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No quiero salir de su coño

Publicado: 27 abril, 2011 en Amor cabrón
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Me la ha mamado y yo estaba ebrio de sueño y cansancio.

He sentido la excitación más serena. Con el placer de su exquisita boca ha oscurecido mi glande de sangre. La he penetrado sin sentir resistencia. La he follado en un duermevela.

Sin ansia, con un sosegado ritmo.

Esto no es amor, esto es lo que provoca el amor. La animalidad, la irracionalidad es ahora un musgo que coloniza piel y mente.

El raciocionio se ha ido a la mierda. Se ha pegado un tiro en la sien para dejar paso al hedonismo puro.

Ella gime desde allá arriba, en la consciencia. Sus sonidos de placer me llevan lejos, a lo más profundo.

No sé si es mi semen o su flujo lo que impregna mi bálano y se escurre por los testículos; no importa, estoy en ella. Dentro de ella. La rodeo y la inundo.

Mi pene es receptor y amplificador de sus convulsiones.

Su coño es un sima profunda y acogedora que palpita trémula aprisionando mi falo.

Su piel el único nexo, el soporte a mi escasa realidad. Es la parte del cuerpo no sumergida que es capaz de darme paz. Un estado no tan imbécil como la felicidad.

Difusa realidad.

Y es mejor así, no es necesario despertar. Lo que hay ahí fuera, fuera de su coño y mi sueño, no me interesa.

Bien podría ser el coño un ferétro o un tanque de aislamiento sensorial.

Da igual, hay demasiadas cosas que ignorar, cualquier herramienta o lugar sirve para seguir dentro de nos.

Lo que importa es no estar.

No existir.

Vivir en blanco y negro.

Y cuando las cosas ocurran, cuando la consciencia vuelva a reinar: dejarse llevar y destruir.

La realidad es pesadilla y horrror.

Es mejor la mamada. Y no siempre me la maman como quiero.

No quiero salir de su coño.

Le exijo sobredosis de heroína, no acepta, no quiere, no transige. Insiste en que hay que vivir.

Mis piernas se tensan, mi vientre se contrae.

Seguimos dentro.

Iconoclasta

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Alquimistas indecentes

Publicado: 26 enero, 2011 en Amor cabrón
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Hemos lastrado el amor al cuerpo para que no vuele.

Hemos hecho del amor algo tangible y pesado. Algo palpable como el coño anegado de deseo, como el pene duro y palpitante.

El amor ya no es onda ni frecuencia. No es espiritualidad. El amor se destila por la piel y el sexo. Gotas blanquecinas que recojo con mi lengua entre sus muslos temblorosos.

Si el amor fuera plomo, ahora tendríamos oro en nuestras venas y labios.

Lo hemos transmutado, somos los indecentes alquimistas del amor. Platón lloraría ante la blasfemia que hemos cometido con su amor puro y místico.

Estamos cansados del espíritu. El espíritu es sólo el consuelo de los mediocres. No hay placer sin cuerpo, sin piel.

Lo sabemos por un constante sufrimiento a través de los tiempos que nos ha dejado casi agotados.

Ahora el amor gravita a veces indecente, a veces tierno en nuestra piel. Como una presión atmosférica. Unos dirán que es un tumor, yo digo que son idiotas, que son envidiosos. Que sus sexos están más secos que la mojama.

Ahora mensuramos el amor, lo agotamos, nos agotamos…

Somos nuestra propia piedra filosofal, la que todos aquellos alquimistas blasfemos que ardieron en hogueras no encontraron.

A veces perdemos una vida entera sin dar con la cábala precisa, con la fórmula transmutatoria. Y morimos con el espíritu vaporoso de amor y las pieles secas de necesidad.

Esta vez no. No en esta vida.

Su sabor en mi boca, mi sabor en la suya, son hechos irrefutables. La empírica gana a la teoría y a la maldita metafísica.

Hemos hecho de la eternidad algo efímero; el placer hace correr rápido el tiempo. Y ahora chapoteamos hacia la eternidad en una láctea alfombra de gemidos y tendones tensos de orgasmos que nos arrebatan la cordura.

Hemos desarrollado alergia al amor puro.

No somos puros, jamás lo hemos pretendido.

Alquimistas de cuerpos convulsos cansados de espiritualidad. Indecentes en la búsqueda de su piedra filosofal.

Cambiamos las letras por uñas y filos que rasgan tejidos y carnes.

Hay solo una cábala mística: Quiero estar siempre junto a ti. Con ella conjuramos los tiempos de lágrimas y hiel.

