Una vez has vencido el cuerpo, lo has fatigado y ha quedado exhausto, ya se puede contar con unos minutos de paz interior.
Al pensamiento, esto es, al cerebro, no le importa cuán injusta es la vida, si estás enamorado, te odian, si reciclas la basura (cosa que no hacemos ni el cuerpo ni el cerebro) o si los huevos han caducado y hay que comprar otra docena más para que sigan decorando el cestito huevero de la cocina que tan precioso queda aunque quite mucho espacio para preparar los alimentos.
El cerebro se dedica en esos momentos a gestionar cosas como el ritmo cardíaco, la respiración, la glucosa y los mocos que hay que expulsar vía oral o bien exprimiendo la nariz.
Hay paz quieras que no.
Bueno, una erección delata que el cerebro se dispersa un poco, no acaba de estar por la labor.
Y se filtra la imagen de unas piernas que a mitad de los muslos empiezan a estar cubiertas por un vestido liviano. Alzadas sobre unos zapatos descubiertos de tacón muy alto, se muestran potentes, hermosas, torneadas, bronceadas hasta el hambre y con un tono muscular que hace magma las arenas del desierto.
Y piensas que Dios es una cafetera observando semejante divinidad.
El vestido corto hasta la erección, hace un stop en sus nalgas, de tal forma que la boca se siente seca y la lengua acude a los labios para remediarlo. Y desearías deshacer con la boca el nudo de ese cinturoncito de tela que reposa en ese culo remarcándolo.
El vestido sigue realizando su función hasta llegar a los pechos, ahí se detiene con soberbia, y además hace boato de un escote decorado con unos cabellos negros que son la paranoia del deseo.
La cadera ha sido delatada: su función es poner las manos en ella para afianzarse con fuerza, no encuentro otra utilidad (aunque tenga que ver con lo motriz) en esa belleza.
Las pantorrillas lucen hermosas sin ser musculosas, estilizadas…
Y el bronce de la piel sigue siendo la cosa más pecaminosa que pudiera imaginar aún estando horriblemente cansado. Más de lo que estoy.
Creo que el cerebro no está controlando como debiera el ritmo cardíaco, la respiración o la metabolización de la glucosa; parece que se ha empeñado en llevar toda la sangre a mi bálano y dejar los pulmones y corazón en segundo plano; como un stand-by de un equipo HI-FI que mantiene el CD de los Rolling de la canción Satisfaction en su interior sin sonar.
Y ahora mismo me encuentro en la disyuntiva de acariciar el maldito pene y darle consuelo o golpearlo con el puño para que me deje descansar tranquilo.
Llamo al orden al cerebro con un «no seas imbécil» para que cuide de mis funciones vitales con más decoro, cosa que da resultado.
Bueno, por unos cinco segundos.
Porque por fin, el vestido acaba en unos minúsculos tirantes que reposan en unos hombros deliciosamente menudos, deliciosamente adolescentes. Deliciosamente besables y lamibles.
Éstos, además, crean unas clavículas que acogen al cuello por el que la lengua se desespera por arrastrarse hasta llegar a esa boca de labios gruesos, decidida y puramente carnales.
Pienso en los besos de amor y mi pene entre esos labios. Sin piedad.
Estoy cansado, joder…
Y ahora imagino esa piernas tensas y fibradas separadas, realzadas por los tacones de aguja, mi manos en su cintura y mi paquete pegado a esas nalgas desesperantes. Sus manos en la pared. El vestido ha subido para mostrar su hot panty negro que transparenta los dos perfectos músculos que parecen vibrar por la tensión que les transmiten las piernas en un forzado equilibrio.
Si no estuviera tan cansado…
Si mi cerebro no estuviera jodiendo y se dedicara más a las cosas del metabolismo.
-Querido ¿quieres algo fresco?
Penetrar… Es lo que me indica mi cerebro, me resisto a ello, porque tras dos horas de subir y bajar montaña arriba, no estoy completamente de acuerdo en sufrir ahora un infarto por un exceso de bombeo.
Follar… Vuelve a indicar al cerebro, mi polla responde expandiéndose creando un anti estético bulto en mi pantalón deportivo.
