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Mi jardín no tiene flores ni árboles. Mi jardín es un arenal con un viejo toldo rasgado para que dé sombra. Es un trozo de desierto puro y árido.

Es duradero.

La arena no muere, la arena es eterna.

En cambio, las flores y los árboles mueren siempre y rápido. Las hay que duran muchos años y los árboles llegan a los trescientos años; pero no conmigo.

No sé que ocurre conmigo, con mi suerte.

La arena no muere y cubre a los muertos, tal vez sea lo que me toca, tal vez me llevo bien con la muerte y con la nada.

Los árboles y las plantas se secan y mueren cuando los miro. Sin apenas dar una flor, sin tiempo para un fruto. Es tan triste…

Me cago en mi suerte.

Mi jardín es un trozo de desierto en el que nunca habrá un oasis. Y eso es bueno, es único, soy la hostia puta de la innovación. Y acepto esa imposibilidad de vida en mi desierto como el único lugar del planeta en el que no crecerá nada jamás mientras viva.

Me gusta la exclusividad, no soy humilde.

Y como la situación era cuanto menos irritante, sino frustrante, cubrí las flores y los árboles muertos con arena. Enterré a la muerte lenta y desecante en más muerte.

Más que nada porque aquel cementerio de vegetales, parecía el reflejo de mi vida: cuando algo está a punto de florecer,  cuando va a rendir frutos, se me escapa como esta arena blanca y seca se me escurre entre los dedos.

Cuando miras el brote y crece y piensas que vas a tener un bonito árbol, se muere.

Y se genera cáncer y enfermedades y ya no quieres estar en la tierra y pierdes la esperanza y todo es tan triste como la cabeza decapitada de un delfín que se hunde en el océano sonriendo.

Así que me ahorro la metáfora de mierda que constituye el maldito jardín de las flores muertas.

Porque si la vida intenta darme una lección, me cago en la vida y hago exactamente lo contrario de lo que la puta experiencia dicta.

Y así es como en mis tardes solitarias, hasta el anochecer, me tiendo en la arena, encima de la muerte.

Con dos cojones.

Con un arrebato de valentía.

Un tanto enojado con la vida.

Demasiado enojado si he de ser sincero. Haces algo con ilusión y siempre hay alguien vigilando para estropearlo, como si cometiera un delito cuando me siento bien.

Plantas un árbol y el perro de un deficiente mental te lo pudre con su orina.

Una planta se seca con una flor a medio brotar bajo el asqueroso sol por mucho que la riegue.

Tienes un hijo y se muere o nace idiota.

Tienes una mujer y se hace fea.

Tienes un perro y te lo envenenan, porque si de algo hay, son cantidades industriales de cerdos de dos patas.

Son habitualidades de la vida, no son raras, ocurren a menudo, solo hay que escuchar el mundo atentamente y te das cuenta de que la felicidad es un pequeño y breve claro en una lluvia de mierda.

Y soy optimista…

Un vecino llamó a la puerta para recolectar dinero para los arreglos del jardín comunitario y lo invité a pasar porque soy un tipo solitario y sé que algunos piensan cosas raras porque no me relaciono. Lo invité a un café.

Un tipo listillo, ingenioso, chistoso de mierda. De esos que una vez ha abierto la boca para decir sus subnormalidades, te das cuenta de que es mejor que estuviera muerto.

A mi jardín, a mi desierto, se accede desde el salón, queda en la parte trasera de la casa.

Y se acerca hasta las cortinas y las separa para atisbar cuando me dirijo a la cocina a por unas tazas de café que ha aceptado con rapidez.

“La verga… Parece el arenero de mi gato pero en grande. Y eso sí, limpio”.

“Mi jardín es un arenero de gato; pero no cago ni meo en él, tío mierda hijoputa” Pienso sintiendo como el veneno de su puta envidia invade mi organismo.

La envidia es malísima para las plantas y los árboles, para los jardines.

Me pregunto si puede ser mala para un desierto.

“Hay arenas y piedras de colores. Precisamente, donde trabajo, al lado hay una tiendita que vende cosas de jardinería, te traeré algo a ver si te gusta”.

