Posts etiquetados ‘malhumor’

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Suelen salir mal las cosas por ninguna razón en especial. Y no es que salgan mal, sino que ya lo estaban. A veces (asaz de ellas) los genitales toman el control. Los humanos creyendo que el cerebro se encuentra en los testículos o la vagina, estos detalles de perspectiva les pasan desapercibidos y no se enteran del mundo en el que viven. Y mucho menos de su propia estupidez.

El humano es un ser confuso, desconoce su propia naturaleza y sus limitaciones.

Ojalá un día el analfabetismo se erradicara y supieran de una vez por todas que el cerebro no se encuentra en los cojones o entre los pliegues del coño.

No lo saben y siguen rigiéndose en cuestiones románticas, sociales, económicas y religiosas por estos órganos genésicos tan alejados del cerebro, que aunque sea muy pequeño y con escasa operatividad en el 99,8 % de los humanos, no deja de ser el que de verdad rige el intelecto.

Si tuviera la peña la más mínima capacidad de síntesis, lo habrían aprendido en sus primeros años de vida viendo cualquier mierda de programa televisivo. Incluso en los primeros libros de texto de la infancia se hace mención del cerebro.

O sea, que hacen lo que les sale de la polla o el coño sin capacidad de elegir, de una forma habitual y mediocre.

Y así, cuestiones como pobreza, hijos no deseados, religión, cuernos y un compulsivo deseo de cambiar de teléfono móvil cada dos meses, son solo baladíes actos de una polla o un coño demasiado inquietos.

Los humanos se “aman” entre coitos y felaciones, teléfonos e imágenes jpg, y comida barata con refresco de a céntimo el litro en el supermercado; pero como lo hacen usando los genitales y sin pensar, todos estos animales tienen cabida en el paraíso porque no hay pecado en las bestias.

Ergo el paraíso es un centro para deficientes mentales y el planeta Tierra un criadero de subnormales.

Y lo que salta a la vista es que el aborto no solo debería ser legalizado, sino que debería ser forzoso.

Claro que si dejaran de nacer subnormales, los curas se quedaban sin feligreses y los políticos sin votantes.

Y las casas de telefonía móvil se iban a la mierda en dos días.

Sería el caos…

Maravilloso.

A mí me suda la polla.

Iconoclasta

Medio siglo

Publicado: 16 mayo, 2012 en Reflexiones
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No sé si queda algo por lo que maravillarme, cuando cumples medio siglo de vida todo se sabe, se conoce.

Y lo que no se conoce se intuye con milimétrica precisión.

Como el final de las rosas cortadas, no hay que ser un genio.

No me fio a estas alturas de que pueda ver algo nuevo, prefiero mantener un sano escepticismo. Un cinismo nada refinado.

No hay sorpresas, solo algún que otro terremoto, alguna molestia descontrolada. Cosas que no tienen la suficiente importancia como categorizarlas en sorpresa.

La basura evoluciona (al igual que los seres vivos y los edificios), tranquila por el espacio y a mi alrededor. Hay veces que orbita demasiado cerca; pero tengo recursos para evadirla muchas veces.

Siempre hay una luz de esperanza que brilla como una ridícula vela votiva en una capilla; para que no nadie diga que soy un desencantado. Pero que algo cambie y me sorprenda es una simple lotería en la que no pongo ningún esfuerzo por interesarme.

A los cincuenta uno debería mantener los logros, recordarlos, atesorarlos como prueba de vida. Porque si no recuerdas, no has vivido.

No acabo de verlo así, no puedo porque sudo fuerza en mis músculos.

Me han dicho muchas veces a lo largo de mi vida que mi ímpetu y mis arrebatos se aplacarían con la edad. Luego me dijeron que ya debería haberme apaciguado e integrado en la vida.

Me dicen que nunca cambiaré.

No voy a escribir de lo que oigo, de las experiencias ajenas. Aún tengo demasiada leche en mis huevos.

No me mató un coágulo de sangre en el pulmón y no voy a sentirme tranquilo y relajado por tener cincuenta años de mierda.

Necesito seguir ejerciendo mi crítica, mi injusta visión de las cosas y demostrar que sin drogas, mi cerebro sigue creando las más lisérgicas, oscuras y perversas ideas.

No quiero paz, ni que cese el hambre y la miseria en el mundo. Tengo poco tiempo y no lo puedo perder en otros. Soy un egoísta nato.

