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El sueño de mediodía

Publicado: 15 septiembre, 2011 en Absurdo
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El sueño del mediodía vence a Dios. Es un buen momento para masturbarse.

A MÍ también. Tenemos alguna cosa en común.

¿En qué piensa Dios cuando se masturba?

Sé positivamente que no tiene mi poderosa imaginación o no hubiera creado esto.

Aunque para los creyentes y los patriotas está bien. No necesitan gran cosa porque un cerebro estéril no crea inquietudes.

No son creativos y no pueden imaginar a Dios haciéndose una paja en su paraíso, en su cielo o en su universo paranoico.

He comido bien. Estoy caliente…

Yo me masturbo ante la resistencia del ano que se opone a mi lengua.

Puedo masturbarme con la dureza del excremento que empujo con mi pene.

Me deshago en semen ante la imagen de ella sujetando su vientre presionado por mí. Dentro y profundamente…

Dios siempre come bien, tiene que estar muy caliente aunque sus perversiones son infinita e inescrutablemente peores.

Me imagino lamiendo su regla, revolcándome en los meados que se le escapan por orgasmos de indecente e inusitada intensidad.

Pero Dios no. Dios se masturba ante el reventado sexo infantil.

Dios nos envía su poderoso semen regurgitado sobre los podridos pechos que se pudren de cáncer.

Dios se la menea soñando con invadir un coño lleno de pus y miseria.

Dios penetra por el culo al niño de color negro ceniza que no tiene carne bajo la piel.

Dios sueña con meter su aséptica, sagrada y pequeña polla en la boca del muerto sin piernas ni intestinos.

A Dios lo tendrían que incinerar en una pira alimentada de excrementos. Por malsano; ser creador no es excusa para masturbarse con tanta miseria. Hay que tener estilo, clase, ética…

Y sobre todo, no hay que aburrir.

Dios es un degenerado que castra a sus creaciones, solo sueña con llenar agujeros que previamente ha corrompido.

Tengo sueño y YO y Dios nos masturbamos al tiempo.

Pero yo follo lo que me ama porque amo.

Él sueña que folla toda esa miseria porque su puta creación no es más que el reflejo de su mente enferma.

Dios no ama, simplemente ignora mientras su pene lanza un semen transparente y sin fuerza. Tiene que chascar los dedos para crear, no disfruta con ello. Está aburrido. Su aparato reproductor no sirve y no sabe como arreglarlo.

El Gran Creador…

Dios se hace una paja ante la virgen que pare un niño con su himen intacto.

YO me la casco ante el himen sangrante que ha ensuciado mi pene.

Cuando hemos comido, cuando nuestras barrigas están llenas, llega el sopor y con ello las ganas de sexo. YO y Dios somos iguales.

El sueño de mediodía llega para Mí, para Dios y para los otros.

Él extiende su sexo podrido, su imaginación corrupta por todos los que en él creen.

YO solo gozo y pienso que siente envidia de mí, y en algún rincón de su podrido ser todopoderoso, debe sentir asco de si mismo.

Dios creó el mar, la tierra, el cielo, los animales y los hombres; pero algo no fue bien, algo falló en su cerebro blando, en todo ese poder mal administrado.

Es lo que tiene el azar: crea dioses con una limitada imaginación que practican un extraño sexo.

No comió bien, su digestión se hizo pesada, ergo sus masturbaciones fueron aberrantes.

Pesadillas…

Tengo sueño. Tengo mucho sueño.

Y estoy caliente.

Como Dios; pero con más gracia, con más placer.

Haciendo menos daño.

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Semen Cristus (16 final)

Publicado: 5 septiembre, 2011 en Terror
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Candela y Josefina se dirigen charlando animadamente hacia el hogar de Semen Cristus, por el camino se encuentran con otras vecinas del pueblo.

 

Junto al camino de la casa se encuentra el todoterreno de la guardia civil y la cabo apoyada en él.

— Buenos días, Candela —saluda la cabo Eugenia.

— Buenos días Eugenia ¿vienes a misa?

— Hoy sí, por fin —dijo suspirando— ayer no pude asistir por un accidente de tráfico en la comarcal y me llevó mucho tiempo el atestado.

La mujer policía se unió al grupo de quince mujeres y enfilaron el camino hacia la casa. Un sendero de grava bordeado de macizos de margaritas y claveles rojos.

La fachada de la casa, restaurada y estucada en color salmón, tenía dos grandes letras caligráficas sobre la puerta de entrada SC.

Cuando entraron en la casa, la voz de Semen Cristus, bajó desde el desván:

—Benditas seáis, tomad mi cuerpo. Que el placer sea con vosotras.

El comedor se había transformado en un vestuario con dos filas de taquillas, y bancos en el centro. Las mujeres se desnudaron, y se vistieron con las bragas y sujetadores que llevaban en sus bolsos. Sujetadores negros translúcidos y bragas negras con una cruz roja sobre la parte delantera; estaban abiertas en la entrepierna. A medida que se vestían con aquella lencería, jadeaban excitadas. Candela se acariciaba contenidamente la vagina esperando que el resto de mujeres acabara de cambiarse.

Las mujeres subieron en silencio al desván. Sobre una cama sencilla y cubierto por una sábana roja con una cruz negra, se hallaba Semen Cristus.

—Te amamos Semen Cristus —pronunciaron las dieciséis voces al unísono.

Cada una de ellas se acercó a la cama y besó la sábana allá donde se encontraban los genitales de Semen Cristus

La última mujer besó un miembro duro y erecto que elevaba la sábana.

—Candela, madre querida. Libera el cuerpo.

La mujer se acercó a la cama y localizó en la sábana una abertura por la que metió la mano y sacó por ella el pene endurecido de su hijo dios. Acomodó también fuera de la sábana sus testículos y alisó la tela para que cubriera el resto del cuerpo.

Y así comenzaron todas a salmodiar una letanía de deseo y placer que se convirtió en un concierto de gemidos. Una a una durante su rosario obsceno, besaba y manoseaba el Sagrado Pene. Cuando todas hicieron su ritual, el pene de Semen Cristus se encontraba congestionado y sufría espasmos de placer, la respiración de Semen Cristus se había acelerado y trataba de demorar la inminente eyaculación. Su pecho hacía subir y bajar la sábana rítmicamente.

—Madre Mía, ven y ofrece mi leche, que gocen mi semen.

Candela volvió a acercarse a la cama, se sentó a un lado y aferró el pene caliente y viscoso. Las mujeres se llevaron las manos a sus sexos separando las piernas, sus dedos estaban brillantes de su propia humedad y Candela con la mano libre, acariciaba su clítoris casi brutalmente. Al tiempo que Semen Cristus gemía, las mujeres elevaban el tono de sus gemidos y el ritmo de las caricias.

Cuando las piernas de Semen Cristus empezaron a temblar ante la proximidad del orgasmo, Candela ya lamía el glande amoratado, para luego metérselo en la boca sin dejar de tocarse, torpemente. Había momentos en el que se le salía de la boca y volvía a metérselo desesperada.

—Madre ahí está mi leche para que el mundo se bañe en ella.

Candela se retiró y mantuvo el pene en su puño, firme y vertical para que todas lo vieran. Un primer chorro de semen se elevó unos centímetros por encima del miembro. La mano lo agitó con más fuerza y escupió más lefa viscosa, la mano de Candela estaba cubierta del caliente semen de su hijo.

Las mujeres gemían y llegaban al orgasmo desflorando sus vulvas hacia Semen Cristus.

Candela se untó la vagina con el caliente esperma y gritó cuando el orgasmo la obligó a arquear la espalda.

Las mujeres desfilaron ante la cama del hijo de dios y mojándose la punta del dedo corazón con el semen derramado entre la sábana, se santiguaron en el pubis y se tocaron el clítoris.

Salieron en silencio de la habitación.

Antes de salir, Candela le preguntó a Semen Cristus que aún jadeaba.

—Dime Semen Cristus ¿está bien mi hijo?

—Tu hijo es feliz, María. Tu hijo sonríe y canta en un mundo de luz y sonidos celestiales. No necesita nada, no te necesita. Sólo te ama y desea verte pronto.

Candela descubrió el rostro de Semen Cristus, al que ya no reconocía como al hijo que parió y le besó la frente.

Aquellos ojos no eran los de Fernando.

Ya llegaban las voces animadas de las devotas desde el vestuario.

—¿Convoco a misa de ocho?

—Sí, Madre querida.

Cuando llegó al vestuario se formó otro revuelo de risas y voces y las dieciséis viudas satisfechas, tomaron camino del pueblo para continuar con sus quehaceres diarios.

Alguna le pidió a Candela que la anotara a la misa de la tarde para el día siguiente.

Para el turno de la tarde, había doce viudas apuntadas para la misa.