Otro que tiene fabulosas y buenas ideas, otro que tiene que mejorar lo que no es suyo y dar sus putos consejos e ideas a alguien que apenas conoce. Y eso porque ve un espacio tan grande y tan extraño, que se caga de rabia de la mediocridad que tiene en su casa.

“Tómate el café de mierda y vete, puerco. Tómatelo y vete ya…”

Me costó tanto no decírselo…

No sería la primera vez, ha habido gente que no conocía y he insultado con calma, pero aquí, en el barrio no quiero malos rollos con los vecinos.

“Pues has tenido una buena idea”, le miento apretando los puños con ganas de acuchillarle los ojos y cortarle la lengua.

Y la polla.

Después de unos cinco minutos de decir cosas a las que no le presté atención, se marchó.

A los siete meses, el vecino ingenioso y simpático, su mujer, su hija de doce, su hijo de ocho, el pequeño de cinco, su suegro y su madre, murieron asfixiados por un fallo en la evacuación de gases quemados del calentador de agua. Murieron apaciblemente de noche.

Sinceramente, me sentí feliz. Sentí el aire más limpio sin ellos.

He sentido más pena por las flores muertas de mi jardín.

Y compré la casa que nadie quería, al menos nadie que supiera de su historia.

La vacié completamente, la desinfecté, la pinté por dentro y por fuera de un color amarillento semejante a la arena y llené todo el piso de arena, dos palmos de arena en cada habitación y rincón.

Y los fines de semana, como si de un viaje o una expedición se tratara, me meto en mi desierto con un saco de dormir, un libro y un farol de gas. Es más grande que el de mi jardín, más estéril aún y con el inevitable aroma de la muerte en su paredes.

No puedo ver las estrellas del cielo, pero maldita sea la falta que me hace ver algo que ni siquiera sé si existe en estos momentos. Hay estrellas que podrían estar tan muertas como las flores bajo mi desierto, o como la familia que vivía en esta casa.

Y así no hay engaños y este cansancio de cada día, de cada día lo mismo, de cada hora lo mismo; se desvanece entre la arena de este desierto que es obra mía.

A veces me siento tan cansado que desfallezco, cansado por dentro, como si en la cabeza tuviera músculos en lugar de cerebro.

Y soy razonablemente feliz así. Todo lo feliz que mi suerte de mierda me permite ser.

No es poco, es solo mi mérito, soy soledad y soy arena en el desierto, en mi desierto.

Al fin y al cabo, soy un árbol sin frutos, el vegetal más solo y seco del planeta.

Es mi opinión, es mi experiencia.

Es mi eterna tristeza, mía y solo mía, exclusiva, intransferible.