No seré nunca un viejo afable. Tal vez porque no llegue a viejo o porque no sea jamás alguien amable con la humanidad y ansioso de desear buenas cosas a cualquiera.

Moriré cagándome en dios, intranquilo, insatisfecho. Encolerizado.

No se oirá de mí palabra cordial alguna hacia la humanidad.

Solo mi cariño y amor por mis queridos humanos que son muy pocos.

Nunca creí de pequeño, que ahora en mi bajada libre hacia la muerte, a la vejez; sería tan valiente avanzando hacia el final.

Superé mi miedo infantil a la muerte sin apenas darme cuenta. He pasado de ser cobarde a indiferente hacia la muerte y la vida de otros.

La muerte no me importa y la vida a veces me molesta.

Morir es un mal menor cuando pasas revista a tus errores.

Recuerdo multitud de cosas buenas; pero los errores me avergüenzan con la misma intensidad que en la época que los cometí, que los cometo.

Masturbarme no siempre me distrae de esas cosas y a veces el semen gotea espeso y triste por los dedos cerrados en el pene entre un orgasmo contaminado de algún fallo idiota. Pesan y avergüenzan sobre todo, los fallos de los otros, los que no se pueden controlar y traen consecuencias. El error de los que se mueren antes de tiempo cuando los amas, de los que me han juzgado sin tener ni puta idea. Esos errores son los que más me irritan, los de los otros. Los que son aleatorios y producto de unas cabezas que no me interesan.

Y traen consecuencias como cobrar menos dinero por un excesivo trabajo, por ejemplo. Pequeñas cosas que joden. La hipocresía que me avergüenza de ser humano.

Si de algo sirve ser cruel con uno mismo (autocrítico como eufemismo), es para serlo con los demás. Me he denigrado y despreciado tanto, que los demás, sus actos y sus pensamientos son mi comida diaria. Afilo sus huesos arrebatándoles todo el honor que hubieran podido tener. Todo su carisma me lo fumo con bocanadas profundas de mis cigarros.

Tengo cincuenta años, no puedo creer en hombres santos, benefactores y genios. No existe la justicia, solo hay leyes que me joden y coartan mi libertad. Sé cuanto dinero cuesta todo y el dinero circula en manos de un reducido grupo de puercos muy exclusivos.

Y si hay una contante universal, es que con honradez y sinceridad no se gana el suficiente dinero como para ser feliz no se triunfa en nada.

Tengo cincuenta años. Siempre he tenido los cincuenta y algo me decía que las cosas no iban a ser fáciles y que hay mucho hijo de puta envidioso controlándolo todo. Si te ven sonreír te amargan la sonrisa por pura ostentación de poder y envidia.

Fui un niño de medio siglo con miedo a la muerte, había noches que no quería dormir porque tenía miedo a no despertar.

Y ahora no quiero dormir para seguir insultando a los envidiosos. No es faltar el respeto insultar a los poderosos, a los jueces y a los millonarios. Es un acto de justicia. El mismo respeto debo que el que me han dado; en definitiva, me paso por el forro de los huevos todo ese respeto de mierda hacia las instituciones y los grandes maestros de toda disciplina.

No puedo dormir y no tengo miedo a que me estalle una arteria en el cerebro de tanto imaginar a tanto idiota despedazado y con sus rostros de deficientes mentales salpicados de mi semen.

Tengo cincuenta años y no me calmo, no me apaciguo.

Todos tuvieron un craso error al juzgarme; pero ellos no se avergüenzan, les falta cojones para verse en el espejo tal y como son.

Yo soy un espejo de medio siglo.

Y lo que con un ejercicio de candidez deseé cuando soplé las velas de la tarta, creedme, es mejor que no lo sepáis.

Buen sexo.

Iconoclasta

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Tinta roja

Publicado: 3 marzo, 2011 en Reflexiones
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Me gusta la tinta roja porque nadie escribe con ella.

De pequeño me decían aquellos profesores de cerebro podrido, que era para corregir y para subrayar algunas cosas.

Y una mierda. Escribo con tinta roja los nombres de los muertos y de los coños que amo. Escribo de todo lo que conozco, desconozco, amo y odio.

¿De verdad no puedo escribir con tinta roja, profesores y educados ciudadanos integrados?

Hay que ser mucho más convincente y pagarme muy bien si queréis que os haga creer que aprendí algo de toda vuestra inmundicia cultural, de toda esa doctrina de moral y costumbres con la que intentasteis educarme.

La follo por el culo tan profundamente, que siento sus excrementos en la punta de mi pene.

