A veces ocurren cosas raras en mi vida que me llevan de una banalidad como pedalear, a repentinamente vivir una experiencia mística. Casi como una epifanía.
Iba yo soltando babas por el esfuerzo, subiendo con la bici la montaña. Bien, pues al pasar bruscamente por encima de una raíz, he perdido los pedales de los pies por el salto y uno me ha golpeado sin piedad ni miramientos la tibia izquierda. El dolor ha sido sublime, me ha elevado a una dimensión superior por encima de todos los seres del planeta. Y he podido ver las estrellas. Entre ellas, muy sonrientes los subnormales, se encontraba el Gran Manitú, Orus, Zeus, Júpiter, Jesucristo y su madre borracha, Yahvé, Buda y un lama flotando con las patas cruzadas, Shiva, Alá de la mano de Mahoma y la Venus del Coño.
Ha sido un instante mágico a pesar del puto dolor que me mataba.
Les he saludado y les he aconsejado que fueran a dar un paseo por el bosque con sus putas madres, follárselas y coger una buena enfermedad venérea mientras yo sigo rabiando. Hijo putas…
Luego, me he encendido un cigarro, han desaparecido las estrellas y los cochinos dioses. Solo ha quedado la sangre en la piel de la tibia y mis sienes latiendo furiosas.
Un pájaro carpintero ha hecho el ruido que debía y una ardilla tonta, casi se cae de una rama.
Y todo estaba bien de nuevo.
Me monto unas fiestas yo solito…
Si me emborrachara o narcotizara, no tendría tan buenos viajes.
Y la suerte de tener intimidad en estos grandes momentos de misticismo…
Precioso todo.
Mierda.

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