Cada mañana al mirar el reloj me doy cuenta de que ya es tarde para todo.
Y así cada día, esperando el momento preciso en el que el tiempo (el mío) se detenga. Los muertos no tienen prisa ni adonde ir y el reloj hace lo que debe: borrarme.
Bueno, tampoco tengo grandes planes, ni siquiera pequeños. Es tarde, en serio.

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