chupaban o no chupaba.

Tal vez mi santa echa de menos aquellos tiempos. Nuestro hijo ya no quiere estar con nosotros al follar. Le insistimos para que aprenda; pero ya está en esa edad de los catorce años en la que prefiere hacerse pajas con las fotos de las aborígenes desnudas de los reportajes del National Geographic que compro cada mes.

En fin, que cuando Mari acaba sus tareas domésticas, ya no está tan interesada en adorar mi enorme rabo como lo estaba hace ya unas horas.

Cuando por fin se sienta cansada en el sofá y no dan nada en la tele que a mí me guste, le cuento cómo me follo a la hija del gobernador (estudia farmacología y presta sus servicios como becaria en mi empresa; todas las niñas pudientes sueñan con mi departamento). Cuando le explico que su vagina es muy estrecha y que incluso aún, tras cuarenta y ocho horas de haberle destrozado el himen, llora emocionada, a mi mujer se le ponen los pezones de punta.

—A veces eres tan guarro… ¿Y su orgasmo es rápido? —me pregunta separando las rodillas.

—Se corre en dos minutos. Con lo estrecho que es su coño, al penetrarla se le tensa el clítoris mucho y sus mini-pezones se ponen duros como canicas.

—¿Y grita?

—Como una cerda. Cuanto más ricas son, más guarras. La semana pasada me quitó el condón para que me corriera en su boca. Toda la prueba del lote se fue a la mierda. Tuvimos que repetirla y lo pagó con un coño más irritado que el culo de Ahmed. La regañé y la sancioné con dos pruebas anales extras. A propósito de Ahmed, vino a darle un buen repaso con la lengua porque estaba ya más seca que la mojama.

—¿Y cómo ha aguantado esa penetración anal siendo virgen?

—No la ha aguantado, cuando llegó a su casa tras la jornada peta-culos, su madre la oyó gritar cagando en el lavabo y a la mañana siguiente se presentó en el despacho del director de la fábrica con la niña de la mano y las bragas sucias de sangre para quejarse. El director me la envió a mi departamento y entró con su niña cogida de la mano y con permiso para insultarme.

—¿Qué te dijo?

—Me llamó “cabrónhijolagranputa” y que si tenía lo que hay que tener, se lo hiciera a ella. Le respondí que la respetaba como gobernadora que era; y que le podía hacer una demostración de cómo había sido lo de su hija. “Usted ya tiene experiencia y seguro que lo entenderá” le dije. Se sonrojó un poco al darse cuenta de su poco oportuno berrinche y se suavizó cuando me bajé el pantalón para colocarme el condón Penetrations Matures (el más gordo para provocar un mayor roce vaginal en las mujeres ya menopaúsicas).

—Disculpe mis modos; pero mi hija es lo que más quiero y pensar que abusan de ella me pone histérica —me dijo hipnotizada por mi pene enfundado en tan grueso condón.

—Lo entiendo gobernadora. Pero esto es un trabajo y su hija debe comprender que no es una broma, las pruebas de integridad de los lotes son un bien para la sociedad y hay mucha responsabilidad en ello.

La gobernadora me lanzó una sonrisa encantadora y le dijo a su hija:

—Lo que dice el Sr. Iconoclasta es cierto. Es una gran responsabilidad y si te duele el culo, te jodes —dijo bajándose la falda y las bragas.

A esta altura de nuestra conversación, mi santa ya me había sacado la polla del pantalón del pijama y me la comía. Yo la penetré sentándola en mis rodillas y pellizcándole el clítoris me corrí pensando en la hija del gobernador y su estrecho chocho de dieciséis años (a esa edad no se suele ir a la universidad, a menos que aunque seas subnormal, tu padre pague lo suficiente para hacerte pasar por genio). También pensaba en la madre que me devoró la polla con aquel carnoso culo más holgado que su vagina.

Ya no pude contarle que la gobernadora tenía el culo herniado por las embestidas de su marido gobernador y del secretario del gobernador. Ni que su hija acabó lamiéndome los cojones mientras a su madre le llenaba ese culazo inmenso que era capaz de tragarse un melón entero atravesado.

Mari pensaba también en el culo dilatado de la hija de la gobernadora cuando se corría; pero no es tortillera, lo juro. Simplemente se puso en su lugar, las fantasías sexuales son impredecibles.

Y así es como mi mujer, durante unos momentos, dejó de sentir esa pequeña depresión por mi trabajo.

A pesar de que llevo tantos años realizando este bendito trabajo para el que nací, sigo acudiendo casi ilusionado todos los días. Lo único que ahora me está aburriendo un poco, es la gobernadora. El director de la fábrica la ha invitado a participar en las pruebas con su hija durante todo el mes a cambio de un permiso especial para poder colocar dispensadores de condones en las entradas de los ministerios.

Y es que siempre el mismo plato cansa.

Y a pesar de todo, consigo que mi mujer de vez en cuando muestre algunas expresiones de ilusión cuando la elevo a los cielos con una buena follada.

Hay que cuidar el matrimonio porque de lo contrario te quedas sin chacha para la limpieza.

 

No hay trabajos aburridos; pero sí mujeres malfolladas.

Iconoclasta

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El amor platónico hoy en día es el inicio de unos tremendos cuernos cuando el que lo padece y la que es la protagonista de sus sueños está casada o arrejuntada.

 

Ahí es cuando el marido o pareja o novio de la platónicamente adorada, tiene que empezar a sacar brillo a sus cuernos.

En otros tiempos, cuando los amantes se comunicaban por correspondencia postal, ya que no había internet, ni teléfono móvil y ni siquiera había divorcio; los cuernos no llegaban a lucirse lo bien que se lucen ahora. Es que da gusto ver a cornudos y cornudas paseando sus osamentas por las avenidas y calles de los pueblos y ciudades.

Porque ocurre que ella sonríe complacida al sentirse la gran diva de los sueños de un hombre. La vanidad de saber que se es hermosa es una auténtica apisonadora imparable. Campo abonado para los cuernos.

(También valdría narrarlo al revés, desde la perspectiva de que es el hombre el que le pone los cuernos a la mujer; pero soy hombre y me siento más a gusto así).

Yo mismo me puedo hacer tremendas pajas con las palabras de amor y mensajes de gran humor y cordialidad que puedes ver en los muros de las redes sociales. Y es que imaginarse a una mujer hermosa masturbándose ante la cara (vía messenger, yahoo o skype) del que la ama platónicamente es una imagen de impactante y eréctil erotismo.

Salen ruiseñores de su coño (del hombre no quiero imaginar lo que sale porque me dan asco todas las pollas menos la mía).

El proceso es que ella empieza a sentirse más feliz que nunca con los pequeños mensajes de humor y amistad (qué asco) que son cada vez más esperados en el ordenador y en el móvil. Y en poco tiempo, se encuentra mirando a su hombre habitual con cierto asco.

Y piensa: ¿Con ésto me he juntado yo?

Sí ya sé que narrado así suena asqueroso; pero la realidad la puedes maquillar con los colores que te salgan del coño o los huevos; pero sigue siendo así de simple y divertida para los que lo vemos desde las gradas del Estadio Olímpico de los Cuernos Virtuales y Reales.

En la otra dimensión, el amante platónico se mata a pajas virtuales y recurre a todos los medios gráficos para encontrar con que excitar a la bella. Y lo más efectivo suelen ser los mensajes de no más de tres o cuatro palabras. Cosa que me hace pensar que la bella, además de serlo, debe ser idiota o cuanto menos, imbécil. Pero se le puede perdonar porque está buena.

En la dimensión más práctica y triste, está el hombre habitual de la bella, que empieza a ser una especie de bulto aburrido que es incapaz de provocarle las sonrisas que ella lanza a su teléfono móvil.

Es inevitable que a uno se le escape la risa al observar una pareja de este tipo, ella pegada al teléfono, él pegado a sus cuernos mirando un triste plato de sopa mal cocinada.

Esto es un proceso habitual en todos los casos. Yo lo sé todo, porque soy el que provoca que las mujeres miren más el teléfono que a su hombre y ellas follan pensando en mí.

No es por vanidad, porque la vanidad es cosa de las bellas. Es porque si alguien confiesa a su platónico/a amante su amor enloquecido, es para follar y no por vanidad.

