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Paseando por la Cataluña rural y profunda este primer domingo de julio, he encontrado un lugar en el que se celebraba no sé qué cojones y había la hostia puta de mucha gente.
Ya estoy acostumbrado a las desdichas de ser esclavo, salir poco de viaje y si sales, que lo encuentres todo podrido de tanta chusma.
A veces, desearía volver rápidamente a mi tranquilo departamento de control de calidad en la fábrica de condones cuando veo estas aglomeraciones de pobres; pero sonrientes.
Cientos de tiendas de campaña y rostros legañosos a las 11 de la mañana moviéndose en grupos de cuatro o cinco cabezas hacia los meaderos y aseos comunitarios.
Yo no podría. Cagar requiere cierta intimidad.
Y por otra parte no estoy interesado en ver como defeca otro ser humano, aunque tenga las mejores tetas del mundo y el coño más terso y lustroso.
De todos es conocida esa paranoia sexual o parafilia: la escatología, el “arte” de follar y cagarse encima del follado o embadurnarse la mierda por el cuerpo.
Mi cerebro no está podrido como el de esos fetichistas escatos y meones.
Aunque si la puta que pago bebe cosas sanas y no tiene infección en las vías urinarias, no me importa verla mear de pie sobre el colchón a tres o cuatro metros de distancia y masturbarme elegantemente ante ella para que se sienta mujer de verdad.
Lo del mear está bien si no me salpica. Al fin y al cabo, Dios se mea en el Papa, éste en sus secuaces y éstos en forma de bautismo en los crédulos.
Sinceramente, a mí no me mea ni Dios.
Tengo mis gustos, no soy un santo (lo digo con orgullo). Una fusta, un consolador rudo y un trapo negro para los ojos, son complementos muy apreciados en el cuarto de follar. Junto a una navaja muy afilada.
Hace tiempo, a mi santa (no solo follo con putas) le corté suavemente la piel del muslo con una navaja de afeitar, muy cerca del coño (cuando se lo lamía) y se me corrió como pocas guarras he visto. Es mi mujer y la amo por estas cosas obscenas y porque limpia la casa y cocina bien.
Siempre es más higiénica la sangre que la mierda o los meados.
Me gusta a veces jugar duro y dejar las mariconadas como Sombras y Greys para las amas de casa mal folladas, esas que desean encontrarse con un hombre como yo de una vez por todas.
Seguiré paseando a ver si acaba ya el puto domingo.

 

ic666 firma
Iconoclasta

 

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Sexo en el Sistema Solar

Sexo en el Sistema Solar, el Probador de Condones y su odisea espacio sexual. En Issuu.

