El frío

Es bueno el frío porque hace a los humanos menos complacientes consigo mismos.
Dijéramos que si estás preocupado por la insensibilidad de los dedos y los mocos y lágrimas congeladas, te importa una mierda la cotización del barril de petróleo, por ejemplo. O el precio del kilo de tortillas de maíz (soy internacional).
El organismo está ocupado en generar calor y las orejas se esfuerzan en no congelarse.
Las orejeras, aunque indignas, cumplen su cometido, lo sé. Y por ello comprendo que algunos digan “yendo yo caliente, ríase la gente” (creo que las orejeras quitan muchas oportunidades de follar, sinceramente).
Pero soy vanidoso cosa mala y me siento orgulloso de mis pabellones auditivos, así que los luzco, aunque adquieran un tono oscuro de “quemadosporelfrío” a medida que camino calentando los pulmones con un cigarro tras otro.
Es que aún no he encontrado unas orejeras dignas de mí. Es un asco ser tan especial.
Del banco helado, que ahora no tiene utilidad alguna para paliar mi cansancio, hablaré otro día. Mierda…
Puto frío…

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