No soy una garza; pero tal y como vivimos ambos, bien podríamos ser primos.
Tampoco puedo volar; pero tengo otras aptitudes: puedo arrastrar el culo por el suelo sin problemas si me propusiera descender a un estado más animal de lo normal.
También me dolerían los pies de tantas horas de éxtasis contemplativo.
Ella no pesa más de cien kilos, obvio.
Ella vuela y yo me jodo.
Una garza está más valorada que yo. En esta sociedad de idiotas, además son todos unos cerdos.
Son detalles sin demasiada importancia, al menos para ella.
Lo que importa es que estamos en el mejor momento y lugar.
Y solos.
No hay nadie en muchos metros a la redonda que pueda romper esta silenciosa paranoia mía.
Podría ser todo mucho peor sin la garza, ya que le otorga esa elegante prestancia e interés añadido al paisaje.
Porque yo, voluminoso como una piedra lo soy; pero para nada decorativo. Ni siquiera como detalle rústico para una casita de montaña de precio de desahucio.

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