17:52 de un apestoso día como otro cualquiera en una plaza comercial, en la fila de caja de una hamburguesería de esas que regala mierda con cada cajita gozosa para los niños. Y algún descerebrado de más de veinte años que también las compra, claro.
Estoy de vacaciones y cuando mi mujer trabaja, si no me la follo me aburro, así que salgo para distraerme y ver mundo.
Tengo ocho personas u objetos animados delante de mí para hacer su pedido.
Enseguida, mirando sus caras y sus ademanes, me doy cuenta de que los seis primeros y una tía buena con blusa transparente, van juntos. La tía buena resalta entre ellos una barbaridad, viendo quien es su novio, imagino que debe tener algún daño cerebral, pobre chica. O tal vez sea una furcia muy necesitada. Me inclino por su daño cerebral, porque su novio no tiene cara de poder pagar ni una mamada en el dedo índice de su dedo izquierdo. Es de mediana estatura, buenas tetas y un sostén que no es un Victoria Secrets, pero le queda bien, me gusta que transparenten su ropa interior, me ayuda a follar y masturbarme. Su piel es bastante blanca.¬
Le daré mi tarjeta de visita para follármela en la fábrica de condones, luego, cuando los otros se estén cebando con lo que encarguen. La voy a volver lista abriéndole el cerebro a otras dimensiones a través del culo con la nueva gama de condones Hard Culinos from The Hell.
Los otros son una sarta de super bronceados de nacimiento, de ese tipo que crees que son sucios sin fecha de caducidad. Es curioso lo lejos que llegaron los gitanos para follar, seguro que mucho antes que Colón el maricón. Hay dos niños de unos 10 y 12 años, una niña de 14, el novio de la retrasada mental buenísima, que tiene pelo-casco de moco de gorila y negro como el tizón. Otro muy parecido al novio, que debería llevar esponjas en los incisivos para no rayar el suelo. Mismo pelo, pero en forma de cuña, que a esta raza les mola mucho y no sé porque. Al final ni parecen mohicanos, ni soldados de fuerzas especiales. Tal vez se parezcan un poco a los dibujos de ánime, que imagino que a falta de cultura y dinero para ver otras cosas de más calidad, se han puesto hasta el culo en la infancia de ver teleseries de esos dibujos japos; cosa que deja huella quieras que no, en esos cerebros tan lisos y moldeables que hay bajo todo esos kilos de fijador a granel.
Y completa el circo una vieja de aproximadamente unos 60 años que parece tener 90. Es como un títere que solo se mueve cuando el resto de la tribu la estimula con un grito que solo ellos son capaces de entender.
La niña lleva unas plataformas en los pies de mujer de cuarenta, los niños y hombres, todos calzan zapatos muy elegantes, negros, desgastados hasta ver el forro sintético presionado por sus indudablemente largas uñas y con unas punteras que te hace pensar en las babuchas de Aladino. Deben pertenecer a una raza que se denomina Nacos. Lo he oído alguna vez.
Con dificultad, y algunos babeando, piden sus refrescos, patatas fritas y algún café; pero nada de carne, no creo que sean vegetarianos, simplemente son pobres, eso sí, con mucha gomina.
Gente humilde… Bueno, sin eufemismos, son más míseros que las ratas.
Con los pobres hay que tener mucha paciencia porque sus cerebros son tan lentos, que uno solo requiere la ayuda de otros tres de su clan para elegir el puto refresco pequeño de mierda que va a elegir.
Y si el cajero realiza alguna pregunta estúpida como: ¿azúcar o sacarina para el café?, los seis (la tía buena retrasada se ha retirado de la fi¬la porque no quiere nada, seguramente su novio ya la ha hartado de leche en la choza de cubículos con catres separados por viejas lonas de propaganda de partidos políticos), clavan sus ojos negros de gruesas cejas en el rostro del cajero, se hace un silencio intenso en el local, de sus labios abiertos se deslizan unos hilitos de babas, que dulcemente se convierten en gota para caer en las largas punteras de sus calzados.
Cuando todos los clientes pensamos que nadie será capaz de responder, dice el de los dientes de morsa algo así: “ucar pché jero, … pta mdres”. Y el cajero de alguna forma lo entiende y sonríe como un idiota. Todos respiramos aliviados tras acabar el tenso suspenso que ha provocado el cajero con su estúpida e imprudente pregunta.
Y no es por echarle más mierda a la mierda, pero son pobres por alguna cuestión genética, y cuanto más pobres, más lerdos. No es racismo, es simple biología aplicada.
Por si no hubiera habido suficiente espera, para esos lerdos endogámicos de ambiente marcadamente rural, llega la hora de pagar. Por seis productos han conseguido pagar menos de 75 pesos (si es que saben montarse unas fiestas con tan poco dinero…). Cuando el cajero les repite tres veces la suma, todos miran a la vieja de pelo cano, sucio muy sucio. Y con una cola que parece una brocha de pintor roída por el perro juguetón que siempre tienen en los tejados de sus casas todos los habitantes. La vieja no se entera, se debe pensar que le miran sus tetas, cuyos pezones llegan hasta las rodillas y apuntan con una perfecta verticalidad al suelo. Y sonríe mostrando su único incisivo feliz ella. Es pobre…