Iconoclasta

Los muertos viajan en tropel entre las dunas del desierto.
El polvo de sus huesos y sus pieles resecas alimentan las montañas andantes; por ello cada año la arena está más cerca. Cada día es más molesta.
Los idiotas que no se han convertido en petróleo que se quema en motores, se han hecho sílex.
Yo sé de estas cosas.
Como sé que las rosas del desierto no son formaciones aleatorias: mi semen las forma, amalgama muertos en caprichosas figuras florales de extrema debilidad.
Creo rosas de arena con un gemido, con el pene asfixiado en mi puño, con los cojones palpitando. Creo rosas en el desierto con la imagen de sus labios entreabiertos cuando su coño se hace agua y estoy dentro.
El semen lo amalgama todo. Y le da sentido y forma.
El desierto es tan buen sitio para masturbarse y morir como cualquier otro.
Es mentira, no hay sitios tan buenos como el desierto.
Porque en los polos te congelas y no viajas. Simplemente estás ahí, como una fotografía aplastada entre toneladas de hielo. No hay corrientes de aire que te lleven a ninguna parte.
Y cuando ya has visto cuatro focas, tres osos polares y cinco o seis esquimales, piensas en el aburrimiento y lo abundante e internacional que es.
Vives-mueres en el desierto y te haces experto en arena, de lo contrario eres más idiota que la media.
Entre los granos puedes ver quien en vida estaba enfermo. O era un enfermo.
Tal vez sea bueno ser arena y dejarse llevar por el viento, dejar de razonar y de elegir. De esperar.
Que le den por culo al libre albedrío, solo sirve para equivocarse y perder el tiempo.
Solo quiero erosionar, desgastar pieles, paredes y montañas.
Nada hay más caliente que el humo de mi cigarrillo que abrasa mis pulmones, pareciera que me he pasado la vida entrenándome para respirar el ardiente aire del desierto.
Por esta razón el aire del desierto no me molesta demasiado.
Derramé el agua para asegurarme que seré arena en unas horas.
Tan solo me queda una carga de leche en mis deshidratados cojones. No sé si al morir, cuando mis cojones se relajen y mis vísceras y músculos no puedan retener nada, eyacularé como dicen que lo hacen los ahorcados.
Me gustaría hacer mi rosa del desierto póstuma, que sea arrastrada por las dunas de muertos, y llegue a las manos de un idiota y la acaricie y la tenga en una vitrina iluminada.
Iluminará y amará mi semen sin que lo sepa. A veces se me escapa la risa.
Hay rosas rodando por el desierto, los nómadas las encuentran y comercian con ellas. Algunas acabarán en manos de personas que se piensan que la arena se amalgama por alguna orden divina de mierda. Con orina de camellos, los más esnobs e incultos.
Yo me dejo llevar por las dunas, las dunas arrastran rosas, muertos y vidas. No sé si es una condena o si las dunas disfrutan su trabajo.
Y ahora, para complicar las cosas, hay un rastro de huellas que comienzan en el centro de esta nada y se dirigen a mi izquierda. Una perfecta y recta línea que se pierde en el ondulante y difuso horizonte. No lo entiendo, tal vez sea una alucinación.
En el desierto hay espejismos, es congruente.
Tal vez alguien más quiera ser parte de una duna. Se ha puesto de moda morir aquí.
Una duna sigue el rastro, va tras las huellas y subo a ella, creo que aún no he muerto, aunque no estoy seguro. Solo sé que debo caminar. Otra cosa no tengo que hacer. Subo la ladera y cuando comienzo la bajada, ya se empieza a formar otra nueva subida, con la misma arena, con los mismos muertos. Conmigo…
Borra viejas huellas con su avance, es cuidadosa con las que quedan para no perdernos.
Descanso un momento. Entre las llagas infectadas de mis pies, se han metido muertos que molestan e infectan. Exprimo la herida y junto con el pus y la sangre salen granos de arena y piel que no es mía. Lo sé porque simplemente la rechazo.
Son trozos de hueso y piel de cadáveres infecciosos en forma de arena y sales.
Nada anormal, es tan lógico que dan ganas de cavar un agujero y meter en él la cabeza de puro aburrimiento.
Bip-bip.
Hay muertos a los que se les quiere, pero deberíamos ser cuidadosos, aunque se trate de familia, esos restos infectan. No es higiénico.
El sol no lo mata todo, solo mata lo bueno, lo malo sigue desarrollándose bajo sus abrasadores rayos ultravioletas.
El hombre a lo lejos es una mancha de gas, una llama menuda en medio de este océano seco y tórrido. Se ha detenido.
Estoy lo suficientemente cerca para atreverme a gritar y preguntarle quien es.