A medida que iban saliendo de la casa, las mujeres depositaban dinero a través de la ranura de una caja de madera que había a un lado de la puerta principal de la casa.

Ecijano es el pueblo con más viudas por metro cuadrado.

La cabo Eugenia redactó y mecanografió debidamente los atestados por las muertes de los catorce varones que murieron por distintos accidentes en aquella “quincena negra”, como la llamaron los forenses.

En su profunda paranoia las devotas Sementeras han acordado pedir la beatificación en vida de Semen Cristus en el Vaticano.

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El padre José no olvidó la conversación con Carlos, simplemente hubieron muchas muertes en aquel pueblo durante las dos semanas siguientes a su charla con el marido de Candela. Muchas misas fúnebres, muchos servicios. Demasiados para aquel pueblo.

Dos semanas de pesadilla, y de un mal interpretado dolor de las viudas.

Era todo demasiado extraño, fue demasiado fácil que murieran tantos hombres en tan pocos días.

Se dirigía a pasar la tarde con su colega el párroco del pueblo vecino. Al llegar a la altura de la casa recién remodelada de María detuvo el coche a la entrada del camino de grava y se dirigió a la casa para hablar con María con el pretexto de que le diera un remedio para su tobillo. Se lo debía a Carlos.

Tras llamar varias veces al timbre nadie respondió.

Se dirigió hacia el establo, una de las puertas estaba abierta, sin entrar gritó desde la entrada.

—¡María!

En la penumbra de aquel maloliente establo, no se podía atisbar movimiento alguno; pero sí podía escuchar sonidos de pisadas y el ronquido tranquilo de un cerdo.

Entró y la penumbra lo envolvió también a él.

—¡María, soy el padre José!

Silencio.

Avanzó hasta la pocilga del cerdo, acostumbrando sus ojos a la penumbra.

Cuando llegó a medio metro de la jaula, el animal se puso en pie apoyando las patas delanteras en el barrote de acero de su pocilga y lo miró directamente a los ojos, mostrándole amenazador sus enormes colmillos.

Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Y sintió humedad en su zona lumbar y un gran dolor en el vientre.

Cuando se dio la vuelta llevando las manos a las púas de la horca que lo había atravesado, vio a Jobita, la viuda de Gerardo empuñando el astil de la herramienta.

 

El cerdo roncó con ira y sintió como los colmillos de aquel enorme animal le destrozaban el cuello.

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Semen Cristus (15)

Publicado: 3 septiembre, 2011 en Terror
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Cuando entró en el establo, se encontró con un crucificado en la cruz, éste tenía la cabeza cubierta con un pasamontañas, la piel de su cuerpo era más morena que la del Cristus que ella conoció. Y por su forma de respirar, parecía estar ansioso, nervioso.

 

María la miraba expectante. La mujer se santiguó ante el cuerpo crucificado y echó tres monedas en la caja metálica.

Se escuchaba el zumbido del vibrador y el tubo de vidrio se agitaba temblón con el pene del nuevo Cristus embutido en él.

María se situó tras Candela que en aquel momento rezaba concentrada frente a la cruz, en una mano llevaba una hoz que levantaba a medida que se acercaba a la feligresa.

Fernando había podido ver a su madre y a María entrar en el establo a través de las hierbas del campo que lo ocultaban. En el momento que las mujeres desaparecieron en el interior del establo, se puso en pie y corrió en su busca.

Cuando entró a gatas a través de la puerta entornada del establo, la santera estaba muy cerca de su madre, con la hoz en alto. Se hizo con una azada que encontró semienterrada en un rimero de paja y avanzó hasta las mujeres.

El cerdo lo observaba avanzar con los ojos brillantes y en un inusual silencio.

María esperaba tras ella con la hoz en alto, Candela se había bajado los pantalones y tenía una mano metida dentro de las bragas.

—Hazme gozar, Sagrado mío —rogaba en voz alta.

Fernando se puso en pie, con la azada en alto y descargó un fuerte golpe con el plano de la hoja en la espalda de María, ésta cayó al suelo con un grito de dolor y la hoz voló de sus manos.

Candela se subió los pantalones.

—¿Qué está ocurriendo? —preguntó la atemorizada voz del crucificado desde el interior del pasamontañas.

—¡Puta loca de mierda! —Candela se abalanzó sobre la semiinconsciente María golpeándola en cara y pecho.

—No, Candela. Déjame a mí, que no te lleve la ira. Esta víbora ha de responder directamente ante Mí.

Candela dio dos pasos atrás. María no podía moverse por el dolor, tal vez su columna estuviera afectada.

De una caja de herramientas, Semen Cristus, el único, cogió un martillo y unos clavos oxidados. Colocó una tabla en bajo la cabeza de María, extendió un brazo de la loca a lo largo del madero y clavó la mano izquierda atravesando la palma de la mano.

El intenso dolor hacía que María contuviera sus convulsiones para no desgarrar la mano. Cuando sintió el clavo entrar en la mano derecha, no pudo dominarse y su cuerpo se revolvió en el suelo desgarrando más aún los cartílagos afectados.

El cerdo se puso en pie sobre sus patas traseras , apoyando las patas delanteras en los barrotes de hierro de su pocilga gruñendo, con su mirada inteligente clavada en María; de sus colmillos caía una baba espesa y su pene se mostraba excitado entre sus patas traseras y en el sucio suelo.

Candela subió a la cruz por la escalera que usaba María, rozando la piel del falso Cristus. Llegó hasta la balda donde se encontraban las hormonas y jeringuillas.

Inyectó cuatro dosis en los pechos de María, clavando la aguja en los pezones.

María pensaba que no había nada más doloroso que las manos atravesadas por clavos. Se equivocaba.

La aguja entrando en el pezón puso a prueba su lucidez mental, y el líquido inyectado en aquel tejido sensible y glandular se convirtió en fuego dentro de su carne.

Semen Cristus y Candela fumaban observando a María. Tal vez pasaron veinte minutos hasta que sus pechos se inflamaron desmesuradamente, sus pezones se abrieron y dejaron manar una sangre muy clara que se deslizaba por los costados de su cuerpo grasiento. Y sus gritos se hicieron insoportables.

La piel de los pechos se hizo oscura, en los pezones se tornaron verdosos y una costra blanda y húmeda se formó en ellos.

Fernando había recogido la hoz del suelo y se acercaba a María.

La punta de la hoz se clavó con fuerza en la garganta de la santera, un fuerte tirón y se abrió la carne hasta la papada. Durante un minuto se estuvo retorciendo en el suelo, desangrándose, intentando contener la sangre con las manos.

Murió mostrando sus sucias bragas manchadas de menstruación.

Parecía que el cadáver dejaba escapar todo su fétido olor. El cerdo gruñía nervioso en la pocilga y el crucificado intentaba liberarse de las ataduras en la cruz.

Semen Cristus subió por la escalera y preparó una jeringuilla de heroína que clavó en la vena del crucificado. Le administró tres dosis seguidas; las tres papelinas que tenía en la pequeña estantería junto a una sucia y ennegrecida cucharilla y una caja de ampollas de hormonas de uso veterinario.

Fue en la tercera inyección cuando las costillas del crucificado empezaron a contraerse con fuerza, hasta que en poco menos de dos minutos el cuerpo quedó colgado en la cruz con la lasitud de un cadáver. La orina llenó el tubo de vidrio y sus intestinos se vaciaron quedando pegadas las heces entre sus nalgas y el madero vertical de la cruz.

Semen Cristus cortó las ligaduras de los pies y después las de las manos, no dejó caer el cuerpo. Con suma facilidad lo cargó en el hombro manteniendo el equilibrio en la escalera de madera y lo extendió con cuidado en el suelo.

—Hemos de ser cuidadosos con el cuerpo, lo envolveremos con sábanas tras haberlo limpiado, tenemos que evitar que se magulle; cuando lo llevemos al campo de tu marido, no ha de quedar ningún rastro de este lugar en su piel ni en la ropa que le pongamos.

Candela corrió hacia la casa en busca de sábanas, en la entrada de la casa había un llavero y cogió las llaves de la furgoneta.

Salió del cuarto de María presurosamente con un lío de sábanas entre los brazos y la ropa que suponía que pertenecía al falso hijo de María.

—Limpia bien la paja que tiene pegada en la piel —dijo Semen Cristus incorporando el tronco del cadáver.

Candela rompió un trozo de sábana y la utilizó para limpiar suave y metódicamente la piel del cadáver. Cuando se aseguró de que no quedaban restos adheridos en la piel, extendió una de las sábanas en el suelo. Semen Cristus dejó caer suavemente el cuerpo en la sábana. Hicieron la misma operación con la parte inferior del cuerpo. Cuando estuvo razonablemente limpio de restos de paja y suciedad, lo envolvieron con dos sábanas limpias.

