Archivos para mayo, 2013

¿Cuántas veces se puede morir en un día? Dos o tres, a lo sumo seis o quince. No sé… Solo es un cálculo rápido.
Un deseo de que así ocurra para evadirse cuando sea necesario.
Jode resucitar tantas veces, pero no se me ocurre nada mejor.

Levítico, capítulo 18, versículos 6 al 12 y 21 al 23.
Código de santidad.
Levítico, capítulo 19, versículo 20.
Leyes morales y culturales.
8 últimas páginas.

Construir para derribar tiene sentido.

Hay demasiados edificios que han envejecido, decadentes. Evocan a sus viejos y estúpidos moradores.

Una vez ha llegado la vejez, hay que morir. Las ventanas y la mampostería se cansan de tanto sol, como el pellejo de los mediocres se curte como cuero.

— He acabado mi carrera de Física con doctorado cum laude.

— No jodas… Enhorabuena, soy feliz. Precioso…

— ¿Tienes un cigarrillo?

— Parece ser que escasean ingenieros agrónomos que puedan fortalecer el cultivo del tabaco y hacerlo más económico. No, no tengo más cigarrillos; pero en el Oxxo venden y puedes presentar tu cum laude para obtener descuento.

— ¿De verdad?

—Claro, figura. Ve que se acaban.

(Y te metes el doctorado en el culo).

¿Por qué me tengo que encontrar con todos los frikis del mundo?

Un vecino molesta e irrita a otro vecino por pura vacuidad, como quien ve fútbol. Y las cosas están bien así; no todo el mundo puede ser físico nuclear.

Aunque los físicos nucleares tampoco son para tanto: tienen vecinos.

Son vecinos.

Estamos perdidos, ya no hay élites, solo gente injustificada y azarosamente rica.

La lluvia de ceniza es más efectiva que las hojas secas en el otoño.

Mientras las hojas secas se limitan a crear una pequeña depresión, las cenizas producen dificultades respiratorias y asfixia.

Y sobre todo, ensucian los amados automóviles.

Los volcanes escupen desprecio, se parecen a mí.

Seguro que tienen cojones en sus calderas.

Hay una emisora de radio en México (concretamente en Puebla), que parece una congregación de misioneros que busca el bien por los demás. Aboga por pagar puntualmente las tarjetas de crédito, obedecer la ley y aceptar con la cabeza gacha y resignación el escupitajo ajeno. Y en ella hay un locutor que parece creerse la reencarnación de Cristo.

En estos tiempos, en este mismo mes y año.

Cada día el beato locutor narra con la sangre hirviendo de emoción una edificante “reflexión del día” (en muchos casos una parábola mal escrita y con nulo ingenio, solo apta para creyentes con muy poco cerebro o simplemente para analfabetos) y que él mismo se cree.

Hay reflexiones en las que se dice que la mujer no debe hacer cosas de hombre y que ella es la que ha de dar ejemplo y doblar el cuello a su macho en nombre de la paz y la armonía en el hogar.

No me jodas.

La última reflexión me ha llamado poderosamente la atención, es la cosa más cándida, ingenua, torpe y simplona que he oído jamás. Más que divertirme al escucharla, me ha preocupado; creí que estas cosas se decían hace tres o cuatro siglos. Luego pensé que la estupidez no cambia jamás y permanece inalterable a lo largo del tiempo.

Luego concluí que la deficiencia mental es algo de lo que nadie debería sentirse orgulloso. Parece que para esta emisora de radio, la estulticia es motivo de vanidad. Eso y el servilismo de los esclavos que se sienten protegidos por su amo.

La parábola en cuestión tiene un nombre parecido a “Un solo ojo” y está pensada para hacer llorar a las madres e hijos y para que YO vomite.

