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¿Alguna vez le he deseado a un extraño buenos días, tardes o noches con sinceridad?
Jamás, no soy empático. Solo ejercito una educación que me da una vida social cómoda.
De boca para adentro soy absolutamente hermético.
Y mi pensamiento está metido dentro de otro pensamiento como medida de seguridad.
Una vez conocí a una puta poblana (de México) que decía como si fuera un credo, que ella iba siempre con la verdad por delante; que no había nada que odiara más que la mentira.
Pues mentía hasta por el coño.
De su boca no salía una sola verdad, porque entre otras cosas, carecía de cultura e inteligencia para discernir lo que su propio cerebro contenía. Demasiada maría, demasiada farlopa y mucho hablar de dignidad para luego arrodillarse entre orines, de forma habitual, diaria. Feminista acérrima, por supuesto. Así conseguía algún porro o un favor laboral, incluso una vuelta en un automóvil lujoso.
Es solo un ejemplo de tantos, una de las razones por la que desconfío de la humanidad en general y por sistema.
Conozco hombres peores, maricones, cabrones e hipócritas. Pero he preferido evocar la puta mexicana porque me apetece herir sensibilidades de quien postula la moda de la Teología del Super Feminismo Talibán.
No, jamás he deseado ni deseo que sean buenos los días a un extraño, podría no merecerlo.
El temor a que sean parecidos a la puta mexicana me tiene con las orejas tiesas. No quiero hipocresías innecesarias.
Cuando digo buenos días, pienso: vete a la mierda.
Sé que transmito con ello un carisma de borde; pero me la pela.
Voy en bici, siempre solo, salvo un par de días cada dos meses que gozo de la compañía de mi hijo. Disfruto la soledad, de hecho me considero privilegiado de no sentir durante horas y horas más que mi propia voz, como por ejemplo, si hablo por teléfono o pido un café.
No puedo aceptar, no puedo entender esos grupos humanos de decenas de individuos que caminan juntos o uno tras otro, o van en bici o patinan.
No puedo, me produce náuseas pensar en que yo pudiera estar entre ellos.
Con solo imaginarlo me siento enfermo y doy gracias a mí mismo por estar tan sano y no necesitar ir en compañía de nadie a ningún sitio.
Me marean, me hacen sentir miedo ante la posibilidad de que yo hubiera sido como ellos.
¿Cómo les voy a desear buenos días si son una ignominia, una blasfemia a mi dignidad?
Una niña cantaba que, antes muerta que sencilla. Yo prefiero morirme que hacer cinco kilómetros de ruta entre cuerpos extraños, palabras vanas y una ostentosa cobardía que disfrazan de camaradería, competitividad o cualquier otra idea de mierda que esté de moda.
Ser un borde me ha salvado de la indignidad y la cobardía. Y por tanto la vida.

Estoy bien habitando en ella.
Siendo ella…
Es inevitable que a veces me ataque la luz y me enseñe el mundo como realmente es.
Y la magia se evapora, todo empeora porque en mi oscuridad el universo es más hermoso, todo lo que creo en la oscuridad es de una belleza narcótica.
A veces aterrador, a veces es de una ternura suicida.
No existe la mediocridad.
Porque soy un dios oscuro y secreto.
La luz cruel me muestra lo que soy y donde soy.
Hay cierto rictus de malestar y dolor cuando la luz me da de lleno en el alma, en mi oscura alma. En mi negra divinidad.
Vade retro lucis miseris.
Ego tenebris.

Un relax indecente

Publicado: 6 junio, 2018 en Absurdo, fotografía, Reflexiones

Un relax indecente

Un momento de relax indecente. Y está bien, dos veces bien.

Solo el agua y las piedras son nítidas, nada varía su esencia. El dinero no las corrompe. Ni la envidia ni la ambición desmedida.
Es un pensamiento estúpido, producto del hastío. Un sinsentido.
Agua y piedras. Cosas… ¿Cómo van a corromperse si no pueden?
Y sin embargo, observo el agua y todo se difumina. Los seres pierden brillo y se hacen borrones, se hacen nada.
Solo el agua.
Potente.
Como una muerte.

 

No soy especialmente peligroso. Soy sexualmente agresivo con quien amo y deseo; pero si no la tengo dura soy físicamente inofensivo. El celo marca mis días.
Sin embargo, esa verja eléctrica los mantiene a salvo de mí. De mi pensamiento certero, afilado por la verdad, templado por la hipocresía que mamé al nacer y ahora parece agua de tan natural.
Tal vez, ese pastor eléctrico evita con su campo magnético que mi pensamiento les deprima y se suiciden por la presión del impío conocimiento que emito sin poder evitarlo.
Soy prácticamente dios, el verdadero. El que calla la muerte a pesar de sentirla reptar cada día por la piel. La mía y la de todos los seres vivos.
El que calla muy astuto el amor falso y prostituto que existe como una epidemia y es vacuna contra la cobardía a la soledad.
Soy un dios discreto que da dos monedas a la puta vida por una mala mamada.
Está bien, me conforta que estén a salvo de mi pensamiento quirúrgico y amputador.
No soy malo del todo, solo que si pudiera ocultar la verdad, sería perfecto.
Caballos, por vuestro bien, no traspaséis la línea hasta que me haya ido o muerto.

Es tan tentador sentarse con ellas en la hierba…
Si yo fuera ternero, no me gustaría que un humano me molestara.
De hecho, siendo humano, no soporto que se acerquen y ocupen espacio a mi alrededor los de mi propia especie.
Se acaba con esta reflexión la tentación de tumbarse con ellas y compartir el cielo y la tierra durante un tiempo.
Hasta el romanticismo bucólico debe tener un límite para no caer en la idiocia.
Hay otro límite más: no morirán en ese majestuoso paisaje y no vivirán demasiado.
Cosa que me hace sentir incómodamente cómplice de asesinato.
La sinceridad y el conocimiento son los mejores antídotos contra el ingenuo romanticismo.
Sin embargo, nada ni nadie a pesar de la envidia, puede evitar o negar que sean preciosas.
¿Tenderse en la hierba con ellas como un compañero cómplice de su asesino?
No, no puedo ser tan hipócrita.
Les digo adiós y me trago la verdad que sabe a hiel.
La verdad es innecesaria, no aporta beneficio alguno.
Y sabe a mierda.

«Desconcertado estaba el Diablo, y sintió el horror que la bondad oculta».
(Película El Cuervo)

Que no es poco por lo desesperante, por las melancolías de lo que ya no podrá ser.
Por lo que pasó y duró tan poco que parece sueño.
Por el dolor que es tanto y parece delirio
Por tanto espacio-libertad que los pulmones se fatigan de tanto aspirar, y llevarse a la tumba todo lo bueno que puedan.
Porque amar es el más hermoso de los esfuerzos y detestar lo más fácil y liberador.
Un día más… O un día menos.
Pero eso ya lo sabía. Está bien, no puede hacer daño.

He tenido una revelación.
Tanto que algunos lo buscan y helo aquí, el paraíso: un prado con un montón de vacas satisfechas y plácidamente aburridas de tanto rumiar. Acostadas en el pasto y con total seguridad, sobre sus propias cagadas sin que les importe demasiado.
Soy la hostia de místico.
Y un observador nato.