Es entonces cuando uno de los niños le da unos golpes en el codo diciendo “ela, ela”. La vieja se sobresalta y con una lentitud perfecta, en la que da tiempo de calcular los ángulos de sus brazos por cada movimiento y hacer el pronóstico del tiempo con cuatro días de antelación, saca del bolsillo de su bata de casa color azul cielo, un monedero pequeñísimo, tan pequeño que nadie pensaría que pudiera llevar más que algún par de bacterias dentro.
Pues aunque nadie lo crea, consigue sacar un montón de putas monedas de un centavo y dos, que tarda en contar como si fueran quince millones. El café ya no humea en el mostrador, se ha enfriado hace un par de horas ya. Cuando se las da al cajero que le llegan en una cadena humana de seis bronceados, en la fila de al lado ya han atendido a diez clientes.
Ya solo queda delante de mí un chico bajito, de hombros caídos, cabeza hacia adelante, gruesos brazos con vello pelirrojo y cuello de toro. Es un síndrome de Down, un mongol. Así que respiro hondo para acopiar paciencia.
Está más nervioso que un desdentado queriendo partir un garbanzo frito. Apenas ha comenzado o “principiado” a retirarse la comitiva de aldeanos endogámicos con sus míseras consumiciones, el mongol se acerca rápidamente a la caja empujando a la vieja sin disimulo alguno.
Como estos individuos son dados a gangosear, le pide algo al cajero que nadie entendemos. El chico se gira hacia mí y con la mirada me pregunta si el pinche cajero es imbécil o qué. No le digo nada, solo veo con fascinación e incomodidad sus ojos bizcos que parecen mirar a alguien muy lejano tras de mí.
Se gira de nuevo hacia el cajero y le señala con insistencia lo que quiere en el tablón de productos, al tiempo que le deja un billete en el mostrador y dice algo así como “pinche puto caguego”.
Tiempo de elegir tres refrescos, dos de patatas fritas y un café para los aldeanos: quince minutos.
Tiempo de elegir el menú deseado por el mongol: 3, 3 segundos, con pago incluido.
Cuando me acerco por fin a la caja, el mongol ya está sentándose en una mesa a la que ha llegado sorteando a los seis humildes que aún están decidiendo en que mesa amontonarse y embrutecerse. Por lo visto, no les ha gustado que el mongol les ganara la mesa y dicen cosas esotéricas entre ellos mirando al chico con rencor.
La tía buena se acerca a ellos acomodando ostentosamente y sin demasiada elegancia, sus grandes tetas en las copas del sostén.
El cajero me pregunta que deseo e interrumpo con un sobresalto el profundo repaso que le estoy dando a la Blancanieves que va con los cinco enanitos y la abuela con muerte cerebral.
“Un paquete de Marlboro rojo” le pido.
Me mira como si le hubiera enseñado mi enorme polla, casi ofendido.
“Aquí no se vende tabaco ni productos relacionados”, me contesta.
Yo ya lo sabía, claro, pero es que cuando en el cine no dan una buena película, puedes ponerte en la fila de cualquier hamburguesería elegida al azar, con la total seguridad de que vas a pasar un buen rato distraído.
Cuando salgo por la puerta, me encuentro a la chica buena del grupo de rurales endogámicos fumándose un cigarro frente a la entrada.
“Estás buenísima, ¿te puedo dar una tarjeta de mi empresa para conseguir trabajo en mi departamento? Allí te explicarán en qué consiste.
“Sale”, me responde mascando chiclé.
Me acompaña el parking subterráneo sin avisar a su tribu. Cuando abro la puerta de mi coche, se me caen dos monedas de veinte centavos y las toma rápidamente. Como poseída, me empuja y me quedo sentado frente a ella en el asiento. Me desabrocha el pantalón, me saca la polla con habilidad y se la mete en la boca. Me encanta como la chupa, en calidad y velocidad. Cuando me corro, se traga todo el semen sin dejar caer ni una gota, no me ha ensuciado nada. Es hábil la hija de puta.
Tras eructar, me pregunta si me ha gustado.
Yo respondo que ha estado genial y con una sonrisa que la convierte en idiota, me dice: “Ayer cumplí 14”.
Por toda respuesta, en lugar de darle una tarjeta de mi empresa, le doy cinco pesos que hay en el cenicero y se larga contenta con las rodillas sucias y las punteras de sus zapatos de fino tacón arañadas.
Arranco el coche y me voy a buscar a mi mujer que ya me estará esperando a la puerta de su trabajo. A ver si me la follo rápido, que la putita me ha puesto caliente.
Siempre tengo razón: hay cosas mejores que una mala película para pasar el tiempo.
Siempre abundante: El Probador de Condones.

