Al final del verano se hicieron amarillentas, sobre todo en lo más alto de las copas, donde la savia apenas llega de puro cansancio, por el calor acumulado y la evaporación de las cosas.
Y ya en otoño, cuando se hicieron doradas, cayeron al suelo porque el oro tiene un elevado peso específico y los peciolos no soportan esa carga de bella e inmensa riqueza.
Si no estás cuando caen, dios el sarcástico, las convierte en laminillas húmedas de oropel barato, sin ningún valor en los mercados de metales preciosos. Los buscadores de oro lloran con su codicia insatisfecha observando casi incrédulos la hoja entre sus dedos que no vale una mierda ahora.
Los usureros tristes y decepcionados, ansiosos de acaparar; deciden así buscar setas y hongos que huelen a humedad y moho y que, en muchos casos nacen de la infamia de la tierra; cosas que callan muy astutos ellos para semejar hábiles y sibaritas culinarios al llegar a sus casas con su vergonzoso fracaso áureo a cuestas, allá en el fondo del cesto, bajo las sucias setas.
Yo al igual que dios, me río feliz de estas deliciosas frustraciones de otoño.
Me gustan más las hojas que manchan las montañas de menstruación, me hace pensar más en las mujeres y follarlas.

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