Estoy debajo de un puente mientras llueve.
Entre montañas y seres vivos que no son humanos.
Son instantes que se viven cada mucho tiempo.
Instantes de una belleza indescriptible.
Un lujo que no puedes gozar si no estás en el lugar adecuado, o no tienes el valor y la entereza para vivir momentos de intensa soledad y frío.
Hay pájaros que cantan sin miedo y árboles que rugen eufóricos con las rachas de viento que intentan tumbarlos.
Y de vez en cuando el cielo se ilumina con un rayo y el trueno llega sacudiendo la tierra y erizando los vellos de la piel.
Tengo suerte de ser lo que soy, me siento orgulloso de mi fracaso social y de mi absoluto triunfo en el individualismo y total autonomía.
No importa la ropa mojada o la piel fría, importa estar allá, ser con la naturaleza por dura que pudiera ser.
Ni amo ni dios, ni miedo ni pudor.
Si hay que morir se muere, coño.
Y si puedes escribir y describir el momento íntimo entre el planeta y tú, ya no necesitas conocer nada más.
Porque todo lo demás es más de lo mismo, artificial e hipócrita.

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