
«NO FUMARÁS».
Y una mierda.

«NO FUMARÁS».
Y una mierda.


Y es inevitable que piense, que cuando mi cuerpo se quede vacío e inservible; si será digno de posterizarse como una lata Campbell’s de Warhol.
No será digno, porque la muerte lo marchita todo. No existen coloridos cadáveres.
Siempre es bueno saber cómo no seré al estar muerto.
Y sinceramente, aunque me maquillaran bien, la lata de refresco es mucho más decorativa y vanguardista.

Se abren explotando de color y vida cuando el invierno se muere. Y apenas entra la primavera se marchitan.
Qué valientes las pequeñas flores que no lloran por una corta vida.
Qué fuerte es la belleza que revienta de matices cromáticos y táctiles; y se extingue sin un gemido. Como si morir tras nacer no fuera triste, no doliera.
Y observo mi reflejo en la luna de un coche y concluyo que los seres feos y tullidos vivimos demasiado tiempo con nuestra condena. Con nuestro castigo por nada.
Tal vez existo para que las cosas bellas tengan importancia a través de mi podredumbre.
Bueno, no puedo hacer nada por remediarlo. Es tarde para ello si alguna vez fue posible.
Enciendo un cigarrillo y me despido de ellas: Hermosa vida, pequeñas. Lo hacéis bien.

Pienso demasiadas veces que soy un cementerio ambulante. Acumulo los cadáveres de los sueños y deseos rotos.
Muertos…
Hay muchos cadáveres en mi piel, en la carne; como quistes.
Y apestan los muy pútridos.
Apesta la vida de una forma insoportable en algunos momentos, en demasiados.
Debería arrancarme la piel para librarme de esa necrosis de la ilusión; pero no es posible sin morir.
Por lo tanto es mejor morir sin dolor que practicar curas tortuosas, que al final me van a matar igual aportando además, dolor a la fetidez de los cadáveres.
Hasta los objetos de escritura se atascan por tanto cadáver. Y la tinta fluye en convulsos borbotones como lo haría el semen del ahorcado.
Si eso pienso de mí, será fácil entender que afirme que este planeta esté habitado por zombis anímicos.
De cualquier forma, la sonrisa de una calavera cadáver es el sarcasmo al que me aferro para salvar la fetidez nuestra de cada día.

Lentamente muere el invierno. Sus hielos se desintegran y la calidez de la luz se impone. El mundo cambiará de nuevo.
Los cambios son movimiento y me tranquiliza.
Lo que se prolonga demasiado acaba siendo hastío.
Hasta las estaciones mueren.
Un «descanse en paz» por el temible helador impío.
Si aún vivo, asistiré a tu resurrección.

El jalón de una vía muerta hace la función de cadáver y lápida.
Es fascinante el tratamiento que la naturaleza da a las cosas muertas.
Las convierte en símbolo y les otorga una vida que no tuvieron.
Y esa vida imposible desata melancolías irrazonables que me hacen pensar en lo que pudo ocurrir en el Km. 112; tal vez sea mi final de trayecto en un horario que desconozco.
La naturaleza es una buena atrezzista.

Dicen que el alma es espíritu, aire, vapor, intangible y eterna.
Indestructible…
Pues la mía no cumple ninguna de esas condiciones.
Está rota, partida y hecha añicos como el vaso que se estrella en la fregadera sucia.
Y ahora no tengo alma. Ergo soy absolutamente libre, carezco de conciencia y escrúpulos.
Tendría que haberla vendido cuando estaba en buenas condiciones.
Espíritu, eterna… Es que no se puede creer nada de lo que la peña cuenta.

La muerte, si la miras sin cobardía, es enviar a la mierda al mundo y lo que contiene.
Es dejar pagos incumplidos y tareas por realizar. Pasarse promesas y obligaciones por el culo y dejar que otros se sigan jodiendo.
Y salir impune de todo eso. Nadie podrá hacer nada por hacer pagar el daño ocasionado o las deudas dejadas. Te vas y tienen que tragarse toda su mierda.
Y me parece bien.
Tengo cierta impaciencia.