Posts etiquetados ‘Citas’

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Así es el invierno entre altas montañas: caótico.
Niebla y humo arrastrándose entre los árboles, levantando aromas viejos como la tierra.
El cobijo de una chimenea, el vapor del manto de pequeñas y anónimas muertes extendiéndose en bajo, para de una forma irónica dar más vida.
Y siento querer ser humo.
¿Quién necesita adorar a dioses cuando la vida misma es enigma y un hermoso caos que parece robar un latido al corazón ante su espectacular visión?
Insisto… Ser humo y filtrarme fantasmal entre tus labios, arrastrarme cálido por tus piernas y penetrarte caóticamente del coño hasta el alma…
Ser caos por tu piel difuminando tus pechos y tus manos.
Dejar de ser dentro de ti. Como un no parir.
Un dulce morir.
No sé qué…
Siento la nostalgia oprimir mis pulmones.
No importa, soy humo, soy niebla, no tengo pulmones.

 

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«Todo ocurre por alguna razón».
Vaya… Así que es eso: su alma y su coño…
Díselo a mi pene, que se encabrita cuando la ve, con solo leer sus palabras, con sentir su voz saliendo por sus cuatro labios dioses.
Joder, si no me lo llegas a decir, mi vida hubiera sido una mierda.
Menudo descanso, genio. Me has tranquilizado.
Y ahora pasa por la casilla de salida del monopoly que te van a dar unos billetes falsos, que te los has ganado, figura.

 

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Joder… Prácticamente en este rincón y por el puentecito, solo falta Caperucita Roja saltando alegremente con florecillas en sus blancas manos.
Si algo semejante ocurriera, espero que haga mover unas grandes tetas sin sostén. Y que su vestidito sea tan corto que deje ver su tanga bien encajado en el culo.
Siempre debo llegar a un lugar y reparar errores de diseño y decoración que pueden conducir a la diabetes.
Coño… Me ha excitado imaginar a esa Caperucita en este idílico rincón.
Soy tan ingenuo y cándido…

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En Telegramas de Iconoclasta.

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Mientras ella moría un día, y otro, y otro, y otro…
Yo vivía ajeno a su muerte.
A menudo pensaba en ella viva, respirando.
Y cuando he sabido de su muerte, se me ha venido encima toda esta tristeza y angustioso desconcierto por cada uno de los días que la he mantenido respirando, cuando debería haberla llorado.
Sin pretenderlo, cada día que ha pasado la he resucitado y ha vuelto a morir…
Pobre… Pobrecita…
No es un error mío.
El error está en saber, en conocer. El mundo brillaba más hace unas horas, antes de que muriera.
No quería saber nada más, tengo bastante sabiduría y conocimientos.
Mi ignorancia me protege del dolor.
Me gustaba ella sonriendo.
Hay una angustiosa tristeza porque de repente, todos esos años que la imaginé viva, son de muerte.
Una repentina riada de dolor que arrasa cualquier asomo de alegría.
Mi dolor por ti, amiga.
He muerto un poco contigo.
He llegado tarde a tu partida. Años tarde.
Y pago intereses de demora con una congoja que me atenaza la garganta.
Sin saberlo he burlado a la muerte, te he mantenido viva.
Viva y bella estos años.
Y ha valido la pena, aunque ahora tenga que pagar la usura de la muerte.
Hasta nunca jamás, mi amiga.
(A una hermosa amiga, que murió hace más de seis años, hace unas horas nada más en mi universo.)

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La más grande y pura manifestación de la libertad es el suicidio.
Igual de satisfactoria si la realiza un ajeno que no nos es simpático.
Lo malo es que es un ejercicio de libertad muy breve, dura solo unos segundos desde el momento en el que se inicia.
Bueno… Dicen que lo breve, si bueno, dos veces bueno. (Y una mierda).

 

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– Piénsalo bien: a quién quieres más ¿a papá o a mamá?
– Seamos prácticos: mamá ya no es reproductora.
El cadáver de mamá arde en una pira formada por docenas de cadáveres.
Papá abraza agradecido a su hijo.

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La razón se perdió entre fibras y músculos que desean contraerse, expandirse y poner en jaque el sistema vascular con algo de liberadora ira.
La razón se cansa y el músculo toma el mando. La cabeza es meramente funcional entonces, un borrón de lo que a veces soy.
Y está bien no reconocerse, es sosiego y descargo.

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En Telegramas de Iconoclasta.

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– El horizonte es espectacular. ¡Por fin! ¡He ganado!
– ¿El qué?
– Tienes razón…
– No se gana lo que es tuyo, simplemente recuperas lo que te robaron.
La libertad y por tanto el tiempo, eran tuyos de nacimiento, no confundas.
No es cosa de alegrarse, no es digno. Contente.
Ha de haber rencor por la libertad robada. Ira.
Y si pudieras devolver el mal que se te ha hecho, tu erección será eterna y Dios te la chupará por lo chingón que eres.
– Vaya… No me lo pones fácil. Mejor le pago veinte euros a la Montse por una mamada. No importa que no sea divina. Porque hay tantos que matar, que purgar… No creo llegar a tiempo para que nos la chupe Dios.
– Es igual, nos basta con ser excepcionales.
– ¿Quién paga la mamada? ¿Yo o yo?
– Yo.
– Genial. Estamos bien provistos de incongruencia.
– Somos múltiples. Es divertido.
– ¿Aún conservará aquel diente roto la Montse?
– Seguro que sí.
– Es que rasca.
– Ya…