No se debe ser tan ingenuo como para creer en la buena fe de un político que, por definición representa el summum de la ambición de poder. Que viene a ser el hechicero de las antiguas tribus humanas que empezaban a asentarse abandonando la caza y la recolección.
El arribista político siempre protegerá sus intereses, su permanencia en el poder y a sus iguales y afectos; pero ante todo, se obsesionará por el control del pueblo: la máxima expresión del poder.
Cualquier otra consideración es un ejercicio de ingenuidad indigna de alguien que debería tener un mínimo de madurez intelectual o experiencia vital. Pasar por alto que el político es el enemigo de tu libertad y economía, es un acto de servilismo puro y duro. De gente a la que tanto le da la democracia (y su mínima libertad) o una férrea dictadura en la que se le impone prisión y un bozal que usa sin objeción alguna; puesto que para sus escasas inquietudes, le basta cualquier cosa.
Se podría decir que el político es la blasfemia de la honradez, una burla a cualquier ética. Ser arribista no es motivo de orgullo, es asqueroso. Por descontado, que si algún familiar propio pertenece a esa ralea de ambiciosos, seguramente será una persona especial, muy buena gente. Lo creeré.
El político es el enemigo eterno, una condena impuesta desde el nacimiento de la que jamás te podrás librar, va incluido en el lote de nacer en esta piojosa sociedad.

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