Algo debe estar bien en mí, pequeña.
Supongo que ya soy de aquí, de la naturaleza. Soy reconocido. Me gusta, porque nadie me ha dado la bienvenida jamás, nadie me ha esperado con una sonrisa en la boca, con una caricia. Nadie me ha dicho «eres de aquí».
Supongo que soy bueno para alguien por fin.
No pesas nada, bonita.
No imaginaba la levedad de tus patas. No esperaba que revolotearas a mi alrededor y posarte de nuevo en la otra mano.
Debes ser una mariposa con complejo de loro, como aquellos que siempre iban en el hombro de un pirata.
Qué casualidad, preciosa, casi tengo una pata de palo…
Tan pequeña y tan valiente… Supongo que sabes que no te haría daño, estas cosas las sabemos todos los seres con mirarnos a los ojos, solo que algunos son tan malos, ignorantes y porfiados que imaginan su propia maldad e ignorancia en todos los seres.
Ahí, posada en el anillo de la calavera, luces como un monumento a la gallardía, con esas alas tan blancas y tan pequeña pisando el rostro de la muerte.
Me gusta mi anillo cuando estás en él, me ha gustado tu valentía tan sencilla que ni lo parece.
En la Teoría del Caos, dicen que hay un efecto llamado «mariposa». Vivimos en un mundo tan hipócrita, pequeña, que algunos sueñan con hacerte responsable de un tifón, un tsunami o cualquier desastre por el batir de tus alas.
Si el aleteo de tus alas en un mundo sin mariposas pudiera provocar un huracán, el efecto de mis pasos destruiría el planeta.
Son idiotas y no tienen valor, necesitan crear cuentos y leyendas, ahora cuánticas, para explicar la muerte y el dolor.
Pretenden que la conciencia insectora de la humanidad, acepte una desgracia natural con la ilusión de que tú la has empezado a crear con tu batir de alas.
Pequeña, ambos sabemos que tu batir de alas no moverá ni una hoja de este bosque, son unos hijoputas cobardes.
No pueden aceptar que son simples insectos también ellos y buscan en su mortalidad una causa maravillosa, fantástica, mágica.
Como si los humanos fueran tan especiales que para morir, necesitan una causa extraordinaria.
Pobre pequeña… Mirándote tan de cerca, tan frágil, el efecto mariposa se me hace una obscenidad, una mala fotografía de una revista pornográfica.
La humanidad lo contamina todo.
Los desastres vienen de alas de acero que sueltan bombas y se estrellan en las ciudades y las montañas, vienen de los errores, abusos y perversiones de seres que buscan la felicidad en su cochazo de mierda, en el plástico del dinero o en el acero de un reloj costoso. Las miradas de la envidia crean los genocidios y la ignorancia atesorada, miseria.
Que no se inventen cuánticas leyendas, teorías solo para ilusos idiotas sin ningún fundamento.
Es la retórica ignorante y cobarde vestida de ciencia.
«El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo» (proverbio chino).
Nada se amplifica en el mundo; para que algo se amplifique, alguien tiene que construir un instrumento que lo haga todo peor.
No hagas caso, los chinos dicen tantas tonterías como los africanos, los caucásicos o los latinos. Son solo humanos pedantes con ambición de ser los más sabios. Quieren romper el entusiasmo de las ideas de los creadores e innovadores con sofisticadas retóricas pseudo filosóficas.
Mi soplido perderá fuerza a diez centímetros de mi rostro y tu aleteo se diluirá a un centímetro del vello de mi mano.
No trascendemos más allá, ni queremos.
Sabemos que somos insignificantes, tengo memoria histórica y sé de lo que soy capaz. No hay amplificadores para el aleteo de una mariposa.
Que no vistan su decepción y su mediocridad, su muerte insignificante como lo es su vida, con cuentos de aleteos de mariposas que crearán una debacle cósmica.
Son idiotas, pequeña.