Yo no me paso el día follando para pensar que las nenas que se ofrecen voluntarias para probar los condones de la fábrica donde trabajo, están enamoradas de mí. Simplemente desean a alguien muy hombre llenando sus coños.

Normalmente, las parejas de amor platónico duran un mal polvo y mientras tanto con sus parejas habituales entran en conflictos tremendos que les lleva a estados de estrés y ansiedad, siendo el culpable, precisamente, el cornudo.

Y aunque los amantes platónicos se toquen frente a una cámara, el hombre de la bella, ya puede ir afilando sus cuernos, porque le servirán para pinchar aceitunas cuando el camarero se olvide de servir palillos. Se toquen con las patas de pollo del caldo o con las alas de un ángel, el cornudo no pierde dramatismo alguno en su estatus.

Hay cosas que ocurren cada día y ésta es la más evidente y más habitual, porque si de algo sirve internet, es para buscar pareja virtual artificial o real y lucirse como un humano de unas aptitudes que rayan en la divinidad; pero esto solo entre los amantes.

Porque el cornudo piensa de ellos que son dos cerdos del tamaño de un tren mercancías.

Esta es la más vulgar, la más adocenada de las relaciones que se dan por internet.

Este proceso degenerativo para el cornudo no debería ser demasiado doloroso a menos que sea imbécil, porque si convives con alguien, hay que ser muy idiota para no darse cuenta de los pequeños cambios que se operan en la mujer (me la pela que me llaméis machista, pero yo nunca pienso como mujer) que es adorada platónicamente por otro hombre. Lo ideal es pasarse por el forro todo ese amor que quedó en el pasado y empezar a buscarse la vida por otro lado. Con un par.

El momento culminante llegará cuando ella le diga: “Cariño, tengo que pasar un par de días en la Columbia británica porque formo parte del jurado de una revista que otorga premios literarios, y que sólo existe allá. ¿No te sabe mal verdad?”.

Yo es que me parto de risa.

Total, él hubiera hecho lo mismo si hubiera tenido un amor platónico femenino.

Y es que con internet, cualquiera que sepa poner bien los signos icónicos que se usan con paréntesis, dos puntos, la X, la D y la madre que los parió a todos, se convierte en el amante perfecto. En el más simpático de los seres y en el que la bella piensa en muchas horas al día arrepintiéndose de haber elegido un hombre tan aburrido como pareja real.

El amor platónico en internet, es más barato y fácil que gastarse el dinero en putas para quitarse la frustración del poco follar. Y por otro lado, si el adorado o la adorada es feliz, el público dará palmas de alegría ante tan maravillosa relación. Ya que verán en ello, que ellos también podrán ser así de dichosos.

Pero la culpa no es de internet, que nadie se engañe, la culpa es que siempre hay quien tiene una polla más gorda que la nuestra y que sus dedos son más ágiles para pulsar iconos y decir cosas tan aburridas que nunca entenderemos como es posible enamorar con ellas a una idiota.

Bueno, mientras os folláis los unos a los otros virtualmente y en el mejor de los casos, escasamente. Yo me voy a probar el lote de condones Andorransdiv11122xytelamamo, que son especiales para los viajes a Andorra de las parejas un tanto promiscuas y platónicamente enamoradizas.

Los cornudos: tranquilos, no desesperéis porque es algo que siempre llega, os largáis a otro sitio que hay más mujeres que subnormales. Tampoco es un gran drama.

Buen sexo.

Siempre abundante: El Probador de Condones.

Iconoclasta

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Semen Cristus 10

Publicado: 16 julio, 2011 en Terror
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Era imposible apartar de su cabeza la imagen de Semen Cristus sangrando, el pavoroso ataque de su madre. La locura que había en sus ojos, incluso en el ojo abierto del cadáver del mesías.

Tiene que resucitar, los mesías resucitan y dan una segunda oportunidad a la humanidad.

Se asustó de su propia locura.

Sonó el teléfono y se sobresaltó.

—¿Candela?

—Dime Lía.

—¿Sabes algo de Semen Cristus? María me ha dicho que está enfermo y no se pueden hacer misas hasta que nos avisen. ¿Qué puede tener?

—No tengo ni idea. Debe ser algo sin importancia; Nuestro Señor es un chico fuerte.

—Que el Señor te oiga. Lo necesito, no sé que me ocurriría si no pudiera sentir su hostia. Ya he tenido bastante mala suerte —la viuda lanzó un sonoro suspiro de paciencia.

—Mañana la llamaré. A ver si consigo que me explique lo que le ocurre a Semen Cristus y para cuándo podremos volver a celebrar la misa.

—Te noto cansada, tienes la voz tomada. Seguro que ya estás incubando una gripe.

Candela se secó las lágrimas de la cara y limpió la nariz goteante.

—Seguro que sí. A ver si acaban de una vez la dichosa capilla del desván. Hace mucho frío en el establo.

—No todo el tiempo; yo salgo sudando siempre —bromeó Lía riendo.

A Candela le fue imposible sonreír y se quedó muda en el auricular.

—Buenas noches, churri.

—Buenas noches, Lía.

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—Tú no te encuentras bien. Algo te está pasando. Te noto tensa, nerviosa.

—¡Que no, coño! Ya te he dicho que me ha de bajar la regla y me duelen los ovarios. Estoy cansada.

Carlos dejó de insistir y continuó cenando en silencio. Su hijo miraba la televisión y esporádicamente el plato para acertar a pinchar un trozo de beicon.

La mujer se levantó de la mesa para ir a la habitación.

—¡Qué rara está tu madre!

—Esta tarde no estaba cuando he llegado. Ha estado en casa de la María la loca. Parecía que lloraba.

—¿Ah, si? Pues normalmente viene de buen humor. Seguro que se ha discutido con alguien en el grupo.

Carlos sabía que no era así. Candela estaba pasando por un mal momento, se lo decían sus huesos que la conocían desde hacía muchos años.

Y se preocupó. Cayó en la cuenta, de que al entrar en casa, olió de nuevo, aunque levemente, ese desagradable olor a mierda y podrido que desprendía la María a pesar de la colonia con la que se duchaba. El mismo hedor que en el coche de Gerardo.

Recuerda a un anciano vecino que tenía cerdos y al que tenía que ayudar cada tres días a limpiar el establo. Era el mismo desagradable olor. Mierda y paja fermentada.

No le costó mucho imaginar que el establo tenía que ser el “consultorio”.

¿Y por qué le ocultó Candela que estaba allí cuando él llegó la mañana que el tractor se encalló en el barro?

No hay nada al aire libre que huela como un establo sucio.

Cuando vives cada día igual al anterior durante años y años, te sensibilizas a los cambios por pequeños e imperceptibles que puedan parecer.

Y lo peor, era que Candela, no era ella. Nunca la conoció como se encuentra ahora.

¿Y si los remedios de la María eran tóxicos? Muchos curanderos y sanadores recurren a hierbas con principios tóxicos o con alguna droga que pudiera afectar al organismo si se toma con demasiada frecuencia.

Durante la partida de dominó de aquella tarde en el bar, los amigos comentaban de nuevo cómo las mujeres del pueblo acudían con frecuencia a la curandera. María la loca…

Fue un comentario de Alberto el que despertó un pequeño recuerdo sin importancia.

—Será muy buena con las hierbas y curando; pero es una guarra de cuidado. Mi mujer vino a casa con olor a mierda fermentada. Ni que pasaran consulta en la cochinguera.

Se rieron y uno de los jugadores dio un fuerte golpe en la mesa al plantar la ficha y decir: Me doblo.

Algunos maldijeron y otros simplemente se levantaron de las sillas para ir a casa a cenar.

El olor a se hizo más patente al pensar en ello y cuando entró en la habitación, lo notó flotando en el aire como una presencia insana.

Tenía que informarse mejor de lo que ocurría en aquella casa, el párroco algo debía saber de aquello.

Y pensó que durante la mañana, se acercaría a la iglesia para preguntar al padre José si sabía algo por medio de las habladurías, de lo que realmente hacía María la loca en su casa.

Candela soñaba con Semen Cristus. Revivía sus placeres una y otra vez y se masturbaba incluso con el recuerdo de su cadáver: la piel pálida, la sangre contrastando vivamente. Su ojo partido en dos… Se frotaba el sexo con la tierra que cubría su cadáver. Y lloraba ante la desesperación de no sentir el milagro del placer.