Mierda… Me pongo en pie, me acerco a mi buenísima esposa y la abrazo desde su espalda, rodeando su cintura con mis brazos.
-Quiero algo caliente -le digo al oído, apartando el pelo de su oído con mi nariz.
Bajas reservas de glucosa, lo noto en un pequeño mareo, pero el cerebro dice que no haga caso, hay cosas mejores que hacer, ya metabolizará luego.
Así que mi mano izquierda sube hasta su pecho, desboca el vestido, lo desnuda y apresa el pezón que reacciona con dureza entre mis dedos. La mano derecha ha elevado el vestido hasta las ingles, se ha metido dentro del panty y ha buscado entre los labios el clítoris. Los dedos lo han rozado suavemente. Está duro como nácar.
Tengo calor… Luego bajaremos la temperatura, dice el cerebro.
-Puta -le susurro al oído.
Ella alza los brazos y me acaricia el rostro, estira el cuello hacia atrás y le dice a mi mejilla:
-Cabrón…
Me duelen los pies, pero no hay reflejo de sentarse alguno, está demasiado hermosa. Así que en lugar de relajarme, me tenso y tenso mi mano en su vagina, se la cubro y cierro los dedos en ella, creando cierta presión alzándola hasta ponerla de puntillas.
Responde que parece desfallecer e inúndame la mano de su fluido. Mis dedos están martirizando su pezón desnudo y ella me indica con su mano que lo haga más fuerte.
Y eso hago, lo pellizco hasta que a ella le tiemblan los labios.
La empujo hacia delante y sus manos van a parar contra los azulejos de la pared, bajo los armarios de la cocina.
Mis rodillas están un poco débiles y necesito algo de potasio para el entumecimiento muscular, en lugar de un plátano o alimento que me aporte algo parecido, tomo las tijeras del imán de soporte.
Alzo el vuelo del vestido y dejo el panty negro y deliciosamente transparente al aire.
Corta, dice el cerebro.
Tomo el panty por un costado de la cintura, deslizo el borde de la tijera por la piel de su cadera y corto la tela. Su piel se ha erizado por el frío y la excitación.
Hago lo mismo con el otro lado del panty y su coño y su culo quedan indefensos ante mí. Mientras tanto, mis pantalones y calzoncillos están en el suelo, en mis pies; no sé cuando ha ocurrido.
Ella ha separado más obscenamente las piernas, sabe como hacerse desear, la muy hermosa.
Se la meto de golpe y crispa los dedos en los azulejos, sus uñas están pintadas de un rosa oscuro, un fucsia. Jadea y yo busco ese punto un poco más contraído en su vagina, es una cuestión de ángulo, conozco su coño como su alma.
Lo encuentro y empujo con fuerza. Ella pierde el equilibrio y la sujeto por la cadera, para lo que sirve su cadera, es el fin único. Y empujo.
Y ella jadea de nuevo.
Es más, empuja sus nalgas contra mi pubis para que entre el pene más profundamente. Su pecho desnudo se agita brutalmente con cada embestida. Mis cojones están contraídos.
Me tiemblan los muslos de cansancio y también de excitación.
El cerebro dice que eso no es malo, que nadie se muere por una cosa así.
Dale duro…
Y embisto, a veces la elevo y da un saltito clavada a mí. Lleva una mano detrás, a su nalga derecha y la separa para hacer más espacio.
Su vagina se contrae y así masajea el glande. Ha empezado a correrse, noto su fluido como un baño cálido, a veces pienso que me gotea por los testículos.
Llevo una mano a su clítoris mientras la embisto y se lo aplasto sin cuidado.
Ella también lleva su mano encima de la mía para que no la saque de ahí ahora.
Empieza a gemir:
-No puedo más, mi amor…
Y se corre. Se corre contoneando circularmente las nalgas contra mi pubis, sus contracciones y ese punto preciso y notoriamente más denso de su vagina, su roce fuerte, hacen reventar mi glande y se me escapa el semen como si sufriera un ataque de epilepsia.
Mi cerebro no tiene noción de la elegancia en el momento de la eyaculación, debería trabajarla más, menos mal que ella está mirando al sur…
Dejo que el semen la llene. Ella intenta tomar aire suficiente tras el orgasmo, se la saco y antes de abandonar su coño, escupo unas últimas gotas de semen entre los labios de su vagina.
