
Si hace calor a quejarse y hablar constantemente de esperar la tarde.
Y si hace hielo a quedarse en casa con las pantunflas de osito.
El hielo está bien, aplaca la ira, la sangre hirviendo. A mí, por fin.
Tiene importancia cada una de tus risas y cada uno de tus disgustos. Porque cada cosa que conozco, en cada acto que te vivo, me acerco más a ti.
Te amaría si fueras genocida.
Soy cada día más tuyo con tristezas, iras y risas, mi amor.
Pero ya sabes aquello que se dice del remojo y de las barbas del vecino ¿verdad?
Yo también puedo ser voluble.
¡Cómo te quiero! Ríe, mi amor. No hay vecinos ni barbas, solo tú y yo.
Incluso trágicamente tú y yo, mi vida.
Cuando paseas por la naturaleza el suficiente tiempo para captar todas sus sutilezas, te das cuenta de que hay más cadáveres que seres vivos puedes ver.
Es una tragedia continua a la que te acostumbras, pisas la muerte y la respiras, muertes en miniatura, muertes que parecen estatuas, muertes dulces, muertes que parecen reposos.
Y luego, piensas que parece que nunca hayan estado vivos.
Eso te hace ver la muerte como un estado más.
Y te das cuenta de que no importa quien eres, que has hecho, si has sido merecedor de algo. Moriré como ellos, sin poder elegir el lugar ni el momento.
Y no habrá nada más, es la certeza más absoluta.
Cuando has visto cadáveres humanos y se hace cotidiana la muerte día a día, ya no es posible sostener las creencias de cobardes e ignorantes.
Tal vez, al igual que el sapo, intente parecer vivo, intente dar un paso más. Aunque no lo creo, porque al fin y al cabo, seré consciente de mi muerte.
El sapo no sabía que iba a morir, se quedó a medio salto de la vida. Con los ojos muy abiertos, esperando comer una última mosca.
Es hermosa la muerte en el bosque.
Parecemos héroes cuando morimos libres.
Un humano mata a otro humano… ¿Y qué? No es un hecho extraordinario, por repetición ocurre lo mismo que con la mentira y la ignorancia: es tradición y no se debería considerar delito.
Eso sí: que el matador pague limpieza, recogida e incineración de la pieza que ha matado.
Que los cadáveres apestan cosa mala.
Cuando eres pequeño no te preocupa, no importa ni se considera si algo es verdad o mentira. Simplemente se acepta: los juguetes son seres vivos, los monstruos habitan y llenan la oscuridad y somos los más valientes si hay luz.
Y poco a poco a los juguetes se les va la vida de sus plásticos ojos, lo que parecía el metal más duro del mundo y los rayos láser resultan patéticos y provocan indiferencia. La valentía se convierte en simple trabajo y repetición.
No hay memoria histórica en los humanos, hay un momento que les aqueja la idiotez, sobre todo cuando se hacen padres o madres. Automáticamente pasan a ser una especie de beatos y aconsejan a sus hijos e hijas que no follen, que no se emborrachen como ellos: «Haz lo que te diga, no lo que yo haga».
Quien hace caso a sus padres, está perdido. Se convierte en una extensión mediocre de ellos.
La maldita hipocresía extendiéndose como un manto de mierda generación tras generación.
Y por eso a los pequeños se les amenaza con quedarse pequeños cuando no comen, por esa subnormalidad que da la madurez a algunos.
Porque lo cierto es que quedarse pequeños, sería lo mejor que les podría pasar en esta sociedad tan sensiblera, repetitiva, ignorante y banal.