Iconoclasta

Yo no viajo; pero ellas vienen a mí en peregrinación desde muchos países. Soy como la Virgen de Lourdes; pero con polla.

Es el precio de la fama de un probador de condones.

Y os digo una cosa: si queréis una buena mamada explosiva, rápida y con verdaderas ganas, viajad.

Las provincianas nativas del país que visitéis (siempre y cuando vuestra piel tenga un tono más claro que el del resto de aborígenes del país), os la comerán como nunca antes habíais conocido.

Nada parecido a la de vuestras putas habituales o santas (esposas), que las hacen largas, desganadas, con la boca seca y un chicle entre las muelas y las mejillas.

Las mamadas de las provincianas o palurdas que visitáis, son de una potencia y rapidez que jamás hayáis conocido. Y sin romance previo ni pérdida de tiempo que es lo bueno. Esas mamadas ni siquiera se piden, te las regalan hasta que se te arruga el pijo. Y pasas de una boca a otra con una facilidad que luego, pasada la euforia, es repugnante.

Y piensas con asco en que no deberías haberles besado la boca.

Las hay que pagarán para haceros esa potente mamada, solo es cuestión de que no os dé el sol durante unos días antes de viajar.

Recordad, nadie es profeta en su tierra y siempre es un orgullo llevarse las orejas y el rabo del cornudo de su palurdo marido a vuestro país de residencia como souvenir.

Yo sí soy profeta, pero soy un caso singular.

Siempre abundante: El Probador de Condones.

Iconoclasta

El amor es un sentimiento que nace directamente en los cojones, es mi máxima; así lo he asentado en los anales (me refiero a mi cronología vital y no a un álbum de fotos de culos peludos) de mi historia. Además, no es: “Pienso luego existo”, que dijo alguien relacionado con las apuestas de juegos de cartas; sino: “Follo luego existo y las mujeres me insultan ante los orgasmos que las deja inconscientes y no soplándose las uñas como cuando sus maridos las follan” (me gustaría ser más breve, pero no quiero arriesgarme en perder matices).

Soy bueno en lo mío, odio la humildad de Iesus Calzones Crucificadus Cristus Resurrectus Redentorius (sé latín).

El amor está sobrevalorado. Si tuviera que desarrollar amor por todas las tías que me tiro, sería el segundo Mesías con un carisma más lúdico y menos trágico. Pero si no me pagan, no me follo a ninguna guarra aparte de a mi mujer (salvo cuando he de ir a algún prostíbulo por razones socio laborales).

El estar casados se trata sobre todo de una comodidad, por ejemplo: mi santa no me ama con una pasión efervescente; pero tiene una vida económica y doméstica tranquila.

Yo también la amo, aunque más objetiva y reflexivamente. El matrimonio es una institución creada para eso: para la tranquilidad de los follantes y tener la casa limpia gracias a una mujer que se ama y su capacidad de trabajar, limpiar y educar a los hijos.

Los antiguos judíos del Antiguo Testamento (aquellos pichas inquietas que en cuanto se despistaba Dios, se hacían vellocinos de oro), tenían sus propias putas aparte de su mujer y no pasaba nada. Incluso tenían el beneplácito de su dios Yahveh (el dios celoso). Las esposas se reunían felices para hacer los panes ázimos para las pascuas y daban gracias al dios porque sus apestosos y barbudos maridos se mearan en sus putas (concubinas, según la biblia) y las dejaran a ellas tranquilas.

No es mi caso, porque yo no tengo concubinas. Mi trabajo es probar los condones que fabrica la empresa para la que trabajo y son simples coños unidos a mis compañeras de trabajo que se prestan voluntarias para estas pruebas.

Así que lo de las concubinas es complicarse la vida, porque salen muy caras y me gusta dormir siempre en mi colchón.

Y soy muy cuidadoso con mi esposa, cuido mi matrimonio: cuando acaba la limpieza tras su jornada de trabajo y ha preparado la cena, la regalo con mis penetraciones y eyaculaciones y ella se olvida de todas esos coños que penetro una y otra y otra y otra y otra y otra y otra vez.

Me gusta que me digan: “cabrón como haces que me corra”, “odio a la puta de tu mujer porque te tiene siempre”, “me estás matando de gusto, hijo de puta” y otras lindezas; pero mi santa me da un polvo tranquilo y sin sobresaltos, incluso cuando la sodomizo.

Simplemente se relaja y disfruta, aunque a veces me hace daño en los cojones cuando al chupármela, en lugar de acariciarlos, me los estruja (¿habrá algún rencor escondido en su pequeña mente de esposa?). Aunque creo que eso es una deformación de tanto fregar platos.

Todo esto viene a cuento porque la hebrea Jefsí Baj (Jefsí Baj, para sus amantes), la mujer del encargado de la sección de lubricación, se prestó voluntaria a la prueba del condón modelo Castigador que se hace con una costura para acabar con una cruz invertida ya muy cerca del depósito de semen. La costura tiene forma de rosario para irrigar mejor clítoris y bálano. Ha sido diseñado para cubrir las necesidades de los fetichistas blasfemos, que cada día son más debido a la crisis y a que las putas cada vez son más feas porque hasta las abuelas se tienen que prostituir para poder llegar a fin de mes.