Soñó que se revolcaba en el sucio establo entre paja podrida penetrada por Semen Cristus.

Jadeando como una cerda.

Soñó con su hijo. Fernando estaba clavado en la cruz y ella abría sus piernas a él.

—Madre bendita, lóame con tus gemidos.

Y ella se arrancó las bragas hiriéndose la piel. Y metió sus dedos en la vulva mojada y blanda, subió por la escalera a la cruz y puso los dedos en los labios de su hijo. Este los chupaba y succionaba, el zumbido del tubo que agitaba su pene era un crescendo que reverberaba en su vagina hirviendo. Cuando alcanzó el clímax, sus manos se aflojaron y cayó de la escalera. Su cabeza se clavó a un rastrillo y murió agitándose como una muñeca rota con la mano entre las piernas.

Despertó repentinamente y corrió al lavabo. No vomitó nada y su estómago se contrajo hasta el dolor.

—Candela, por el amor de Dios ¿Qué te ocurre? Voy a llamar al médico ahora mismo ¬—dijo José que entró en el baño al oír sus arcadas.

—No quiero que llames al médico, es un malestar de la regla, ya te lo he dicho. Vete a dormir, estoy bien.

No, no estaba bien, pensaba Carlos. Se metió en la cama sin dormirse.

La cabeza de Candela giraba en círculos en torno a Semen Cristus, María y todas las mujeres que disfrutaron de las misas del placer ante un chico de dieciséis años. Era el peso de la vergüenza lo que la angustiaba. Y aún así, no podía evitar sentir una triste sensación de falta. Aquella certeza de que no volvería a sentir el milagro del placer puro la hizo romper a llorar más que ninguna otra cosa.

Se acostó de nuevo al lado de su marido; pero tampoco durmió.

Por unos segundos le pareció que olía a podrido en la habitación y después llegó el amanecer y un terrible día lleno de comprensión y miedo iba a comenzar.

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María había despertado a las dos horas de su “alucinación”, el dedo le dolía horriblemente donde se había alojado la espina. Su cabeza estaba orientada hacia el pequeño televisor apagado que la reflejaba y sus ojos miraban directamente dentro de ella, a su locura.

Tras beberse una cerveza, quedó dormida de nuevo, arropada por Dios.

Cuando despertó a la mañana siguiente, seguía en la silla de la cocina y un intenso dolor lumbar provocó un quejido y una blasfemia cuando se incorporó.

Orinó y abrió la puerta del patio trasero, Semen Cristus no había resucitado. Su propio hijo había sido rechazado por Dios para continuar con su reinado del placer.

Ahora que su hijo era un simple cadáver, que ya no era la encarnación del Mesías, escupió sobre su tumba, cerró la puerta del patio y bloqueó cualquier sentimiento que alguna vez hubiera sentido por él.

Se vistió con unos vaqueros y una blusa vieja de cuello redondo con estampado a base de rombos negros y rosas.

Condujo la furgoneta hasta el centro comercial del pueblo vecino.

Apenas rebasó la batería de anuncios de tiendas que bordeaban la carretera, giró a la izquierda y se alejó de allí.

Cinco minutos tardó en el llegar hasta una barriada de chabolas, en las que los yonquis, algunos morían al sol y otros andaban gritando a algún ser invisible. Dos pequeños y sucios niños, se lanzaban piedras y las lanzaron también a la furgoneta.

Atravesó la única calle de aquel poblado y llegó hasta el vertedero ilegal.

Allí se reunían putas y chaperos de sangre venenosa, para ganarse unos euros por una mamada o una penetración. Muchas veces cobraban papelinas de caballo o cocaína y otras veces, cuando ya sus cerebros se habían deshecho, eran liquidados por algún sicario de un camello sólo allí poderoso.

Tan acostumbrada estaba al fuerte hedor en el que vivía, que cuando bajó la ventanilla, no sintió ofendido su olfato.

María necesitaba encontrar a Semen Cristus reencarnado. Lo necesitaban sus devotas amantes. Lo necesitaba el mundo entero para experimentar su mensaje de placer y gloria. Y en medio de su esquizofrenia, algo de lucidez le hizo saber que necesitaba el dinero para mantener su casa. Tenía que hacer creer que Leo seguía vivo.

 

Matar a Cándida que lo sabía todo.

Iconoclasta

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Ave Aragón

Publicado: 12 julio, 2011 en Amor cabrón
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Yo te inundo Aragón

clavada estás a mí

mi amor es contigo;

lujurioso tu cuerpo

entre todas las mujeres,

y bendito es tu coño

que lamo, Aragón.

Mi reina Aragón de Boca Plena,

ruega por mí,

ignominioso y lujurioso

ahora y en la hora

de la penetración,

de tu gemido,

del intenso orgasmo. Amén.

Mi semen sea contigo y en tu boca.

Iconoclasta

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¿Dónde te escondes?

Publicado: 10 julio, 2011 en Amor cabrón
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¿Dónde te escondes?

En un trozo de pensamiento.

¿Dónde te escondes?

Entre los pliegues de mi piel y mi carne.

¿Dónde te escondes?

En tu coño.

¿Dónde te escondes?

En tu húmedo coño.

¿Dónde te escondes?

En tu abierto coño.

¿Dónde te escondes?

En tu bendito coño.

¿Dónde te escondes?

Anido en las heces de mis propios intestinos fermentando emociones.

¿Dónde te escondes?

Estoy en el semen que llena tu sexo, que se derrama por tus muslos.

¿Dónde te escondes?

Entre tus pechos.

¿Dónde te escondes?

Hay planetas que no existen. Estoy en ellos.

¿Dónde te escondes?

En la miseria humana, su desdicha me alimenta.

¿Dónde te escondes?

En ataúdes cerrados.

¿Dónde te escondes?

En el gemido de tu orgasmo.

¿Dónde te escondes?

En la tinta que tatúa tu nombre en mi piel.

¿Dónde te escondes?

En tu boca que lame mi pene recio y duro.

¿Dónde te escondes?

En añicos de ilusiones.

¿Dónde te escondes?

En mi polla.

¿Dónde te escondes?

En los clavos de Cristo, en las mantecas de Buda.

¿Dónde te escondes?

No me escondo, estoy.

¿Dónde te escondes?

Entre los vivos.

¿Dónde te escondes?

En mi lóbrego cerebro.

¿Dónde te escondes?

Entre las páginas de una biblia obscena.

¿Dónde te escondes?

No me escondo, no tengo miedo.

¿Dónde te escondes?

No me escondo, anido.

¿Dónde te escondes?

Soy dios, me escondo en la humana banalidad.

¿Dónde te escondes?

En las llagas de los enfermos.

¿Dónde te escondes?

Donde todo el mundo teme, donde nadie quiere estar.

¿Dónde te escondes?

En la bendita muerte.

Iconoclasta

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Semen Cristus (9)

Publicado: 8 julio, 2011 en Terror
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Cuando María abrió la puerta de su casa, se santiguó y esperó que la madre de nuestro Señor, la santificara y bendijera. Candela deseaba la bendición del Otro. María era solo un trámite por el que debía pasar.

María la acompañó hasta el cuarto de Semen Cristus. Este respiraba muy débilmente, sus tremendas ojeras no hacían más que acentuar su rostro demacrado por la fiebre y el dolor. Sufría breves espasmos musculares que le hacían lanzar las piernas al aire con un sobresalto.

Candela tocó su frente:

—Te amo mi Señor. María, tu hijo está ardiendo, hemos de llamar al médico enseguida o no pasará de mañana.

—No puedo, no quiero volver al manicomio.

—¿De qué me hablas?

—Me harán responsable de su muerte. Soy esquizofrénica.

—¿Entonces todo es una farsa? ¿Tu hijo es esquizofrénico también?

—No somos unos farsantes, mi hijo es Semen Cristus el nuevo mesías, al que habéis adorado tantas veces y os ha hecho mujeres cuando simplemente erais un objeto de trabajo, una sirvienta para vuestra familia. El os ha redimido de vuestra vida vacía. El ha hecho la alegría en vuestros coños. ¿Es un farsante? En tal caso, vosotras con vuestra gran devoción a su polla, no sois más que unas fariseas. Mi hijo y yo estamos locos a vuestros ojos; pero vosotras sois unas sucias putas que tan solo buscáis que llenen vuestra entrepierna de placer como ningún hombre lo ha conseguido.