El cerebro me dice: bien hecho, no estabas tan cansado. Yo sé lo que me hago.
La tomo por un hombro y la hago girarse hacia a mí, le beso la boca con toda la sed física y lasciva que tengo. Llevo la mano a su raja y unto suavemente su clítoris aún endurecido con el semen que le he escupido, el beso se hace más profundo. El hot panty yace a nuestros pies como un animal muerto. Sus piernas esculturales están totalmente desnudas y el provocador monte de Venus parece latir. Su vagina está entreabierta y mi cerebro me dice que me agache para besarlo, pero ya no puedo más. Además, ella toma mi pene, retrae el prepucio y lo sacude suavemente dejando que unas gotas más de semen caigan en su mano, me masajea los cojones así.
-Te quiero, cielo.
-Te amo, mi vida -le respondo.
-¿Ahora si quieres algo fresco? -me dice con la sonrisa más preciosa y radiante del mundo.
Me subo los pantalones, porque su desnudez hermosa hace la mía demasiado vulgar, hay que cuidar los detalles.
Me da un vaso de refresco con hielo.
Me lo tomo de un solo trago, hay silencio, ella me mira divertida.
-Parece que te has cansado… Deberías tomarlo con más calma, descansar más a menudo, cada media hora, la montaña es agotadora.
Mi cerebro silba alguna melodía haciéndose el sordo a estos consejos.
-Vístete amor, ya tenemos que ir al teatro.
No me acordaba.
-No iras con es vestido ¿verdad?
-Claro que sí. ¿No te gusta?
-Me enloquece.
-¿Entonces por qué no quieres que me lo ponga?
Cuando de verdad necesito mi cerebro, es cuando el idiota está preocupándose por los niveles de glucosa. Mierda.
Tardo algo más de cuarenta y cinco segundos en responder. Porque no sé que decir y porque su pecho desnudo me la está poniendo dura de nuevo.
-Por que hace frío.
Y ella responde con una carcajada. Ambos estamos sudando.
-Me voy a cambiar -le digo un tanto humillado.
Viene a la habitación, toma un tanga blanco y se viste con él.
-Vamos, date prisa -dice enmarcada como una modelo en el vano de la puerta.
Mi cerebro no acierta a abotonar la camisa y mi mano en lugar de subir la cremallera de la bragueta, la baja.
Esto no acabará nunca…
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Un cerebro un tanto disperso
Publicado: 25 junio, 2015 en Amor cabrónEtiquetas:Amor cabrón, Humor, sexo
No puedo prometerte amor eterno, cielo.
Moriré antes que tú, y luego no habrá nada.
Solo puedo prometerte una muerte de amor, como si eso pudiera existir.
No puedo ceder ya a los sueños, son cosas que duelen. Crearíamos una maldición entre nosotros mismos.
Y llegaría la frustración.
No existe la eternidad, ni otros tiempos ni lugares.
Nos parieron entre hormigón, entre distancias y sepulturas que ascienden verticales humillando a los muertos.
¿Te das cuenta de lo mucho que te amo? Eres toda mi magia, todo mi sueño.
Te amo en la sordidez de este mundo, te abrazo y me hago serpiente en tu cuerpo a pesar de todo y de todos.
No te amo en un paraíso.
Fuera de ti no existe nada. Incluso lo que escribo se deshace como una gelatina en el cristal de una ventana. Cualquier cosa que no sea tu piel es rechazada.
Solo me queda eso, mi amor, morir amándote.
Es algo que podré hacer. No habrá problema con ello, porque de hecho, no hay otra opción.
Lo siento de verdad, ojalá pudiera decirte que te buscaré, que nos encontraremos. Dedicarte más vida; pero el amor desgasta, acelera tiempos.
Te amaré con mi último latido, eso es todo.
Puta pena…
Si tuviera alma, si quedara una emoción que me hiciera humano, te juraría amor eterno.
No reconozco humanidad en mí, no tengo alma.
He vivido lo suficiente para saber que nadie tiene alma.
La gente tiene miedo de morir y yo siento curiosidad, algo pasó en mi concepción.
Así que juro amarte hasta que muera.
