No quisiera ser Dios para hacer el bien o impartir justicia y amor.
Ni siquiera para crear nada.
Solo quisiera ser Dios para ordenar que un padre mate a su hijo, que un hijo mate al padre y los hermanos se arranquen los ojos por mi sagrada voluntad.
Por el poder de mi divino mandato.
La máxima expresión de poder… Y babeo como Dios.
Decirle a mi hijo: “que te maten, que te maten entre dolores inimaginables”.
Leer la biblia estimula la imaginación, la ambición de poder y al igual que al “celoso y temible Yahvé”, una descontrolada erección.

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