Archivos para diciembre, 2014

No somos dos enamorados.

No somos solo eso: solo amantes.

Somos dos rarezas en una esfera transparente de cristal de amor.

Somos un sagrado misterio en el planeta. No existen dioses, solo nosotros.

Un sagrado misterio porque nadie puede comprender como es posible amarte tanto, con tanta fuerza.

Cómo es posible ser tan amado como yo.

Somos la representación plástica y metafísica del amor. Una performance conceptual, surreal, mística y carnal.

Carnal, carnal, carnal…

Por todos los dioses, no sabes lo  que te amo…

Somos admiración, ante todo envidia.

Van a destruir nuestra esfera de amor, ya no seremos exclusivos el uno para el otro, ya no seremos especiales. Van a reventar a golpes el misterio que somos, con puños y dientes. Rabiosos, fariseos…

Ahora, precisamente ahora…

Te busqué en países lejanos, en tiempos que eran trampas.

Y estabas aquí, mi amor. Perdí tiempo y fuerza en errores.

Se acercan, quieren tocar, violar y mancillar el sagrado misterio, mi amor.

Abrázate urgente y fuertemente a mí. Oprime tus preciosos y menudos pechos contra mí, quiero fundirme contigo y que sientas la sagrada erección del amor. Antes de que nos olvidemos, antes de que nos destruyan como misterio.

Quiero crear en mi memoria toda una vida contigo, creer con firmeza que estos instantes de amor en los que te he encontrado, reconocido y besado, han llenado mi vida.

Dame tus labios y tu lengua, no te importe que los rasgue,  que duela el beso del sagrado misterio.

Quiero estar unido a ti cuando destruyan lo que somos y  dejaremos de ser.

Es tan breve lo hermoso, mi amor.

Cientos de hombres, mujeres y niños golpean la esfera del sagrado misterio de esos amantes anónimos y obscenos en su amor exclusivo y aislado del mundo. Son golpes sordos, en un silencio de pasos sin voces, de emoción insana, sin alegría…

Unos quieren entrar y ser misterio, otros quieren destruir lo que les está vedado.

La primera fisura que se abre en la esfera, contamina el interior en un instante corto como un latido de corazón.

El mediodía hace de la calle y sus seres un infierno, un horno al rojo vivo.

Los amantes han cesado el beso y sus cuerpos se separan.

Ya no hay misterio. La esfera de sólido cristal de amor estalla como una burbuja de jabón que cae dulcemente sobre el suelo ardiente.

Sin ruido y con la vulgaridad como atmósfera, los cientos de seres guardan silencio cuando los amantes se alejan el uno del otro con indiferencia autómata.

Alguien entre la multitud ríe, y todos se dirigen hacia algún lugar de la ciudad, charlando animadamente o con una carga de mediocridad sobre sus hombros que los encorva.

Los amantes ya no existen, no hubo misterio jamás. No se distinguen del resto de seres humanos.

El atardecer y sus sombras largas como finos cuchillos, masacran los restos de un misterio sagrado y efímero.

Jamás ocurrió, no hubo nada ultra terreno.

No es posible, no es legal semejante amor.

No hay misterios en un mundo plano, previsible y anodino.

Iconoclasta

Yo digo que no existe nadie que sea de la piel del diablo, porque el diablo fue despellejado hace milenios por la humana miseria. Murió ahogado entre mediocridad, tanta que pensó que el mal para el hombre sería siempre algo mejor que tener que soportarse a sí mismo.
No quedó ni la piel del diablo.
En cualquier caso, hay mejores frases para calificarse como intuitivo o sagaz.
«¡Qué hijo puta!» o «¡Cabrón!» es mucho más acertado, una sintaxis más correcta, una semántica más realista.
Y si lo dice quien esperamos, no constituye ofensa alguna.
Si se lo dice uno mismo, no vale, nos sobrevaloramos inevitablemente.
El mundo y yo somos dos vecinos mal avenidos. Ella, la vida, me cobra una renta abusiva y yo tiro mis colillas a su patio como venganza.