Es como escribir en tinta roja, no es aconsejable joder así. No os gusta.

¿No lo debería haber escrito en rojo? ¿Es eso?

¿Cómo llamaríais al niño de seis años que mira excitado las mujeres desnudas de una baraja de cartas? Porque los niños se excitan, yo me excitaba…

¡Qué gusto tan misterioso en aquella pequeña polla que creció y se hizo un Jesucristo que ahora me redime con cada lechada que lanzo a presión!

Y ahora me diréis como si fuera verdad, que nunca os hicisteis una paja recordando la mata de pelo que a vuestra madre se le escapaba de las bragas cuando se abría de piernas sentada frente a vosotros para ayudaros a comer.

¿No os la pelabais? Por eso no usáis tinta roja. Prohibido decir secretos.

Me daban asco los muslos rozados y ennegrecidos de mi abuela.

¿No es correcto escribir con tinta roja?

No jodáis.

¿De verdad os gustaban esos muslos? ¡Qué asco!

¿Es mejor que me justifique diciendo que escribo en rojo porque corrijo tareas escolares?

Me masturbé desde el mismo momento que me llamó la atención la poderosa raja de mi madre cuando un día la vi meterse en la bañera.

¿Puede ser pedófilo un niño consigo mismo? Me tocaba impunemente.

¿Es mejor escribir con tinta roja o tocarse de niño?

No me excitó ver el culo de mi padre subiendo y bajando entre las piernas de mi madre.

A los padres les gusta follar; aunque luego, los muy hijoputas nos digan que eso no se hace y a sus hijas las protegen en nombre del puto dios de la decencia. Los padres no son tan especiales. Son campo abonado para la vulgaridad.

Mejor sigo cagando con la tinta roja.

A mí también me gusta follar, sólo que yo, además escribo con este color porque me sale de los huevos.

Porque en algún lugar, algún imbécil me reprendió por usar esa tinta cuando era pequeño.

Si yo hubiera sido mi padre, antes que metérsela a mi madre le hubiera mamado el coño, luego se la meto y me corro en su vientre.

Hay hijos que saben más que sus padres: YO.

En la primera comunión me dijeron que la hostia se debía dejar deshacer en la boca.

Yo mordí el estúpido, insulso y reseco cuerpo de Cristo con desdén. Aquella hostia sólo era una oblea con el mismo sabor insípido que los alimentos dietéticos con los que se atiborran las gordas y gordos.

Tengo mi propio misal escrito en rojo con palabras que hieren y desangran todas esas ideas podridas que me quisieron enseñar.

El coño de mi hermana era pequeño, el de mi madre enorme y de vulva abierta (posiblemente un exceso de hijos). Es mi lección de Barrio Sésamo: coño grande, coño pequeño.

Con las pollas pasa igual, la mía creció y ahora mi padre se avergonzaría de su tamaño mirando con tristeza la suya.

Tal vez no sea muy agradable leer esto, tal vez sea por culpa de que escribo en color rojo. El color rojo no os gusta salvo en los coches deportivos.

Los coches deportivos no tienen pollas grandes ni pequeñas, ni rajas de coño cerradas y abiertas.

El color de estas letras jode a muchos lo sé. Es el color de las correcciones, no debería escribirse con él.

¿No es hermosa la palabra “correcciones”, que en este contexto indica revisión y moralidades? Me paso las correcciones por los muslos repugnantes de mi abuela.

Soy inteligente y sexualmente rojo.

Escribo en rojo.

Soy la aguja que se clava en el iris.

Y tengo una erección.

Y el sabor levemente salado con restos de orina y viscoso fluido de su coño en mi boca.

El coño que amo es más grande que el coño de mi madre. Barrio Sésamo hoy escribe en rojo su guión.

Si os molesta, podéis “twitearme” el nabo. Con corrección, por supuesto.

¿Era grande el coño de vuestra madre? Cuando era pequeño aún no había cámaras digitales. Lástima… Me hubiera gustado subir su foto al “twiter” para que la votarais.

Escribo en rojo y no respeto nada. Tampoco hago daño, desgraciadamente.

La tinta roja no hace daño, descerebrados.

Lo que duele es mi bálano profundamente clavado en su ano. Y aún así gime la muy perversa pidiendo más.

Se os escapan los detalles importantes por culpa de vuestra aversión a la tinta roja.

Porque nadie debiera escribir con tinta roja.

No vosotros.

De hecho sólo se usa la tinta imbécil.

Iconoclasta

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