Candela sintió el peso de la frustración y de su vergüenza ¿Cómo había llegado a adorar a una pareja de locos? ¿Cómo no se dio cuenta?

El sexo le palpitaba con tanta fuerza la primera vez que asistió con Lía a la misa de Semen Cristus, que tal vez borró toda duda. Tal vez ni siquiera se planteó si era cierto o no. Era puro placer.

Y la repetición constante del ritual, las maneras… Se crearon verdades y fe en base a la locura. Adoraban a dos seres enfermos de gran magnetismo.

Tenía razón María, eran unas hipócritas, unas zorras con el coño ardiendo.

Semen Cristus debía continuar su misión en la tierra.

No. Estaban locas.

—Basta ya María, hay que llamar a una ambulancia. Y tú tienes que curarte, has de medicarte. Tú eres la enferma, nosotras las zorras…

—Jamás volveré al manicomio. Ni por mi hijo ni por nadie.

Los ojos de María se tornaron brillantes de delirio. Metió la mano bajo la camiseta y sacó un cuchillo carnicero de la cintura del pantalón y lo clavó en el estómago de su hijo sin demasiada prisa. Fríamente. Y otra vez en el corazón, y en la cara. Semen Cristus despertó de su enfermedad con un grito de dolor. Candela se abalanzó sobre ella, María la empujó con fuerza y la tiró al suelo.

Cuando Candela se incorporó, Semen Cristus estaba inmóvil, con un nuevo y profundo corte en la cara y un ojo destrozado. Vomitó bilis y sintió el terror que la invadía y le quitaba la razón.

—¿Qué has hecho María? —Candela lloraba, tenía la blusa manchada de la sangre de Semen Cristus.

—No volveré al manicomio. Y si abres la boca, todo el mundo sabrá de nuestras misas, daré todos vuestros nombres, las horas y los días en los que habéis asistido a las misas de Semen Cristus ante su cuerpo menor de edad crucificado. ¿Qué te pensabas, puta? ¿Qué soy tan idiota? Ayúdame a esconderlo.

Todo se precipitó en la mente de Candela y el horror a la vergüenza superó el del asesinato.

Envolvieron el cuerpo de Leo con las sábanas ensangrentadas y lo llevaron al patio trasero de la casa. Ya había una fosa cavada. Lo tiraron dentro y María le ofreció una pala a Candela. En media hora cubrieron el cadáver y aplanaron la tierra cuanto pudieron con golpes de pala.

—Límpiate y ve a casa. No hables con nadie de esto, porque antes de matarme, lo escribiré todo y lo enviaré al cuartel de la Guardia Civil.

Candela se lavó la cara y las manos. María limpió las manchas de su blusa con jabón líquido y un poco de agua hasta que no resultaron tan escandalosas.

Cuando salió de la casa sin decir palabra, pensó que jamás llegaría a su casa, le flaqueaban las piernas y una náusea constante le oprimía el estómago.

De alguna forma llegó y entró en casa en silencio, sabiendo que su hijo estaba en su cuarto, seguramente escuchando música con los auriculares mientras hacía las tareas de la escuela.

Se fue a su cuarto y se desnudó con prisa para meterse en la ducha.

Con el pelo aún empapado se vistió con un pijama e hizo jirones la ropa que se había quitado, incluso la ropa interior y los calcetines. Lo tiró todo a la basura.

Hizo acopio de valor y abrió la puerta del cuarto de Fernando.

—Hola cariño ¿Tienes muchos deberes? —le dio un beso en la mejilla y Fernando torció la cara con disgusto, como adolecente que era.

—Como siempre —respondió con parquedad.

Temeroso de que invadieran su intimidad.

Candela sintió que rompía a llorar, el “como siempre” ya nada sería como había sido antes. El “como siempre” ya provocaba añoranza en ella; había dejado de existir y de repente sintió la urgente necesidad de despertar de aquella pesadilla. Abrir los ojos y pensar que todo fue una terrible alucinación.

Salió del cuarto de Fernando y se sentó en la mesa de la cocina a llorar lo que necesitaba.

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María, tras bañarse salió al patio de la casa y rodeó la tumba con tantos cirios encendidos como encontró.

Oraba a Dios pidiendo perdón, lloraba su propia desgracia y ofrecía la muerte de su hijo como un sacrificio.

Le rogaba al Nuevo Mesías que resucitaría emergiendo de esa tumba, que cuando llegara ante Dios Padre, intercediera por ella. Ante la sepultura se masturbaba evocando el necrótico pene.

Evocaba los momentos de placer, manteniendo la psicótica esperanza, de que de un momento a otro, aquel cuerpo resucitaría con un alma más pura y su pene erecto, de su glande manaría aquel fluido denso y viscoso que lo lubricaba.

Durante su orgasmo, los cirios parecían ser atacados por un viento que no había, su llama se estiraba, se encogía y cuando parecían apagarse, reanudaban su fulgor.

Su mirada quedó prendida en uno de aquellos pabilo, en ellos comenzó a entrever una figura formándose. Era Cristo Crucificado. La cruz suspendida de la nada, se colocó a unos centímetros a lo largo de la tumba.

María se santiguó el sexo y las tetas. La mano derecha de Jesucristo se estaba tensando, desclavándose de la madera, desgarrándose por la cabeza del clavo que la sujetaba. Jesús lloraba ante la tumba de su hijo mojando de lágrimas la tierra.

Su mano avanzaba a lo largo del clavo y la sangre caía espesa para formar un barro rojizo. Jesús suspiraba de cansancio y dolor.

Pidió ayuda a su Padre, pero nadie le respondió. Con un último esfuerzo, lanzando un grito apagado, la mano venció la resistencia del clavo y destrozando el dorso, por fin quedó libre.

La usó para acariciar la tierra, y untarse la cara con ella.

—Mi hermano… Voy a por ti, por tu espíritu. Te guiaré y juntos iremos con nuestro Padre y demostraremos con nuestras muertes y cicatrices que hemos hecho todo lo posible por el ser humano, que nada nos queda ya de sangre para poder ofrecer. Que nuestro Padre nos de perdón y descanso, Hermano mío.

Jesucristo giró la cabeza hacia María, al hacerlo su corona de espinas cayó encima de la tumba de Semen Cristus.

—Dios no te pidió esto, María. Mi padre no te pidió que asesinaras a mi Hermano. Eres una enferma, pudriste a tu hijo. Dios no quería que lo convirtieras en una máquina de placer carnal. Ni tu locura te absuelve de tus pecados. Te abandonamos a ellos, no velaremos por ti, tu alma está condenada, podrida María. Y que Nuestro Padre me perdone por tanto odiarte.

Jesucristo se esfumó en el aire gimiendo de dolor, con su voz grave y agónica, eternamente cansada por respirar crucificado; dejando la corona de espinas gotas de sangre en la sucia tierra de aquel inmundo sepulcro.

La cara de María estaba salpicada de la Sagrada Sangre.

Se asustó de su alucinación y lavándose la cara de sangre, le escocían los dedos, donde se clavaron las púas de la corona de espinas que retiró de la tumba de su hijo.

Y sólo por un momento, deseó que alguien le metiera mil voltios en el cerebro y borrara esa alucinación de su mente. Y que desapareciera la maldita espina que le dolía entre uña y carne.

Se durmió con el pecho apoyado en la mesa de la cocina comiendo tocino rancio con pan y aceite.

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Semen Cristus (8)

Publicado: 4 julio, 2011 en Terror
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Cuando María entró en casa, Leo se encontraba en la cama, se había tapado hasta la cabeza. Se quejaba de frío y sudaba copiosamente.

Le colocó el termómetro digital bajo la axila; marcaba treinta y nueve grados. Le hizo tomar un comprimido de paracetamol.

—Descansa, te has enfriado. ¡Malditas obras! ¿Es que nunca van a acabar?

Ese día no había obreros en la casa; quedaba por finalizar los trabajos de electricidad, agua y pintura; pero estaban a falta de materiales y se encontraban trabajando en otros lugares.

Tan sólo dos semanas más y podrían dar las misas de una forma más decente e higiénica.

Metió la mano entre las piernas de Leo sin que éste se moviera. Notó un bulto en la ingle del chico, era una garrapata.

Apartó la mano con repugnancia.