Vuela y acaricia mi piel, dime simplemente que soy de aquí.
Sé que morirás pronto, bonita, pero no soy como ellos, sé que tu vida habrá sido plena y que tu conciencia dirá dentro de unas horas, que es hora de morir, que la vida se ha cumplido.
Y no habrá miedo, ni habrás dejado ninguna posibilidad de catástrofe.
La muerte de otros, será mediocre, sin sortilegios ni cuánticas teorías caóticas.
Vuela pequeña, no temas, no importamos, somos fósforos que se apagan en dos segundos, no nos convertimos en volcanes.
Soy como tú, moriré en otra escala de vitalidad, pero igual que tú.
Gracias por tu bienvenida, por tus caricias.
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Una mariposa en mi mano
Publicado: 5 julio, 2015 en ReflexionesEtiquetas:ciencia, mariposa, Reflexiones, superstición
Me resisto a dormir porque sé que me queda algo por decir, por hacer.
No quiero que el descanso diluya la angustia existencial.
Pero mandan las células, ellas no quieren angustias, solo pretenden renovarse.
Y así es como lo físico vence a la psíquico; las células que parecían tontas…
Son las 9:38 de la mañana y me cago en dios para recibir al día, se me ha dormido un brazo.
Al dormirme me quedaba por decir que no importa, que mañana seguirán las muertes. Las muertes son razones para reír o llorar. Si muriera aquella mujer de sonrisa de asno que apesta a cerveza y vodka el mundo sería mejor, si muriera aquel explotador que me estafó en la juventud el mundo casi alcanzaría la perfección, si muriera aquel médico, si el cáncer se lo comiera y a sus hijos también… Si murieran tantos que se lo merecen tiraría cohetes de colores. Me gastaría un dinero en fuegos artificiales que los hambrientos quisieran para sí.
Tengo cosas por hacer: insultar y despreciar.
Ahora mismo no recuerdo muertos por los que llorar, pero debe haber alguno, no me preocupa.
Entre tontos anda el juego, no me engaño; pero mientras se vive, hay cosas que hacer. Ellos que hagan lo que quieran y yo lo que me salga de los huevos.
También me gusta meterla, no todo es malo.
Y que hayan nacimientos no me conmueve, eso es una bondad de las células y ellas son unas optimistas, construyen cuerpos sin ningún tipo de selección. Todo nace, los hijos que no debieran lo hacen con costosas ayudas, la humanidad se multiplica con seres potencialmente no viables.
Pues parece que las células se equivocan, el despertar ha sido doloroso, no han alimentado los músculos, solo el cavernoso de entre las piernas. Durante unos minutos soy el toallero auxiliar y tengo que mear en la bañera.
No sé porque le llaman al sueño «reparador», porque cuesta dios y ayuda poner en marcha todos y cada uno de los músculos.
Las células aprovechan la noche para suicidarse algunas, estoy seguro. También tienen sus paranoias.
Sabía yo que el optimismo es una superficialidad de seres simples.
Saldré a caminar montaña arriba porque nadie sube, nadie quiere sudar. Y si quieres no ver siempre las mismas caras, elige lo más penoso. Y vale la pena.
Escuchar el chillido del águila ha borrado todo lo malo que pasó y lo malo que pasará. Los conjuntos celulares se mueven por debajo de mí, yo soy el primero que ha oído el chillido del águila con un escalofrío en la piel y los que debieran morir, como que me importa una mierda que lo hagan o respiren.
Son fotos viejas y gastadas.
Así que me siento en una roca y escribo, odio, me maravillo y amo.
Aunque no sé que amo, pasa como con los muertos por los que vale la pena verter una lágrima, debe haber alguno.
Saco el pene y meo.
Y lanzo un grito.
Un pequeño petirrojo se ha quedado paralizado entre la hierba, hace como que no existe para que no lo vea, para pasar inadvertido. Me da la espalda y me arranca una sonrisa como hace tiempo que no he dibujado en mi rostro.