“México hes defierente y calientito. Y una buena mamada hace bonito y una enculada una gozada” dice el eslogan institucional del Peña.

El Castigador también tiene mucho éxito entre los homos y las tortis que le dan duro al que te pego.

En fin, que cuando la judía vio que el condón era tan exótico y una compañera le contó las medidas de mi pene y mi excelencia en el trabajo; díjole a su marido que le importaba una mierda si le gustaba o no; pero ella se iba a meter en mi sala para colaborar en el test de control de calidad de esa interesante muestra de ingeniería del látex.

Se presentó con la biblia bajo el brazo y con una pequeña jaula donde llevaba el hámster de su hijo, ya que según los antiguos judíos, si una mujer se corre o tiene la regla, se queda impura durante unas horas. Así que el hámster era un sacrificio para ser degollado en el momento de su redención (tras sus orgasmos) y la biblia era para apoyar la cabeza en la mesa de penetraciones. El cojín es demasiado blando para su religión, ya que las mujeres judías han de sentirse maltratadas en todo momento.

— ¡Shalom, Iconoclasta!

—Hola Jefsí. ¿Quieres un café?

Es una mujer de pequeña estatura, media melena rizada, delgada y con unas tetas bastante discretas, es guapa y de tez morena. En definitiva está bien, y sus maneras un tanto serias son casi graciosas.

Dejó la caja de cartón con el hámster encima de mi mesa de oficina y tras servirse de la jarra un vaso de café se sentó a mi lado.

— ¿De cuántas pruebas consta el test de calidad de este modelo? —preguntó con seriedad tras sorber café.

—Siete coitos, mamada y tres sodomizaciones.

Se encendió un cigarro mirando directamente a mi paquete genital.

Al observar entre sus piernas abiertas, me llamó la atención un tanga bastante grueso; pero tras unos segundos más de examinar descaradamente su entrepierna, supe que era una abundante mata de vello rizado que le llegaba hasta casi el ombligo.

Yo no lamo todo ese pelo, me da asco.

—Qué peluda eres, me gusta. Hacía tiempo que no veía semejante felpudo —mentí.

—Los hombres judíos se dejan crecer la barba y las mujeres el pelo del coño y de los sobacos.

Automáticamente mis ojos se dirigieron a sus axilas, ella alzó un brazo y casi cae sobre su teta izquierda una melena de pelo.

Me fijé en su rostro por si tenía bigote o una verruga con pelos que me hubiera pasado desapercibida; pero estaba limpia.

—Tu marido no parece judío ni lleva barba.

—Claro que no, del judío me divorcié, Joaquín es mi pareja, estamos en situación de abominación a los ojos de dios; pero me da igual. Y además, le gusta mucho toda esta pelambrera. A veces solo poso ante él y se masturba mirándome.

Yo no necesitaba saber eso, o sea, me importa lo mismo que la renta per cápita de Suazilandia.

En ese momento se abrió la puerta, era Joaquín, su pareja.

—Buenos días, Iconoclasta —me saludó un poco tenso—. Jef ¿quieres venir a desayunar?

—No creo que pueda, es hora ya de empezar el control —respondí señalando a Pedrito, el chico mongol del reparto interno, que venía cargado con una caja para mí.

—Buenoz díags —saludó Pedrito mirando fijamente entre las piernas Jefsí y soltando un hilillo de baba— ¿Eze pedo es tuyo o ez un tanga? (¿ese pelo es tuyo o es un tanga? en castellano, en el original).

Las aletas de la nariz de Joaquín se dilataron como las de un toro, y un encendido rubor acudió a sus regordetas mejillas.

—Anda idiota, vete a la mierda —le respondió Jefsí al retrasado con aburrimiento tras darle una calada al cigarrillo—. Joaquín, ya ves que no puedo, en cuanto acabe te envío un sms.

El hombre masculló un saludo y salió de Mi departamento.

Una vez, quiso participar en la prueba de control de calidad de condones infantiles (de venta para pederastas), pero se le caían y no pudo participar en el control. Estábamos con él yo y Ahmed y bromeamos por el tamaño de su picha y aún está enfadado a pesar de que eso ocurrió hace ya seis días. Es rencoroso.