—No te muevas ahora Leo.

Leo estaba dormido, su pecho bajaba y subía rápidamente.

Encendió un cigarro y apoyó la brasa en el cuerpo de la garrapata durante unos segundos, acto seguido la cogió con los dedos y ésta se desprendió fácilmente, la dejó caer al suelo y la aplastó de un pisotón.

Apartó la colcha y la sábana y examinó detenidamente el cuerpo de Leo, cuando palpó los testículos encontró otro bulto; pero no se trataba de una garrapata, parecía una verruga. Los limpió con colonia y una gasa y le aplicó una pomada contra eccemas. De tanto tocar los genitales, el pene se había puesto erecto.

Se sobresaltó pensando que podría tener ella también una garrapata, se desnudó y se exploró el cuerpo como pudo, sobre todo en los pliegues de grasa. Estaba limpia.

Pensó en llamar al médico; pero no podía.

A la mañana siguiente, Leo intentó levantarse, pero su madre tuvo que ayudarle a llegar al baño.

—Mamá, me duelen mucho los huevos, me noto algo —dijo mientras orinaba.

María lo acompañó de nuevo a la cama y le hizo separar las piernas, la verruga se había convertido en llaga abierta que supuraba. La limpió y le aplicó más crema.

—No es nada, Leo, un eccema que ya está mejor.

—¿Quieres que te ayude a relajarte, cielo? —le preguntó cogiéndole el pene con dulzura.

—No, mamá. Me encuentro muy cansado, sólo quiero un poco de agua y reunirme con mi hermano Jesucristo.

María le dio de beber alzándole la cabeza y salió del cuarto.

Al día siguiente, la fiebre había remitido un poco, tan sólo medio grado y la llaga estaba enrojecida, supuraba pus. Tenían ocho misas para ese día.

—Tienes que levantarte, cielo. Hoy tenemos trabajo. Eva y Gloria están esperando frente al establo.

—Está bien; pero me pondré la túnica.

La túnica era de lana, la usaban durante los días fríos. Tenía un agujero abierto en la zona genital para poder sacar por él el pene y los testículos durante la crucifixión.

—Claro que sí. Y tengo también tu jersey de lana.

Cuando Leo se puso en pie, su piel parecía de cera y se pegaba a los huesos de las costillas dándole un aspecto famélico y enfermo.

Su madre se santiguó y le pidió a Jesucristo, que lo mantuviera vivo un poco más.

Al final del día, Semen Cristus olía a sangre seca. Sus testículos estaban negros y tumefactos y la necrosis se extendía a la base del pene.

Lo lavó, le hizo tragar tres comprimidos de antibiótico e intentó que dejara de gritar y retorcerse de dolor agarrándose los genitales. A su pesar, le metió en la boca cuatro comprimidos de analgésico y tras media hora más de gritos de dolor y delirio, Leo quedó dormido por puro agotamiento.

Llamó por teléfono al veterinario, el doctor Hipólito

—Doctor, al cerdo se le han puesto negros los testículos y no deja de quejarse.

—¿Hace mucho tiempo que se encuentra así?

—Va para tres horas.

—¿Huele especialmente mal, diferente?

—Sí, doctor.

—Es necrosis, hay que amputar esos órganos antes de que la infección se extienda.

-¿Y no le puedo dar un calmante para que se tranquilice? ¿Algo para la infección?

—Pásese por mi casa, le daré un tratamiento para que el animal no sufra hasta mañana que lo examine.

—Ahora mismo voy para allá.

Cerró la puerta de la casa y cogió el coche para recorrer los escasos dos kilómetros que había hasta el domicilio y consulta del veterinario.

La consulta estaba ya cerrada; pero cuando llamó al timbre, el doctor abrió la puerta, llevaba dos frascos en la mano.

—Aquí tiene María. Esto son calmantes y esto antibióticos de amplio espectro. No creo que sirvan de mucho, por lo que me ha explicado se están gangrenando; lo único que haremos con ello, es evitar que la infección avance. Y aún así, puede que muera.

El Dr. Hipólito no se ofreció a visitar al cerdo esa misma noche. Por experiencia sabía que la gente del campo prefería esperar unas horas, antes que pagar tres veces más por la visita de urgencia.

—Son sesenta euros.

—Muchas gracias Dr. Hipólito —dijo contando apresuradamente los billetes y entregándoselos.

—Buenas noches, María. A ver si hay suerte.

Cuando María entro en casa, subió a la habitación, incorporó a Leo y le obligó a tomar seis pastillas.

En la cocina se preparó una cena a base de ensalada y un bocadillo de longaniza. Se quedó dormida en el sillón frente al televisor hasta bien avanzada la madrugada.

Soñó que a su hijo se le caía el pene seco y al estrellarse contra el suelo, se rompía dejando salir orugas de una blancura virginal. Ella se las comía entre arcadas y vómitos.

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—Nuestro Señor está enfermo, llámame dentro de tres días. Si se encuentra mejor, ya os daré cita.

María hablaba por teléfono con las mujeres que ese día tenían cita para la misa. Hizo diez llamadas.

—¿Qué tiene nuestro Señor? —preguntó Candela tras escuchar las palabras de María al teléfono.

—El médico ha dicho lo de siempre, un virus o un trancazo.

—Me gustaría visitarlo y rezar por él.

—No Candela, está con fiebre y cansado, es mejor que esté tranquilo.

—Tienes la voz cansada ¿Seguro que no es grave?

Se hizo un silencio demasiado prolongado en la línea.

—¡María! ¿Qué le ocurre a nuestro Señor?

—¡Se está muriendo Candela! A mi hijo se le están pudriendo los testículos. El Señor nos castiga.

—¿Y el médico que ha dicho?

—No puedo llamar al médico, le he inyectado hormonas, me meterían en el manicomio otra vez.

—Voy para allá María, no entiendo nada.

Candela salió corriendo hacia la casa de María después de dejar una nota a su hijo en la mesa de la cocina, avisándole dónde estaría. Era una tarde radiante, nadie podía morir en un día así. Y menos aún el mesías: Semen Cristus.

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Semen Cristus (7)

Publicado: 23 junio, 2011 en Terror
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Carlos caminaba campo a través maldiciendo su suerte, el tractor se había atascado en un lodazal.

Se dirigía a la casa más cercana, en busca de ayuda: un vehículo que le ayudara a sacar de allí el tractor o un teléfono.

En aquella comarca no había cobertura para teléfono móvil todo el día. Y como no podía ser de otra forma, tractor y teléfono dejaron de ser útiles al mismo tiempo.

Sólo la temperatura moderada del día, no empeoró la mañana convirtiendo en una tortura aquella caminata de media hora hasta casa de María la loca.

La mujer estaba como una regadera; pero siempre había sido una buena vecina. Al menos, desde hacía cinco años que compró la casa y se instaló en el pueblo.

Salvo por su actividad de santera y curandera, no vivía de ningún otro trabajo. A los pocos días de aparecer en el pueblo con su hijo, se dedicó a colocar anuncios por las calles y algunas tiendas, ofreciéndose a proporcionar paz y felicidad a las mujeres por medios naturistas y religiosos.

Llamó al timbre de aquella casa de fachada de estuco, desconchada y pintada de blanco, era de una planta con desván o algolfas.

Una de esas casas baratas que se construía la gente del pueblo antes de que hubiera control alguno sobre la edificación y el suelo urbanizable. A diez metros y a la izquierda de la casa, un establo de madera parecía ser zarandeado por la suave brisa, amenazando plegarse sobre si mismo.

Presionó el pulsador varias veces más sin que nadie respondiera y se dirigió hacia el establo. La furgoneta se encontraba al lado de un viejo carromato podrido que ya carecía de interés alguno como decoración, antes de llamar a la puerta de la casa, observó si tenía la suficiente altura de bajos para poder entrar en los campos y tirar del tractor. Sólo necesitaba un pequeño tirón, no requería una gran potencia.

Aquella vieja Nissan serviría.

En el establo se encendió la luz roja que estaba conectada con el timbre de la casa. María se puso en pie y se limpió cuanto pudo los purines de la ropa y las piernas.

—Voy a ver quién es, cerraré y pasaré la llave bajo la puerta para que podáis abrir cuando estéis listos. Candela, hazme el favor de ayudar a Semen Cristus a bajar de la cruz, cielo.

