Archivos de la categoría ‘Amor cabrón’

Odiada mía

Debería odiarte porque por mujeres como tú los hombres son idiotas.
Hay una frecuencia en tu voz que me hace perder el hilo de mi propio pensamiento y balbuceo incoherencias de amor en tu oído. Olvidando lo que debía decir como hombre formado.
Con tu voz me haces adolescente provocándome una punzada en el pecho que solo puede calmar tu abrazo, tu respiración.
Tus pechos presionando el mío.
Me deshaces. Por favor…
Debería odiarte porque tu llanto es mi canto de sirena. Porque buscas el consuelo de mis brazos y los labios para recoger las lágrimas. Destruyes mi fortaleza construida con tesón a lo largo de los siglos, amén.
Provocas una ternura infinita que desconocía poder sentir.
Me siento vulnerable, indefenso frente a la apabullante carga de tu sensibilidad.
Debería odiarte porque has destruido mi independencia, ya no puedo concebir los días solo. Te odio…
No hay paz sin ti.
Debería odiarte porque haces de mí un absurdo trípode cuando clavo la mirada en tu escote.
Debería odiarte porque tus labios hermosos secan los míos cuando los contemplo.
¿Te das cuenta, odiada mía, que haces de mí lo que me esforcé en no ser?
Estás rozando la ilegalidad, es prácticamente secuestro lo que haces conmigo.
Debería odiarte por llevarme por sueños imposibles, cuando ya era hombre que ensuciaba sus manos y pies con el polvo en el que se convierten los seres al morir.
Odiada mía, debería odiarte cuando dices amarme y siento que no soy de acero forjado, si no de piel y carne temblorosos ante ti, encima de ti, dentro de ti…
Pienso que nunca conseguiré besarte tanto por lo que te odio. Tu piel es inabarcable como un universo en mi mente pequeña y simple.
Cuando tus ojos brillan al verme, siento el vértigo de los años cientos en los que nadie me miró así. No lo sabía todo, odiada mía.
Qué equivocado estaba…
Me doblo con una arcada ante tanto tiempo perdido sin ti.
Y te odio cuando la melancolía de tu ausencia me hace llorar.
Porque los hombres no lloran, cuando lloran están derrotados. Mírame, soy tu trofeo encima de una chimenea.
Antes no sentía esas «cosas» brotar de mis ojos, eso no iba conmigo.
¿Qué me has hecho, detestada mía?
Te odio porque dividiste mi vida en «a. de Ti» y «d. de Ti» (antes y después de Ti), como si fueras un hermoso y divino Jesucristo de cuerpo rotundo y sensualidad perfecta.
Partiste mi vida con «Piénsame» y un «Te pienso».
Convertiste una parte de mis oscuras edades en prehistoria.
No sabes lo que sufro al escribir «debería odiarte» o «te odio», porque la sola idea de odiarte, me provoca convulsiones. Duele imaginar que por un milisegundo pudiera aborrecerte.
¡Te odio!
No…
Te amo con toda mi alma. Es la única forma de concluir este listado de reproches por lo que has hecho de mí.
Te amo a pesar de que has hecho avanzar el tiempo a velocidad de híper-espacio. Hay tan poco tiempo y tanto que amarte… Me falta vida ahora, cielo.
Pero ¿sabes, odiada mía? Vendería la mitad de mi vida al diablo o a dios si existieran, para que mis últimas horas fueran contigo.
Pacto morir a tu lado.

 

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Iconoclasta

1

El impreciso amor, la desesperante imprecisión de puño y letra.

En Los manuscritos del Iconoclasta.

Reflexiones redes 2 def

No te rías cuando te digo que me la pones dura.
Dices que soy tierno.
A pesar de todas mis obscenidades. Me quieres demasiado, mi adorada.
Yo quería ser feroz…
Amándote me salen las cosas maravillosamente al revés.
Te voy a arrancar ese sujetador negro a bocados, maldita.

