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Primera fase: bien de mañana, al despertar cualquier cosa que veo en las noticias o en la calle me altera, me cabrea; me ofende la idiotez nuestra de cada día como el mejor de los panes rezados al padre suyo. Me transformo en El Grito de Munch (más bello) y grito absolutamente descontrolado lindezas tales como: subnormales, puercos, asquerosos, tarados, hijos de puta e hijas de puta.
Segunda fase: ya más tranquilo me depuro la nariz y sus miserias con absoluta concentración y total indiferencia hacia la raza humana y sus alegrías y dolores. Me las van a pagar.
Tercera fase: mi poderoso cerebro y portento de vanidad justificada, ha sintetizado y descifrado las frecuencias misantrópicas y codificado en sabias e hirientes palabras, la suerte está echada. Escribo lo peor, de la peor manera. Después, con un buen cigarro colgado de mis sensuales labios, miraré al horizonte con mirada épica y provocaré las más rotundas humedades en las entrepiernas femeninas; accidental y desgraciadamente en algunas masculinas también; hay cosas que se escapan a mi control aunque nadie lo crea posible dadas mis aptitudes cerebrales.

Como si un cocinero paranoico hubiera batido el cielo para crear una enorme y apocalíptica nube con el único fin de inquietarme.
Y mientras esa enorme muralla ocupaba todo el horizonte, yo pensaba en un ataúd y la hermeticidad.
He encendido un cigarro y al final del día he sonreído. Tal vez, imaginar el fin es alentador cuando has vivido asaz.
Gracias cocinero loco, no te olvides la medicación.

No tengo claro si un rayo de luz incide sobre su felino ojo o es él quien lo emite.
Me gusta pensar que mi compañero es un pequeño dios. E ilumina mi oscuro y denso pensamiento.
La soledad te permite ver cosas que en un estado de mediocridad habitual pasan desapercibidas.
Si hubiera nacido y crecido solo, ahora sería un dios, como Murf.
La compañía debiera ser como las putas: tiempo breve y pactado.
Sobre todo breve.
Aunque también se debe sopesar la economía. Soy un solitario pragmático con un gato divino.
Soy tan absurdo, que morir será un daño irreparable para el planeta.

Alguien ha golpeado el cielo duramente y llueve sangre que mana de las heridas de las nubes.
Que silenciosas se mueren sin quejarse, como el toro que muere en la plaza sin darse apenas cuenta.
Alguien ha descargado su ira y el cielo se muere. Y todos los seres mueren lentamente abajo.
Hay un manto de coagulación de salvaje y letal belleza.
Y es un descanso, como cuando se apaga la pantalla de un cine que ha pasado una mala película y te duele el culo de estar sentado viendo esa mierda tanto tiempo.
Así que como del cine, salgo a la calle con un cigarro en la boca a ver morir, morir fumando.
Sin miedo, con alivio. Es una espera tranquila, por fin se acaba tanta mísera mediocridad.
Ojalá hubiera tenido yo ese poder un tiempo atrás, cuando podía alzar una pierna para matar lo que fuera, destruirlo todo; para romperle la madre al cielo y a dios si estuviera en él.
Unos años atrás, hubiera muerto menos gente.
Lo no nacido, no puede morir.
Obvio.
No sabía que el cielo sí. Que pudiera sangrar tanto mudamente.
Me parece bien, es un buen final para una mala película.