Me maravillo de esa sorprendente y maravillosa inocencia. Es una monada…
Sí, vale la pena no ver las mismas caras, solo lamento el tiempo perdido para encontrar una hermosa soledad.
Podéis no morir, ahora no es algo que me importe.
Tomo una pequeña pluma del suelo y vuelvo empapado de sudor a mi casa, para pegarla en una hoja de mi diario. Para que cuando muera, alguien sepa que es más importante la pluma que sus pieles.
Aún queda un rato para no dormir, he de aprovechar el tiempo, alguien desea que muera, estas cosas se saben de una forma natural.
Entre tontos anda el juego.
Y las células, ajenas a toda la mierda, siguen multiplicándose como idiotas.
La banda sonora de Interstellar suena potente en el HI-FI cuando acabo estas letras y sueño con un agujero negro y hacer del tiempo algo sólido que poder modificar. Deshacer lo que otros hicieron mal, evitar su nacimiento, evitar esto.
Tum – tum – tum – tum – tum – …
Eternizar el chillido del águila.
Qué mundo…
La última flecha
Publicado: 29 junio, 2015 en ReflexionesEtiquetas:amor, carga, cazador, presa, Reflexiones
Nació con una determinada cantidad de amor que se encuentra en algún punto del cuerpo, tal vez en los brazos. Porque se tensan, se desesperan por abrazar. Buscan en el aire lo que desea.
Es un arco en tensión. Una flecha que tiembla esperando ser disparada.
El amor tiene que estar en sus brazos porque le duelen ya, porque es una fuerza vectorial directa al alma desde otra alma. Es demasiado metafísico y la razón se cansa.
Y la munición se gasta.
Flechas que se rompen y yemas de dedos que lucen heridas.
Lo desea, busca algún motivo, alguna situación que lo dispense de esa pesada carga, de esa continua tensión. Está seguro de que se puede vivir sin amor. El amor debería ser voluntario, nadie debería nacer cargado con él.
Y sus brazos son enormes, le dieron demasiado amor, demasiadas flechas.
Es injusto.
Es bueno relajarse, hay seres humanos que deben o deberían haber estado siempre solos; pero no lo han conseguido, no lo consiguen porque la humanidad es un vertedero de amores que siempre salpica a quien pasa cerca.
Y fracasan en la búsqueda de la soledad.
En lo profundo del bosque no hay nada que amar, solo se admira y se teme la vastedad de la naturaleza.
La naturaleza te toma.
Todo animal que camina bajo los árboles, bajo el sol del desierto o en la arena de una playa, es presa o es cazador. La naturaleza no distingue pensamientos, solo escucha los cuerpos: si están cansados, si están sanos, si la temperatura corporal es idónea. Y la naturaleza te lleva adonde te mereces.
Alguien debe poner las cosas en su lugar.
Tensa el arco y lleva la última flecha hasta el ojo, apunta sin demasiada convicción. Debería haber muerto antes. Le dieron poca vida y demasiado amor. Eso ocurre con el azúcar en el café, las cafeterías no son generosas.
Poca vida para tanto tiempo, el planeta se mueve a velocidad geológica y la vida corre a velocidad lumínica. No da tiempo a nada. En las esperas murieron los dinosaurios.
Él también está a punto de ser extinguido, es necesario liberarse de cualquier carga, la última etapa es dura para ir tan cargado.
Dispara no sabe adónde y no pasa absolutamente nada. Salvo que una urraca ha salido de entre la maleza causando estruendo, asustada.
Se le escapa la risa, parece que el pájaro blasfema.
Ya no es necesario el arco ni el carcaj.
Y caminar es sorprendentemente ligero.
El cigarro a la boca, las manos en los bolsillos, es hora de relajarse.
No ha sido un buen día para la urraca. Otra risa.
Dan ganas de silbar.
Y silba.