Es un magnético conjuro, un ritual diario que es suficiente para alimentar el espíritu. Nos amamos, el espíritu lo sabe, no necesita más. Llevamos demasiadas vidas con un misticismo insistente que no daba paso a los cuerpos.

Que se joda el espíritu.

Debo besar a mi bella alquimista, está a mi lado. Ya no hay magias ni coincidencias. Ahora solo queda la anhelada cotidianidad de un amor que se saborea, que nos unta la piel.

Se acabó al fin volarse las tapas de los sesos con cada despedida.

Despertamos juntos, tal y como hemos soñado a través de los periodos geológicos de este planeta infectado de amor puro.

Nos merecemos un premio Nobel de química.

Iconoclasta

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Breve historia de un alma

Publicado: 4 enero, 2011 en Amor cabrón
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Es que soy lo que rima con joya de gracioso que soy.

Una vez y mil he dicho que el alma no existe, que el ser humano es un conjunto de células y cada una hace lo que debe hacer. Y cuando llega el Segador, ni alma, ni pensamiento, ni nada de nada. Todo desaparece.

Una vez me preguntaron: ¿Entonces de dónde nace el amor? De los testículos, respondí yo muy cínico.

Y me cuidé mucho de no torcer mi sonrisa en una mueca amarga para que nadie dudara de que me creía mi simplificada filosofía de la vida.

Ya que no soy inteligente, prefiero asumir el papel de vanidoso ególatra (o ególatra al cuadrado) y así provocar antipatía antes que pena.

Todo iba bien, porque sentía esa intensa punzada que da en el pecho la soledad; pero nadie se percataba de ello. Soy bueno ocultando mis miserias.

Bueno, a la edad que tengo, todos somos hábiles haciéndolo.

Hay días en los que es mejor meter la mano en el triturador de basura y silbar mientras las células afectadas gritan de dolor.

Son días en los que descubres con un sutil tintineo que algo huele a podrido en Dinamarca y que toda esa habilidad para alardear de frialdad y sapiencia, se va por el desagüe junto con los restos de comida tras el cepillado de dientes.

Ella me miraba sorbiendo el café de la máquina del comedor de la empresa.

Yo pensaba en el cansancio, en el hartazgo de los días iguales, en el amor que soñaba secretamente y no encontraba.

No reconocía amor en los seres que me rodeaban.

Me sentía triste y debí perder el control, algún gesto me traicionó.

Estoy seguro de que tragué saliva con esa tristeza existencial que a veces me ataca.

Y ella se acercó, echó unas monedas en la máquina de bebidas y posó su mano en mi hombro derecho, suave y brevemente la retiró deslizándola como una caricia.

Me dio el vaso con el café humeante con una complicidad que me dobló buscando aire.

Os juro que la oí, supe que era ella, mi alma. Fue el ruidito casi imperceptible de una campanilla de cristal, o como cuando se hace una brecha en un vidrio con un suave clic que nos suele provocar un escalofrío.

Ese fue el ruido de mi alma, se me rompió un trocito con aquel gesto y cayó al suelo con un alegre tintineo.

Supe que era mi alma, porque también mi cuerpo pareció quebrarse.

Yo me reí y ella también.

La conocía de los diecisiete años que llevábamos en la empresa; pero salvo los saludos corteses, no tuvimos nunca una conversación y mucho menos un roce.

-¡Qué día más asqueroso para hacer fiesta! Menos mal que aún nos quedan sólo cinco horas más de trabajo -dije nervioso, intentando ser ingenioso.

Ella se rió a gusto. Quedó seria de repente y volvió a posar la mano en mi hombro.

-Cielo, te he visto, te he reconocido. Nadie traga la amargura como tú.

Aparte de que aún resonaba en mis oídos el ruidito de mi alma rota, se me escapó el café de entre los labios como si fuera un perfecto imbécil.

Ella no sonrió, acarició mi mejilla.

-Dime que me reconoces cielo, por favor. Por favor…

No la reconocí, pero sentí un ruido ensordecedor a cristales rotos. Cubrí su mano con la mía, aún en mi mejilla.

-No sé si te reconozco; pero te siento, mi vida.

Ella giró un poco el cuello echando la cabeza atrás y posó su mano en él. El índice largo y delgado señalaba esa tersa piel. Sus ojos negros brillaban y daban luz a mi alma hecha añicos.

Y besé su cuello, y lloré lágrimas más antiguas que el fuego.

Todo mi ser tintineaba como vidrios cayendo durante aquel beso.

-Estoy muy cansado, mi amor -le dije.

-Vamos, cielo -me dijo antes de posar un beso en mi mejilla-Vámonos de aquí.