Una madre tuerta trabaja de cocinera en el colegio de secundaria de su hijo, y a la muy buena y santa, se le ocurre ir a ver a su retoño en la hora del recreo para preguntarle como le va el día. Pues bien, todos los amigos le preguntan al hijo quien es esa mujer tan fea y con un solo ojo. Cuando confiesa que es su madre, se burlan de él hasta que siente ganas de meterse bajo la ducha y llorar abrazándose el pecho como mujer que ha sido violada o que ha perdido el virgo.

El cabrón del niño, que tiene muchos huevos con su madre; pero no con los amigos, le dice que la odia por haberlo avergonzado, desea que se muera, no verla jamás.

(En este punto se me encogen los testículos ante el dramatismo más puro. Se puede escuchar llorar al locutor y sus intestinos estremecerse inquietos)

Con el tiempo, el hijito del alma de mierda, abandona a su madre para dedicarse a estudiar una carrera (trabajando la madre de cocinera y sin querer verla suena a ciencia ficción triunfalista de mierda).

Cómo no, el imbécil prospera y forma una familia (es lo habitual, los más subnormales tienen una suerte de locos).

Con el tiempo la madre se entera donde vive y decide ir a visitarlo. Al tocar el timbre abren la puerta sus nietecitos, los cuales se ponen a llorar como mujerzuelas ante el horror que les inspira la tuerta (cómo me gustaría haberla conocido).

Entonces, sale el valiente del hijo y la lleva cogida por el codo hasta la calle y le dice que como se atreve a venir a molestar y asustar a sus hijos.

A lo que la madre responde simplemente: Me he equivocado de casa, perdóneme.

(Aquí ya es para meterse los dedos en la boca y purgarse de tanta miel de mierda).

Pasa el tiempo y bla-bla-bla, el hijo recibe una carta de su antiguo colegio para no sé que coño de reunión estúpida de alumnos y ya que le pilla cerca, se pasa por casa de su mamá. Le dice algún conocido que su madre ha muerto, así que entra en la casa muy feliz y tranquilo sin tener que encontrarse al cíclope de su madre.

La parábola no dice donde, pero se encuentra una carta de la tuerta que dirigida a él.

La beata madre le explica que de pequeño tuvo un grave accidente que le hizo perder un ojo; ella le donó el que le faltaba y se sentía feliz de saber que su hijo podía ver el mundo a través de uno de sus ojos. Y que por encima de todo lo amaba.

¿Qué pretende la parábola facilona?

¿Quiere decir que las madres son santas, mártires y beatas y que se alimentan como las hienas de la mierda que les dan sus hijos? ¿Qué han de tragar desprecios y ofensas y amar a pesar de todo?

¿Qué cuanto más cerdo se es, mejor te trata la vida y tu madre?

¿Que madres e hijos se lo han de perdonar todo por muy mal que se traten y por mucho que se denigren?

Es lo más timorato, simple y vulgar que he oído jamás, además de los milagros de Cristo.

No me jodas que una madre ha de sacrificar su ojo y luego tragar toda la mierda del pequeño borde que parió.

Estas arengas moralistas son un insulto a mi inteligencia, a las mujeres (que las tratan como imágenes sagradas sin coño que ni follan, ni tienen ningún tipo de inquietud; pero que de alguna forma pueden ser penetradas y parir) y a mi buen humor.

Joder con la tuerta. Cualquiera pensaría: pues no es de extrañar que el hijo sea un cerdo con una madre tan retrasada mental.

Es que ni eso saben escribir, ni un patético cuento que pueda desafiar el intelecto de alguien medianamente culto.

Y lo bueno, es que la dichosa emisora de radio, recibe cantidad de correos electrónicos de los oyentes para recibir las dichosas reflexiones.

Y eso sí que es preocupante, que haya tanto lerdo en el planeta.

Aunque eso ya lo sabíamos.

¿Sabéis la parábola de la puta que daba mamadas gratis por amor a sus clientes y que tenía un tremendo complejo de madre? Pues murió con el coño seco, de hambre, la matriz podrida y sida.