El oso hambriento lo observa desde la espesura, los pájaros no trinan, los insectos parecen contenerse, la naturaleza le dice al animal que su presa es demasiado lenta, es una buena opción de menú para hoy.
Mejor muerto que asistido
Publicado: 7 junio, 2015 en ReflexionesEtiquetas:aislamiento, apoyo, compañía, Reflexiones, vejez
Una pareja de ancianos charla en una de las mesas de descanso de un camino entre las montañas, han elegido la sombra, cosa rara porque los viejos suelen buscar sol; aunque es un día caluroso, es natural.
Yo paseo solo y dejo que el sol me avasalle, me gusta sudar, me gusta que las gotas de sudor caigan por mi rostro, como si sufriera.
No voy a analizar el porqué, sudo y no me complico.
La de los viejos es una imagen bonita, con cierta ternura y nostalgia; pero no me engaño, los observo largo y tendido e intento verme en sus pellejos.
No me convence.
No puedo asimilar estar con alguien en la vejez para sentirme aliviado o acompañado para nada, por pura cobardía senil. No es mi meta, no es mi ideal. No quiero ser la muestra de lo que es llegar a la vejez y tener compañía tal y como está insertado en el imaginario humano, como un ideal de plenitud antes de morir.
Me paso por los huevos ideales y tradiciones.
Insisto hay algo bello en ello, pero siento una especie de alergia.
Perdóneme padre, porque nunca he pecado, tengo mis leyes.
Sé que he nacido para estar solo, para morir solo sin pensar que un día podría necesitar a alguien que me ayudara o apoyara. Si llegara ese día, prefiero estar muerto que asistido.
Me gusta zanjar cuestiones, eso deja espacio en mi mente abarrotada de miserias.
Soy salvaje en esencia, solo busco la caricia en un momento breve y determinado del día, el resto lo necesito exclusivamente para mí. Soy gato, soy felino.
O quisiera serlo y no hacer el ridículo.
Me molestaría dedicar demasiado tiempo a alguien cercano. Ya es tarde, fue tarde desde que nací, los ideales sociales no han conseguido encajar en mi cerebro.
También ha habido voluntad por mi parte.
Pongamos que prometo no quejarme cuando solo, me enfrente a la muerte o a los dolores. Sabré salir por una puerta de emergencia dado el caso.
He tenido tiempo de entrenarme.
Aún a costa de follar menos, no tan habitualmente. No importa, es más importante la libertad que meterla. Siempre.
Y cuanto más me sumerjo en el aislamiento, mejor me siento. Creo que no soy de este planeta, no debería serlo. Me podrían desterrar a otro mundo, tampoco iba a llorar. Incluso podría ser un favor.
Comparto tan poco con los humanos, que tengo que dedicar como tarea obligatoria caminar un rato por la ciudad para seguir entrenado en la práctica de la vida.
Cada día me cuesta más esfuerzo pasear por las calles cruzándome con humanos y tomarme un café, cada día la sensación de estar entre la gente es más incómoda, más molesta y siento una enorme urgencia por acabar el café y estar lejos de ellos.
Me asustan, son mi terror los finales felices, o los institucionales.
La muerte es salvaje como lo intento ser yo, y si estoy solo, nadie verá mis ridículas y grotescas caras de agonía o dolor. Eso es solo para mí.
Yo no quiero, no puedo compartir un momento tranquilo con alguien al lado demasiado tiempo, debería decirle que me dejara solo y eso no le gusta a nadie a oírlo y a me molestaría decirlo.
Nadie quiere saber lo que pienso, podría deprimirse.
La visión de la vejez no me da miedo, no voy a asegurar posiciones para recibirla en compañía. La cobardía no es opción.
Y mejor muerto que inválido.
No necesito ayuda de nada ni de nadie, y no la querría por muy viejo que fuera.
Que tome nota el idiota del notario, que para eso cobra un dineral.

