El Nuevo y Normal Gobierno Penitenciario Fascista Español del Coronavirus, dejó morir (asesinó) a mucha gente de infarto (posiblemente tenía coronavirus), les negó el tratamiento contra el cáncer y la diálisis (posiblemente alguno tenía coronavirus), incluso gente con algún miembro amputado ha tenido coronavirus. Y gente con catarro ha tenido coronavirus.
Pero el “negacionismo” (en realidad es simple estafa o mentira) del neonazismo mundial hacia otras enfermedades que no son coronavirus, es necesario para mantener el puto bozal de obediencia y humillación (vulgarmente mascarilla) a cielo abierto en España; como el tarado presidente o Nuevo y Normal Caudillo Penitenciario Fascista Español del Coronavirus, ha decretado entre otras cosas malas (como la prisión nocturna que también ha decretado su pareja de hecho, el fiero nazi cacique catalán); el muy pedazo de mierda hijo de puta cabrón…
Y así se ha negado tal posibilidad (que existan otras enfermedades que no sean coronavirus) hasta ahora que, a algún judío aquejado de verborrea se le ha escapado una verdad.
Porque he visto a los cabestros con bozal (vulgarmente mascarilla) toser, tirarse, pedos, lloriquear y sobre todo, afectados de mucha diarrea: caminaban con el culo prieto intentando contener toda esa mierda que presionaba horriblemente contra sus esfínteres (por eso procuraban no toser).
Y si no fuera por culpa del caudillo penitenciario fascista español hijo de puta cabrón (y su marica catalán), que obliga a llevar bozal (vulgarmente mascarilla) a cielo abierto, veríamos que a la mayor parte de los que calzan bozal en el hocico les cuelgan grandes candelas de mocos, auténticos trols de Tolkien.
Es una gran mentira, no es el primer caso. Se piensa el ladrón que todos son de su condición y la prensa puta con su puto presidente, creen que la chusma es tan subnormal como ellos. Y tienen razón, menos con uno (c’est moi 😋).
¿La judía de la foto cierra los ojos por éxtasis o porque le jode que le metan también un palo por las napias?
Soy el muñeco que vive dentro de una bola de cristal, que por alguna maldición no muere nunca, mi diáfana prisión es eterna. Soy un maniquí en el escaparate de una tienda de un pueblo abandonado.
A menudo agitan la bola y a mí, su contenido. Y en lugar de formarse nieve o espuma, el agua se tiñe de rojo, porque cuando duele la belleza que hay al otro lado, o en la periferia, un centímetro más allá del vidrio que me encierra, solo se lloran los primeros veinte años. Luego se padecen hemorragias.
Y es lógico, porque en el agua las lágrimas no se ven, no las aprecia nadie. No sirve de nada llorar si no podemos conmover a nadie.
Ni siquiera la piel de mi rostro las siente ya.
Las lágrimas son diluidas por el agua sin finalidad alguna.
He llevado tanto tiempo aquí llorando para nada, que es lógico que buscara otras vías de expresión a nadie.
Nadie sabe, no importa el muñeco de la bola barata de cristal.
Nadie sabe que bajo mi cabello, hay heridas abiertas por tantos golpes, por tantos zarandeos. Y lloro sangre por esas agallas que tienen la función de expulsar toda esta desesperación de una forma llamativa; pero quien me agita, solo piensa que algo está estropeado en la pintura que me recubre. Soy un viejo objeto.
Una cosa podrida que flota en el agua.
Lo soy… Demasiado viejo, demasiada vida, demasiada sangre que a nadie llega. A nadie emociona.
Y cuando la desesperación es insoportable y nadie observa, golpeo la cabeza contra el cristal, hasta que dos gotas de sangre salen de mi nariz y crean una efímera rama de coral hemoglobínico que flota largo tiempo tomando formas caprichosas a medida que se diluye.
Soy un caleidoscopio sangrante y nadie sabe.
Quiero morir ya, porque todo lo que amo y deseo, está al otro lado y si tras toda esta vida de golpear el vidrio no he conseguido salir, ya no quiero hacerlo. Lo único que me espera es la muerte, fuera de la hermeticidad el sol y el aire me destruirán en el acto.
A pesar del agua, me he secado y me hecho quebradizo.
Todo se ha hecho hermoso, todo lo que veo allá, un centímetro más lejos, se conserva colorido, mientras en mi cabeza solo hay llagas que sangran la profunda depresión de un encierro sin esperanza.

Iconoclasta
