De pronto padecí una teofanía, Jesucristo se apareció ante mí con un bozal en el hocico y preguntome:
–¿Tienes vinagre para mojar mis resecos labios? Estoy sediento.
De verdad que es tonto, tonto del culo.
–¡Claro, hombre! ¿Lo quieres sorber por la nariz o te lo inyecto en la vena? No me des por culo tú también, coño. Lárgate y dile al todopoderoso de tu padre, que le voy a partir la cara –le respondí con afabilidad.
Entonces elevó sus manos ante mí, mostrándome las palmas y sangró por sus estigmas.
¡Qué embarazoso!
Un poco asqueado le pregunté.
–¿Eres transformer? ¿Menstruas y algo salió mal con la operación y sus hormonas?
Y apagué el cigarrillo en su bozal.
Quiso decir algo, pero no le hice caso.
–¿Quién soy? –le pregunté con aire divertido.
No respondía, así que se lo dije:
–La cochina reencarnación de Vlad Tepes. No te enteras de nada ¿eh, nazareno sediento? Y quítate la mascarilla, so lerdo. ¿O también te vas a contagiar como estos monos?
Jesucristo no acierta ni por casualidad, lleva ya setecientas ochenta y tres resurrecciones y ni con bozal sabe pasar desapercibido, no me extraña que su padre lo haga bajar tan a menudo, para que aprenda de una vez. Que ya es mayorcito el andoba.
Tengo prisa, voy a empalar a mi madre y violar a mi hija.
Bye, lelos.

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