Y si alguien quiere un ojo, ni el del culo le presto. A mí nadie me enseña nada con idioteces.

Iconoclasta

Levítico, capítulo 15, versículos 1 al 6, 13 al 15 y 18 al 20 (Lv 15, 1-6.13-15.18-20).
Impurezas sexuales.
7 últimas páginas.

— ¿Sabes que cuando tengo muchas ideas que escribir me duele la cabeza?

—Es normal, nunca estoy contento.

—Es una necesidad para creerme trascendente.

—Nunca lo serás.

—Lo sé, no importa. No le doy cuentas a nadie.

—Es tu problema.

—Por supuesto.

—Echo de menos a mi gata.

—Lástima que no quedaran en las manos las cicatrices de haber jugado con ella.

—Lo pienso mucho ahora, cuando no está. Era pequeña, siempre hubiera sido pequeña.

—Llorar va bien.

—No me da vergüenza, tengo los ojos secos.

—Sí, eso pasa.

— ¿Cómo vas de pena?

—Bien servido, creo que durante un tiempo no voy a querer más.

—Tengo deseos de salir a la calle y lanzar un vómito, de una forma natural, como quien tose.

—Es una buena idea. Siempre has sido bueno provocando.

—Y trabajando como una puta, pero siempre he cobrado una mierda.

—A veces quisiera acostumbrarme a llorar sin ninguna razón, como vomitar.

—Xibalba, la gata, dormía a medio día conmigo. Éramos tocayos de biorritmos. Algo de felino debo tener. De ahí que quiera marcar territorio como sea, con lágrimas o vómitos.

—Llorar no es marcar territorio, es mear tristeza.

—Bueno, da igual como hacerlo, lo importante es acotar territorio. La chusma se acerca siempre más de lo que debe.

—Cansa, harta la luz y el calor de mediodía. Vivo para esperar el crepúsculo.

—Nunca te acostumbrarás.

—Suena El Animal de Battiato.

—Es muy buena, quisiera ser así; pero soy peor, me falta la parte amable.

—Nos faltan los muertos.

—Sería guapo que nos esperaran, engañarse un poco no es malo. Es bueno sonreír.

—Hoy me he reído como un histérico a las seis de la madrugada. Tanto que me han dado ganas de llorar porque quería volver a aquel momento.

—El Alfonso le dijo a Pedro que tomara las puntas de prueba del megóhmetro y cuando las tenía entre los dedos, apretó el botón de test. Lo hizo fríamente, con malicia.

—Pedro casi escupe el chicle y salió sin decir palabra del taller, en auténtico estado de shock.

—Estás llorando.

—Es esta risa. No sé porque he evocado ese instante. No puedo dejar de reír.

—Estás loco.

—Me parece bien.

—Aún así, no me asusta morir.

—Soy valiente de mierda.

— ¿Cuando se habla mucho de la muerte, significa que ya está cerca?

— ¡Qué va! Significa que estás hasta los cojones de tanta vida.

—No existen mensajes raros ni presentimientos, todo tiene una sencilla, asquerosa y mediocre explicación.

—Es hora de moverse, hay que hacer bici.

—Es cierto, me canso de hablar conmigo mismo, aunque la bici también me cansa.

—Te cansa tu pierna podrida. Sé más exacto y concreto.

— ¿Por qué ya no me acuerdo de muchos sueños?

—Porque son deprimentes, no necesito eso al despertar.

—La gata no ha vuelto.

—Está muerta.

—Pues ha muerto un equivalente a treinta y siete humanos.

—Es una cifra extraña. Demasiado concreta.

—Es un cálculo cuidadoso, me gusta la exactitud.

—Es exactamente así, tengo razón. Cada humano no llega al valor de un peso en vivo, muerto menos.

—Dan ganas de matar.

—Siempre.

—Es que no hay buenos lugares.

—Pisar mierda en tu casa es deprimente y pisas mierda cuando los malos recuerdos forman alfombra sobre la que has de caminar, sin islas en las que refugiarse.