En dos sacos introdujeron la paja manchada de sangre que había en el suelo y cortaron en pequeños trozos el madero. Metieron también las jeringuillas y frascos de hormonas.

Candela abrió las dos puertas del establo, y caminó deprisa hacia la furgoneta con las llaves en la mano. Condujo hasta el interior del establo.

Cargaron el cadáver del yonqui y cubrieron el cuerpo de María con paja.

—Tu marido está con mi Padre, Candela. Está feliz y tranquilo. Ahora vamos a la alameda que limita con el campo, allí lo he dejado. Descansa ya en paz.

Candela creyó desmayarse; pero Semen Cristus, el cuerpo de su hijo, metió la mano entre sus muslos y le acarició el sexo con ternura.

—Sé fuerte Candela.

Se sintió imbuida de valor y resolución.

Subió a la furgoneta y se dirigieron al campo.

Cuando llegaron al tractor, el motor aún funcionaba. La sangre había manchado la camisa y los pantalones de Carlos y su mueca de dolor congelado, la boca abierta y su piel cerúlea, provocó el vómito de la mujer que se contuvo a duras penas.

Fernando la acompañó hasta la furgoneta.

—Siéntate mujer, no salgas. Serénate.

Semen Cristus cargó el cadáver en su hombro adentrándose cien metros más allá de donde se encontraba el tractor. Desplegó la gran lámina de plástico para invernadero que había dejado allí antes de ir a la casa de María. Carlos la llevaba en el tractor para proteger la fruta que recogía de pájaros y granizo. Dejó caer el cadáver y vistió el cuerpo con la ropa que había encontrado Candela, cuidando de que su piel desnuda no entrara en contacto con la tierra.

Dejó el cadáver sentado en la tierra con la espalda apoyada en el tronco de un chopo, dando la espalda a la furgoneta. Clavó una jeringuilla en el pliegue del codo izquierdo y tras cerrar el puño de David en el mango del cuchillo, lo dejó a su lado, muy cerca de la mano que se apoyaba fláccida en la tierra. En el bolsillo de la cazadora, metió la cartera del padre de Fernando tras limpiarla con un trozo de sábana y dejar las huellas de la mano muerta del cadáver en ella.

Cuando volvió a la furgoneta, Candela aún lloraba ocultando la cara entre las manos.

Semen Cristus la atrajo hacia su asiento y besó sus labios, sus lenguas se encontraron y Candela sintió que sus pezones se erizaban y endurecían. Cuando Semen Cristus metió la mano entre sus piernas, las separó cuanto pudo ofreciéndose a él.

Las adolescentes manos hicieron presa en su sexo agitado de dolor, miedo y deseo.

—Debemos volver, hemos de acabar el trabajo en el establo, nos arriesgamos a que empiecen a llegar feligresas y encuentren el cuerpo de María. Todo saldrá bien, bendita Candela.

De nuevo en el establo, Candela sacó al cerdo de la pocilga.

Semen Cristus cavó una fosa en la pocilga, y metieron allí el cuerpo.

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Delicadezas eróticas

Publicado: 31 agosto, 2011 en Amor cabrón
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Soy un hombre delicado y mi forma de expresarme es con un sutil erotismo.

Y la polla me arde.

Sé que debería escribir que siento una deliciosa comezón en mi miembro viril; pero la puta realidad es que tengo el pijo inundado de una baba espesa.

Es mi néctar delicioso, el fluido del amor.

Y una mierda: es una baba de olor fuerte, casi almizclado que ríete tú de la peste que echan los hurones. Es un fluido que me prepara para la penetración, para follar.

Y hacer el amor entre sábanas de satén es lo más excelso que hay.

Es que me pongo malo de pensarlo; no puedo ser tan sutil cuando pienso que la follo entre las sábanas aún húmedas de semen anterior, de su propio fluido que deja manchas.

Beberé de su cáliz…

Lo tenéis crudo, yo no bebo de ningún cáliz de mierda, no soy católico ni masón. Lo que hago es dar largas lamidas a su vagina, desde donde empieza su deliciosa raja hasta el mismísimo ano.

Y con ello consigo que se abra desesperadamente de piernas y su culo se relaje.

Ella no bebe el jugo de la vida, ella se inunda la boca de semen y cuando su pelo roza mi pecho, siento esa leche fría en mi piel. Mi semen en su cabello.

Accidentes del follar… Cosas que pasan, cosas que me la ponen dura.

Me cogería ahora mismo el pene con el puño y lo apretaría hasta estrangularlo y que mis cojones liberen toda la presión en el papel.

Tinta invisible erótica…

Quiero que pase sus labios por todas y cada una de las venas que dan relieve a la piel que cubre mi bálano que se agita en espasmos.

Cuando hundo los dedos en las entradas de ese paraíso cálido, en las grutas carnosas de un universo resbaladizo…

Coño… No es así, joder.

Sólo un cabestro habla así.

Cuando meto los dedos en su coño y en su culo siento como vibra toda ella.

Y eso me hace macho, me hace importante.

Y empujo para dilatar todo ese placer, para que se sienta zarandeada, posiblemente de puto amor; pero mi último fin es que grite, que se muerda los pezones de placer, que sus ojos se cierren y sentir como su líquido se asemeja a una eyaculación.

Eyacular… ¿O es más correcto liberar la vida en su deliciosa corola?

Otra mierda…

Erotismo… Me pone tan nervioso… Al fin y al cabo soy un animal, la jodo porque la deseo con toda mi alma y la deseo porque la amo, eso sí.

Cuando me corro, cuando suelto mi esperma en su coño es porque su santa vagina (y es santa, es lo más bendito) oprime mi capullo, y de una forma nada sutil me pide leche. Me desangro en esperma con el pijo aprisionado en su coño. Rozando su punto G que es el mío.

Porque cuando la jodo, no sé donde empieza mi pene y dónde su coño.

Está todo tan inundado…

Entiendo que nazcan bebés en el agua.

Escupiendo mi semen embisto hacia arriba sin cuidado. Se tiene que aferrar hasta al aire para poder seguir clavada a mí. Quiero joderle hasta el estómago, inundarla toda de mi semen.

Quiero que sus tetas le duelan de tanto que se agitan por mis convulsiones.

No hay pájaros de mierda a nuestro alrededor, está mi jadeo y el suyo.

Y siento que abraza mi hombría con delicadeza.

Me cago en Dios. No abraza nada, me maltrata el capullo y me obliga a correrme cuando no quiero. Hace mierda mi voluntad y control.

Luego viene una banda sonora o una música celestial.

Mentira, reposo con una respiración agitada, con ganas de escupir por el esfuerzo al que he sometido mis pulmones.

No escucho nada, sólo a ella respirar.

Erotismo… Menuda mierda.

Siempre huelen los sexos a orina y cuanto más te acercas al culo, más huele también.

Y eso es lo que me gusta, eso es lo que me hace babear.

Ya soy demasiado mayor, ya sé demasiadas cosas de la vida como para que nadie me enseñe erotismo.

Coño… El suyo el que lamo…

El que parece a veces eyacular…

A la mierda.

Adoro follarla. Y odio los pájaros.

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Semen Cristus (14)

Publicado: 31 agosto, 2011 en Terror
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Cuando David despertó en el establo, sintió náuseas por la insoportable peste y se sacudió el pelo para sacarse los insectos que tenía enredados. Miró la cruz y sintió vergüenza. Y una fuerte excitación. La heroína aún fluía por sus venas dulcificándolo todo. Jamás se había metido mierda como aquella en la sangre.

Cuando entró en la casa, se encontró a María planchando sábanas y túnicas.

—Es para ti. Tienes que parecer Leo, que nadie sepa que me ha abandonado. Les diremos que es tu penitencia cubrirte el rostro —dijo entregándole el pasamontañas.

—¡Joder! Voy a parecer Rey Misterio, pero con la polla en un tubo.

María soltó una carcajada y sus enormes y fofas tetas temblaron como gelatina.

—Ya verás como te gustará. Además, ¿dónde te iban a pagar por hacerte unas pajas?

—Voy a ducharme, ese establo está hecho una mierda.

—Mañana, cuando acabes las misas, lo limpiarás y tal vez matemos al cerdo.

¬—Lo que usted diga, jefa —contestó desapareciendo tras la puerta del lavabo.

Durante el resto del día, David estuvo ensayando las frases que usaba Semen Cristus en sus misas. María, lo miraba muy fijamente con las piernas separadas y sin bragas bajo la bata. Cosa que provocaba cierto desagrado al chico, puesto que olía a orina y mierda.

Al anochecer, María se dio por satisfecha con lo aprendido por David.

Ninguna de esas zorras rurales, podría sospechar que David no era más que un yonqui. Un completo desconocido.