Iconoclasta
Cric-clic-cric (el corazón ha cambiado su potente latido por el ruido chirriante de un engranaje roto) algo está mal.
Se ha jodido el día, quiero volver a casa y empezar de nuevo. Esto no está bien.
No quiero otro descenso.
El aire es una delicia fresca que confortaba mi piel y mi ánimo.
Es una mañana preciosa, no era necesario ésto.
Llevo una cantimplora con agua y hielo, ahora hace frío en la sangre.
No puede ser… Eres un muñeco ¿verdad?
Me cago en Dios…
¿Cuánto ha tardado en morir?
Levanta pequeño, no seas perezoso.
Tienes que cazar el sol quema ya.
La Hostia Puta Consagrada…
Por favor…
Ningún ser vivo permitiría que las moscas se le metieran tan adentro.
Qué ganas de llorar… Qué mierda.
Puto Dios y lo que creó…
Puta pena…
Los animales de pelo al morir parecen peluches, muñecos de infinita y desoladora ternura.
No le hablo al cadáver, le hablo a la vida que antes contenía. Porque quiero pensar que está cansado y dormidito.
Clic, cric, clic, el corazón duele sordamente entre trinos de pájaros y el sonido de las hojas de los árboles.
La sección de agua la orquesta un pequeño riachuelo cantarín que toca graciosamente las piedras unos metros a mi espalda.
Algún coche veloz pone la nota de la justa realidad en esta desesperanza.
¡No, basta ya! Sigue caminando, déjalo que duerma.
Para siempre…
Hay días que no deberían existir y que fuera eterna la noche anterior a lo aciago.
Nadie tiene la culpa. Solo él es el responsable de su muerte; pero no se merecía pagar el error.
Es muy pequeño, no era necesario ensañarse.
Se equivocó y murió.
El error se transforma de una forma repugnantemente fónica en orror. A la muerte le importa una mierda la «h». El orror no necesita una correcta ortografía, basta con que lo sea, a nadie confunde.
Alguien quiso ser demasiado eufemístico respecto a lo que comporta un error, y lo diferenció con un «h» y una «o» para que nadie viera la dramática relación y viviera tranquilo lo que le quedara de vida mientras la «e» se transformaba en «o».
Doy una palmada; pero ni las moscas se mueven, siento una metástasis de tristeza, y miro a las montañas hermosas y frondosas que no nos prestan atención. Miran a otro lado ante mi inusitada pena.
Y bajo el rostro hacia el suelo cuando me cruzo con alguien, no es un buen momento para saludar.
La muerte es igual para todos los seres, cualquiera que sea su tamaño. Es por ello que en los animalitos pequeños, es más doloroso, hay un exceso de muerte.
La muerte los aplasta y la ternura se aferra al corazón clavando las uñas, hay una hemorragia que no consigue salir y se queda en el cerebro dando vueltas, coagulando la alegría y el ánimo.
Me cago en Dios y su justicia de mierda, en su desproporción repugnante.
No estoy bien, a veces no es bueno caminar tan despacio y captarlo todo en su realidad y consecuencias.
Por última vez, despierta y ve a cazar, pequeño, es tarde para estar al sol.
Corre a tu madriguera.
Tres horas
Publicado: 5 junio, 2015 en ReflexionesEtiquetas:animales, montaña, prosa dramática, Reflexiones
Tres horas sin cruzarme con un solo humano, tres horas sin escuchar más que el ruido del bosque, de mi respiración y pisadas.
Tres horas de liberación, en las que he dudado que conservara mi capacidad de hablar.
Una ardilla de cola roja ha corrido delante de mí, sin miedo.
Y un águila a un millón de metros de altura, daba círculos buscando qué cazar.
De vez en cuando algún animal grande hacía ruido en lo frondoso, invisible. Yo observaba sudando lo oscuro, pero solo presentía la presencia de algo que contenía la respiración.