Y quise pedirle que me ayudara a recoger los trozos de mi alma rota.

Y salí con ella de la mano a un mundo nuevo que no reconocía.

Fue tan breve y fulminante…

Tengo miedo de que fuera un sueño. Me muero de miedo.

Uno no sabe bien como actuar ante este miedo, no cuando sabes que tienes alma y que duele.

Cuando te das cuenta de que tienes alma y que se puede romper, es que el amor ha irrumpido sin cuidado.

¿Por qué tiene que ser todo tan brusco? No hay término medio, no hay sutilidad. Amar requiere una buena forma física.

Y descubrí el amor y el alma entre tintineos, y un café.

Ahora la beso tan profundamente, que es imposible que sea sueño; y lamento los siglos vividos sin ella.

Y esta es la breve historia de mi alma.

Toda una vida con ella y la conocí en un instante.

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La garrapata

Publicado: 5 diciembre, 2010 en Reflexiones
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Hay un cansancio vital que parece enroscarse y cortar la circulación de sus piernas; la garrapata inocula con potentes latidos ponzoña de tristeza y soledad en su ánimo.

Pero ahora no llega a su cerebro, toda esa miseria va directamente a su pene, directamente, y allí se transforma en energía. En presión constante.

Estar solo no siempre es un privilegio, puede ocurrir que ames y no ser amado.

No es esporádico, suele pasar.

La mujer mantiene las manos apoyadas en el mármol de la cocina, su tanga está ligeramente ladeado por el pene que bombea en su vagina. El fino hilo de la prenda, roza su clítoris de forma irregular y sus rodillas tiemblan por la fuerza de la penetración y un placer que las debilita. Sus pechos se agitan furiosos por las embestidas del hombre. Y algún grito incontrolado se le escapa cuando las rudas manos los agarran, clava sus dedos y maltrata sus pezones.

El hombre siente la humedad de la excitada vagina bañar su bálano y todo se acelera. Sus testículos están empapados, el vello húmedo.

Follarla es un tratamiento contra el cansancio vital aunque sus piernas tiemblen durante el coito. Quiere llegar a su útero mismo. Quiere llenarla de él.

Nunca será amado y un litro de agua pesa un kilogramo. Las cosas son así.

Deja de penetrarla y con unos cachetes en los muslos interiores, la lleva a que separe más las piernas. Con un cuchillo corta las cintas del tanga y retira la prenda aún metida y mojada entre la vulva. Ella siente un escalofrío de placer cuando retira de entre sus labios esa tela provocando un delicioso roce. Sus nalgas se abren, la vulva brilla húmeda. El hombre saliva abundantemente.

La garrapata late en su ingle, succionando sangre dejando ir un torrente de ponzoñosa tristeza a cambio. No es parasitismo, es simbiosis. Al menos en cuanto al pene se refiere.

En cuanto a la mente, ni simbiosis, ni parasitismo. Es simple fiebre, infección que mata.

Aunque ahora no percibe en toda su magnitud ese torrente de pesar, puede observarse el irreparable daño del alma en su forma casi agónica de entregarse a la mujer que ama.

Él no hace caso del agotamiento que la tristeza lleva, simplemente folla. Es lo único que puede hacer para estar más cerca y dentro de ella.

Se arrodilla antes las nalgas y acaricia el clítoris masajeando el ano con la lengua. Penetra su vulva con los dedos y ella arquea su espalda acallando un gemido sin conseguirlo.

Se interna más en los muslos. La lengua busca el coño que derrama un continuo y viscoso placer.

Cierra los ojos evitando mirar el mundo. Evitando ver ese coño palpitante y dilatado de deseo para no quedar inmóvil ante la belleza del placer obsceno.

La mujer nunca lo amará, ha pasado demasiado tiempo desde que se prometieron amor inmortal. El amor no existe en ella, sólo es un cariño, una atracción sexual.

Él lo siente en el sabor de la baba que de su coño mana.

Ella nació para ser amada y él para amar. Ella llega excitada a la casa y él la folla enamorado.

La garrapata es su única amiga, la que no se quiere separar de él.

Hace dos semanas, tenía dos cucarachas, consiguió que se le subieran por el cuerpo y se posaran tranquilas en su cuello, en su frente; pero murieron pronto.

La soledad es buena para sentir aprecio por todos los seres del planeta.

Tal vez sea mejor así. Ser amado es una responsabilidad muy seria, está seguro que no sabría que hacer si fuera amado. Se sentiría agobiado. Importar tiene que ser una carga pesada.