— ¿Vas a dejar el paquete en la mesa o quieres pelártela delante de Jefsí? —le pregunté a Pedrito ya cansado de verlo babear allí quieto.

Se rió como si tosiera, dejó el paquete y se tiró un pedo antes de salir.

Yo tengo una buena conciencia humanitaria y respeto a todo tipo de idiotas; pero te acostumbras a tratarlos mal de una forma natural y extemporánea.

Tomé el cúter y abrí la caja y le mostré a Jefsí el lote de control que íbamos a analizar.

Le hice espacio en la mesa, colocó las piernas en los soportes altos y se ofreció a mí como una Salomé apetecible.

Se sacó el suéter y se acarició los pezones tranquilamente mientras miraba como yo me bajaba los pantalones y me daba unas friegas con aceite aromático en la polla.

— ¿No es muy grande? —dijo un poco cohibida.

—Qué va… Tu vagina sí que es grande, estoy seguro. Tanto pelo ahí es para ocultar una enorme cueva.

Me miró como si estuviera cansada de escuchar estupideces. Me gusta que me traten mal a veces, para variar.

Abrí un cajón de mi mesa y saqué un espéculo con bolígrafo, linterna led, puntero láser y navaja que vende el chino de mi casa.

—Tienes mucho pelo y no veo el agujero, solo te voy a abrir la vagina un poco para que se humedezca el pelo alrededor y marque la diana.

Nadie necesita marcar el agujero del coño; pero soy imaginativo y me gusta el juego sexual aunque sea en el trabajo, ya que rompe la monotonía y la incomodidad inicial que hay en mí cuando un coño es tan peludo.

Ella tomó aire cuando me vio acercarme con el aparato; pero lo soltó enseguida en cuanto le puse el dedo en el clítoris con suavidad y se lo agité.

Mientras el masaje avanzaba, su vagina se fue humedeciendo y sin darse cuenta le metí el espéculo que entró sin esfuerzo. Los pelos que cubrían los labios mayores se apelmazaron y ofrecieron un hermoso contraste con su brillo húmedo rodeados de ese rizado pelo seco de su monte de Venus. Soy la hostia puta de sensible.

Gracias a la luz led de mi super espéculo, pude adivinar que fumaba mucho (sus pulmones estaban un poco oscuros) y tenía dos caries en los molares internos.

La judía ya estaba sudando y cuando la penetré lanzó un chillido agudo, se arqueó apoyando la coronilla en la biblia y su pelvis se elevó para que la penetrara más profunda y cómodamente.

El condón iba de puta madre, me excitaba ese rosario de cuentas de látex que rozaba contra las paredes de su vagina.

—Qué buen coño tienes, perra judía —le decía mientras mi semen ya inundaba los conductos seminales.

—Hijo de puta… No tienes huevos de partirme en dos con esa polla enorme ¿verdad? Vamos, cerdo, desgárrame.

Y me pareció escuchar la dulce voz de la niña del exorcista entre la casi inconsciencia de mi orgasmo.

Ni siquiera los constantes chillidos del hámster conseguían arrancarme de mi concentración, aunque deseé que adelantara el sacrificio. Prefería escuchar reguetón de mierda que follar con un hámster chillón a mi espalda.

Cuando acabamos las siete pruebas de penetraciones (a la tercera follada ya no me insultaba), todo su vello desde la vagina hasta el monte de Venus estaba empapado de mis babas, lubricante y restos de semen que caían de los condones usados.

Todos los condones dieron una integridad completa, ninguno se rasgó ni tenían fisuras.

Se levantó y con toallas de papel se secó el vello, se metió un buen puñado en la vagina para enjugarla y aceptó un cigarro que le ofrecí.

— ¿Y cómo será la prueba de la mamada? ¿Te vas a poner el condón en la lengua?

—La mamada me la vas a hacer tú.

—Es que me apetecía que me hicieras un buen cunillingus.

Joder con la judía pensé; pero es que no me apetecía comerme todos esos pelos judíos. Así que le dije:

—Mira, primero me la mamas, va a ser rápido. Y luego llamo a Ahmed, que es un moro que cobra una mierda porque es inferior a mí y que te coma el coño él que no es nada delicado para estas cosas.

Hizo un mohín de disgusto; pero enseguida sonrió me colocó el condón y me hizo la mamada. Si pensaba que me iba a correr enseguida, lo tenía crudo. Me senté bien cómodo en la silla de mi mesa, me encendí un cigarro y hasta que no la oí jadear y sudar copiosamente, no eyaculé.