—Que asesinen a mi gata también es deprimente, es esparcir más mierda en el piso, mis pies están sucios, mi cabeza inflamada.

—Al final el amor no lo es todo, no pone a salvo a tus amigos, no cuida la higiene mental.

—Es hora de marchar.

—Hay que morir, no hay arreglo, ni esperanza.

—Donde no haya gente sucia ni asesinos que matan a nuestros amigos.

—Todos los lugares son iguales, porque en todos existen los mismos cerdos.

—La mediocridad es la misma en todas partes del globo.

—Hay que joderse, no hay forma de cambiar de aires. Estamos abandonados.

—Mi sombrero está viejo y feo, como mi rostro.

—Consérvalo así hasta conseguir incomodar a los que te observan.

—Es muy buena idea, que me crean miserable.

—Sentirse miserable no gusta, me refiero que ellos con su envidia ven en mí el reflejo de sus miserias. No les gusta las muestras de lo que son en realidad.

—Los hay que lo tienen casi todo y son unos mierdas.

—Tenerlo todo es mantenerse a un radio de quince kilómetros de distancia de todo ser humano. Es difícil, se necesita suerte y mucho dinero.

—Pues has fracasado.

—Sí.

—Ya no hay tiempo.

—Creo que sí, a veces pasan cosas. Aún no estoy muerto, no soy derrotista.

—El fracaso es una temporalidad. Cuando los putos triunfadores pierden, ahí estoy yo para ganar ante su fracaso. Ha ocurrido.

—Siempre ocurre.

— ¿Y qué hay del suicidio?

—Es una buena salida, pero duele. No me gusta el dolor, ya he tenido asaz de él. Hay tiempo para ello.

—La gata grande no soporta a la pequeña.

—Ella también necesita una prudente distancia.

— ¿Cuál es el valor de tu vida? ¿Cuántos cadáveres pagarían tu muerte?

—Trescientos ochenta y siete.

—Es una cifra extraña y difícil.

—Como la de la gata. No son cifras al azar, soy bueno y preciso calculando. Tengo mis razones.

— ¿Y si pusiéramos que son cuatrocientos para redondear?

—Está bien, por mí mejor. Algunos abortos y nacimientos de niños muertos pueden formar el redondeo.

—El dolor de cabeza no se va nunca. Deberías subir a cincuenta individuos más tu valor.

—Lo tenía contabilizado también, no se me escapa nada. De cualquier forma, añadir cincuenta, no es descabellado.

—Pues que así sea, cuando yo muera, que mueran también cuatrocientos cincuenta. Nadie lo va a notar. Todos morimos siempre.

—Han tenido tiempo de acostumbrarse a morir, si no ponen voluntad es su problema. La cobardía no es ninguna virtud.

—La peña no tiene humor.

—No tiene nada que le de valor, sus muertes no tienen importancia.

—Conmigo no pasará, mi muerte les dará valor a los cuatrocientos cincuenta porque se recordará mi muerte y por tanto, la de ellos.

—Sus familias dirán: “Murió en el mismo año y día que el Iconoclasta”.

—Genial.

—No quiero volver.

— ¿A dónde?

—A ninguna parte.

—Estaría bien ser inexistente, no interactuar con su entorno, con el de ellos.

—Un limbo…

—Hay que dormir.

—Es un coma deprimentemente sugerente y silencioso dormir cuando se puede.

—Es hermoso estar despierto cuando duermen, es estar por encima de ellos.

—Te haces la ilusión de que están muertos, de que no están.

—No es crueldad, es que no hay forma de evadirse. No hay ciencia ficción ni fantasía para escapar.

—La cabeza otra vez…

—Siempre está el ibuprofeno, es un animal fiel.

—Conque sea simplemente analgésico me basta.

—Corto y cierro.

—Mierda.

Iconoclasta

Día internacional del trabajador.