
¡Vanidad, vanidad!
¡Blanca vanidaaaad…!
Precioso…
Es que me gusta celebrar cosas buenas de verdad: Moi.

¡Vanidad, vanidad!
¡Blanca vanidaaaad…!
Precioso…
Es que me gusta celebrar cosas buenas de verdad: Moi.
Te despiertas, vas a la ventana rascándote el culo y ves nieve. Dices: ¡Guau! Y piensas en no salir a pasear, es demasiado pronto para el romanticismo climatológico.

La bici porque caminar duele. Demasiado.
La libreta y el bolígrafo para anotar todas las obscenidades, blasfemias e instintos primarios que me poseen en libertad. Para mejorar el universo, corregir los errores que han cometido otros (dioses incluidos).
La navaja como puerta de emergencia en caso de hartazgo o cortar el dolor, para grabar mi nombre en los árboles, cortar ramas que me han herido los ojos o simplemente, admirar el doloroso filo de la vida y posar mis labios en él. Es regalo de mi hijo y como amuleto mágico contrarresta lo sórdido peligrosamente.
La brújula para asegurarme de que no vuelvo sobre mis pasos y no perder el rumbo del deseo. Para huir en línea recta cuando la navaja no es suficiente.
La mochila es el continente de la oficina y bolsa forense de sueños muertos a los que busco un lugar bonito para enterrar. He llegado a la conclusión que nací para sepulturero.
El banco me sostiene y el camino me mata suavemente.

Me observa resoplar desde el borde de la cama. Hago abdominales y su mirada me distrae y pierdo la cuenta de las repeticiones que llevo.
No importa, los músculos están dolorosamente contraídos. Le pregunto si le parece bien que descanse. Responde que no le importa. Dice que por mucho que me observa no encuentra mi humanidad, que soy bestia.
Estoy de acuerdo, aún así, me lavaría sangre y venas para borrar cualquier rastro de hombre.
Comienzo una serie de flexiones y él sigue buscando en mí.
Es un buen silencio el de esta caverna.

Hay quien da un significado especial, alegórico a los puentes.
Depende del grado de sensibilidad poética que se padezca en el momento en el que lo cruza o lo observa.
O si está sano o a punto de morir. Es joven o viejo…
Los puentes sirven para no mojarse los pies o atajar un paso alto entre montañas.
Por lo demás, eso tan repetido de que un puente es símbolo de acercamiento, es otra hipocresía más. Una espantosa ñoñería.
Porque en grandes extensiones de tierra, en el que todos están cerca, es decir, no separados por una altura o un río; el único acercamiento que ha habido durante siglos es para la guerra, dominación, saqueo y captura de esclavos.
¿Me van a decir que por cruzar un puente se cura la envidia y la idiocia de la chusma?
No jodas…

Así se extendería mi alma al morir, si tuviera.
Como un riachuelo helado en la montaña.
Moriré con frialdad, con el mismo hielo que sentí por la humanidad. Con esa gelidez que me hace sentir bien en la cálida soledad.
Una eyaculación helada y estéril, secreta.
Oculta y anónima.
Un legado efímero.

Hay una pregunta siempre en el aire por parte de las instituciones: ¿Qué haces, qué aportas a la sociedad?
Es una pregunta estúpida, burda, tramposa, capciosa, oportunista, anal…
La única pregunta posible es: ¿Qué hace la sociedad por mí a cambio del dinero que me roba por respirar?
Menos dar por culo con el cuento de la conciencia social, porque la sociedad, al fin y al cabo es un rebaño de borregos cuyos pastores son un cártel de ladrones.
Y yo tengo que soportar a unos y a otros.
Por la sociedad no puedo hacer nada; pero si pudiera (y de una forma harto improbable, lo quisiera), no le gustaría a ninguno de esos dos bandos: a los borregos y los ladrones o gobierno.
Cuando hagan algo por mí, cuando el dinero que me han robado a lo largo de la vida me dé algo de fruto, tal vez no les tenga tanto odio, tanto asco.
Y aún así…
Es que el rencor me hace más macho.
Puedo vivir odiándolos a todos, no me molesta demasiado.

¿Quién necesita navidades o reyes cuando está donde quiere, donde debe?
Las tradiciones y supersticiones son parches para paliar las frustraciones.
La vergüenza callada de no estar en el lugar deseado. En el tiempo propicio.
La vergüenza de la total ausencia de libertad.
Las celebraciones son las falsas y tristes alegrías de esclavos y fracasados.
La galleta, el premio por soportar la diaria mediocridad.
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