Candela la escuchó, pero fue incapaz de emitir más sonido que unos gemidos mientras sus dedos se clavaban con ferocidad en su sexo. Con la mirada fija en el tubo de vidrio que con su vibración masturbaba a Semen Cristus.

María se santiguó frente a su hijo.

Cerró tras de sí la puerta y deslizó la llave por debajo con el pie.

Cuando giró para encaminarse a la casa, Carlos ya estaba acercándose al establo.

—Buenos días María.

—Buenos días Carlos.

—Necesito ayuda, el tractor se me ha atascado en un barrizal y necesitaría que te acercaras con la furgoneta para sacarlo de ahí. No necesitará mucho esfuerzo, en cuanto algo tire de él, las ruedas volverán a tener tracción por unos centímetros que se muevan. Siento molestarte; pero me ha pillado en la zona más cercana a tu casa y sin cobertura en el móvil.

—Dame unos minutos para que me cambie de ropa y cierre bien el establo, no quiero que se me lleven el cerdo. Mi hijo se ha ido al pueblo a comprar.

—Hacemos una cosa María; para que no dejes sola la casa yo me voy caminando, y tú esperas a que tu hijo vuelva. El tractor está en el camino del algarrobo, junto a la fuente. Lo verás desde muy lejos, no hay problema, yo estaré en el camino para guiarte y no meter la furgoneta en otro barrizal.

—Estupendo, allí estaré. Leo no tardará ya más de media hora y si viera que se retrasa iré a ayudarte y luego iré al pueblo a recogerlo en el mercadillo.

—Te lo agradezco mucho María, hasta pronto.

Carlos emprendió el camino hacia su campo con el olfato ofendido. Se alegró de no haberse metido en la furgoneta con aquella loca; aunque era buena mujer la pobre.

Tan pronto Carlos se alejó lo suficiente, María se acercó al establo y llamó a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó la voz grave y cansada de Semen Cristus.

—Soy yo, abrid.

—¿Qué hacía aquí Carlos? —preguntó Candela con urgencia.

Echó un vistazo con discreción asomando la cabeza por la puerta y vio a Carlos alejarse; se escondió rápidamente tras la puerta del establo.

—No te preocupes, no preguntaba por ti. Se le ha atascado el tractor en el barro y me ha pedido ayuda —la tranquilizó María.

—¿No ha preguntado por mí?

—No mujer, ni te hemos nombrado, estaba preocupado solo por sacar del lodazal su tractor.

Candela se sintió aliviada.

—Gracias María. Me voy.

Acarició el rostro de Semen Cristus, se puso de rodillas ante él y le besó las manos.

—Bendíceme Señor.

Semen Cristus santiguó su cráneo en el aire.

—Que el placer te acompañe, que el paraíso se haga en la tierra y entre tus piernas.

Candela sintió que su sexo se hacía blando ante aquella bendición.

Se levantó con una pesada carga de vergüenza que la hacía mirar al suelo y se dirigió al pueblo camino a su casa presionando los muslos más de lo necesario, casi jadeaba sin estar cansada.

María ayudó a su hijo a caminar hasta la casa, estaba muy fatigado y los pies le pesaban como plomo.

—Leo, dúchate, yo voy a ayudar a Carlos con su tractor. Vuelvo enseguida. Hoy no creo que venga nadie más. Es día de mercado.

Candela caminaba por el pequeño camino polvoriento a punto de pisar la calle ya asfaltada que marcaba el inicio del pueblo, cuando una camioneta hizo sonar el claxon y se detuvo. Era Gerardo, un vecino que tenía el campo junto al suyo. Carlos iba con él.

—¡Candela! Pensé que estarías en el mercado —dijo su marido bajando del coche.

—Vengo de casa de María, me dolía la cabeza y he ido a buscarle un remedio.

—¡Qué casualidad! Se me ha metido el tractor en el barro y hace apenas veinte minutos que he estado en su casa para que me ayudara a sacarlo. Me he encontrado a Gerardo y ya lo hemos arreglado. Vamos a avisarla antes de que salga con la furgoneta.

—Os acompaño y así me dejáis en el mercadillo a la vuelta.

—Buenos días Gerardo —saludó cuando se acomodó en el asiento trasero.

—Buenos días Candela. ¿Así que vienes de casa de la loca? Mi Carmen también va a menudo allí.

—Sí, nos hemos encontrado en su casa varias veces.

—¿Qué es esa peste? —preguntó Carlos.

María se miró los zapatos, no los había limpiado de la porquería que había pisado en el establo.

—He pisado un montón de estiércol de vuelta de casa de la María. Lo siento Gerardo.

—No pasa nada Candela, esto no es un Rolls.

A los pocos minutos llegaron a casa de María; ésta se encontraba abriendo la puerta de la furgoneta.

—¡María! Que no vengo a por el remedio para el dolor de cabeza, ya sé que me lo tendrás mañana. Es porque Carlos ya ha arreglado lo del tractor con Gerardo —gritó Candela desde la misma puerta del coche.

María entendió al momento.

—Perdona las molestias —Carlos se acercó hasta ella—; pero el Gerardo ha pasado por el camino antes que tú y me ha echado una mano. Menos mal que hemos llegado a tiempo. Mañana te traerá Candela un saco de harina de primera.

—No hace falta Carlos, no me has molestado.

—Da igual, has sido muy atenta. Candela te lo traerá cuando vuelva. Adiós y gracias de nuevo.

Gerardo no bajó del coche, no le gustaba aquella mujer.

Ambos subieron al coche.

Durante el trayecto hacia el mercadillo hablaron del tiempo y de la necesidad de lluvia. Y de que los remedios de la loca, sólo curaban a las mujeres.

—Su hijo da pena. A ese chico se le ve enfermo; lo he visto sin camiseta por la ventana, está en los huesos.

—Me ha dicho que el chico estaba en el mercado del pueblo —contestó Carlos.

—Pues yo lo acabo de ver.

—Y así era, yo estaba hablando con ella cuando ha llegado Leo —terció Candela.

—Joder… Con lo pequeño es el pueblo, y no nos hemos encontrado ninguno de los tres por el mismo camino. Imagina lo que debe ser vivir en la ciudad —comentó Carlos encendiendo un cigarro y frunciendo el ceño por el desagradable olor que había en el vehículo a pesar de ir con las ventanas abiertas.

Era el mismo olor que desprendía María la loca.

Cuando llegaron al mercadillo Candela bajó del coche, estaba nerviosa y tensa. Entró en el bar a tomarse una tila y regresó a casa sin comprar nada.

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Semen Cristus (6)

Publicado: 16 junio, 2011 en Terror
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Mediodía, el calor era abrasador y el trigo apenas se movía, parecía que el aire se había cansado de correr. El olor inmundo del establo parecía pegarse al cuerpo. Semen Cristus descansaba en la cruz antes de dar su cuarta y última misa.

María le daba de beber de un vaso con una cañita de plástico, extrajo su pene del tubo vibrador y se lo lavó con cuidado. A pesar de haberlo acariciado durante la limpieza, no hubo erección. Llenó una jeringuilla y la inyectó en la vena del brazo.

—Esta es la última de hoy. Cuando acabes, nos iremos al centro comercial.

A los cinco minutos, el pene de Leo, de nuevo alojado en el tubo de vidrio, se puso duro y sus testículos, plenos y pesados.

Entró la última devota de aquella mañana que se prolongó hasta el mediodía.

—Luz, no te toques aún. Confiesa ante tu dios que eres una puta que por un poco de placer, se tiraría a ese cerdo.

—Soy la más puta, mi Señor. Si así lo deseas, dejaré que el cerdo me use. Que el cerdo se folle a la puta.

El cerdo roncaba nervioso y excitado.

—¿Me amas Luz? Si me amas, bebe mi semen. Gime conmigo y recita hasta que te estalle el coño de placer, que eres puta.

El pecho de Semen Cristus se hinchaba y deshinchaba con un mayor ritmo, parecía sincronizado con sus gemidos, y Luz sincronizada con él.

—Soy puta, soy puta, soy puta. Soy tu puta.

Recitaba la mujer sumida en trance al tiempo que se masturbaba frenéticamente.

