Día un millón doscientos de mi inacabable estancia en La Tierra.
Un idiota ha empleado más de cinco minutos gritando al teléfono: “¡Mari! ¿Me oyes? ¿Me oyes?”.
A escasos treinta metros de mí, en una senda recta y despoblada de medio kilómetro.
Cinco eternos minutos aguantando al andoba hasta que su pobre cerebro ha comprendido que no tenía cobertura.
Y venga joder la marrana con la Mari…
Nunca he tenido suerte, ni a estas alturas de mi vida la tendré.
Lo que si tengo es imán para los tontos que, se acercan a mí hasta en los lugares más inverosímiles.
Estoy abandonado entre idiotas.

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