Felices augurios

En estas fechas entrañables, los ingenuos, supersticiosos e ilusos, tienden a ver en todo accidente grave o banal, un buen augurio.
Así que el que se derrame el vino o cualquier otra bebida sobre la puta nueva camisa horrorosamente cara, se convierte en profecía de toda clase de buena suerte y asaz dinero. Un año feliz.
Si se pisa una mierda y se resbala, todo el mundo ríe y “chin-chin, qué buena suerte”. Hasta el que se ha llenado de mierda, no cabe en sí de felicidad.
El que en un accidente ha quedado inválido de cuello o cintura para abajo, es afortunado porque podría haber muerto. Y ha de dar gracias por ello, será un año de puta madre.
Fuera de las fechas navideñas, todas estas incidencias son causa de indecorosas imprecaciones o blasfemias.
Pero yo soy alérgico o inasequible al tonto costumbrismo navideño y a sus augurios felices: piso mierda, y me cago en la hostia puta. Si alguien se ríe, le deseo la lepra.
Vamos, como siempre, en cualquier fecha del año.
Y pienso que el año empieza como acaba: con mierda.
No es fatalismo, es simple conocimiento sin emotividad.
Lo que me emocionaría sería una pornográfica cantidad de dinero en mi cuenta bancaria.
Transmutar mierda en chocolate con tanta alegría e ingenuidad resta mucha dignidad a la escasa sabiduría que pudiera haber en otros cerebros.
Pero si así lo quieren, a mí me la suda: Feliz mierda nueva 2018.
Qué suerte tienen algunos cabrones felices.

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