El condón se rasgó por el tan largo roce con sus dientes y su lengua se inundó de mi delicioso esperma. Le dio gracias a Jehová por ello, estoy seguro.

Cuando Jefsí hacía gárgaras con mi cerveza, llamé a Ahmed por teléfono.

—Ahmed, ven a mi departamento, que hay un cunillingus por hacer y es la hora del almuerzo, mientras tú le comes el coño, yo me como una torta de milaneza con haguacate —el idioma mexicano también lo domino y le expliqué a continuación de quien se trataba.

—Pero ella es una perra infiel judía, mi religión no me permite tener ayuntamiento carnal con los hijos de David.

—Pues tiene una mata de pelo en el coño que es digna de rezarle a Alá.

— ¿En serio? Me gusta más el pelo en el coño que el cuscús. Allá en el desierto, cuando era pequeño y cuidaba las cabras me las fol…

—Oye, ven ya que es tarde y quiero acabar pronto —le atajé para que no me explicara sus aventuras con las cabras, la zoofilia si no es con elegantes caballos y retrasadas mentales con grandes tetas, no me acaba de convencer.

Apenas colgué el teléfono, ya abría la puerta. Lo miramos extrañados la Jef y yo.

—Es que estaba hablando desde el teléfono del pasillo, el que está al lado de tu puerta.

Jefsí se tiró encima de la mesa de pruebas abrió las piernas y no consiguió mostrar nada más que su felpudo, era demasiado espeso y se espatarrara o no, sus labios vaginales seguían siendo algo esotérico que solo se podían palpar y no mirar.

Ahmed no pidió permiso, se bajó el pantalón y como buen moro, no llevaba calzoncillos porque así les es más fácil cagar en cualquier lado.

Cuando se puso frente al coño de la hebrea con la boca abierta, ésta díjole:

— ¿No serás palestino, verdad? No quiero que me muerdas el coño por esa mamada de la Yihad.

Jefsí no es una mujer de trato cordial ni muy dada a la afabilidad, es directa y aguda como el filo de la navaja de afeitar.

Ahmed tomó un trozo de chorizo, seco que se encontraba en el cenicero y se lo comió, llevaba allí dos días y estaba cubierto de ceniza y colillas.

—Kiomo cierdo, il calufo. Mi güista el cerdo. Y lo como siempre que puedo. Y ahora voy a comer cerd… —cuando el moro se pone nervioso, su acento se acentúa valga la redundante redundancia.

—Date prisa que aún tenemos las pruebas anales —le atajé para que no acabara de insultar a la judía.

—Bueno, come lo que quieras y empieza ya con mi vagina, que estoy más caliente que palestino en la choza de su franja.

Ambos rieron y Ahmed se amorro a su coño.

Yo me acabé tranquilamente mi bocadillo, me bebí una cocacola y me fumé el cigarro. La hebrea se corrió cuatro veces y yo pensaba que iba a necesitar cuatro hámster para ofrecer a su dios para quitarse toda esa impureza acumulada.

Ahmed sudaba copiosamente y su boca parecía cansada, su erección era digna de fotografíar para mostrar en clase de biología a los niños de las escuelas.

Me pidió un cigarrillo sonriendo, entre sus dientes había multitud de pelos y mi comida ya en el estómago, subió peligrosamente a mi garganta.

— ¿Me dejas hacer la prueba anal?

—Te dejo la tercera, las dos primeras yo.

—Oye, eso lo he de decidir yo —respondió un tanto airada la Jefsí.

—Y una mierda, esto es mi santuario. Yo soy amo y señor y tú prácticamente eres una esclava que no tienes derecho a nada más que a poner el culo, gemir y callar —me impuse.

— ¡Calla, perra infiel! —le gritó Ahmed encolerizado.

—Cómo me ponéis de cachonda, hijos de puta —dijo acariciándose su invisible raja.

A mí me bajó toda la sangre a la polla y se me puso más dura que pata de cabra ante la judía tocándose.

Ahmed se acariciaba. Todo era silencio y respiraciones profundas y agitadas. La hostia puta de romántico.

Jefsí se bajó de la mesa, abrió las piernas y apoyó en el sobre las tetas, dejando así su ano accesible, o al menos eso imaginé porque tenía un bigote de pelo al estilo Hitler cubriendo el ojete, que no se si sería casualidad o una sátira a aquel alemán hijoputa.