Está bien, es más de lo que he visto en otros tiempos y lugares. Es mejor.
La libertad estaba servida, sabía que yo era de aquí, de las montañas, de lo salvaje, de lo cansado.
El dolor de la puta pierna apenas molestaba, es mi compañero, me hace caminar despacio y observar todo con minucioso detalle, gracias a la podredumbre de una pierna aprendo más allá de lo que veo en lo salvaje de las montañas.
Observo tragedias, observo a los animales calientes por reproducirse, a los animales hambrientos. No es gracioso, ellos sufren y viven el nerviosismo de la incertidumbre, como yo.
Y sigo subiendo hasta llegar a la más alta de las torres de la línea de alta tensión.
Los humanos están abajo y yo les obsequio el sudor que gotea de la visera de mi gorra empapada.
El reloj marca 970 metros de altitud, no es demasiado si no eres un lisiado.
Los tarados tenemos récords mucho más humildes de mierda.
No hay más donde subir y la pierna parece que da gracias a los duendes del bosque.
Dejo que el sol haga arder la piel de mi torso, al fin y al cabo, las bestias no llevan ropa. No cuesta nada soñar con la brutalidad y ceder a ella.
Tengo una buena tolerancia al dolor.
Y cuando el cuerpo pide bajar, llegar a casa, mojarse, beber, comer. Me dejo deslizar abajo, es fácil pero más doloroso que subir, los tendones se irritan tanto…
Y mi mente resbala también hacia lo más profundo de la conciencia y padece una revelación: ahora ya sé dónde ir a morir cuando llegue la parca. Porque uno sabe muy bien cuando va a morir, salvo si se le parte el corazón o se asfixia durmiendo. Lo supe una vez y lo sabré de nuevo.
Lo saben los animales de aquí y los elefantes, dicen que tienen sendas de la muerte.
Pues yo soy un elefante, coño.
Y sacaré fuerzas para morir en la montaña, caminaré con ese bastón de mierda montaña arriba hasta que escupa sangre por la boca, o la mee. Hasta que lance un ronquido como mi padre cuando su corazón se partió y caeré en mitad del sendero.
Sea joven o viejo, me la pela, yo no me muero aquí entre ladrillos y asfalto.
Y llevaré agua, por si la agonía es larga, y una libreta y un bolígrafo para intentar contar como muero. Y por supuesto una cajetilla de cigarros y dos encendedores, uno de repuesto.
Hace ilusión morir si se convierte en un acto de libertad y libre albedrío.
Ya lo tengo todo claro, ya lo sé todo.
Todo cuadra.
Solo me queda tener algo más de suerte de la que he tenido hasta ahora para un buen morir.
Iconoclasta
Somos los hijos bastardos de Dios, los que no fueron creados a imagen y semejanza de Dios ni de ningún otro ser.
Somos los que no rezamos, ni pedimos.
Ni tenemos miedo, y si lo tuviéramos, nadie lo sabría.
Que aman y odian con idéntica fuerza, que no reniegan del amor y la violencia.
Que follan como animales en plena luz o en la oscuridad. Con locura y enfermedad, con deseo, tortuosamente, malvadamente y bondadosamente.
Somos los hijos bastardos de Dios, porque nos abandonó, porque estamos absolutamente solos entre la multitud.
Porque cuando unos piden perdón, no nos arrepentimos y no perdonamos en honor a nuestra historia.
Porque nadie nos perdona a nosotros. Nadie nos perdonó.
Porque vida es muerte y muerte es el resultado final de la vida. No hay un más allá por el que valga prostituir el pensamiento y el deseo. No vale la pena vivir como fariseos para nada, por una hostia insípida que se pega irritantemente al paladar aunque la muerdas. La sagrada repostería no tiene una buena escuela.
No existe un mundo post mortem por el que atormentarse.
Somos bastardos de Dios, porque renegamos y vomitamos por leyes y tradiciones que perpetúan la humana miseria.
