Esto no ha cambiado, eso de la inquietud le ocurrió lo mismo a las generaciones que vivieron bajo el yugo del puerco Franco y al morir semejante cerdo, y mucha gente (YO no, precisamente uno de mis putos profesores, nos amenazó con castigo si reíamos por la muerte del marrano) se preguntaba que iba a ser de ellos. ¿Qué hacer con la libertad?
Pues ahora no ha acabado el fascismo español, solo han dado un poco de tregua a la asfixia; pero muchos cabestros se lamentan de esa libertad sobre la que el actual Caudillo les ha adoctrinado con su dogmático veneno: “La libertad es enfermedad”.
El español, nunca me cansaré de repetirlo, tiene tal mansedumbre que España se ha convertido en el paraíso de los dictadores y su corrupción.
Y así estamos, los que disfrutan de su breve libertad y los que se lamentan de ella porque tienen miedo a respirar y a decidir.
La historia se repite de tal forma y tan previsiblemente que cuando conoces la pauta de comportamiento de las masas, te encuentras deseando que el sol se aproxime unos pocos millones de kilómetros para que incinere a todo imbécil, aunque sea a costa de mí mismo.

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