Porque no hay eternidad, no hay posibilidad de encuentros en tiempos o espacios.
Ir más allá de la muerte duele demasiado, es un engaño que nos hará mantener una esperanza que hará más angustiosa la muerte.
No puedo banalizar este amor que siento construyendo una leyenda.
Solo puedo jurar que moriré triste por dejarte. Sé que los seres mueren solos, perdidamente solos ante la angustia de no poder aspirar una bocanada más de aire.
Perdona la realidad, perdona la verdad suprema de todo. Es mejor que nos amemos ahora con todas las fuerzas de los sueños muertos, que nos fundamos el uno en el otro con una agonía anticipada sabiendo que se aproxima el gran puto drama, mi amor.
Esto pinta mal, y me duelen algunas partes del cuerpo, cada día cuesta más caminar y cada día te abrazo con más fuerza porque llega lo inevitable.
Sé valiente, mi amor, siéntete amada.
Guarda estas letras, no dejes que las emborrone una lluvia. Mantenlas como testimonio, como un hallazgo de amor que haga historia entre la humanidad. Que cuando gente de siglos adelante lo descubra, sepan que el amor que un día sentimos fue absolutamente puro.
Y no necesitamos paraísos, ni esperanzas legendarias.
Solo eso, mi amor. Sonríe, porque aún quedan unos días.
Vamos a cenar mi amor, estamos cansados.
Y luego al cine, ¿te parece?
La vida aún está aquí.
Iconoclasta
Era tan sencillo, tan posible.
He soñado amarte.
Te tomaba la mano que estaba fría de tristeza. Y respondías con calidez.
Por favor, qué hermoso.
Un acto tan simple, tan tranquilo. De una hermosa ejecución.
Tenía horror a que de verdad fuera un sueño. He fracasado y he despertado.
Yo decía: No, no, no… (yo digo).
Contigo los sueños pierden la magia de lo onírico para hacerse táctiles. Me engañan como si fuera un niño. Amarte es tan natural que la mente rechaza cualquier otra consideración de soledad y abandono.
Y envía mensajes reales a mis fibras nerviosas. De ti.
Al despertar, he comprendido que la frialdad de la tristeza estaba en mi mano aún cerrada en el vacío.
Que es tarde.
Y he rasgado el sueño al subir la persiana y he blasfemado contra mí mismo.
No puedo permitirme tanta tristeza al despertar, parezco un cadáver.
Es premonitoria la frialdad.
Tristeza con muerte se paga.
El humo de un cigarro templa pulmones y corazón, pronto llega a la mano helada.
Es hora de salir al sol y que acabe de incinerar el sueño.
Sin comentarios.
Me bañaré de la vida y la muerte que hay en la naturaleza.
En la íntima fronda de las montañas.
Y en mares de salvaje pureza, donde los peligros son transparentes y la belleza ondulante.
Lo quiero todo: hambre y comida, sed y agua, el canto de los pájaros y el silencio de los escorpiones. La velocidad del tiburón, el chac-chac de un cangrejo.
Quiero fundirme entre lo vivo y lo muerto, y arrastrar mi pene hambriento de ti, por las toscas cortezas de pinos y robles. Quiero castigar a la bestia, hasta encontrar el íntimo e insondable reposo de tu carne.
Hacer surcos en la arena y herir mi rabo endurecido en arrecifes cortantes.
Me enloqueces, haces aberrantemente obscena mi locura.
Quiero amarte en la espesura y a cielo abierto, con el sol ardiendo en nuestras pieles.
Es mucho pedir, lo sé; pero jamás he estado tan adentro del planeta como ahora. Jamás he deseado tanto llevarte de la mano a profundidades y superficies.
Ser libre y salvaje amándote. Libre de escrúpulos, usaré cada trozo de tu piel. Morderé.
Sin freno, sin cordura.
No puedo ni quiero desear menos, mi amor.
Quiero lamer tu cuerpo de bronce esculpido por antiguos clásicos, quiero pasar mi lengua por tus partes más blancas, más pálidas, más urgentes.
Dijéramos que no queda en mí ya inteligencia, solo es un instinto cargado de amor y deseo.
La inteligencia quedó allá enterrada entre un decorado de hormigón y cristales. La destruí, la pulvericé.