Al verlo, Ahmed aceleró el ritmo de masturbación y se corrió sin control salpicando al hámster en su jaulita de canario. Se lamentó y dijo que se iba a dar una vuelta para ver si cuando yo acabara era capaz de encular a la judía en la última prueba.

Escupí en el bigote de Hitler y empujé con mi rabo recubierto del potente condón.

El bigote se metió dentro del ano arrastrado por mi glande, la judía levantó la cabeza con un gritito de dolor y unas perlitas de sangre se pegaron al resto de sus vellos orbitales que no se veían afectados por mi poderosa penetración. Era virgen por el culo.

Y aquello me puso, así que la embestí con más fuerza y se corrió antes de que eyaculara. Cuando me derramé, ella estaba casi inconsciente y todo su cuerpo se agitaba.

Nos sentamos para descansar, le dejé además el flotador de patito que Iconoclastito, mi hijo, usaba cuando tenía dos años.

— ¿Crees que podrás aguantar dos más?

—Los que sean necesarios —dijo acariciándose el ojete antes de sentarse encima del flotador.

—Pues para ser virgen por el culo, has tenido unas buenas tragaderas.

Se mordió los labios retorciéndole la cabeza al pato.

—Me ha parecido como cagar hacia dentro, está bien.

Es tan fría que me pone.

La jodí dos veces más. El segundo lote, el 4F, salió defectuoso y le inundé el culo de semen. Para el tercero tuve que limpiarle con una gasa la sangre. El bigote de Hitler había desaparecido casi por completo, no sé bien si dentro de su culo o se quedó pegado en los condones.

Ahmed llegó tarde para la última prueba anal, justo cuando Jef tenía al hámster panza arriba en la mesa de folladas con un cúter en la mano.

—Me he perdido lo bueno, lo siento.

—Como está muy cerca el Sabbat, voy a hacer mi buena obra del día con este imbécil —dijo la judía.

Metió de nuevo al hámster en la jaula, se arrodilló frente al moro y le hizo una mamada veloz, tan rápida que Ahmed gritó como una mujer cuando se corrió. Ella no se tragó el semen, sino que se sacó el pene de la boca cuando notó que se contraía el vientre del moro y la lefa salió volando de nuevo hacia la jaula del hámster que se quejó durante un segundo para después limpiarse el pelaje de semen frotando y lamiendo sus patitas.

— Es que hay cosas del cerdo que yo sí que no me como —dijo mirándome, sin importarle que aún estaba arrodillada frente a Ahmed.

Como me pone esta judía…

—Bueno, como ya hemos acabado, me voy a purificar.

Se puso la falda y el suéter. Sacó de nuevo el hámster de la jaula, lo rajó con el cúter y le sacó las tripas. Abrió su biblia, dijo algunas estupideces en su idioma y se santiguó.

Ahmed vomitaba en mi papelera y yo me fumaba un cigarro con cierto estrés mirando los restos del hámster.

—Esto me lo llevo, que me hará falta aún —dijo cogiendo el flotador de mi hijo manchado de sangre y excrementos.

—Es de mi hijo, ya me lo devolverás.

—Sí, ya…

Y se largó taconeando con su biblia bajo el brazo.

Yo tomé el hámster y sus tripas y lo tiré a la papelera cuando Ahmed la dejó libre.

Aquel día, al llegar a casa por fin, Mari se encontraba llenando la lavadora y me acerqué a ella.

—Chúpamela, necesito algo de tranquilidad, ha sido un día extraño.

— ¿Ahora, aquí en el patio?

—Ya estás tardando —le respondí con cordialidad.

Se arrodilló y cuando ya estaba a punto de eyacular, me retorció los huevos. Yo no me quejé porque soy heroico; pero me dolió la eyaculación. Un par de niños, los vecinos del piso de arriba nos estuvieron observando con curiosidad.

— ¿Ya estás mejor? —me pareció que me hablaba en un tono sarcástico.

—Puta —le respondí.

—Lo sé —dijo limpiándose el semen de la boca con el dorso de la mano.

Ella siguió llenando la lavadora y yo me fui a ver un documental de National Geographic. Cualquiera estaba bien para dormir hasta que mi santa preparara la cena.

Concubinas… Eso es una estupidez, es complicarse la vida. Los judíos son demasiado complejos.

Y peludos.

Siempre abundante: El probador de condones.

Iconoclasta