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Idiotas con suerte

La biblia nace con el pensamiento confuso de una humanidad inmadura, con escasa inteligencia y con un misérrimo léxico del carajo.
Es un delito literario perpetrado para dominar con el miedo a otros seres más ignorantes. Es absolutamente ingenua para alguien que tenga un mínimo de hábito de lectura, un mínimo de ética y capacidad de síntesis.
Al final, solo se puede concluir que Dios no es bueno, ni malo. Simplemente es idiota. Un tonto del culo con suerte.
Inventado a imagen y semejanza de los que también hoy día, ocupan cargos de poder en cualquier lugar del planeta.
Porque lo hacen todo como pueden (mal) e intentan (y lo consiguen con muchos) convencer de que en lugar de estúpidos, aman a su pueblo. Y que se sacrifican de mierda así de generosamente.
Es más de lo mismo; pero no tengo otra cosa que hacer.

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Dicen que cruzarse con un gato negro da mala suerte.
Pues mi inquietud por este gato, porque haberse cruzado conmigo y andar tan cerca de las vías del tren le augura un destino negro como su pelaje o mi alma (si tengo).
La gente muere y los gatos también.
Que no pare la fiesta.

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Hay una vieja y buena película con un fascinante título: Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto.
Y he pensado como se vería el café, el último. El que no llegaré a tomar.
Y ser el protagonista de una película en la que el café se enfriará solo, triste y sin cumplir su misión en su ardiente y corta vida.
Y como quiero ser ingenioso yo también, lo he titulado: Cómo tomarse un café si ya estás muerto. RIP.
Y ya.
Bye…

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Es mentira, no es el kilómetro 5,5. Es el puto kilómetro 3 millones.
Parezco el Iconoclasta Errante.
Si fuera el Judío, al menos tendría diamantes.

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«NO FUMARÁS».
Y una mierda.

Buenos días

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Y es inevitable que piense, que cuando mi cuerpo se quede vacío e inservible; si será digno de posterizarse como una lata Campbell’s de Warhol.
No será digno, porque la muerte lo marchita todo. No existen coloridos cadáveres.
Siempre es bueno saber cómo no seré al estar muerto.
Y sinceramente, aunque me maquillaran bien, la lata de refresco es mucho más decorativa y vanguardista.

 

La fuerza de la belleza

Se abren explotando de color y vida cuando el invierno se muere. Y apenas entra la primavera se marchitan.
Qué valientes las pequeñas flores que no lloran por una corta vida.
Qué fuerte es la belleza que revienta de matices cromáticos y táctiles; y se extingue sin un gemido. Como si morir tras nacer no fuera triste, no doliera.
Y observo mi reflejo en la luna de un coche y concluyo que los seres feos y tullidos vivimos demasiado tiempo con nuestra condena. Con nuestro castigo por nada.
Tal vez existo para que las cosas bellas tengan importancia a través de mi podredumbre.
Bueno, no puedo hacer nada por remediarlo. Es tarde para ello si alguna vez fue posible.
Enciendo un cigarrillo y me despido de ellas: Hermosa vida, pequeñas. Lo hacéis bien.

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Pienso demasiadas veces que soy un cementerio ambulante. Acumulo los cadáveres de los sueños y deseos rotos.
Muertos…
Hay muchos cadáveres en mi piel, en la carne; como quistes.
Y apestan los muy pútridos.
Apesta la vida de una forma insoportable en algunos momentos, en demasiados.
Debería arrancarme la piel para librarme de esa necrosis de la ilusión; pero no es posible sin morir.
Por lo tanto es mejor morir sin dolor que practicar curas tortuosas, que al final me van a matar igual aportando además, dolor a la fetidez de los cadáveres.
Hasta los objetos de escritura se atascan por tanto cadáver. Y la tinta fluye en convulsos borbotones como lo haría el semen del ahorcado.
Si eso pienso de mí, será fácil entender que afirme que este planeta esté habitado por zombis anímicos.
De cualquier forma, la sonrisa de una calavera cadáver es el sarcasmo al que me aferro para salvar la fetidez nuestra de cada día.