Dijéramos que te amo brutalmente.
Patológicamente dirían los cuerdos.
Patológicamente para mí, porque cuidaré tu cuerpo y tu alma, y seré el oso guardián de tu vida. Una esfinge con la entrepierna palpitando como un corazón más.
Las diosas tienen animales para su protección, yo soy uno, úsame como un cerbero con un pene entumecido y colapsado de sangre, diosa.
Bautízame con tus muslos en mis fauces y clava tus uñas en mi piel, arranca mi pelaje cuando tu respiración se colapse por el lujurioso embate que arqueará tu cuerpo cubierto de diamantes de sal.
Quiero meterme profundamente en tu carne, porque es mi bosque y es mi mar.
Eres una isla en un mar turquesa, eres un cielo azul que pinta la arena blanca creando otro cielo, otro imposible, otro milagro…
Eres naturaleza y yo soy tu creación. Eres responsable de mí, no me dejes fuera de ti.
Yo te lo ordeno, yo te lo pido, yo te lo ruego. Las bestias no lloran, no dejes que pierda la dignidad de la ferocidad, porque es lo único que queda en mí.
Deja que cubra lo más pálido y lo más íntimo de ti, dame ese privilegio.
Antes de morir si pudiera ser, soy una bestia que devora los segundos sin control.
Soy el tiburón, soy el lobo, soy el delfín y soy el ciervo. Soy la crueldad y la ternura.
Soy un producto de la naturaleza y tú eres su personificación.
Me lo dice mi cerebro antiguo y pequeño; como el jardín zen que con solo una piedra y una línea en la arena, alcanza tras muchos años la perfección absoluta y la paz de quien lo creó.
He llegado a lo más elemental, me he reducido a esencia pura.
Quiero penetrarte profundamente hasta acariciar tu alma y devorarla… Ser tu Fausto animal y hacernos inseparables.
Que se pudra el planeta cuando te arranque de sus brazos para cubrirte con los míos, para invadirte hasta dudar de la existencia.
Eres mi Naturaleza, sin ti soy mierda.
No puedes no amarme.
No puedes…
Llegamos a lo más profundo que pudimos, nos amamos hasta el dolor y la euforia de las ilusiones que prometíamos tatuar en la piel; pero el planeta no tiene simas ni alturas tan profundas y altas para contener tanto amor.
Falta espacio, falta tiempo.
Se hizo pequeño el volumen del mundo y nuestro gigantesco y gran amor nos asfixiaba.
Todo está previsto y calculado, mi amor que agoniza.
Hay un límite para tanto deseo y pasión, todo lo sobrante es triturado.
Somos dos corazones rechazados por un trasplante apresurado, porque amar es premura.
Y el tiempo nos come, y por ello, la impaciencia y la frustración.
La razón es infecta.
Es pus.
Hemos fracasado, hemos perdido contra el mundo.
Los sueños temblaron hasta hacerse borrosos y se convirtieron en absolutas imposibilidades.
No nos engañamos, a duras penas amada mía.
Nos ilusionamos, es lo que debíamos hacer, no había otra opción.
La batalla contra el tiempo y el espacio que hay entre nuestros pulmones fue intensa y resquebrajó los muros del amor con cañonazos de demoledora realidad.
Todo el tiempo del planeta, todo su volumen, nos aplastó. Se ensañó con nosotros.
Fue insuficiente nuestro esfuerzo.
Y fracasamos.
Llegó la hora de reconocer la derrota con una venda en el pecho, porque los corazones, quieras o no, sangran. Y esa sangre se derrama en el alma formando coágulos.
Y los recuerdos se hacen cenizas sin haber sido llamas.
Réquiem por un sueño suena en el reproductor de música con la suficiente melancolía e intensidad necesarias para sumergirse en la suma pena de la derrota y en penumbra.
Declaro mi rendición en la oscuridad con tinta roja y la total precisión que da el dolor del fracaso.
Los dioses hemos sido derrotados, no habrán más oportunidades.
No éramos dioses, era nuestra ilusión de amantes, solo era soñar, no podía hacer daño a nadie; pero se han excedido con su armamento y fuerza, como si fuéramos seres imbatibles.