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Eran las ocho de la mañana cuando Carlos vio a su hijo caminando por el campo, condujo el tractor a su encuentro. Se preguntó extrañado qué debía ocurrir para que se presentara en el campo tan temprano y sin haberse curado de la gripe; imaginó muchas cosas y todas malas. Aceleró con impaciencia.

Fernando llevaba guantes y un grueso anorak de plumón; las mañanas ya eran muy frías. Su semblante como siempre, estaba serio y no dejaba transmitir más emoción que cierta agresividad adolescente.

Detuvo el tractor a unos metros de Fernando, que esperó quieto a que su padre llegara hasta él. Abrió la puerta para que su hijo subiera a la cabina para evitar hablar con aquel frío en el campo.

—¿Qué ocurre Fernando?

—Mamá me ha dicho que te traiga este bocadillo. Se va a casa de la María y no tendrá tiempo de preparar la comida hoy —dijo echando una última nube de vapor.

—¡Pero bueno! ¿Qué coño le pasa a esta mujer? Ya estoy cansado de esta historia de la bruja y sus remedios de mierda. Y encima te envía a ti. ¿Te ha dicho por qué va pasar tanto tiempo con María la loca?

—No. Sólo la he oído hablar por teléfono con Lía y la Eugenia, por lo visto se van a reunir unas cuantas.

—¿Me dejas conducir el tractor hasta los chopos?

Carlos sonrió, a Fernando le encantaba conducir el tractor. Y ya no tenía que variar el ajuste del asiento, era tan alto como él.

Carlos bajó del vehículo para que Fernando ocupara su asiento y volvió a subir por el otro lado.

Sin mediar palabra, Fernando pisó el embrague, introdujo la primera velocidad y condujo lentamente hacia los chopos.

—¿Y tú cómo te encuentras? ¿Vas a ir a clase?

—No, ya llego tarde y estoy cansado. Y además, hoy hay clase de educación física; cuando llegue a casa me meteré en la cama.

Carlos puso la palma de la mano en la frente de su hijo y éste hizo un mohín de disgusto.

—No parece que tengas fiebre.

—¿Crees que de verdad María puede curar con sus hierbas y unas cuantas oraciones?

—Lo que creo es que tu madre y sus amigas están muy aburridas.

—¿Crees en Jesucristo, en Dios?

Carlos miró a su hijo asombrado.

—Sí, supongo que sí.

—María dice que su hijo es Jesucristo encarnado, el nuevo mesías.

—Ni se te ocurra hacer caso de lo que dice esa loca. Tu madre va a tener que dejar de ir a su casa.

—Yo creo que dice la verdad, papá.

Carlos miró a los ojos de su hijo, tenían un brillo especial, algo parecido a la locura que crea realidades de la fantasía. ¿Y si en el colegio tomaba algún tipo de droga?

—Te voy a llevar a casa, esta noche hablaremos de este asunto.

—Papá, soy Jesucristo, soy su hermano: Semen Cristus.

El asombro de Carlos se convirtió en su último pensamiento. Fernando le clavó el cuchillo que había sacado de dentro de la manga del anorak. El acero partió en dos el corazón y Carlos aunque abrió la boca, no fue capaz de articular sonido.

Cuando le arrancó el cuchillo del pecho, el cuerpo se estremeció ligeramente.

Condujo el tractor al interior de la chopera, hasta que debido a la cantidad de troncos, el campo no se podía ver y por lo tanto, el tractor tampoco se vería desde el camino de acceso a la finca.

Dejó el motor en marcha, limpió con cuidado el volante y el interior de la cabina. Sacó la vieja cartera del bolsillo de la camisa de su padre y se la guardó en el bolsillo del anorak.

Cuando bajó del tractor, limpió la maneta de la puerta por la que había subido y corriendo campo a través, se dirigió a casa de la María la loca.

A trescientos metros de distancia pudo ver la figura esbelta de su madre entrar por el camino de la casa de aquella santera.

Aceleró el ritmo y cuando su madre presionaba el timbre de la puerta, se tiró en el suelo para no ser visto.

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—Pasa, Candela, vamos a tomar un café.

Candela no abrió la boca, se sentó frente a María en la mesa de la cocina y negó un cigarrillo que le ofrecía.

—Ya está todo preparado, Semen Cristus espera en la cruz y tú serás la primera feligresa de su nueva etapa de reinado.

—¿Quién es, María?

—No importa la carne, es Semen Cristus, el cuerpo es sólo una caja. El Mesías del Placer está allí, gobernando su cuerpo y su mente.

Candela se sintió excitada a pesar de que sabía que no era así. El verdadero Semen Cristus se había reencarnado en su hijo. Aún sentía en la boca el calor del semen con la que había comulgado aquella mañana. Lo que fue su hijo la había bendecido con su leche divina.

Tal vez, la locura de María era contagiosa y aquella secta de dieciséis mujeres que aportaban su dinero semanalmente para sostener la Nueva Iglesia del Placer, no eran más que cerebros lavados por los desvaríos de aquella loca y su hijo también esquizofrénico.

—Estoy impaciente, María, necesito a Semen Cristus, lo necesito para ser mujer de verdad.

María sonrió satisfecha, sabía que todos aquellos meses de placer no podrían borrarse de las mentes de aquellas mujeres. Bien al contrario, aquellos casi cuatro días sin ritos, había creado en ellas una profunda ansiedad y voracidad. Sus sexos palpitaban, sudaban deseando comulgar con la leche de Semen Cristus salpicando sus pieles frías.

-Vamos al establo. Santíguate ante él cuando llegues y no esperes respuesta. El espíritu aún no gobierna bien el cuerpo. Dale tiempo; pero ofrécele tus oraciones en voz alta. Que se sienta confortado por las feligresas que lo han hecho divino en la tierra.

La santera se puso en pie, Candela la siguió. La santera caminaba firme y rápidamente hacia el establo. Candela dirigía la mirada al campo buscando a su hijo, el mesías, el nuevo Semen Cristus. Caminaba presurosamente intentando no quedar atrás.

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Semen Cristus (13)

Publicado: 22 agosto, 2011 en Terror
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—Ya sabes que necesito meterme caballo, así que luego no me vengas con historias —le decía a María mientras masticaba el bocado que le había arrancado al bocadillo de longaniza.

En la estrecha mesa de la cocina, María lo miraba fijamente, divertida.

—A mí lo que me importa es que hagas bien tu trabajo. Y si lo haces bien, te aseguro que ganarás más dinero del que hemos acordado, dependerá de ti.

María sirvió un café y ambos encendieron un cigarrillo. David empezaba a acariciarse con nerviosismo los antebrazos. El mono le estaba subiendo.

—Soy santera, curandera. Y vivo de lo que la gente me paga por ayudarla. Y las ayudo aquí en casa. En el establo tengo montada la consulta y es ahí donde quiero que me ayudes.

—Yo no creo en esas cosas; ni dejo de creer.

La frente de David se había perlado de sudor.

—Anda, métete el caballo y vamos al establo, que te enseñaré tu trabajo.

David inició el ritual y cuando sus ojos estaban a punto de cerrarse, María le invitó a seguirla al establo.

Cuando las puertas de madera casi podrida se abrieron, el hedor que salía de allí y los ronquidos del puerco le despejaron la mente durante unos segundos.

—Este será tu puesto de trabajo —le dijo María cuando llegaron frente a la cruz.

—¿Qué quieres decir? No lo entiendo.

La mente de David se había aletargado, y el Diazepán que iba disuelto en el café lo estaba llevando directamente en caída libre al país de los sueños y las alucinaciones.

—Ven, confía en mí. Serás el actor principal de una película que haremos para nuestras feligresas. No temas, es todo placer. Un engaño para que esas guarras pasen un buen rato.

María le empujó para que subiera a la escalera y acomodara los pies en el poyete del poste de la cruz. David se dejó atar los pies y las muñecas, sólo deseaba dormir.

Cuando María metió la mano dentro del pantalón y cogió el pene, David deseó que se lo chupara. Protestó cuando vio que metía con habilidad su miembro en un sucio tubo de vidrio.

De pronto, el tubo vibró, David contuvo la respiración.

—Serás Semen Cristus a partir de ahora, te enseñaré que has de decir en todo momento y sólo tendrás que correrte. Sólo eso, Mi Semen Cristus.

A David se le escapó una risa ebria. Y de fondo, el placer que le producía aquel aparato, le hacía jadear.

—Repite David: “Bienaventurados vuestros coños sedientos de mí”.

David repitió con un hilo de voz. Las frases que María pronunciaba, se grababan en su cerebro certeramente. Todo era placer: la droga en su sangre, el viaje de su cabeza, su cuerpo descansado y lacio. Su pene gozando…

—Mi leche es la hostia bendita con la que habéis de comulgar.