 

Se aman sin convicción, porque es mejor amar algo que nada.
Cada cual dice amar porque están sujetos a la moral, sienten vergüenza y miedo a la soledad. Lo perentorio es demostrar continuamente que amas y eres amado; que no se está solo, que morirás arropado por la familia o por tu amante; que alguien recogerá tu orina y excrementos cuando seas viejo y no sepas reconocerte en el espejo.
Y cada cual tendrá hijos iguales que ellos mismos y volverán a transmitir el mismo mensaje genético del miedo y la moral.
Echaran pétalos de rosa sobre esa mierdecilla de proyecto de amor, abortado en contrato con pocas alegrías.
Los depresivos dicen amar, estar necesitados de amor; pero solo buscan alguien que los jalee para recuperar su auto estima, generalmente herida por vanidades injustificadas que se derrumban cuando ven sinceramente su propio reflejo en la luna del aparador de una tienda banal.
El amor se ha convertido en una masturbación triste, una visita a un psicólogo feriante gratuito, un “dime que me quieres” para poder sonreír luego a mi pareja. Una erección y una humedad intensa en la oscuridad o tras una pantalla, para así follar físicamente después con quien no se quiere tras la excitante y romántica charla con quien amas.
Esto aplicado a otras cotidianidades de la vida como cultura, arte, política y trabajo, hace de la especie humana la más degradante prueba de que una especie no tiene que ser necesariamente la más fuerte e inteligente para sobrevivir en el planeta. Le basta con tener suerte.
Sinceridad es reconocer que escribo estas sordideces con la polla dura.
Cuanto peor, mejor; es la única filosofía aplicable en sociedad para dar intensidad a la existencia. Solo la violencia, el odio y la muerte son capaces de combatir la mediocridad.
El amor es lo más frágil que hay en el mundo. Y lo más fuerte, el odio.
La carne humana es la más blanda y cualquier cosa inanimada es más dura.

A veces la amo con tranquilidad.
Solo a veces…
Por norma general es desesperante verla aparecer, saber de su existencia diosa en todas las cosas de mi universo.


Cabronas… Están enfadadas y además, corren como si tuvieran que ganar algún premio.
O eso, o saben que soy cojo y me quieren joder por pura maldad.
Qué más quisiera yo que algo tan importante quisiera joderme.
Ya soy mayor para engañarme, cuanto más grandes son las cosas, más anodino me hago.
Lo que pasa, es que es muy difícil evadirse de cierta vena romántica que tira a la tragedia.
No me preocupa el agua, soy sumergible.
Los rayos son otra historia.
Aunque no debiera, seguramente, lo único que pasaría es que ante mis preciosos ojos verdes, aparecerían clavadas en un suelo carbonizado un par de tablas con unos mandamientos mal tallados en ellas.
Yo le diría a Dios: “No jodas, menudo susto me has dado”.
Y con ellas me sacaría una buena pasta en un anticuario.

Las nubes no cubren el sol. Las usa para protegerse de mi hostilidad.
El sol me lanza sus rayos a traición y se agazapa tras una tormenta el muy traidor.
Teme que vuele hasta él y lo destruya, lo apague para siempre; y con él a todos los seres y las cosas que calienta.
Yo también temo que un día no pueda controlar mi ira, y como tantas veces, devolver el daño que se me ha hecho, aunque me joda.
Sé que el sol teme que cuanto más viejo me hago, menos me importarán las consecuencias.
Sin embargo, crea unos momentos tan dramáticos, tan parecidos a mis caóticas emociones que en secreto, muy astuto yo, escondo un llanto emocionado por la belleza planetaria que me obsequia.
Blasfemo alguna cosa usual para que siga escondido, para que el drama en el cielo y la tierra, no cese jamás.
Y la uniformidad y la paz se demoren, incluso no vuelvan jamás.
Pérfido sol, creas llantos hermosos.
Qué hijo puta…

“Y Jesús le preguntó: ¿Cuál es tu nombre?
Él le dijo: Legión es mi nombre porque somos muchos”.
(San Marcos, 5:9)

Hay drogas y otras adicciones.
Intento relajarme, no escribir, no inventar; pero el puto cerebro no tiene freno. Está cansado y no cesa.
Duelen los huesos del cráneo por la presión e insiste en escribir cosas sin sentido, sin utilidad. Mentiras para alimentar un ego.
Prometo no escribir.
Pero la tinta es heroína pura y me aleja de todo lo que me rodea.
Lo que no pedí.
Lo que no soporto.