Paseando bajo una fuerte lluvia, he visto a una lombriz de dos metros cruzando el camino; nada extraño en el campo.
Era tan repugnante como fascinante, como un trozo de intestino que repta estirándose y contrayéndose, su piel (si la tiene) es del color de la carne cruda aún sangrante y la hace translúcida.
Y como todo ser vivo quiere vivir y eso hace, se mueve, va donde debe.
Con toda probabilidad, en una de esas “elecciones” de una puta “democracia”, llegaría a presidente.
Si no la he matado a pisotones ha sido por una cuestión higiénica.
Hay cosas vivas por las que no siento ningún aprecio o respeto; es más, lo repugnante debe morir.
En definitiva, no todo lo animado y no toda la vida debe respetarse.
Es también una cuestión de gustos; porque en la nueva y normal decadencia social, hay quien sentiría una corriente de cariño por la repugnante tripa-lombriz; e incluso diría con ojitos emocionados: “yo también soy lombriz”.
Observándola reptar, me preguntaba si los intestinos de un ser humano destripado, reptarían de forma parecida, aunque fuera por unos segundos, en una especie de movimiento reflejo; como cuenta la tradición popular, que los ojos de una cabeza decapitada aún miran el mundo durante unos segundos.
En la perfecta soledad de un día de lluvia, da gusto divagar, sin interrupciones, sin que nada más grande que la lombriz se cruce en mi camino. Y es bueno, muy bueno…
Así que me he tomado mi tiempo y con la navaja la he partido en dos pedazos. No ha ocurrido nada, ni siquiera ha salido sangre. Simplemente se ha convertido en dos tripas asquerosas retorciéndose. Yo hubiera querido que se hubiera muerto; pero nada es perfecto.
Hay seres que se resisten a morir con todas sus fuerzas: las lombrices, los millonarios y los dictadores y otros políticos del estilo. Algo en común deben tener.
Además de pasar el tiempo cortándolas, las lombrices también sirven para ser ensartadas en los anzuelos como cebo. En el caso de la pesca del tiburón, por ejemplo, es mejor usar las otras especies debidamente troceadas o descuartizadas, los pescadores ya saben, no doy consejos, solo divago.
El paisaje es hermoso, debo insistir que me siento privilegiado.
Las dos lombrices que he creado de una sola (soy prácticamente Jesucristo multiplicando cosas) me han inspirado una revelación: yo también, si me lo propongo, puedo ser un fascista cortando libertades, o vidas, que es lo mismo.

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