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Hola, cielo.
Te escribo una carta que nunca llegará. Hasta que te entregue en mano las cientos que te he escrito. Porque escribirte me acerca a ti, eres mi misión.
Tenemos unos asuntos pendientes urgentes de resolver.
Hay una cantidad preocupante de abrazos y besos suspendidos en el aire, congelados por imposibilidades que no vale la pena enumerar y porque la bendita muerte no nos despeja el camino que invaden tantos seres humanos que injustamente respiran, deambulan y ocupan espacio.
Así que en cuanto hayan muerto los que deben y los cimientos de esta sociedad se desintegren por su propia degeneración; estaremos juntos para poner en marcha el asunto de los besos y abrazos suspendidos.
Y en cuanto haya llorado lo suficiente ante ti y sobre tu piel (el tiempo ha sido demencialmente inmóvil, cielo) tendremos el más desesperado y sucio sexo.
Y eso no es todo.
Queda lo más precioso…
Culminaremos nuestros asuntos pendientes con unas silenciosas tazas de café al amanecer, dejando que el alma y el pensamiento tan comprimidos durante estos milenios sin ti, se expandan a nuestro alrededor con ese sosiego que nos hemos ganado a pulso.
No te engaño. La cuestión del sexo no se resolverá de una sola vez en una noche.
No es por alardear, cielo. Es que tengo un hambre ancestral de ti.
De hecho, tengo cierto temor a que me digas después del primer asalto: ¿Y para esto tanto follón?
Que mi sonrisa llegue a ti, amor.
No recuerdo ya los días en los que no era consciente de tu existencia. Lo ocupas todo en mi memoria, como si no hubiera sido niño jamás.
No te amo, es solo sexo.
¡Ja! ¿A que soy borde?
Con todo mi amor, cielo.
Resolveremos esos asuntos pendientes de una vez por todas.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.