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Monseñor Puigdemont

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Existen los creadores y tras ellos, aparecen los perfeccionadores.
Estos últimos son los que se mortifican por no haber sido capaces de crear y dedican todos sus esfuerzos por mejorar una creación ajena.
El creador solo busca la paz sacando de su cerebro, de una forma clara y precisa, esa idea que pulsa como un tumor en su cráneo.
Cuando lo ha conseguido llega el descanso y cierto temor a que se desarrolle un nuevo tumor.
El perfeccionador mantiene siempre constantes su esfuerzo y envidia para superar al creador; pero no hallará consuelo y desaparecerá vencido por el anonimato.
Las molestias que sufre el creador en su cerebro, las sufre el perfeccionador en el culo.
Y así llegamos al yutup y sus videos para hacer la vida mejor con sus lemas: “Deberías probar…”, “Deberías hacer…”; donde unas manos ágiles y veloces hacen alguna estupidez con algo sacado de la basura o con golosinas baratas para hacer otra golosina más empalagosa aún.
Esto es un ejemplo de lo que llegan a sufrir los perfeccionadores por no haber sido creadores: llegan al ridículo por medio de la desesperación de su impotencia creadora.

Cromatófobo

La monocromía grisácea me da paz y serenidad. Los colores y su brillantez dispersan mis pensamientos y se tornan volátiles y erráticos.
Banales.
Y es lógico, cuanto más me adentro en mí, más oscuridad.
En lo oscuro reside el temor y lo ignoto.
Y el conocimiento insoslayable.
Soy gris y temible en un mundo de color. Me temo a mí mismo. Me frustro continuamente.
Mi cromatofobia es un síntoma de mi alergia a lo superficial.
Algo crónico y degenerativo.

Gemma Ward

En Telegramas de Iconoclasta.

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El otoño es la época más hermosa en el bosque. No solo por los colores, la agradable temperatura que alivia la piel tras el ardor del verano y el olor a tierra húmeda a las mañanas.
Se presta a la ilusión.
Si te detienes frente a un árbol cuando hay una suave brisa, sientes el murmullo de su frondosidad decadente y amarronada. Y llueven las hojas sobre ti. Como si el árbol te acariciara, como si estuviera contento de que lo acompañes en la hora de las hojas muertas y te saluda con una lluvia de mariposas secas.
Adquiere sentido soñar que un muerto querido te saluda también, que ahora es tierra y vegetación y te reconoce.
Sí… El otoño es un buen momento para soñar, para imaginar amores y cariños imposibles o los que ya murieron.

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Forman una bella tristeza estas palabras que no son mías:

«Cuéntame todo de ti.
Hace frío, llueve fuerte y una bandada de aves parece un dragón que te trae a mí.»

Quisiera tener arte y sensibilidad para escribir algo tan hermoso.
Tan fulgurante y demoledor como un rayo de luz que me arranca de las sombras.
Exclamar con tan pocas palabras la tragedia de amar.
Antes de morir…

Los muertos no son envidiados
No celebro el día de muertos, me costó mucho olvidarlos.
Y como los recuerdo la última vez que los vi, no me gustó.
La piel cerosa, pálida y fría. La carne átona, la nariz hinchada.
Enfriaban el aire.
No hay belleza alguna en los muertos por mucho que los decoren.
¿Por qué se empeñan en celebrarlos por mucho que fueran queridos?
Porque temen que al morir los abandonen. Que se queden solos en sus tumbas.
Como si no murieran, en definitiva.
La celebración de los muertos es un acto interesado que busca la compañía en la muerte propia.
La tradición está formada por dos partes de miedo, una de ignorancia, otra de usura y otra de ingenuidad, de inmadurez.
Aceptar que los muertos no viven, no oyen, no ven, no hablan; es aceptar la muerte con serenidad, una consecuencia natural.
La cobardía es incompatible con la serenidad y la naturalidad.
La cobardía engendra inquietud y usura sentimental y económica.
La humana hipocresía es la cara oculta de la envidia. Esa envidia que hace odiar en vida a una persona y cuando el envidiado muere, es a veces admirado.
Los cadáveres no son víctimas de la envidia, aunque murieran por ella.

La caída de los muros

Si las redes sociales desaparecieran se crearía una profunda tristeza en todos esos anodinos y prescindibles que cada día dejan su saludo de buena esperanza y buen rollo a nadie.
Esos a los que no les basta papel y tinta se deprimirían. Incluso habría suicidios.
Me encantaría vivir un momento tan trágico e importante como la destrucción de las redes sociales en internet.
Si creyera en supersticiones, rezaría por que ocurriera hoy mismo, ahora mismo.
¡Ya!
Ya están tardando…
¿Y bien, ineptos? ¿Aún no sabéis dónde está y cuál es el botón de apagado?
¿Tendré que ir yo?
Gilipollas…

 

Náuseas y extinción

Es normal que a veces piense en catástrofes e innumerables e indiscriminadas muertes humanas.
Estoy escupiendo desde hace dos kilómetros y aún siento náuseas. Como si estuviera desesperadamente sucio por dentro de mí en mí mismo.
La vida (la ajena) se empeña en ofenderme a cada momento, me acosa.
Un tipo se encontraba revisando el motor de su segunda polla (el coche) y mostraba de una forma nauseabunda tres cuartas partes de la raja del culo (la imagen superior es vagamente parecida), que se apreciaba a través de unos calzoncillos translúcidos, como una prenda de puta (en este caso de maricón).
Se podía apreciar inevitable y atrozmente el pelaje de su culo.
Y yo sigo escupiendo, deseando que me hubiera quedado ciego antes que ver esa mierda.
Deseando la extinción humana.
Deseando haber podido contemplar en vivo la imagen inferior. Carezco de suerte alguna.
YO serviría para ser dios y su ira.

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El teatro de la independencia de Cataluña ha quedado un tanto pobre en su atrezzo, a pesar de lo lúgubre de su himno Els segadors.
Ha faltado un escudo con un compás y una escuadra.
Y que llevaran capirotes.