Hemos fracasado, y cada uno tomaremos nuestro camino hacia otra batalla contra la razón.
Cuando el fracaso asfixia debe ser reconocido, toca retirada, porque la vida es efímera y los sueños rotos jamás se recompondrán.
Hay que vivir para amar y amar para hacer viable la vida.
Cada cual buscaremos nuevos campos de batalla, debe existir otra guerra donde podamos bombardear la razón y la praxis hasta sus cimientos.
Olvidémonos que un día nos amamos, no guardemos recuerdos que traicionarían nuestra próxima pasión, te deseo suerte, hermosa compañera de trinchera.
Hay que seguir, hay que ganar antes de morir, o muriendo.
Prometo olvidarte y juro que una vez te amé.
Me diluyo entre tus recuerdos, lo veo en tus ojos.
Maldita
Publicado: 3 junio, 2015 en Amor cabrónEtiquetas:adoración, Amor cabrón, maldición, rendición, Sacrila
Foto de Sacrila.
Lo difícil de amar no son esas pequeñas cosas como cultivar el amor en los pequeños detalles, en eso tan cacareado de hacer de cada día un nuevo y maravilloso comienzo. Eso viene solo, sin esfuerzo.
Lo duro es follarte para después, casi en el acto, evocar tu sabor y el perfecto roce de una penetración que funde y confunde nuestras carnes.
No es fácil amarte, me arrebatas el control.
Maldita seas.
Mi mano en tu cuello, incrédula de acariciar toda esa sangre y respiración que manan por esa piel tan amada y tus ojos poderosos que parecen mirar tan adentro de mí que temo sangrar, te convierten en maldición, en condena.
Lo difícil es mantener la serenidad.
Te adoro, maldita seas.
Eres un tormento hermoso al que amo sísmicamente.
Lo titánico es no masturbarse una y otra y otra y otra vez, evocando cada momento en el que gemías, en el que mi saliva caía sobre tu piel.
Es aniquilador no estar dentro de ti.
Tú no eres consciente de la carga erótica que dejas caer en mis hombros.
En mi rabo erecto…
Maldita, maldita, maldita…
No eres consciente de la pesadez pornógrafa de tus pechos que oscilan entre jadeos, que se erizan por la amenaza de mis dientes. Eres inocentemente maldita en tu natural erotismo, en tu innata forma de amarme.
Y aún así, cargas con el pecado de ser mi obscenidad.
Maldita tu belleza que me hace patán de boca abierta.
Maldita tu piel porque ofrece una calidez que me embriaga y me roba la voluntad.
Malditos tus labios que he devorado y mi glande los ha hidratado.
Malditos tus pechos desproporcionados en su grandeza enmarcados por unos hombros adolescentes.
Eres tan obviamente sexual…
Malditas tus piernas preciosas que conducen inexorablemente a tu coño, un infierno al que me arrastras y no tengo fuerza para resistir. No quiero resistir.
Malditas tus manos que aferran mi pene hasta el dolor y me guían como un muñeco por la ruta del deseo desmedido de tu sexo insaciable.
Maldita la cadera rotunda que servirá para afianzarme cuando te embista y pierda el control dentro de ti, adentro.
Más adentro, más fuerte…
Maldita toda tú, porque eres pura heroína en vena, me provocas síndrome de abstinencia.
Soy un yonki de tu pensamiento, de tu alma diosa.
Maldita seas…
¿Cómo es posible amar semejante maldición?
Maldita porque eres voluptuosa hasta el tormento.
Porque cuando me he saciado de tu cuerpo, está tu alma omnipresente que vectorialmente unidireccional (es física, es mensurable, es táctil tu poderosa mente) ataca directamente a la línea de flotación de la realidad, para convertir un tiempo y un lugar anodinos, en el más misterioso y seductor universo.
Maldita porque tus palabras de amor me hacen agua.
Recuerdo siglos atrás de estar contigo, recuerdo tu vientre y tu mirada aniquiladora y milenaria como un sortilegio.
Eres maldita porque has hecho de mí un amante errante que vaga buscándote desesperado en todas las eternidades y universos.
Yo te amo, Maldita.
Ven, cielo.
