De un coche patrulla de la bofia se bajó el madero e interrumpió mi relajado paseo.

– ¡Señor! Debe usar mascarilla – díjome con autoridad y evidente hostilidad, a pesar de que con la mascarilla parecía un poco retrasado hablando.

Le dan trabajo a cualquiera que tenga un buen  enchufe, como siempre.

-Mi abuela era puta en Barcelona- le respondí con cordialidad y una sonrisa.

-¿Y qué tiene que ver…? -preguntó con evidente malhumor.

Pero no le dejé de acabar la pregunta, mi cerebro es muy rápido procesando.

-Que igual tu abuela y la mía trabajaban en la misma calle, lo que nos hace paisanos- le respondí con rapidez, poniendo en jaque su única neurona que rebotaba dentro de su gran cráneo, como una pelotita de aquellos antiguos juegos de tenis electrónico de los bares de los setenta.

Me recetó una buena multa  que, cada vez que la muestro a amigos, conocidos e incluso enemigos, nos partimos el pecho de risa.

Hasta los buenos momentos requieren de cierto poder adquisitivo.

La epidemia delacovid tiene cosas buenas y jocosas además de aliviar de peso humano al planeta.

Y dicen que hasta a las focas en el Polo Norte y la Antártida, se las ve más relajadas gracias al efecto cagadero del coronavirus.

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