Los técnicos y científicos son banalmente optimistas achacando la disminución del cerebro a productos químicos.
A los seres humanos les empezó a decrecer el cerebro cuando dejaron de arrastrar el dorso de los dedos por el suelo; y es por ello que hay que joderse hoy día con la sociedad que se ha formado.
Las ranas, no necesitan cerebro solo croan, saltan y sirven para meterles petardos en la boca en tiempos de verbena.
Dudo que alguien haya hecho demasiados estudios sobre el cerebro ranícola, simplemente se trata de otro eufemismo para que la peña crea que el decrecimiento ocurre mayormente en las ranas y así no crear alarma social.
El ser humano tampoco necesita el cerebro; pero está en su código genético ser imbécil. Y para ser imbécil hay que tener cerebro: bien pequeñito, o bien podrido.
Lo que sí he demostrado empíricamente, con náuseas y con miedo a que tuviera un problema con mi propia piel, concretamente pies y sobacos; que las temporadas de abonos en los prados me hacen temer, no que el cerebro se haga pequeñito, si no que realmente se pudra.
Una vez he comprobado que no llevo una rata muerta en el bolsillo, me vuelvo a subir en la bici a respirar el agradable aroma de la montaña con el cerebro contrito.
Y así pienso en la felicidad de las ranas que solo saltan y croan y no se preocupan de un cerebro que cochina falta les hace.

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