Cuando David eyaculó, entendió su trabajo. Y le gustó.

María lo liberó de la cruz. El chico estaba demasiado colocado para volver a casa; lo dejó durmiendo en el establo, el cerdo roncaba contento de tener compañía y un par de escarabajos se enredaban en el sucio cabello del drogadicto.

Cuando María escuchó el motor de un coche aproximándose a la casa, se guardó en el bolsillo de la bata el pasamontañas negro con el que cubriría la cabeza de David para que siguieran creyendo que era Leo el de la cruz. Una penitencia que le había ofrecido a su Padre y a su hermano Jesucristo.

Martín bajaba del coche.

—¿Dónde lo tienes trabajando?

—Ahora ha ido a comprarme un par de cosas al pueblo.

—No te fíes de estos chicos, María. Ya sabes lo que son y lo que ocurre cuando el mono se les sube a la chepa.

—Sí, lo sé. ¿Por qué te crees que te he encargado todo ese caballo? Y te voy a comprar muy a menudo. Me tienes que bajar el precio.

—Bueno, ya hablaremos, si me haces otro pedido como éste en dos semanas, hablaremos de ello. Eso si aún conservas a David y no se te va corriendo con toda la mierda que pueda coger.

—Te aseguro que no lo hará.

—Bueno, tú sabrás lo que haces. Me debes dos mil euros, contando el suministro de un yonqui para tus tareas domésticas.

María soltó una carcajada con ganas.

—¿Alguien ha preguntado por David?

—Claro, un par de amigos del campamento. Les he dicho que me compró un par de papelinas hace un par de días y no lo he vuelto a ver más.

—¿Crees que le habrá dicho a algún amigo que venía a mi casa?

—Seguro que no, no se fían entre ellos. Si se enteran de que un amigo trabaja y lleva dinero encima, le roban lo que pueden y le rajan. Son como animales.

María pensó que así debía ser.

—Si alguien pregunta por él, no digas nada. Y me avisas, aunque no tenga importancia.

—Así lo haré, María.

Martín se subió al coche y cuando salió al camino, hizo sonar el claxon a modo de saludo.

María abrió un armario superior de la cocina, retiró los vasos y platos y tiró de la balda descubriendo un doble fondo, allí ocultó las drogas.

Acto seguido cosió en un pasamontañas un par de cintas rojas y anchas para crear una cruz cuyo poste bajaría entre los ojos y el travesaño quedaría en la frente.

Una vez acabado, con la agenda en la mano llamó a todas las feligresas anunciándoles que a la mañana siguiente se iniciaban las misas de Semen Cristus.

A Candela la cito dos horas antes de la primera misa.

—Candela, mañana empiezan las misas a Semen Cristus. Ha resucitado.

—María… Es maravilloso. Tan muerto que estaba… Es increíble lo que hace la fe y Dios.

María guardó silencio unos instantes, esperaba oír la voz angustiada y deprimida en la mujer. Esperaba sentirla apagada y estaba preparada para pasar un largo rato convenciéndola para que asistiera a la primera misa desde la resurrección. Quería matarla, zanjar el asunto antes de que flaqueara su ánimo y a través de ella se pudiera descubrir todo.

—Y yo me alegro de verte tan animada. Entonces te espero mañana a las nueve, me ayudarás a preparar la misa y conocerás al nuevo Semen Cristus…

Una voz lejana la interrumpió, había creído entender “bendeciremos el vientre de la loca”. Y era terriblemente familiar.

—¿Qué tienes a alguien en casa, Candela? Me ha parecido escuchar algo.

—Mi hijo está en la cama con gripe; y no ha hablado, debe tratarse de algún cruce en tu línea, yo no he oído nada —dijo Candela sonriendo a su hijo que se encontraba desnudo ante ella, con una fuerte erección—. No te preocupes, ya es mayorcito para quedarse solo, mañana seré puntual.

Colgó el teléfono, se arrodilló ante Semen Cristus y besó su sagrado bálano. Semen Cristus sujetó su cabeza y empujó la pelvis para hundir más el pene en la boca de su devota madre.

Cuando Carlos llegó a casa para comer, encontró a su mujer extrañamente animada, como si se hubiera repuesto en pocas horas de una depresión que la hundía en el desánimo más desconsolador.

—Lávate ya y no fumes, la comida está servida —le dijo tras besarle.

—Hoy estás muy animada.

—Sí, lo sé. Supongo que unas cuantas horas de sueño me han hecho bien. Fernando está en la cama con gripe.

—¿Ha tenido que salir a media mañana del colegio?

¬—No ha ido. Esta mañana ya tenía fiebre.

—Pues ahora la pasaremos todos, como cada año. Prepárate para pasar algún día más de sueño reparador.

Durante la comida escucharon y comentaron las noticias del informativo de televisión. Carlos durmió como cada día una siesta de veinte minutos y Candela limpió la cocina, escuchando música en la radio.

No había nada que la preocupara, Semen Cristus la protegía de todo mal.

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Semen Cristus (12)

Publicado: 12 agosto, 2011 en Terror
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—¿María?

 

—Hola Martín, dime.

—Ya he encontrado un chico. Le he dado tus señas y te llamará esta tarde; pero le he tenido que dar cien euros para que acceda a verte.

—No te preocupes, te los pagaré. ¿Cómo se llama?

—David. Sin familia en la provincia, tiene diecinueve años. No te preocupes, parece un crío; está en los huesos. Y no creo que le quede mucho tiempo de vida. Tiene la sangre tan llena de caballo, que un día le saldrán alas en la espalda y se convertirá en el cabronazo Pegaso.

—Gracias Martín, llámame mañana, te comentaré como ha ido y quedaremos para pagarte los servicios y de paso encargarte algunas cosas.

—Hasta mañana.

María colgó el teléfono sin saber quién o qué era el “cabronazo de Pegaso”.

Se dirigió al cuarto de su hijo decidida a limpiar las manchas de sangre: le dio la vuelta al colchón y metió las sábanas en la lavadora. No hizo nada por el olor a sangre podrida, porque su olfato ya no podía distinguir ese hedor nauseabundo.

Sobre las cinco de la tarde sonó el teléfono.

—¿Señora María?

—Sí, yo misma.

—Soy David. Martín ya le habrá hablado de mí.

—¿Te importaría trabajar en el campo? Se trata de limpiar el establo, cuidar del huerto, limpieza y asuntos domésticos.

—En absoluto, estoy buscando trabajo.

—Bien, pues pásate por aquí mañana, sobre las diez y te mostraré lo que quiero. Eso sí, no te podré pagar más de seiscientos euros al mes. El alojamiento y la comida serán gratis.

David guardó silencio durante una eternidad.

—Me parece bien.

María le dictó la dirección y se despidieron hasta el día siguiente.

A las nueve cuarenta del día siguiente, llamaron al timbre.

María abrió la puerta y se encontró con un hombre famélico, vestía un deshilachado jersey de lana, unos pantalones de loneta sucios y el pelo aplastado y mugriento. Era un chico de ojos oscuros y cejas pobladas. Sus labios gruesos le daban un aire de imbécil, cosa que se confirmaba en cuanto con una voz rasposa y apocada, se presentó.

David nunca había trabajado en el campo; pero podía aprender.

Mientras hablaban sentados ambos en el sofá frente al televisor, el chico se rascaba con insistencia los antebrazos.

A la media hora de charla sudaba copiosamente y dijo encontrarse mal, necesitaba ir al lavabo.

—Puedes inyectarte aquí, no me molesta. Mi hijo lo solía hacer. Ya estoy acostumbrada.

El mono era tan fuerte que David, como respuesta se levantó la pernera del pantalón y sacó un bulto envuelto en plástico que llevaba sujeto al tobillo con una goma elástica.

En medio del silencio y con el rostro bonachón de la jefa observándolo, se inyectó la heroína.

Cuando sus ojos intentaban cerrarse, María posó la mano en su muslo y acabó llevándola hasta los genitales. David, en pleno viaje, dejó escapar un suspiro y cuando María metió la mano por la bragueta y aferró el pene, éste se encontraba duro y palpitante.

La boca cálida de María envolviendo su glande lo sumió aún más en los delirios del caballo y eyaculó en apenas unos segundos. Se quedó dormido durante una hora sin saber que María se masturbaba una y otra vez con el puño cerrado en su pene.

Tampoco sintió como se le inyectaba otra dosis, y tampoco supo que se trataba de hormonas para ganado. Cualquier cosa que entrara en la sangre con una aguja, era buena.

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Era mediodía y habían pasado ya dos días desde que enterró a Semen Cristus. Candela se encontraba en la habitación, tumbada en la cama sin ánimo de salir a la calle, tan solo vestida con unas bragas negras.