Estoy llegando a la cresta de la duna y hago pantalla con las manos en mi boca.
— ¿Necesitas ayuda?
No parece oírme. Está arrodillado, tiene en la mano una foto y con la otra aferra su pene. Me detengo, no quiero ver eso. ¿Otro que se masturba en el desierto?
Es demasiada casualidad.
A pesar del sol tengo frío, a pesar de la distancia y del tiempo que llevo caminando, no estoy cansado.
Me acerco un poco más y llego a ver como eyacula en la arena. Se derrumba sobre sus rodillas llorando y hundiendo la cara en la arena abrasadora. El viento le arrebata la foto de las manos y se la lleva por donde había venido.
Yo me masturbé también hace tiempo, los desgraciados siempre nos reunimos en el mismo sitio, de la misma forma que los elefantes tienen su cementerio.
Dan ganas de no ir.
Dan ganas de no preguntar.
En la espalda lleva un bidón de agua con una manguera para beber, se lo quita y lo deja caer abierto para que se derrame el agua.
Se levanta dejando un charquito de sangre que le ha salido del culo y continúa caminando. Ya debería haberse dado cuenta de mi presencia, pero no es así y pasa por mi lado sin mirarme, con la vista fija en la cima de la próxima duna. Diríase que camina hacia el sol.
Avanzo más, no me preocupa él, me preocupa de donde viene. En el desierto no hay escondrijos y no entiendo porque el hombre va al contrario que las huellas.
Hay un automóvil volcado sobre el techo, sus neumáticos están desgarrados, la plancha sin pintura y brillante. Las dunas han limpiado todo rastro de color.
Hay vidrios rotos en el interior que ahora están opacos.
El desierto mata el brillo, solo deja lugar a los espejismos.
Dentro, en el asiento del acompañante, el esqueleto de una mujer cuelga del asiento, su cabeza está aplastada contra el suelo, su cabello parece una madeja de cáñamo. Su cuello se rompió hace mucho tiempo.
La foto ha vuelto a la sombra del automóvil, como sino quisiera morir de nuevo.
No huele mal, no hay carne podrida. La arena ha limpiado los huesos y los seguirá erosionando hasta hacerlos polvo. Volveremos a estar juntos mi amor…
Hacíamos un breve recorrido por el desierto, solo iba a ser media hora de adentrarse para poder disfrutar por unos minutos de ese inmenso mar muerto.
Una duna ocultó la carretera a la vuelta, y por ella caímos dando vueltas.
Te vi tan muerta, con tu cuello espantosamente roto, hinchado. Ese bulto que te salía bajo la mandíbula como una deformidad…
Caminé hacia el sol, para morir. Me masturbé con tu foto, no quería llorarte, te necesitaba tanto que las lágrimas eran desesperantes.
Mi vientre estaba roto, notaba la sangre moverse entre las tripas provocando un dolor atroz. Luego morí, y el sol me evaporó, el viento pulió mis huesos y los hizo polvo.
Salí de la nada, de entre una duna, con la conciencia de existir, en el mismo lugar que morí. Peregrino desde hace un tiempo indefinido hasta ti, mi amor. Ojalá hubiera podido sacarte de ahí dentro y que tus huesos se hubieran unido con los míos al mismo tiempo. Espero que las dunas poco a poco te gasten te erosionen y cada día te unas un poco más a mí.
¿Soy yo el que muere allí, en medio, en el centro de la nada?
Soy arena, absolutamente hueso y piel seca.
A veces siento una tristeza absoluta al darme cuenta de lo que fui, de lo que soy, de lo que me espera. El desierto tiene tan pocos escondrijos que ni el dolor ni la añoranza encuentran donde ocultarse.
La vida es tan frágil como las rosas que emergen en la arena. La muerte es tan frágil como un sueño o el sueño es muerte. O el sol no acaba de hacer bien las cosas y no hay fin a esta agonía.
A veces no puedo pensar con claridad…
Pienso demasiado. Creo…
¿Cómo es posible que en medio de esta nada, en el centro de ningún lugar, haya un rastro huellas que se alejan por mi izquierda, hacia el norte?
¿Alguien ha sido llovido por el cielo? Tengo que seguir ese rastro, a lo mejor es alguien como yo, que se masturba bajo el sol sin saber por qué.
Los muertos viajan en tropel entre las dunas del desierto.
Aunque hay dunas solitarias, donde eres arrastrado en una soledad sin fin.
No sé, no me preocupa; solo sigo el rastro, no me importa de quién es. Solo quiero saber si hay algo más en un mar muerto donde no se puede esconder ni la muerte.
¿Habrá una habitación fresquita?
¿Habrá un lugar donde el sol de mierda me deje descansar?
El hombre se masturba y llora.
Es un déjà vu, un espejismo de una mente insolada seguramente.
Es lógico aquí en el desierto.

Iconoclasta