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Compras una mediocre pizza de 4 Quesos y ves con tristeza la escasez de los ingredientes. Así que picas ajo, un poco de perejil y lo añades encima del queso.
Ya huele un poco mejor, pero tampoco es como para acariciarse lascivamente admirándola.
Así que la corto por la mitad para añadirle unas rodajas de mortadela siciliana y otras de sobrasada de Mallorca. Ahora sí que pesa más.
Y ya más feliz, más satisfecho, monto una mitad encima de la otra y ya parece una calzzone-pizza. Una apetitosa mutación que pongo en una sartén con aceite de oliva para dorar ambas caras.
El queso se resiste a fundirse.
Tengo microondas, no problem.
McGyver lloraría de envidia ante mis recursos.
Ahora sí, el queso rebosa rojizo por la sobrasada, la mortadela se deja ver tímidamente sonrosada y siento el desesperado deseo de llevármela a la boca como lo hace el monstruo de las galletas de Barrio Sésamo.
Pero no. Aguanto con estoicismo mi erección y pongo la pizza en la nevera tres horas, para que los sabores se mezclen e impregnen la masa mientras fumo.
Luego la meteré de nuevo en el microondas para templarla al gusto y me la comeré entre sonoros eructos y una sonrisa inteligente y astuta.
4 Quesos… No jodas.
Yo soy el Sumo Sacerdote de las Grasas Saturadas.
El Creador de la Divina Gula.
El Guardián de un Sexo Proteínico 100 %
Amén.
Presto, presto!

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