Ha llovido y el agua ha arrastrado mi hostilidad y frustración. Ahora soy un animal empapado entre la vegetación buscando algo de calor para que la noche no me congele.
No te pido misericordia, no es interés por sobrevivir, mi amor.
Ocurre que tan pocas veces me siento limpio y libre de desasosiego y rencor, que quiero que aprecies ahora todo el amor que siento por ti.
Ahora que estoy limpio.
Es tan poco habitual, mi diosa, que sería injusto no abrazarte, no robarte un beso de amor en este preciso instante que la lluvia ha arrastrado mis miserias y siento unas incontenibles ganas de llorar.
Me siento como un soldado sin guerra.
Quiero que sepa tu alma que no te equivocaste al amarme, que bajo toda esta decepción y letras escritas entre rabias y dolores vitales que hacen de mi cuello y hombros un amasijo de músculos en tensión, hay un amor incondicional, tierno y emocionado.
Y que me siento indefenso cuando esas cargas dejan de gravitar en mí.
Temo cuando estoy tranquilo, cuando estoy bien, que algo salga mal. Tengo miedo, mi amor.
Está resultando una vida dura, cielo.
Solo abrázame ahora y recuérdalo cuando mi mirada y mis letras sean tristezas y frustraciones.
Mira como te amo, mi diosa: empapado y limpio.
Por favor, la lluvia me ha deshecho, me hace humano, protégeme ahora con tu cálida piel, mi amor.
Porque cuando sea fuerte de nuevo, no tendré el valor de pedírtelo.
El alquimista y la áurea proporción
Publicado: 17 mayo, 2015 en Amor cabrónEtiquetas:alquimista, Amor cabrón, fascinación, imposibilidad, proporción áurea
Ella es la áurea proporción.
Toda ilusión es inalcanzable, es el perfecto y áureo drama.
La medida de su cabello negro como noche sin estrellas, es la exacta y única posible proporción para que caiga sobre sus hombros y en cascada se precipite acariciando sus abruptos pechos.
Un tortuoso sueño que no debe hacerse realidad, la proporción áurea de amor debe ser celosamente guardada en el nebuloso cosmos de la esperanza, que nada la corrompa.
Su arco superciliar es concha de caracol marino, la áurea medida que enmarca un ojo de ébano, el ojo de Horus, que rige la perfección de las cosas. Que vela por mi existencia, que me enamora, que penetra en mis sombras iluminando oscuridades que me hacían temblar.
Su retrato enmarcado en erotismo, tiene la exacta medida de los pináculos de los templos góticos oscuros y penetrantes en pesados y oscuros tiempos.
Mi fascinación es vieja como un cometa.
Sus labios son áureos y áureo el rostro que los contiene.
Mi amor no tiene proporción, es caos inconmensurable, no debiera amar lo que me es prohibido. Soy el desequilibrio áureo.
Ella es mi divinidad, aquello en lo que nunca creí.
Áurea es su espalda y el tercer ojo tatuado que me da paz, que cuida de mí.
Plomo son mis manos en su torso, pesadas, marcando una posesión imposible.
Áureo es su vientre que custodian dos lobos enamorados de ella, que rinden adoración a los sagrado que guarda. Verticales, parecen cobijados bajo la sombra protectora de sus pechos.
Dioses que velan las áureas entrañas que esconden el secreto de la divina y perfecta reproducción.
Hay un pene goteando un fluido denso, ajeno a la imposibilidad, como un animal que de sus belfos escurre la baba de la voracidad observando entre las altas hierbas a su presa. Hay un pene queriendo invadir de vida lo sagrado de la áurea proporción.
Su sonrisa es una elipse de ópalos blancos de áureos volúmenes que podrían haber barrido toda la frustración y la tristeza que mi vida acumula.
Mi boca es un grito vergonzoso de fracaso, la pérfida proporción de la desesperanza.
Soy un alquimista que ha topado con la áurea perfección y maldice el conocimiento que es tormento, que aporta el dolor de una verdad pergeñada en las dunas de los mares de la aniquilación.
Porque mi fin era ella, mi misión.
Y el tiempo el enemigo invencible derramando arena en mis ojos.
Los alquimistas murieron hace siglos, soy solo una esperanza flotante, un vapor de muertos en un gótico cementerio oscuro y tenebroso.
