Y soñé que te besaba. De repente.
En un mundo penumbroso. ¿O tal vez indefinido?
¿Qué importa el decorado si te tengo?
Sabía que era sueño, como si una parte de mí estuviera despierta, observando con tristeza un amor que no traspasa la frontera hacia la realidad, hacia la carne táctil.
A posteriori, cuando aún hierven las imágenes del sueño tras despertar; me preocupa, me desconcierta que no sea mi rostro, ni mi cuerpo en lo onírico. Me reconozco en sueños, sé que soy ese que te come de amor, no hay duda porque estoy tras sus ojos y pienso desde dentro de él; pero tampoco existe un mundo y una luz igual en la realidad.
Cuando despierto, siento el peso de perderte.
Temo ese momento.
Me desconcierta la luz oscura de mis sueños y los paisajes indefinidos y grises. Calles y lugares desconocidos… ¿De dónde salen? Nunca sueño lo que conozco, salvo a ti.
Me alarmas el corazón porque contigo traes luz a mi inconsciencia.
Soy un ser oscuro. No lo digo con tristeza, solo afirmo.
Y me confirmo.
Soñándonos tenía miedo, una tristeza pegajosa en mis ojos cerrados, una desazón indescriptible ante el inminente amanecer que catapulta chorros de luz reales iluminando mi fracaso vital.
La vigilia se convierte en una ventana con vidrios rotos y afilados.
No podía distinguir mis labios de los tuyos de tan fundidos entre sí. Era perfecto.
Presionaba mi pene duro contra tu vientre para que supieras la dura excitación que escondía mi ropa. Y tú apretaste la pelvis contra mí para sentirlo más.
Se escapaban gemidos entre los hilos de baba de las bocas. Tampoco era capaz de distinguirlas.
No sé en qué momento nos desnudamos y follamos, porque me dormí dentro de mí mismo.
Desperté por la frialdad pegajosa del semen en mi vientre y la sábana. No me limpié, lo extendí por los testículos acariciándome, intentando volver al sueño.
Cerré los ojos colocándome a un lado de la cama, dejándote un espacio para cuando llegaras al amanecer. Y eyaculé unas lágrimas por mi inusitada inocencia que me hacía inquietantemente loco.
Amaneció, desperté y no estabas.
Otra vez…
Tu lado de la cama estaba vacío y no olía a ti. Estaba frío como el semen que me despertó en otro tiempo, aquellos minutos atrás que fuiste dueña de mi sueño todo.
Ahora tomo un café y fumo mientas sisea el gas por los fogones apagados de la cocina.
Amar agota.
Lo agota todo.
Los sueños son de una bella crueldad. Ojalá al morir me hiciera sueño.
Si hubieras llegado, habrías cerrado los mandos de la cocina salvando mi vida.
¿A que soy un miserable?
No sientas mi muerte.

Iconoclasta

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