Los brazos rotos

Hay algo que parte los huesos, los troncha como madera seca.
Es el vacío.
Cuando se abraza la nada en la que se forma el espejismo de un deseo, los huesos se astillan y sientes el lacerante dolor de lo que no hay.
Los sueños incumplidos tienen el terrorífico poder de la ruptura impía.
La ausencia parte el ánimo como una paja seca y el ánimo siempre está alojado en el tuétano, en la médula tan profunda como el amor que me destruye.
Es normal que se partan los brazos. Los levantadores de pesos no tienen que elevar el vacío, por eso no sangran cuando elevan los 200 kg. por encima de sus cabezas.
No es extraño despertar con los brazos colgando, como si fueran las alas podridas que el cuervo arrastra por el suelo.
Oyes el crujido y piensas que no es posible, que no pueden partirse tantas veces los huesos, que eres un Sísifo que apenas se recompone, se parte de nuevo.
Y lloras brevemente todo ese dolor antes de que el sol te ilumine el rostro. Con cierta vergüenza, porque ¿cómo explicas que el vacío te ha roto los brazos? Que no es cáncer.
«Es que ella está horriblemente lejos, médico de brazos rotos, y deja su vacío allá donde miras».
¿Es que nadie me va a entender?
Si mi pene tuviera huesos, se partirían. Eyacularía sangre que correría por mis muslos espesa, pornográficamente dolorosa…
Es como si el vacío pidiera mi médula para llenarse. No sé…
Duele madre, duele la vida que me diste.
Hiciste mis brazos de cristal…
El mundo me está destrozando en vida, coño.
Piensas que si usaras los pulmones para aspirar el olor de su cabello y su coño, las costillas se partirían y rasgarían los pulmones.
No existe nada tan letal como aspirar vacío.
Lo sé por las alas marchitas de los cuervos y las mías. Tan rotas que me hacen amorfo, me roban la humanidad y crean un gusano de mí.
Mierda…
El dolor no es espejismo, no es un vacío. Es la obscena y única materia que llena la nada con cúbitos y radios estampados con lunares rojos.
Habito un vertedero de huesos ensangrentados.
¿Cuántas veces podrán destrozarse mis brazos para llenar el vacío? Debe haber un final, una conclusión. No puede ser tan largo.
No hay mal que un millón de asquerosos años dure.
Lloras para liberar la presión osmótica que se crea entre la membrana del sueño y la de la fatalidad. Observando el cúbito y el radio asomar obscenamente, rasgando la piel que debería ocultarlos. Y piensas en el calcio y su deficiencia.
Y en que la única fe es la del absoluto e insaciable poder del vacío.
Duelen los oídos porque la baja frecuencia del sonido de un hueso al partirse, afecta al tímpano y a un puto corazón que está al borde del colapso.
Es lo mismo que decir que eres impetuoso muriendo…
En tu piel, en tu rostro y en tu coño deseado está mi protección. En tus labios entreabiertos que mi lengua invade.
Cualquiera de los dos pares.
Sin ti el mundo enmudece con un escalofriante chasquido y se parten los brazos allá donde abrazaban tu torso brillante.
Suave, suave…
Y se cierran los ojos lentamente con la más triste aflicción y las manos crispadas aún, intentando contener tanta locura.
Toda la locura.
Toda tú.

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Iconoclasta

Reflexiones redes 2 def

Existes para que yo quiera vivir, para que acepte la vida con la ineludible condición de estar en tu pensamiento.
Te hago responsable de mi vida y muerte.
No te voy a describir las venas que palpitan por debajo de mi vientre, ni la incomodidad que siento cuando el pantalón me ahoga; pero eres responsable de esta asfixia.
Eres responsable de crear una húmeda y tórrida mazmorra en mí mismo con cada «¡Ahá!», cuando ríes y asientes feliz a mis indecorosas expresiones de deseo. Cuando me toleras con esa mirada ultraterrena.
Enamorado y dolorosamente erecto…
Haces de mi vida una paranoia de ternuras y animalidad.
Y así, cualquier consideración de sosiego es una amenaza a la intensidad que le das a mis días.
Y sin esa intensidad enloquecedora, soy mierda.
Soy absolutamente irresponsable de lo que haces conmigo.
Quisiera recordar tiempos anteriores a ti; pero no existen. Por lo visto, nací en el mismo momento que miraste mis ojos no natos.
Entiendes ¿verdad?
El amor es una piel fundida en otra.
No sé cómo describir con precisión esta tragedia de amarte.
«Amor» tiene tan pocas letras, es tan impreciso…

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Barbie Obscena

Y sonríes arrebatadora, desafiante ante la idea que se me escapa de los labios en un susurro que es gemido.
Barbie Obscena porque sabes que me enloqueces y tomas el control. O simplemente me lo arrebatas. No sabría decir, no encuentro tiempo para pensar.
Tu rostro es belleza tallada, una muñeca; pero tu mirada…
Es despiadadamente sexual.

No pienso en muñecas cuando miro fascinado tus labios.
Barbie Obscena no es una muñeca; pero de alguna forma te he de llamar cuando las palabras no son capaces de dar consuelo a la incomprensión y a lo atónito.
Quiero morir sobre tu cuerpo y dentro de él.
¿Acaso has pensado por un segundo que quiero ser virtud y decencia?

¿No ves cómo me tiembla la boca y se cierra mi puño mirando tus pechos que agreden la tela con esos pezones deseados?
Barbie… túrica.
No quiero acariciarte suavemente y decirte que te amo. Quiero invadir tu boca con mis dedos y con la otra mano tu coño.
Hasta que tus piernas se separen mirando a mis ojos encelada y pidas que te desgarre hasta el alma.
Profundamente.
Soy corrupto ante ti.

Y tú no eres un ser etéreo, eres esa Barbie Obscena que me enamora y jadea con el coño húmedo pisando los ojos de un Kent muerto, al que las ratas de este mundo le han comido los brazos.
Tu piel oscura marca mi deseo salvaje. La haré brillar con la baba que desprende mi lengua infame.
Los Kent de brazos desmembrados y penes impolutos girarán la cara avergonzados con sus plásticas cabezas deformadas y quemadas por los cigarrillos de mi desesperación.