Es un frío agradable que hace cálida la casa.
Un frío amigo de liberación y renovación.
Un frío acogedor que apaga las brasas de un calor insano, ondulante y vibrante como cinta de asfalto bajo el sol de mediodía. Un espejismo, una mentira…
El frío es la verdad y la luz.
El frío bendito que deja las calles vacías y silencios caídos en el suelo…
Vencido el calor, vencido el polvo cegador y asfixiante, barridas las moscas y los aromas corruptos, el frío anida en el corazón como un estilete que rasga una membrana sucia.
El frío trae la serenidad como premio a esos sudores derramados con hartazgo y desgana.
Vence a fiebres contagiosas y contagiadas por ese calor metido en los sexos mediocres y sucios de semen y humores rancios.
El frío, mi frío, lo arrastra todo, incluso tiempos y dolores.
Y el amor entra por los resquicios de la ropa creando escalofríos, cálidas erecciones y humedades entre el ropaje y las hojas secas de los árboles
Abrígate junto a mí, mi amor.
Clávate a mí en este frío conmovedor, mi amor.
Haremos cálido el hogar con nuestros corazones ardientes y la piel fría.

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Iconoclasta

La ecuación del amor.

No sé en que momento ocurrió, quién trasnmitió esa maldición.
Le pasa como al hombre lobo, pero en puta, y todos los días.
Se tira todo lo que respira.
A ver si con un dildo de plata…
¡Hay que joderse con la maldición! Qué envidia…

Cooper (el astronauta protagonista), ajusta la configuración de TARS, el robot:
– Humor al 75 %.
– Este aparato se auto destruirá en… -dice el robot.
– Humor al 60 %.
(Una escena de auténtico humor, un descanso entre tanto drama. Interestelar, 2014).

Soñamos con morir al lado de quien amamos. Y lo único que conseguimos es morir lejos de quien despreciamos.
Podría ser peor, podría llover mierda también…

La pasión alimenta el corazón haciéndolo más grande. Y a su vez, alimenta las pasiones. Las bajas y las excelsas.

Y es bueno, si has amado con fuerza, tienes el derecho inviolable a despreciar con la misma fuerza. Ambas pasiones dan satisfacción en el momento adecuado. Y continúan alimentando un corazón que late fuerte e infatigable. Y así, hasta romperse. Jamás doblarse y lamentarse.

«Te veré en la eternidad», reza el amigo de Máximo, cuando entierra las figuras votivas tras su muerte (película Gladiador, 2000).
Cuando murió mi padre me forcé a imaginar que era así, que nos encontraríamos. Y treinta y tres años después, al morir mi madre, mantuve vivo el mismo deseo y le dije en la noche: «Pronto nos encontraremos».
Es hermoso crear esas ilusiones que albergan una muerte dulce, una nueva vida más dichosa, con quien amamos. Y retomar así lo que la muerte interrumpió.
Es una ironía… Una cruel ironía esperar la muerte para encontrar lo que amamos. Como si estuviera prohibido amar en la vida por mucho tiempo.
Y entonces concluyo con madurez: tras toda esa alegoría que no creo, soy hay un deseo verdadero; la vida cansa, el dolor de los muertos amados es una constante y las frustraciones no tienen fin.
Y así, sin que la muerte lleve a ninguna eternidad, se constituye en la salida de emergencia a todo ese pesar.
Sin romanticismos, sin falsas ilusiones, con valentía: la muerte es el sosiego por fin.
Y te conformas solo con dejar de respirar, aunque no haya nadie después de último latido.
La verdad rotunda en sí misma, es la serenidad que buscamos.
«Hay un sueño llamado Roma», dice Máximo.
Hay una paz anunciada en la muerte, dice Iconoclasta.
Cómo duele a veces ser escritor…

Vamos a ver: si dos y dos son cuatro. ¿Por qué rechingaos a veces me salen cinco y otras tres? Las matemáticas no son lo que me enseñaron.
Eso y que si pongo una tienda de sombreros, nacen los niños sin cabeza.
Menos mal que los cigarrillos no fallan. Son matemáticos de verdad.