Se pueden escribir y describir las tristezas, enumerar, clasificar por motivos y por sensaciones innombrables, situarlas en el tiempo y el espacio; pero las palabras no pueden describir con claridad y precisión ese momento en el que los dedos se crispan sobre el corazón para dar un consuelo que no será posible, para detener esa hemorragia de pesadumbre que es obscenidad para la vida y la alegría.
Es un instante que dura un segundo, un fracción de segundo en el que el dolor es tan grande que nos aboca a la locura y la confusión.
Si alguien observara esos dedos crisparse en el corazón, apartaría la mirada como si fuera contagioso; porque conocemos ese instante caótico donde la tristeza se hace física y dimensional, nos ha atacado en algún momento de la vida. Y no queremos eso, no queremos siquiera, aproximarnos a ese estado.
Los dedos crispados nos hacen leprosos a otros humanos.
El corazón quiere otros dedos, otras voces y otro calor.
Y los dedos, confusos, hacen lo que pueden.
Pobres dedos vacíos que pretenden sosegar todo eso, se romperán al retorcerse escarbando en el pecho para sacar ese tumor del corazón.
Como si los pensamientos dolientes se hicieran piedras, algo físico.
Y buscan los dedos en el aire donde un día hubo un cariño en un pagano ritual ancestral que habla con el aire.
Hacen falta medios más técnicos y avanzados para llegar a esa descripción, a ese momento de enajenación en que el pensamiento duele tanto que los dedos creen que algo se rompe en el corazón.
Se necesita una cámara ultra rápida que pueda fotografiar en la completa oscuridad con una alta velocidad de obturación, se precisa por ello también un diafragma de una luminosidad indecente, para poder abrirlo al máximo y tener la menor profundidad de campo posible para que los dedos sean los protagonistas de ese momento de insania. Se necesitaría una película de un grano ultrafino capaz de captar el vello de los dedos en esas condiciones.
No servirían los infrarrojos, porque convierten la piel en algo que no es. Y no somos seres que viven en la oscuridad, somos seres que morimos solos y en la oscuridad, a salvo de la vergüenza de la luz.
Los infrarrojos nos convertirían en murciélagos, nos robarían trascendencia y no quiero eso.
Se necesitan unos ojos claros libres de lágrimas que puedan enfocar todo ese pesar.
Tal vez sea mejor así, sin fotografías, sin grandes medios. Que jamás nadie pueda retratar el descontrol y la paranoia en el que nos deja sumidos la tristeza.
Que baste pedir un tiempo de soledad y que nadie nos vea.
Baste decir que a veces duele tanto la vida, que no tiene sentido respirar. Que nos otorguen el beneficio de la palabra y nos libren de la humillación de una cámara de cien mil millones de megapixels.
Que me entierren cerca de las piedras viejas que dan testimonio con su milenaria vida que no fui el único loco que crispó los dedos en su pecho confundiendo alma con materia.
Porque sé que no saldré vivo de este dolor, los dedos lo intuyen.
Se rompen las uñas y los huesos.
Hostia puta, qué daño…
Archivos de la categoría ‘Conclusiones’
Estudio del peso y tamaño de la tristeza
Publicado: 6 abril, 2015 en Amor cabrón, Conclusiones, Lecturas, Maldito romanticismo, ReflexionesEtiquetas:pesar, peso, prosa dramática, Reflexiones
La crisis y el pensamiento
Publicado: 29 marzo, 2015 en Conclusiones, Humor, Lecturas, ReflexionesEtiquetas:humor, Ultrajant
Demasiado fuerte
Publicado: 28 marzo, 2015 en Conclusiones, Lecturas, Maldito romanticismo, ReflexionesEtiquetas:humor, Ultrajant
Me hubiera gustado tener la capacidad de llorar, no ser tan fuerte.
¡Maldita fortaleza que no aporta consuelo alguno!
Las lágrimas se convierten en ira antes de brotar y siento que voy a estallar y ensuciar el mundo con mis restos.
Y sale un poco de sangre por el grito desgarrador que hace mierda la garganta.
Una lágrima solo, una pizca de humanidad me haría sentir bien en este lugar, en este tiempo, porque hay cosas por las que llorar. Hay cosas por las que emocionarse si se es humano.
Pero no… Ni llanto ni emoción, solo un frío desprecio, una mirada torva que asusta al viento.
Como si no fuera conmigo todo ese dolor.
Toda esta prisión.
Unos guantes y un diccionario
Publicado: 24 marzo, 2015 en Absurdo, Conclusiones, Humor, Lecturas, ReflexionesEtiquetas:humor, Ultrajant
He comprado unos guantes y un diccionario. Y caminando he pensado, porque es un mal inevitable pensar.
Y he imaginado morir aplastado por un camión.
Y lo que la gente se preguntaría al ver mis restos: ¿para qué quería usar guantes con el diccionario?
Y yo les respondería desde el otro mundo, que mis pensamientos se forman con palabras y muchas son sucias. Son todo lo sucias que puedo encontrar. Porque hay quien escribe de lo bello y a mí me ha tocado ser el carroñero.
Que está bien así, hay demasiados poetas. Prefiero la minoría aunque me joda, por eso me había comprado unos guantes, idiotas.
Y no por el frío.
Para no envenenarme al fumar con mi propia suciedad. ¿Mejor así?
A veces, imaginar morir es una sorprendente sonrisa.
Qué extraño y estresante es cambiar de continente. Cambia la luz y los olores, el sentido de la orientación, el agua y la comida.
Pareciera que nacemos en un lugar y para ese lugar, porque cuerpo y mente reaccionan con extrañeza.
No les hago caso.
Me dejo llevar por la mirada asombrada, atenta.
Es curioso como se intuye a los humanos en cualquier parte del mundo. Buena gente y cretinos son los mismos en todos los lugares, con las mismas afecciones.
No hay sorpresas con la gente como las hay con los paisajes y la arquitectura.
Solo hay pequeño matices que a menudo pasan desapercibidos; en unos lugares son amables y en otros desconfían con menos diplomacia.
Un viajero siempre crea recelo, porque alardea de libertad con solo su presencia.
Solo una tarjeta de débito o crédito aceptada, es capaz de vencer el recelo.
La envidia es la más universal cualidad que existe.
Como morir… Los cadáveres pierden el calor de la vida con misma rapidez en cualquier trópico o meridiano.
Muerte y envidia…
No me gusta la envidia.
Me gusta la mañana fría y silenciosa como la cálida que te despiertas con trinos de pájaros impacientes.
Disfruto lo frío y lo cálido; mi lugar es el planeta, yo no pacté fronteras al nacer. La mierda ya estaba hecha.
Sentirse orgulloso de ser de una ciudad o país, es lo mismo que sentir apego por una prisión.
Allá cada cual con su respeto por las delimitaciones de los mapas. Yo solo las aprendí para dar gusto a padres y profesores, jamás me las creí.
Lo real, lo que abunda y riega los suelos es la envidia y la muerte. El resto son diplomacias más o menos elaboradas.
Las mañanas son siempre hermosas porque no existe quien las amargue.
Y los entierros… Siempre se llora con la misma teatral intensidad independientemente de la calidad humana del occiso. No se llora a los muertos estadísticamente hablando, se llora la proximidad de la muerte.
Aunque no hace falta viajar para saberlo.