¿O acaso te has creído que mi pene es plástico rosado?
Palpita como los monstruos gruñen peligrosos en la oscuridad. Como el corazón del diablo que va a devorar tu alma.
Soy la más excelsa corrupción.
Una inflexión, una rotura de lo humano.
Una sima en la bondad y lo pueril que deja una herida dentada como una sierra en los hielos árticos.
En tu oído susurro: «Te voy a joder y tu ano también es mío».

Y un bebé llora en la cuna por los hermanos que no nacerán, que mueren salpicados sobre tus pechos duros y en torrente se deslizan por tu abdomen crispado, obscenamente arqueado.
Inundando el ombligo que es antro de mi lengua ávida.
Semen blanco, piel oscura, pezones duros…

No quiero ser Cristo en la cruz, no quiero sufrir por ti, por amarte con desmedida. Quiero ser la cruz y tú clavada en mí. Que los mesías lloren la arrolladora y cruel lujuria.
Dos coronas de espinas ciñen tus muslos inmortales y hieren mis sienes.
Soy una atrocidad atávica que no tiene cuidado con tu piel deseada, lamida, arañada, amada….
Amada, amada, amada.

Piarán gorriones sin alas agitando sus muñones ensangrentados por la muerte de los plásticos muñecos y la ternura, por la obscenidad de mi acto.
Por el amor hipertrofiado que hace menstruar tus pezones en mi boca, entre mis labios y dientes.
Y así, el deseo es desespero y arpón en el espiráculo de un delfín de risa eterna y ojos cerrados ofreciendo su blanco vientre al sol.
Barbie obscena de muslos brillantes… Cuando los separes sujétate con fuerza a mi pene inconsolable, porque descendemos al infierno.
Aunque no sé si es descenso o ascenso. No hagas caso, la coherencia de mi pensamiento se ha ido a la mierda con tu mirada de muñeca obscena.
Agarra con firmeza la carne que no controlo, que es tuya. Es por ti esta esquizofrenia.

Mi Barbie hermosa, oscura como una noche de luna muerta.
Somos el vicio y la perversión de este tiempo, de este lugar.
Barbie obscena, tu raja tiene la exacta medida de mis dedos imperfectos y toscos. La profundidad necesaria para enterrar mi inhumanidad.
Un filo de navaja arrastra el jabón y el vello que ha cortado y las uñas de tus dedos hieren la sábana con placer prohibido, amoral.
Nata salada en tu monte de Venus…

Corruptos somos bajo el potente foco de una luz que hace sombras de los gemidos y hace arder la piel.
¿Entiendes ahora porque no es un tópico cuando te llamo muñeca?
¿Puedes comprender que haces de mí una aberración?

Me elevas por encima de toda ética y toda moral, no importa que sea corrupto, que sea lo que nadie quiere ver ni oír.
Contigo trasciendo. Da igual adonde, solo sé que salgo de cualquier órbita conocida por la impía belleza de tu mirada obscena.
Solo sé que sudo y lloro y bramo las horas sin ti.
De profundis ab tuum cunnus clamo: ego amo te. *

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Iconoclasta
*Desde lo más profundo de tu coño grito: te amo

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Tiene importancia cada una de tus risas y cada uno de tus disgustos. Porque cada cosa que conozco, en cada acto que te vivo, me acerco más a ti.
Te amaría si fueras genocida.
Soy cada día más tuyo con tristezas, iras y risas, mi amor.
Pero ya sabes aquello que se dice del remojo y de las barbas del vecino ¿verdad?
Yo también puedo ser voluble.
¡Cómo te quiero! Ríe, mi amor. No hay vecinos ni barbas, solo tú y yo.
Incluso trágicamente tú y yo, mi vida.

Trauma neuronal

Publicado: 14 noviembre, 2015 en Amor cabrón, Lecturas, Maldito romanticismo, Reflexiones
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Diario de la alienación traumáticamorosa.
Y no sé a cuanto se cotiza el kilo de neuronas, pero necesito unos gramos, pero ya.

El límite elástico

Publicado: 12 noviembre, 2015 en Amor cabrón, Humor, Lecturas, Maldito romanticismo, Reflexiones
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Detengo los dedos en el elástico que hace frontera con la piel del deseo.
De algún modo sé que he de esperar el suspiro, la contracción de los músculos, el abdomen que se retrae en una invitación que ella no controla, los labios que se entreabren con la lengua rozando los dientes, los pechos que se ofrecen en un acto tan obvio que dan ganas de aullar.
Aún no sé cómo puedo tener inteligencia para gestionar toda esa sensualidad, no entiendo como consigo abrirme paso con precisión a través del elástico que marca el límite de la lujuria.
Es tan pequeño mi cerebro…
Solo sé que no habrá retorno cuando el elástico se encuentre encima de mis dedos y rocen la piel oculta. Cruzada la frontera del territorio de su coño, también cruzo la del atávico deseo.
Adiós a la inteligencia si una vez la tuve.
Yo solo quiero su coño y su cuerpo entre mis brazos.
Luego no sé que ocurrirá…
No tengo inteligencia para saber más allá del límite de su braguita.