—Eres puta, Luz. Eres la más puta entre las putas y serás bienaventurada en los cielos. Mi Padre te espera. El te guiará la mano hasta lugares que desconoces en tu sexo y vivirás eternamente en un continuo éxtasis. Mi hermano Jesucristo, murió en la cruz por tu coño.

Leo sermoneaba con gran esfuerzo, e imaginaba la capilla en la que próximamente haría las misas. Pidió a Dios que le aliviara de ese calor que parecía deshacerle los dientes.

—Soy puta, soy puta, soy puta. Soy tu puta, Semen Cristus. Preña a la zorra, métemela, hazme madre de tu carne.

Semen Cristus ahora gemía con los ojos cerrados, su pelvis se movía con movimientos de cópula y de tanta fuerza con la que movía el bálano en aquel tubo, se hirió el pubis. No sentía dolor alguno, tan sólo la percepción de que algo se había dañado ahí abajo.

Luz conocía bien cuando era el momento, conocía cada una de las expresiones de Semen Cristus.

—Soy la más zorra de entre todas las putas que venimos a adorarte, mi Semen Cristus. Dame tu sagrada leche, sáciame de sed y sexo.

Sin dejar de masturbarse y con el cuerpo desnudo de cintura para abajo. Luz se agachó frente a la boquilla por la que salía el semen expulsado y la cubrió con su boca.

—Bebe, puta. Bebe y revienta como tu sexo de guarra explota ante el placer que te doy.

Leo lanzó un prolongado gemido, el cerdo gruñó convirtiéndose en un coro insano.

El crucificado se estaba vaciando de leche literalmente.

Y algo de su vida, de su organismo, también salía diluida en el esperma.

María se encontraba fuera del establo observando por un agujero de la pared lo que ocurría en la misa. Sus piernas cortas y gordas, se movían con nerviosismo agitando la celulitis de sus muslos como si fuera de gelatina. Sus sucios dedos, pellizcaban hasta la lesión los pezones.

Luz, con la boca en el eyector, mascullaba que su coño sangraba por Semen Cristus, y quería beberse aquellos jugos divinos que estaba expulsando su Dios.

Se atragantó cuando el semen impactó con fuerza en su lengua y se deslizó con un sabor nauseabundo por su garganta.

Con la leche derramándose de su boca entre gemidos, tuvo tres orgasmos que la clavaron de rodillas en el suelo.

—Así, hijo mío. Santifíca a la puta —susurró María acariciándose con ferocidad.

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Eran las tres y media de la tarde cuando entraron en el restaurante. El camarero apenas podía disimular su disgusto ante el hedor que desprendían madre e hijo.

Pagaron con muchas monedas.

A las cuatro y media entraron en el cine.

Los zombis de la película gritaban y aullaban con una rapidez sobrecogedora en la pantalla. El sistema de sonido los envolvía y María sentía como se le erizaban los pelos de la nuca con cada ruido, con cada gruñido. Rezó a Dios porque ninguno de aquellos seres de la película la atacara.

Leo dormía desde que la sala se quedó a oscuras al inicio de la proyección.

Tenía que descansar, sin embargo, Jesucristo jamás descansó.

Debía ofrecer a su hijo en sacrificio. Ella era María, la madre de Semen Cristus, y no era su intención ofrecer descanso al Dios que salió de su coño, al hijo de un repugnante hombre que la follaba en lavabos sucios, que la obligaba a ponerse a cuatro patas encima de orines y agua sucia.

Su propio hijo era el sacrificio. Lo que nunca haría una madre cualquiera, lo haría ella para asegurarse el cielo y la vida eterna allá, con el Padre.

En el mundo hay demasiados sexos hambrientos, demasiadas fantasías que sólo quedan en eso. Demasiado semen derramado en soledad; discreta y angustiosamente.

Y las mujeres en los pueblos y ciudades, viven tan sometidas a sus maridos e hijos, que su vida está necesitada de todo lo prohibido.

Leo dormía profundamente en la butaca, gemía en sueños.

María acarició su cabello negro y rizado y deseó que la capilla se terminara pronto, Semen Cristus necesitaba descansar, demasiadas horas de crucifixión estaban deformando su columna y sus brazos aún adolescentes.

No podía morir aún.

Mientras tanto, la sangre de Leo corría por las venas y arterias contaminada de hormonas para ganado. Sus testículos se estaban endureciendo y secando, y una llaga en el escroto, enviaba bacterias a la sangre. Su pene tenía un tono amarillento. Y su mente estaba tan llena de basura como la de su madre.

Cuando acabaron los títulos de crédito de la película y las luces se encendieron, María despertó con ternura a su hijo.

Durante la vuelta a casa, condujo aterrorizada, era de noche y los zombis se escondían en la cuneta de la carretera. Debía ser cuidadosa.

Leo vomitó en la vieja furgoneta y María rezó a Dios rogando que no se convirtiera en un zombi. Aún no.

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A principios de mes, Candela disponía ya de dinero en el banco; la cooperativa agrícola pagaba los kilos de producción cereal que se habían entregado a lo largo de mes.

Carlos había ingresado el talón en el banco y ella sacó el poco dinero en metálico que quedaba.

Bajo la larga falda negra no había bragas; andar así la excitaba. El sujetador era liviano, de una blonda tan sutil, que no podía disimular sus pezones duros.

Cuando llegó al establo, María estaba atando a su hijo en la cruz.

Estaba caliente, dos semanas sin ir a misa. Dos semanas fregando tres y cuatro veces el piso, mirando la televisión. Tocándose, acariciándose con la imagen de Semen Cristus metida en su cerebro.

Tocando sus pechos e imaginando que extendía la caliente leche del Hijo de Dios lujurioso. A veces se corría con sólo pellizcar los pezones constantemente erectos.

—Buenos días Mi Señor y Santa Madre.

—Te hemos echado de menos estas semanas, seguro que has acumulado muchos deseos en ese chocho que nuestro Semen Cristus ha de hacer llorar.

—Ya sabes María, hay temporadas en las que tengo que ayudar a mi marido a recoger la producción. Maldito dinero.

—Maldito tu coño, Candela y bendita la mano que lo acaricie —Semen Cristus se encontraba pálido y ojeroso.

—¿Cómo avanzan las obras de la capilla?

—Siempre se atrasan. Esperemos que dentro de un par de semanas podamos comenzar a dar allí las misas —María llenaba una jeringuilla.

—Me he tocado tantas veces yo sola, mi Señor, que temo haber pecado; busco tu absolución.

Semen Cristus cerró los ojos cuando la aguja se clavó en la vena y el émbolo metió en su sangre todas aquellas hormonas.

—Te correrás en silencio, mascando tu lujuria. No quiero oír tus gemidos de puta condenada —contestó Semen Cristus con la boca pastosa.

Sus testículos ardían y el pene se endurecía provocándole un fuerte dolor en el glande.

—Puta de mierda, me bajaría de la cruz y te haría sangrar el ano por ser tan egoísta y no compartir tu placer con el Hijo de Dios, conmigo.

El sexo de Candela se empapó de fluido, la humedad invadía los muslos ante aquel reproche divino. Sintió deseos de ofrecerle sus nalgas para que la castigara.

María se metió en la pocilga y se arrodilló para rezar. El cerdo metió el hocico entre sus piernas y olisqueó, luego se tumbó en aquel barro sucio con un gruñido desganado.

Cinco monedas cayeron en el monedero de la cruz. Y el zumbido eléctrico de un motor pareció bajar el volumen del sonido del mundo.

Semen Cristus no jadeaba; se quejaba. Algo en sus genitales no funcionaba bien. A pesar de ello, el pene ya llenaba el tubo de vidrio. El calor del calefactor testicular se sumaba a la fiebre y sus piernas se tensaron como respuesta al dolor.

—Frota tu coño, límpialo, hermosa y puta Candela. Friégalo con la paja hasta que te duela, hasta que te sangre. Hasta que te corras.

Candela cogió un puñado del suelo, con una mano se subió la falda y separó las piernas, acto seguido, comenzó a frotar lentamente aquel manojo de paja en su vagina.

—Gime, gime como una perra. Gime como yo. Gime ante mi santa madre y ante el cerdo santo.

Toda aquella locura, todo aquel fanatismo esquizofrénico la llevaba a irremediablemente a la excitación. Aquel olor inmundo estaba presente en todos sus orgasmos. Frotó con fuerza la paja hasta que los labios mayores enrojecieron y sintió pequeñas heridas. Su sexo estaba tan húmedo que la paja se quedaba pegada en él.