Sus muslos bien torneados y firmes se encontraban separados y sus brazos extendidos. En su profunda depresión, soñaba con Semen Cristus y su pene. Le pareció escuchar el zumbido del vibrador cuando se metió los dedos en la vulva y la masajeó primero lentamente. A medida que producía más fluido, su ritmo aceleraba.

—Tírame tu leche, ahógame con ella mi Señor —musitaba entre jadeos.

Fernando entró en casa y escuchó aquellos gemidos ahogados en la habitación de sus padres.

Cuando se acercó a la puerta entornada, vio a su madre masturbarse, se retorcía en la cama con la mano entre las piernas y sus pechos se agitaban espasmódicamente con cada arremetida de placer.

Sintió un fuerte dolor en la base del cráneo, como si en la nuca le hubieran clavado un puñal, intentó ahogar un gemido. Y algo en su mente pareció arder. Fernando se vio como espectador de si mismo, sin miedo. Algo había entrado en su cabeza y gobernaba su cuerpo. Había una paz inmensa y un fulgor blanco que parecía bañarlo y protegerlo. El era luz y la luz le confortaba. Olvidó su cuerpo y se convirtió en ente. En ese mismo instante, con un fogonazo de dolor que no pudo transformar en grito, el único asomo de voluntad se rasgó como un trapo viejo. Su cuerpo no era suyo y su alma era una ceniza al viento rozando las rugosidades de un cerebro joven y fresco. Fernando se convirtió en una presencia ajena a su propio cuerpo.

Se desnudó, su pene parecía una monstruosidad envuelta en venas. El glande estaba tan amoratado e inflamado, que el prepucio parecía cortar el riego sanguíneo.

Entró en la habitación dejando a Cándela atónita con los dedos profundamente metidos en la vulva.

—Ego te absolvo, Candela. Bebe mi semen, toma mi carne. Bésala. Puta, puta, puta… Besa a tu Señor, mama de él y serás conducida al reino del éxtasis. A la vera de Dios Padre. Junto a Jesucristo mi hermano.

Candela sintió el horror de lo imposible, y cuando Semen Cristus se plantó de rodillas en la cama, con el pene encima de su cara, ella abrió la boca y se dejó llenar.

El cuerpo joven y atlético se agitó con el orgasmo y la leche entró en la nariz de Candela, en su boca, rezumó por sus labios y se acarició los pezones con aquella crema divina.

¿Estaba loca? ¿Era aquello realidad?

—No lo dudes, Candela. Semen Cristus no puede morir, soy el Espíritu Santo, soy dios y soy mi hermano Jesucristo. Soy alma y soy materia que vive en cuerpos. Fernando está con nos. El te ama, te espera.

La voz profunda y grave de lo que era su hijo cambió y volvió a ser la misma.

—Mamá, yo estoy bien. El paraíso es inexplicable, es todo luz, es una sonrisa, es un agua cálida que no moja. Cuando sea la voluntad de Dios, nos veremos aquí, mamá. Ama a nuestro Señor. Venéralo.

Y su hijo el que parió, crió y amó; calló.

Para siempre.

Cogió con sus manos el pene de Semen Cristus y limpió cuidadosamente los restos de semen con la lengua.

—Candela, no podemos abandonar nuestra misión ahora. Sé fuerte. Yo te bendigo. Y maldigo a María. Maldigo al impostor que está creando y maldigo a todo aquel que representa una amenaza para mi cometido en la tierra.

Aquel cuerpo no era su hijo; se sentía profundamente aliviada.

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María hablaba con Martín por teléfono.

—Quiero que me traigas diez papelinas de heroína, necesito otra caja de hormonas y cinco gramos de coca. ¡Ah! y tres cajas de Diazepan.

—Dentro de una hora paso por tu casa ¿Qué te ha parecido el chico?

—Estupendo, ya está trabajando para mí. No tardes.

David dormía. El día anterior, tras despertar de su viaje, María le hizo limpiar la casa. Aún no le había enseñado el establo; pero para eso lo necesitaba colocado, muy colocado.

Eran las nueve de la mañana y despertó a David.

—Buenos días, María.

María vestía un camisón transparente que dejaba entrever su cuerpo gordo y celulítico. David no era delicado, y tenía una de las erecciones más fuertes y ardorosas que nunca había experimentado. La mujer miraba directamente la montaña que su pene creaba en la colcha.

Sintió deseos de follar antes que meterse heroína.

—Ven aquí María.

Y a pesar de aquel olor a mierda que la gorda despedía, gozó como nunca lo había hecho. Su eyaculación había sido más intensa y el semen salía con más fuerza y cantidad de lo que recordaba; aunque había practicado algo de sexo en tres años, todo era meterse mierda en el cuerpo y masturbarse.

 

A los dieciséis abandonó la casa de sus padres a mil kilómetros de allí, para seguir a un colega que le prometía el paraíso más al sur. Y el paraíso no pasó de ser un mero purgatorio donde su vida transcurría en una plácida y sucia semi-inconsciencia.

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Semen Cristus (11)

Publicado: 29 julio, 2011 en Terror
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En el campamento de chabolas los drogadictos hablaban entre si un idioma desconocido, un farfullo solo comprensible para los cerebros hechos papilla. Sentados frente a las ruinosas casas se abrazaban las rodillas balanceándose, intentado contener el ansia por chutarse. El que le vendía las hormonas y otras drogas, suministraba en aquel barrio.

En uno de los callejones sin salida, se encontraba estacionado un Audi negro, y un chico tembloroso de “mono” se encontraba hablando con el conductor. Metió la mano en el interior del coche y la volvió a sacar para meterla enseguida en el bolsillo de la cazadora vaquera. Cuando salió a la calle principal, giró la cabeza a izquierda y derecha y emprendió camino cabizbajo.

El conductor del coche se encendió un cigarrillo.

María se mordía el labio inferior nerviosa dentro de la furgoneta.

Acercó el vehículo al bordillo y estacionó frente al callejón, delante del parachoques del Audi.

El conductor hizo sonar el claxon varias veces con enfado. Gesticulaba con las manos indicándole que aparcara a un lado, no allí delante.

Cuando María bajó de la furgoneta, el hombre dejó de hacer sonar el claxon tras reconocerla.

María, al igual que el yonqui, se agachó para hablar a través de la ventanilla.

El hombre accionó un pulsador en la puerta y la luna bajó rápidamente.

—Hola, Martín.

—Hola María. Menudo susto me has dado. No sabía si eras una poli o un mugriento yonqui de éstos. ¿Qué necesitas con tanta urgencia que te ha traído hasta aquí?

—Necesito unos cuantos sedantes, valium o diazepan. Y también que me digas cual es el chico más necesitado, el que se prestaría a venir conmigo para trabajar en casa. Alguien sin familia o que nadie pregunte por él.

—Puedes encontrar a patadas de esos por aquí, no tienes más que elegir uno al azar.

—Lo quiero muy joven, no he visto a ninguno así por aquí. Te pagaré seiscientos euros si me envías a un chico a casa de entre quince y dieciséis años. Que venga pensando en tareas de granja. Estará servido de cualquier cosa a la que esté enganchado.

—¿Se puede saber qué tramas?

—Estoy cansada para limpiar la mierda del establo y atender además a mi consulta. Y mi hijo quiere irse del pueblo y conocer otros lugares. No me quiero quedar sola.

—¿Sabes en lo que te vas a meter? Esta gente, en cuanto siente el mono, son intratables.

—No te preocupes por eso, lo tendré contento. Y sabes que siempre te he pagado, yo cumplo —le pasó un papel doblado.

—Esto es mi dirección y teléfono, que llame antes de venir.

—¿Y los seiscientos?

—Cuando el chico esté trabajando para mí, te compraré más mierda. Y en ese momento te pagaré lo acordado.

—Está bien, a ver si encuentro alguno entre toda esta basura. Te llamaré en cuanto sepa algo —le entregó una bolsita llena de pastillas a María—. Esto son ciento cincuenta.

María sacó el dinero del bolso y se lo entregó.

—Que sea rápido, Martín. Tengo prisa.

Cuando María ya se dirigió hacia su furgoneta, Martín arrugó la nariz con disgusto por el olor que desprendía María la loca.

—Te hace falta ayuda y jabón, so guarra —pensó.

María se volvió hacia él con una mirada de intenso odio y Martín temió haber pensado en voz alta; pero la mujer se subió a la furgoneta sin decir nada.

Cuando llegó a casa, el contestador acumulaba un gran número de mensajes. Eran las feligresas, querían su misa.

Llamó a Candela.

—¿Estás más tranquila, Candela?

—Estoy que me va a dar un ataque de nervios. No puedo ni dormir ni pensar.

—Necesitas a Semen Cristus.

—Necesito olvidar que mataste a tu hijo y yo lo enterré.