Odiamos las palabras banales sin sangre, sin fluidos, sin pasión.
Y blasfemamos sin creer en dioses de mierda ni castigos, para no caer en idolatrías cobardes.
Somos bastardos de Dios, porque todos hablan y nosotros escribimos ajenos a sus alegrías y penas. Escribimos porque necesitamos una puerta dimensional para sobrevivir ante tanta vacuidad.
Bastardos porque ellos ríen y yo escribo mi frustración por un tiempo y lugar que no es mío.
Bastardos porque vemos con los ojos muy abiertos un cielo azul y una noche negra con devoción, e ignoramos las sangres vertidas por los mártires en las cabezas de los no muertos.
Los mártires son lo contrario a nosotros (benditos ellos y bastardos nosotros) y son nuestros enemigos, por ser los sodomitas pervertidos y cobardes de dioses, papas, reyes, presidentes, jueces y ricos.
Bastardos que pedimos condenas en lugar de absoluciones y que la mano de una mujer acaricie mis testículos con delicadeza, porque me duelen de tanto bullir, porque están tan cargados y cansados… Pesados de deseo.
(No quiero la mano de Dios, quiero tu mano cálida en mis cojones plenos, mi amor.)
Dios es solo un marqués con derecho de pernada y la humanidad el resultado de toda esa endogamia.
Los hijos mueren, madre.
El amor materno es la pena y el horror que una verdad esconde.
¿Sabes que tu hijo morirá, madre? Incluso lo podrás ver.
¿Te duelen las palabras?
Espera a que muera y verás que desgarrador es. Te arrancarás la piel de los pechos que me dieron de mamar en un dolor sin consuelo.
Dios no bendijo los vientres de las madres, le dio la extremaunción a la barriga de María por la segura y pronta muerte de su hijo.
Y se perpetuó el horror en todos los vientres de todas las mujeres.
Amén.
No es de risa, pero no sé… Me da por reír, como cuando veo un ataúd y pienso en la fecha de caducidad que hay en la tapa del envase. No hay refrigeradores allá arriba ni en el infierno.
El salami me gusta un poco crudo, lo sabes. Ya no tengo tiempo de comer salami.
Y tengo náuseas que se forman aleatoriamente, sobre todo cuando veo un juez togado. Será por alguna idea pervertida sobre la justicia y su degeneración.
Todos los vientres de todas las mujeres son mortajas de bebé.
No es gracioso. Es absurdo tanto amor para tanta muerte.
Madre, tu hijo está loco, pero hay una ley que dice los locos no mienten.
Deberíamos ser animales para evadir este embarazoso asunto, ellos no son conscientes de su muerte. Cagan sin preocupaciones.
Madre, tu hijo tiene cáncer, un tumor del tamaño de una cereza está alojado en mi cerebro, como nácar podrido en una ostra, que la envenena.
Dice el médico, que está tan profundo y es tan obsceno, que le da asco. Él no va a meter las manos ahí dentro.
Madre, me pica por dentro la muerte, no puedo rascarme, me mortifica.
¿Seré santo? Me siento madre, solo que el bebé está en otro sitio; pero habrá un parto y otra muerte.
Tengo la edad de Cristo cuando lo crucificaron. Empieza a haber cierta analogía ¿no crees?
¿Hay conexión entre una cruz y un tumor? Y dos palos cruzados ¿forman una equis o un crucifijo vacío? No siempre lo tengo claro.
Tampoco veo por aquí a Caifás ni a ningún otro fariseo del Sanedrín de mierda. Los tiempos cambian, todo cambia; pero no vuestros vientres que alojan una vida abocada a la muerte.
¿Por qué me programaste un cáncer en tu vientre? No tienes la culpa, no del todo. Al final hubiera muerto igual, pero sin prisas.
Sin locura, madre.