Semen Cristus se excitaba por momentos, su pene parecía a punto de reventar el tubo que lo aprisionaba y con la cintura lanzaba el pubis queriendo penetrar a aquella mujer que se tocaba con fiereza a sus pies.

María masturbaba al cerdo.

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Semen Cristus (5)

Publicado: 10 junio, 2011 en Terror
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María despertó. Leo dormía plácidamente a juzgar por su pausada y regular respiración. La noche era negra y ningún tipo de luz entraba por los cristales de la ventana. Encendió un cigarrillo, le dio dos caladas y se lo apagó en el poblado pubis, con los dientes apretados y el cuello tensado por el dolor. El olor a vello quemado invadió la habitación. Con un suspiro se quedó dormida.

Su mente enferma le dio descanso hasta la hora de despertar.

María se despertó, dejó caer una sucia túnica blanca por su cuerpo desnudo y rechoncho y se dirigió al lavabo donde llenó una palangana con agua caliente. Vertió jabón y dejó caer una esponja. Volvió a la habitación y dejando la palangana a los pies de Leo, levantó la sábana hasta descubrir los genitales de su hijo.

—Buenos días, madre.

—Buenos días, hijo mío. Reza a tu hermano Jesús para que este día sea cuanto menos, tan hermoso como el de ayer.

Metió la mano en la palangana y cogió la esponja apretándola entre su puño para escurrirla de agua, cuando tocó con ella los genitales de su hijo, éste exhaló un suspiro perezoso y la erección matinal se acentuó. María bajó el prepucio para descubrir el glande y lo frotó con cuidado, besándolo a menudo. Los testículos se habían contraído y no tardó en cubrirse de un humor resbaladizo aquel trozo de carne sensible que tantas alegrías le había dado.

Si no tuviera la matriz tan podrida de tantas drogas y tan machacada de meterse toda clase de objetos, ahora tendría otro hijo, un hijo directo de Jesucristo.

—Dios de la bondad y el placer, soy tu siervo, soy tu báculo del placer. Bendice mi cuerpo para que tus hijas lleguen a ti por mi sacrificio de placer. Bendice mi semen y bendice a María, mi madre santa que vive por mí y para mí. Dios de la incomprensible volición, permite que ellas lleguen a ti con el sexo húmedo y dilatado. Preparadas y deseosas para recibir tu descomunal falo divino. Otórgales el placer supremo en sus agujeros pecadores. Llénalas, préñalas, dales alegría a sus almas grises. Que resplandezcan. ¡Oh Dios mío, al igual que mi hermano rindió su sangre ante ti, yo rindo mi semen! Dolor y placer, muerte y vida. Es tu voluntad —la oración que Leo declamaba con fervor, fue convirtiéndose en un apagado murmullo conforme su excitación llegaba a la cumbre.

—Madre, chupa la divinidad hasta que te llenes.

Y María abrió la boca, con los ojos cerrados cubrió el pene-hostia hasta que sintió como los pies de Semen Cristus se retorcían ante el orgasmo. Su boca apenas podía retener toda aquella cantidad de semen hormonado que bajaba ya por su garganta y expulsaba por la nariz para poder respirar.

Semen Cristus lloró sin derramar una lágrima, sin que María se enterara de su dolor. Cuando eyaculó sintió fuego en el meato, miró su pene temiendo haber eyaculado cuchillas y encontrárselo reventado.

Se levantó de la cama, apartó el semen de la comisura de los labios de su madre y le besó la boca.

—Te quiero, mi santa madre. ¿Desayunamos?

En el lavabo se tomó tres analgésicos para aliviar el dolor que sentía en los testículos y el pene.

Desayunando hablaban de la decoración de la nueva capilla del desván, de cómo la Candela se empapó los pantalones de tanto que lubricó. Cómo la madre de la adolescente condujo la mano de su hija para enseñarla a tocarse ante el Sagrado.

Contaron el dinero recaudado en los dos últimos días y si todo iba bien aquella mañana, se acercarían al centro comercial del pueblo vecino por la tarde a ver una película y cenar en el restaurante chino que tanto les gustaba.

María le dio a Leo un tubo de pomada y levantó la túnica mostrándole la quemadura del pubis.

—Cúrame, hijo mío.

La curó y su lengua la consoló hasta hacerla gritar las más sagradas obscenidades.

Cuando las visitas entraban en la casa, no eran conscientes del hedor a orina y semen agriado que emitían hasta las paredes, el suelo estaba sucio y pegajoso de porquería del establo y barro; esto era debido a que se habían acostumbrado a la peste del establo, donde los excrementos de animales y otras fermentaciones, hacían inverosímil que alguien pudiera respirar allí dentro más de dos minutos.

El espigado cuerpo de Semen Cristus, olía también a orina y sudor rancia. Y su melena crespa y negra, acentuaba su esquizofrenia hasta el punto que nadie se podía explicar cómo podía atraer a las mujeres.

María con su pelo corto y despeinado, era lo contrario de su hijo: bajita y rechoncha, una enorme barriga sobresalía tanto como sus pechos caídos y la suciedad de sus piernas provocaba repugnancia. No usaba compresas, y a menudo la menstruación bajaba por las piernas.

Apenas se acuerda del padre de Leo, un celador que se la metía cuando la medicación la dejaba adormilada. Cuando se dieron cuenta de su embarazo, la sometieron a electro-shock hasta tres veces por semana. Querían provocar un aborto accidental.

Dios la bendijo haciendo arder el manicomio.

María olía a podrida.

En madre e hijo, hasta sus almas olían a podrido.

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A las seis de la mañana sonó el despertador y Carlos masculló algo buscando a ciegas el reloj.

Candela se despertó también con él.

—Carlos ¿te apetece hacerlo? —le preguntó mirando su erección matinal.

A Carlos le pilló por sorpresa y aún adormilado no atinó a contestar suficientemente rápido, por lo que Candela se plantó entre sus piernas, bajó el pantalón del pijama y se metió el pene en la boca.

A los cinco minutos estaban desayunando y Candela se encontraba radiante. Carlos también.

Candela se había propuesto dejar de acudir a la misa del Semen Cristus, era cuestión de economía y discreción. Esa mañana se encontraba satisfecha y no sentía que su sexo latía buscando placer.

Se duchó y se frotó la vagina con la esponja más tiempo del necesario. El miembro duro y gordo de su marido dentro de ella, sus tetas agitándose con brutalidad y la onda expansiva de placer recorriendo su piel desde lo más hondo de su coño, aún daban vueltas en su cabeza.

Sonó el teléfono cuando se estaba vistiendo.

—Candela, voy a la misa. ¿Te vienes?

Era Lía.

—Hoy no voy a ir. Y tampoco me puedo gastar más dinero; Carlos se preguntaría en qué me lo gasto y con razón.

—Está bien, cariño. Lo comprendo. Cuando vuelva, te llamo y nos tomamos un café.

—Hasta luego, Lía.

Sintió envidia de la libertad de su amiga. Era libre, no tenía que rendir cuentas a nadie y tenía todo el tiempo para ella.

Por mucho dinero que le costara asistir a las misas de Semen Cristus tan a menudo, no podía negarse que había salido de aquella profunda depresión tras la muerte de Ignacio.

Imaginó a Semen Cristus en la cruz, padeciendo-gozando, mirando directamente a su sexo manoseado por su propia mano. La leche del crucificado en su piel. Cálida, espesa…

Cogió el monedero y contó el dinero que le quedaba; le costó un gran esfuerzo no salir corriendo hacia la casa de María la guarra, que así la llamaban las devotas a su espalda.

Salió de casa para ir a comprar, para no pensar, para no ir a la cruz y pedirle a Semen Cristus que la empalara hasta sentirse reventada.

Estaba loca; pero nadie lo decía en voz alta porque hubieran tenido que admitir, que todas ellas lo estaban.

La locura sólo puede tolerar a otra locura. Y la locura crea realidades y mundos nuevos; con sus dioses, con sus mismas incoherencias.

Y los bendecidos por esta locura, se contagian de esta realidad que les depara placer y el olvido de la amargura en lugar de sacrificio, hastío y dolor.

Los designios del Señor son inescrutables, los de Semen Cristus, llevan al placer.

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Iconoclasta

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