Una dudosa suerte. Fuji. Mayo 2017

Llueve perezosa, suavemente. La montaña está saturada de color y se respira menta pura. He dejado la bici tirada a una orilla de la senda para fumar.
Como no haría jamás ningún deportista que se precie.
A pesar del gris del cielo, el día es luminoso por los colores que radia el planeta y lo que contiene.
El ciclista con su pulcro, ajustado y adocenado uniforme de ciclista, pedalea hacia mi dirección. Ya es mala suerte tropezarse en un día así con alguien. Coño.
Me ha saludado y yo he mascullado algo rápido, para que no me entienda y no desearle buenos días; pero aparentar que le devuelvo el mismo deseo.
Una mierda.
En la rueda trasera lleva un indigno y cutre guardabarros de cartón, rojo para mayor inri.
La quinta esencia de la miseria, mal gusto y estupidez. No le sirve de nada, hay más barro en su culo que en las ruedas.
Y lo más divertido es que salta a la vista que es un ciudadano ejemplar, bien integrado en la sociedad y respetuoso con las normas y leyes.
¡Lleva una luz de posición roja encendida en el sillín! Sofisticado el andoba…
La razón de semejante baliza, es para que pueda ser visible para los jabalíes, ardillas y conejos. O para que un cazador pueda apuntar bien y pegarle un certero tiro.
Es el único animal, el ciclista, con el que me he cruzado en este camino durante una hora y media.
Aún no sé si pensar que soy afortunado por estos momentos jocosos, o es que tengo una puta suerte del carajo y me tocan todos los idiotas aunque me encuentre buceando en el fondo de la puta fosa de las Marianas.

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