—Entonces date prisa en olvidar, porque no será bueno ni para ti ni para mí que alguien sepa lo ocurrido.

—¿Y qué harás cuando pregunten por tu hijo?

—Encontraré su reencarnación y volveremos a celebrar la misa del Gran Placer. Ten fe.

—Estás loca.

—Te avisaré cuando esté lista la próxima misa.

Candela colgó el teléfono y todo el autocontrol que había conseguido reunir se hizo añicos. Sintió su corazón palpitar con latidos arrítmicos. Estaba a punto de sufrir una crisis de ansiedad. Tenía que hacer cosas, olvidar.

Salió de casa con el carrito de la compra y en lo que menos pensaba era en lo que iba a comprar.

La única opción que tenía, era conservar su trato con María y convencerla de que no hablaría jamás de aquello.

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Carlos escuchaba la radio confortablemente sentado en su tractor, yendo y viniendo de un extremo a otro del campo, arando la tierra por enésima vez en seis meses, infinita en toda su vida. Pensaba en Candela, en la rápida depresión en la que se estaba sumiendo. Dando vueltas a la cabeza para encontrar las palabras adecuadas para convencerla que debía acudir al psicólogo. No sería la primera mujer de un agricultor que debía acudir en busca de ayuda médica.

Se desvió y llegó hasta situarse discretamente lejano de la casa de María. La mujer estaba apeándose de la furgoneta. Su hijo no iba con ella.

Debería hablar con ella. Comentarle que Candela se encontraba distante y triste, consultarla como cliente y conocer así más de cerca a la loca. No podía ser casualidad que Candela hubiera pasado de un estado de tranquilidad inicial cuando comenzó sus visitas y de pronto cayera en especie de apatía y tristeza.

Pero por alguna razón dejaría que el cura se informara discretamente, a un lugar donde solo van mujeres, un hombre aunque sea un vecino conocido, causaría desconfianza.

Esa misma mañana, se acercó a la parroquia y habló con el padre José.

—Buenos días, José.

—Buenos días, Carlos. ¿Qué te trae por aquí tan pronto?

—Tengo que consultarte algo, porque Candela se encuentra muy decaída. ¿Sabes por casualidad que tipo de tratamientos ofrece la María a las mujeres? Candela inició sus visitas hace ya meses y parecía que iba bien; pero hace unos días ya que va deprimida.

—Pues te parecerá extraño; pero con la cantidad de mujeres que acuden a casa de la María, no tengo ni un solo chisme de ninguna. Y María misma, es una asidua a misa. Pero no cuesta imaginar que siempre se trata de remedios caseros y un poco de cuento y supersticiones. En definitiva, creo que se curan por distracción, de tanto hablar entre ellas, que por las infusiones o pomadas que prepara.

—No sé que decirte, José. Candela anda muy triste y sigue acudiendo a la consulta de esa curandera, que por cierto, huele que apesta y se trae ese mismo olor a casa.

—Un día de la próxima semana tengo que ir a la parroquia vecina y me pilla de paso la casa de María, haré una visita de cortesía y de paso le pediré un remedio para el dolor de pies, y veremos que prepara. Te comentaré lo que vea. Pero yo no me preocuparía, Carlos.

—Gracias, José. Me dejas más tranquilo.

Cuando Carlos se metió en su auto, el padre José entró en la parroquia y se sorprendió al ver que Jobita, la mujer de Gerardo lo miraba con intriga.

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¿Cómo es la vida profesional de un probador de condones?

Pues no es tan alegre y hedonista como pueda parecer. Cuando se folla por trabajo, puede uno caer en el hastío. A mí aún, tras diecinueve años de trabajo, no me ha pasado; pero por alguna casualidad se podría dar el caso. Es normal pensar en estas cosas cuando ves a hombres aburridos beber cerveza tras cerveza en el bar con sus dedos grasientos de aceites minerales viejos y nada de vaselina, semen o fluidos femeninos.

Hay días en los que necesito desligarme de mi trabajo y es por ello que de vez en cuando voy con putas para liberar tensiones, pagar es una forma de hacerlo por gusto y necesidad, como si fuera un hombre normal. Ese es todo el trauma que me causa mi trabajo. Y a mi mujer también porque no le acaba de hacer gracia que me vaya de putas a pesar de que sirva de alivio a mis momentos de desánimo. Es una egoísta.

Bendigo mi suerte a pesar de este detalle sin importancia.

Tengo el privilegio de no pasarme ocho horas en una fábrica atornillando los intermitentes de un coche como un pobre ingeniero.

Yo diría que quien peor lleva mi trabajo es mi mujer porque después de haber hecho los desayunos, comida, cena, la limpieza y unas lavadoras; ya no siente la misma alegría de antaño al ver mi polla erecta. Parece un poco desencantada tras quince años de matrimonio.

No me la mama con entusiasmo.

Y no siempre le ocurre, yo creo que se hace mayor.

Las mujeres que conozco envejecen peor que yo. A cambio han vivido momentos de intenso e inigualable placer, un placer que yo obsequio con generosidad aunque jamás me lo devuelven con la misma intensidad. Cosa que no les reprocho, ya que genéticamente no hay mujeres que puedan dar un placer comparable al que yo proporciono.

A veces uno se siente solo, más o menos como los superhéroes de las películas.

Los superhéroes son una especie de superdotados, como yo; pero con poderes menos carnales y mucho más banales.

La singularidad y el elitismo provocan soledad. Esto no se trata de un problema, ya que dado mi nulo carácter social, se convierte en una ventaja.

Recuerdo hace años, que mientras follábamos, nuestro hijo de un año cayó de la cama al suelo, el ruido no fue demasiado fuerte, no le salió chillón y aunque le hubiera salido, teníamos semen de sobras para untarle en la frente.

Recuerdo como reíamos, yo lamiendo su coño y ella con mi pene en la boca. Eran tiernos momentos. Iconoclastito lloraba desconsoladamente y ahora no sé si es porque no le chupaban o no chupaba.

Tal vez mi santa echa de menos aquellos tiempos. Nuestro hijo ya no quiere estar con nosotros al follar. Le insistimos para que aprenda; pero ya está en esa edad de los catorce años en la que prefiere hacerse pajas con las fotos de las aborígenes desnudas de los reportajes del National Geographic que compro cada mes.

En fin, que cuando Mari acaba sus tareas domésticas, ya no está tan interesada en adorar mi enorme rabo como lo estaba hace ya unas horas.

Cuando por fin se sienta cansada en el sofá y no dan nada en la tele que a mí me guste, le cuento cómo me follo a la hija del gobernador (estudia farmacología y presta sus servicios como becaria en mi empresa; todas las niñas pudientes sueñan con mi departamento). Cuando le explico que su vagina es muy estrecha y que incluso aún, tras cuarenta y ocho horas de haberle destrozado el himen, llora emocionada, a mi mujer se le ponen los pezones de punta.

—A veces eres tan guarro… ¿Y su orgasmo es rápido? —me pregunta separando las rodillas.

—Se corre en dos minutos. Con lo estrecho que es su coño, al penetrarla se le tensa el clítoris mucho y sus mini-pezones se ponen duros como canicas.

—¿Y grita?

—Como una cerda. Cuanto más ricas son, más guarras. La semana pasada me quitó el condón para que me corriera en su boca. Toda la prueba del lote se fue a la mierda. Tuvimos que repetirla y lo pagó con un coño más irritado que el culo de Ahmed. La regañé y la sancioné con dos pruebas anales extras. A propósito de Ahmed, vino a darle un buen repaso con la lengua porque estaba ya más seca que la mojama.

—¿Y cómo ha aguantado esa penetración anal siendo virgen?

—No la ha aguantado, cuando llegó a su casa tras la jornada peta-culos, su madre la oyó gritar cagando en el lavabo y a la mañana siguiente se presentó en el despacho del director de la fábrica con la niña de la mano y las bragas sucias de sangre para quejarse. El director me la envió a mi departamento y entró con su niña cogida de la mano y con permiso para insultarme.

—¿Qué te dijo?

—Me llamó “cabrónhijolagranputa” y que si tenía lo que hay que tener, se lo hiciera a ella. Le respondí que la respetaba como gobernadora que era; y que le podía hacer una demostración de cómo había sido lo de su hija. “Usted ya tiene experiencia y seguro que lo entenderá” le dije. Se sonrojó un poco al darse cuenta de su poco oportuno berrinche y se suavizó cuando me bajé el pantalón para colocarme el condón Penetrations Matures (el más gordo para provocar un mayor roce vaginal en las mujeres ya menopaúsicas).

—Disculpe mis modos; pero mi hija es lo que más quiero y pensar que abusan de ella me pone histérica —me dijo hipnotizada por mi pene enfundado en tan grueso condón.

