Los amargados cuervos

Me gustan los cuervos porque su graznido es como un descontento. Siempre parecen quejarse de algo.
Se pelean graciosamente entre ellos.
El bosque está en paz y se empeñan en romper esa sorda quietud.
Admiro su mal genio, quisiera graznar como ellos sin ninguna razón.
Sonrío cuando dicen: ¡Gra-gra- gra! (No sé a que viene tanta paz). ¡Gra-gra-gra! (Algo huele a podrido en Dinamarca), ¡Gra-gra-gra! (La madre que parió al jabalí…). ¡Gra-gra-gra! (Ven aquí cuerva hermosa, que te voy a hacer unos huevos, maciza).
Lo cual contrasta con el dulce campaneo de los cencerros de las vacas que pacen sin prestar atención a los cuervos amargados. Otras se recuestan impasibles en la hierba, aún rumiando, como si mascaran chicle.
Es perfecto.
Me divierte, me apasiona ese contraste de vida.
Me pregunto que soy en todo eso.
Solo la bestia de dos patas que fuma disfrutando de ese momento, no hago ruido, no ocupo apenas espacio.
Pienso que tengo suerte de estar en esta sonora y apacible soledad.
Y no puedo evitar graznar:
!Gra-gra-gra! (Ven conmigo, mi diosa. Ahora…)

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