La verdad es un diamante de un millón de facetas, que muestran un final idéntico para todos los hijos, estén copulando con la vieja reina de Inglaterra o tomando una cerveza en un bar.
Madre, me he tatuado una fecha de caducidad en el vientre. Los de sanidad son exigentes con el asunto de las carnes. Le he dicho que ponga fecha: 13/13/13 y me dice el tatuador que es pasado y no existe el mes trece, yo le he dicho que mejor así, yo me muero, yo pago, yo mando y existe todo lo que yo diga.
Las últimas voluntades deben respetarse. Es un acto noble.
Creo que el médico se reía pérfido con el informe de patología en sus manos y de la nariz le colgaba un capullo de polilla de la muerte.
Debió haber un fallo en el bautismo, agua contaminada, no se sabe; me ha dicho divagando.
No quiero ser cruel, pero para lo que me queda en el convento me cago dentro.
Madre, dice el médico que podría tener erráticos comportamientos hasta que crezca el cerezo que emergerá partiendo los huesos de mi cabeza. ¿Te acuerdas de Alien el 8° pasajero?
No te quiero madre, me vendiste muerte al concebirme. Eres mala.
Madre… Siento que un pelo de la cabeza crece hacia dentro, lo noto cosquillear aquí. Dilátame las pupilas con la oscuridad de la muerte que tienes en tu vientre y mira adentro. Lo verás enterrado en los sesos.
Dejando de lado el hecho de haberme parido para morir. ¿Podrías rascarme con un instrumento agudo?
La sangre de la nariz es solo una alergia, dice el médico. No obstante, cuidado con los estornudos, podría salirme el cerebro por las fosas nasales.
No puedes escapar a tu responsabilidad, deja la pistola, aparta el cañón de tu sien.
Es la única bala, la única oportunidad, tu hijo amado la necesita.
Además de madre, egoísta. La has gastado…
No hay nadie o documento alguno que diga que los locos tienen suerte como los tontos. No hay estudios estadísticos que respalden esa hipótesis lingüística.
Los locos dicen la verdad y se mueren y los tontos tienen suerte y caminan haciendo eses por la calle sin decir verdades ni mentiras, es un hecho.
No es que me queje, pero ser tonto no hubiera estado tan mal, podría vivir con ello.
Hay verdades que no aportan ningún beneficio a nadie.
¿Verdad, suicida madre?
Espera a que venga papá, le tengo que decir unas cosas del esperma podrido que almacena en su escroto.
¡Bang!
Maldito el viento
Publicado: 25 abril, 2015 en ReflexionesEtiquetas:cariños, felicidad, niña, partida, Reflexiones
El viento te mima y juega contigo, la gata te asiste, es cuidadosa con la hermosa niña.
Mis dedos buscan el disparador de la cámara como si fuera entonces.
Tan feliz, tan bonita…
Fue el viento el que me arrastró a mí, como una hoja seca, muerta.
Se rompió la alegría como se rompen los huesos enfermos.
Se partieron las uñas aferrándome a la tierra y a las piedras.
Fui una niebla que se hizo jirones en un instante que se cierran los ojos o nadie mira la tragedia de no ser, no estar. De ser amputado de ese tiempo y espacio.
Como un tumor.
Solo un reflejo, un proyecto de imagen en una caja oscura.
Que duró nada.
Observo la imagen, intento verme ahí, aunque solo sea un trozo en el cristal de una ventana.
Es un espacio lleno de una añoranza triste, sin forma, sin presencia.
Quisiera ser el verde que añade otro color a tu vida.
Siento una náusea de tristeza.
Sé que estuve y conservo el calor de tus manos en las mías; es lo magnífico. Es mi sonrisa, absurda entre tanta melancolía.
Que te aman y cuidan seres más importantes que yo es agua bendita para mi alma.
Besos desde Las Montañas de la Añoranza, mi pequeña amiga.
Voy a pasear por ellas, son mi álbum de seres queridos.