—Lo entiendo gobernadora. Pero esto es un trabajo y su hija debe comprender que no es una broma, las pruebas de integridad de los lotes son un bien para la sociedad y hay mucha responsabilidad en ello.

La gobernadora me lanzó una sonrisa encantadora y le dijo a su hija:

—Lo que dice el Sr. Iconoclasta es cierto. Es una gran responsabilidad y si te duele el culo, te jodes —dijo bajándose la falda y las bragas.

A esta altura de nuestra conversación, mi santa ya me había sacado la polla del pantalón del pijama y me la comía. Yo la penetré sentándola en mis rodillas y pellizcándole el clítoris me corrí pensando en la hija del gobernador y su estrecho chocho de dieciséis años (a esa edad no se suele ir a la universidad, a menos que aunque seas subnormal, tu padre pague lo suficiente para hacerte pasar por genio). También pensaba en la madre que me devoró la polla con aquel carnoso culo más holgado que su vagina.

Ya no pude contarle que la gobernadora tenía el culo herniado por las embestidas de su marido gobernador y del secretario del gobernador. Ni que su hija acabó lamiéndome los cojones mientras a su madre le llenaba ese culazo inmenso que era capaz de tragarse un melón entero atravesado.

Mari pensaba también en el culo dilatado de la hija de la gobernadora cuando se corría; pero no es tortillera, lo juro. Simplemente se puso en su lugar, las fantasías sexuales son impredecibles.

Y así es como mi mujer, durante unos momentos, dejó de sentir esa pequeña depresión por mi trabajo.

A pesar de que llevo tantos años realizando este bendito trabajo para el que nací, sigo acudiendo casi ilusionado todos los días. Lo único que ahora me está aburriendo un poco, es la gobernadora. El director de la fábrica la ha invitado a participar en las pruebas con su hija durante todo el mes a cambio de un permiso especial para poder colocar dispensadores de condones en las entradas de los ministerios.

Y es que siempre el mismo plato cansa.

Y a pesar de todo, consigo que mi mujer de vez en cuando muestre algunas expresiones de ilusión cuando la elevo a los cielos con una buena follada.

Hay que cuidar el matrimonio porque de lo contrario te quedas sin chacha para la limpieza.

 

No hay trabajos aburridos; pero sí mujeres malfolladas.

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El amor platónico hoy en día es el inicio de unos tremendos cuernos cuando el que lo padece y la que es la protagonista de sus sueños está casada o arrejuntada.

 

Ahí es cuando el marido o pareja o novio de la platónicamente adorada, tiene que empezar a sacar brillo a sus cuernos.

En otros tiempos, cuando los amantes se comunicaban por correspondencia postal, ya que no había internet, ni teléfono móvil y ni siquiera había divorcio; los cuernos no llegaban a lucirse lo bien que se lucen ahora. Es que da gusto ver a cornudos y cornudas paseando sus osamentas por las avenidas y calles de los pueblos y ciudades.

Porque ocurre que ella sonríe complacida al sentirse la gran diva de los sueños de un hombre. La vanidad de saber que se es hermosa es una auténtica apisonadora imparable. Campo abonado para los cuernos.

(También valdría narrarlo al revés, desde la perspectiva de que es el hombre el que le pone los cuernos a la mujer; pero soy hombre y me siento más a gusto así).

Yo mismo me puedo hacer tremendas pajas con las palabras de amor y mensajes de gran humor y cordialidad que puedes ver en los muros de las redes sociales. Y es que imaginarse a una mujer hermosa masturbándose ante la cara (vía messenger, yahoo o skype) del que la ama platónicamente es una imagen de impactante y eréctil erotismo.

Salen ruiseñores de su coño (del hombre no quiero imaginar lo que sale porque me dan asco todas las pollas menos la mía).

El proceso es que ella empieza a sentirse más feliz que nunca con los pequeños mensajes de humor y amistad (qué asco) que son cada vez más esperados en el ordenador y en el móvil. Y en poco tiempo, se encuentra mirando a su hombre habitual con cierto asco.

Y piensa: ¿Con ésto me he juntado yo?

Sí ya sé que narrado así suena asqueroso; pero la realidad la puedes maquillar con los colores que te salgan del coño o los huevos; pero sigue siendo así de simple y divertida para los que lo vemos desde las gradas del Estadio Olímpico de los Cuernos Virtuales y Reales.

En la otra dimensión, el amante platónico se mata a pajas virtuales y recurre a todos los medios gráficos para encontrar con que excitar a la bella. Y lo más efectivo suelen ser los mensajes de no más de tres o cuatro palabras. Cosa que me hace pensar que la bella, además de serlo, debe ser idiota o cuanto menos, imbécil. Pero se le puede perdonar porque está buena.

En la dimensión más práctica y triste, está el hombre habitual de la bella, que empieza a ser una especie de bulto aburrido que es incapaz de provocarle las sonrisas que ella lanza a su teléfono móvil.

Es inevitable que a uno se le escape la risa al observar una pareja de este tipo, ella pegada al teléfono, él pegado a sus cuernos mirando un triste plato de sopa mal cocinada.

Esto es un proceso habitual en todos los casos. Yo lo sé todo, porque soy el que provoca que las mujeres miren más el teléfono que a su hombre y ellas follan pensando en mí.

No es por vanidad, porque la vanidad es cosa de las bellas. Es porque si alguien confiesa a su platónico/a amante su amor enloquecido, es para follar y no por vanidad.

Yo no me paso el día follando para pensar que las nenas que se ofrecen voluntarias para probar los condones de la fábrica donde trabajo, están enamoradas de mí. Simplemente desean a alguien muy hombre llenando sus coños.

Normalmente, las parejas de amor platónico duran un mal polvo y mientras tanto con sus parejas habituales entran en conflictos tremendos que les lleva a estados de estrés y ansiedad, siendo el culpable, precisamente, el cornudo.

Y aunque los amantes platónicos se toquen frente a una cámara, el hombre de la bella, ya puede ir afilando sus cuernos, porque le servirán para pinchar aceitunas cuando el camarero se olvide de servir palillos. Se toquen con las patas de pollo del caldo o con las alas de un ángel, el cornudo no pierde dramatismo alguno en su estatus.

Hay cosas que ocurren cada día y ésta es la más evidente y más habitual, porque si de algo sirve internet, es para buscar pareja virtual artificial o real y lucirse como un humano de unas aptitudes que rayan en la divinidad; pero esto solo entre los amantes.

Porque el cornudo piensa de ellos que son dos cerdos del tamaño de un tren mercancías.

Esta es la más vulgar, la más adocenada de las relaciones que se dan por internet.

Este proceso degenerativo para el cornudo no debería ser demasiado doloroso a menos que sea imbécil, porque si convives con alguien, hay que ser muy idiota para no darse cuenta de los pequeños cambios que se operan en la mujer (me la pela que me llaméis machista, pero yo nunca pienso como mujer) que es adorada platónicamente por otro hombre. Lo ideal es pasarse por el forro todo ese amor que quedó en el pasado y empezar a buscarse la vida por otro lado. Con un par.

El momento culminante llegará cuando ella le diga: “Cariño, tengo que pasar un par de días en la Columbia británica porque formo parte del jurado de una revista que otorga premios literarios, y que sólo existe allá. ¿No te sabe mal verdad?”.

Yo es que me parto de risa.

Total, él hubiera hecho lo mismo si hubiera tenido un amor platónico femenino.

Y es que con internet, cualquiera que sepa poner bien los signos icónicos que se usan con paréntesis, dos puntos, la X, la D y la madre que los parió a todos, se convierte en el amante perfecto. En el más simpático de los seres y en el que la bella piensa en muchas horas al día arrepintiéndose de haber elegido un hombre tan aburrido como pareja real.

El amor platónico en internet, es más barato y fácil que gastarse el dinero en putas para quitarse la frustración del poco follar. Y por otro lado, si el adorado o la adorada es feliz, el público dará palmas de alegría ante tan maravillosa relación. Ya que verán en ello, que ellos también podrán ser así de dichosos.

Pero la culpa no es de internet, que nadie se engañe, la culpa es que siempre hay quien tiene una polla más gorda que la nuestra y que sus dedos son más ágiles para pulsar iconos y decir cosas tan aburridas que nunca entenderemos como es posible enamorar con ellas a una idiota.

Bueno, mientras os folláis los unos a los otros virtualmente y en el mejor de los casos, escasamente. Yo me voy a probar el lote de condones Andorransdiv11122xytelamamo, que son especiales para los viajes a Andorra de las parejas un tanto promiscuas y platónicamente enamoradizas.

Los cornudos: tranquilos, no desesperéis porque es algo que siempre llega, os largáis a otro sitio que hay más mujeres que subnormales. Tampoco es un gran drama.

Buen sexo.

Siempre abundante: El Probador de Condones.

Iconoclasta

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