El sol en tu cuerpo
Publicado: 14 mayo, 2015 en Amor cabrónEtiquetas:Amor cabrón, divinidades, montañas, sol
¿Has visto, mi amada, lo que hace el sol con las montañas? Les arranca el aliento, las somete, evapora sus humedades.
Eso haré contigo, mi amor, te cubriré, te arrancaré el alma metido dentro de ti embistiéndote como si fuera el último día de mi vida, haré que de tu boca se escapen gemidos formando nubes de vida, de tu sagrado ser, nubes que difuminarán los pezones de tus montañas paganas.
Arrollándote con mi deseo, con mi hambre paleontológica.
Los lobos de tu vientre aullarán y yo seré un sol abrasando tu cuerpo, bebiéndote.
Bombeando en ti hasta que la niebla nos cubra y llegue la serena inconsciencia de los derrotados.
Seré sol en tu cuerpo, en tu alma, en tu vida…
Que aúllen los lobos de tus blasfemas montañas ante la brutal violación de las leyes de la cordura.
Que aúllen los lobos a la atávica violencia de la posesión, seamos bestias con las bestias.
Astros junto a las deidades.
Ilustración (lobos) de Sacrila.
El más obsceno sacrilegio
Publicado: 11 mayo, 2015 en Amor cabrónEtiquetas:Amor cabrón, blasfemia, profanación, rito, Sacrila, sacrilegio
Ilustración de Sacrila
Si Jesucristo nació para redimir a los humanos, ella nació para condenarme.
Ella es mi Cristo obsceno.
Proclama el amor que he buscado en todas mis vidas.
Está alojado en su corazón, bajo la contundencia de sus pechos voluptuosos, en su abdomen tatuado por dos lobos que la adoran como la única deidad, en su cabellera de zafiro deshilachado que cuelga como un manto de noche hasta su cintura.
Y sus ojos tan grandes, tan oscuros… Penetran hasta el más negro rincón de mi cerebro y lee todo lo que soy, todo lo que seré, lo que no seré. Y lo que es peor: lo que fui.
Alza sus brazos en cruz, inclina la cabeza a un lado y exhibe una sonrisa insolente imitando al crucificado en un hermoso y obsceno sacrilegio.
La amo con la fuerza de la naturaleza más pura, más instintiva.
Con el rabo duro hasta doler.
¡Qué valiente, qué oscura, qué blasfema!
Me arrodillo ante ella en rito de adoración lamiendo sus muslos, tan cerca del coño que siento su piel erizarse.
Aferra con el puño mi cabello corto y me obliga a mirar sus ojos. Sus ojos, por dios…
«¡Ámame con toda tu sangre y con la mía!» me susurra haciendo del mundo un lugar mudo y sin sonido.
Y deja caer una gota de saliva en mis labios entreabiertos.
Grito mi desesperado deseo metiendo las manos entre la raja de su túnica roja, clavando las uñas en sus piernas. Desgarrando lenta y contenidamente su piel.
Gime de nuevo, y me sonríe con los brazos en cruz, no me perdona, me incita a más.
«¡Mirad, fariseos, así se ama. Amar debe doler!
El nazareno se equivoca, el nazareno solo os vende muerte con sabor a hostia», grita a los idiotas que nos observan con miedo y sin comprensión en sus vacunas miradas.
No puedo dejar de amarla y condenarme a ella.
Es mi único y sagrado sacramento.
Ella dice: «No has de ser perdonado, amado mío. Solo ámame y sé amado y esperemos así la muerte que nos eternizará en la Constelación de las Rasgadas Pieles».
Y lloro arrodillado ante ella, invadido y condenado por su amor, con los dedos crispados en su piel, manchados de la sangre hermosa que describe ríos de rubí descendiendo sus piernas.
Jesucristo mira horrorizado a Dimas, el buen ladrón, buscando comprensión y consuelo a su propio dogma incomprensible y sin fuerza.
Vacío.
Nuestros jadeos de amor y deseo inundan el Calvario en ecos que nos hacen trascender más allá de la bondad y la maldad en una obscena comunión.
Somos el más obsceno sacrilegio en este Valle de Idiotas.
Rei simus…












