Jesucristo pasa ante un vacunódromo y decide, por un bien de la humanidad, vacunarse contra el coronavirus.
En la cola un policía municipal le increpa:
–Ponte la mascarilla, hijo de la gran puta o te rompo la cabeza con la porra, cabrón de mierda.
Y Jesucristo crea de un excremento de perro, un bozal que se coloca en el hocico.
Cuando llega su turno de entrar, el voluntario de protección civil le grita a la enfermera que teclea en el ordenador datos para el control de la libertad robada:
–¡Pepa, este idiota no tiene cita previa! ¿Qué hago?
–¡Déjalo pasar, tenemos vacunas caducadas!
La enfermera le pregunta su nombre, profesión y edad, así como el número de la Seguridad Social y el del carnet de identidad. Y le interesa también si es patriota y ha votado al partido socialista, el del Nuevo y Normal Caudillo Español.
Cuando Jesucristo le explica quién es, anota en su ordenador, sacando la lengua en cada tecla que va a pulsar: “tarado psíquico”. Y lo envía a la siguiente enfermera para que le pregunte las mismas cosas.
Por fin, al cabo de una hora, consigue llegar al practicante que pincha las vacunas. Al ver las llagas o estigmas en las palmas de las manos de Jesucristo, le derrama la vacuna en ellas para ahorrarse el jaco.
Al cabo de unos segundos, Jesucristo se queja de dolor de cabeza y no le dan ni una aspirina porque dicen que son venenosas, muy malas. Muchísimo peor que una sacrosanta vacuna de la covid 19.
Y Jesús vomita también.
Y en los ojos se le han formado derrames.
Y vuelve a morir otra vez por un coágulo del tamaño de un hueso de oliva que le ha subido al cerebro.
Al cabo de unos minutos, cuando el personal sanitario está a punto de etiquetar su cadáver como “muerto por la covid 19”, resucita otra vez. Y limpiándose las llagas con gel hidroalcohólico, le dice al sanitario que le ha administrado la vacuna:
–No estoy aquí para condenar a nadie, sino para salvar vuestras almas; pero eso no te hace menos hijo puta a los de Dios, mi papá. Así que cuando llegues a tu casa, reza ante los cadáveres de tu hijo y esposa, que acaban de morir hace unos segundos. Y da gracias a mi Padre en los cielos, de que a ti no te ha enviado un trombo al pulmón porque cerebro no tienes. ¡Oye! ¿Aquí no dais bocadillo como cuando te sacan sangre? ¿No tendréis un poco de vinagre en esponja, la vacuna da mucha sed y mis labios están secos por la resurrección?
Al salir, santigua el aire frente al andoba de protección civil que cae muerto en el acto.
Observa al policía municipal, pero se encuentra demasiado lejos y le da pereza santificarlo también. Siempre se cansa tras morir y resucitar; así que se va a dar una vuelta por el barrio a ver si encuentra un camión de la cruz roja para donar sangre y comer un bocadillo, aunque sea duro y de chorizo barato de supermercado.
Y así es como Jesucristo volvió a redimir a todos los hombres sacrificándose con la vacuna del coronavirus.
(Nuevo y Normal Testamento Español del Coronavirus).

Iconoclasta

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