Ser amado requeriría el convencimiento de ser digno de ello. Y a estas alturas de la vida, nada le hace pensar que pueda ser digno de semejante privilegio.

Amar está bien, hay gente que no lo hace nunca.

O piensa eso, o se pega un tiro en la boca.

La garrapata se hace enorme, está bien instalada en su ingle, a veces mueve sus pequeñas patas un poco inquieta y a él le gusta ese cosquilleo. Como si alguien que te ama te hace cosquillas en la piel con sus labios.

Y a pesar del placer que ahora le embarga siente bombear de la boca de la bestia el ácido cansancio de la tristeza en sus piernas cansadas.

Llegó demasiado tarde a su vida, las plazas para ser amado se han agotado. Ella ama a demasiadas personas. Él ha llegado con cientos de años de retraso.

Ella no tiene la culpa. Él tampoco. Empate.

Él la ama aunque tenga que esperarla semanas para tenerla esa media hora que dura el polvo. La follada de la quincena, del mes.

Se propuso amarla, a pesar de la certeza de que nunca sería amado. Pero era lo más parecido al amor que se le ofreció. Tuvo que aceptar.

Siempre es la misma pauta: él también ama a la vida, se aferra a ella como la garrapata a su piel; pero la vida no acaba de amarlo tampoco.

No acaba de quererlo lo suficiente.

La vida, igual que la mujer que ama, simplemente lo soporta. Ambas le regalan algún tiempo que tengan libre. De vez en cuando recibe alguna atención en pago a que ama tanto. Una gratificación que no vincula más allá de media hora, una hora a lo sumo si tiene suerte.

El amor está demasiado disperso en ella y en la vida, aman a muchas personas y en él apenas focalizan algo.

Se está masturbando con fuerza, recibiendo en su boca las contracciones de la mujer, cuyo hermoso cuerpo se tensa ante la proximidad de un orgasmo. Le gusta que ella se corra en su boca, le gusta ese jarabe que ella expulsa cundo llega al clímax.

Al mismo tiempo él escupe su semen salpicando las pantorrillas y los tobillos de la mujer, exprimiendo las últimas gotas que salen de su glande con una mano. La otra se ha cerrado en la vagina presionándola durante el placer sumo. Ella tiene su mano sobre la de él, obligándole a que contenga con más fuerza todo ese gozo que hace enloquecer su coño y su columna vertebral cuando la recorre el explosivo orgasmo. Sienten que sus sexos estallan.

Los jadeos de ambos ponen de manifiesto el absoluto silencio en el apartamento.

Ella le da un beso cálido y él se deja llevar por el momento. Ese roce de labios parece combatir todo su cansancio y la garrapata se siente celosa. Se remueve inquieta y rasga más la herida con su boca para castigarlo.

-Te llamo -le dice al hombre abriendo la puerta de la casa para salir.

-Gracias -responde él con verdadero agradecimiento.

El hombre se sienta en el sillón aún desnudo. El semen se enfría rápidamente en su pene y le da una agradable sensación de frescor.

Observa a la gorda garrapata inyectando ahora dosis masivas y casi mortales de soledad. Siente la presión en todas sus venas.

Y un poco de asfixia, que por extraño que parezca, con el cigarrillo alivia.

Suena el teléfono.

-Hola papá.

-Dime.

-Feliz cumpleaños. Te quiero. ¿Te han regalado muchas cosas los amigos?

¿De verdad hoy es su cumpleaños? ¿Cuántos cumple?

Tal vez dos mil, no importa.

-Aún no; pero esta noche tenemos una cena -le miente. No hay cena, no hay amigos.

Y acaricia el cuerpo repulsivo de la garrapata en un acto de repugnante ternura.

Está dura, parece de piedra.

-Te quiero hijo.

-¿Cuándo volverás?

Silencio…

-Nunca -dice el hombre con un dolor en el corazón.

-Un beso papá.

La garrapata ha crecido tanto…

Ya no hay nadie al otro lado del teléfono, la garrapata ha cortado la comunicación.

Está firmemente anclada sobre la femoral, muy cerca de los testículos.

El cuchillo está en el suelo parcialmente cubierto por el tanga roto, lo toma del suelo estirando el brazo casi con esfuerzo. Con cansancio.

Con el cigarro colgando de los labios y entornando los ojos por el humo que le ciega, apoya el filo entre la piel y la bestia. Y corta.

Un chorrito fino de sangre se escurre por el muslo y gotea el suelo.

La garrapata ha quedado pegada en la hoja del cuchillo. La hace estallar como una burbuja entre sus dedos.

La cabeza con su boca ha quedado enterrada en la piel. De ahí sale mucha soledad y tristeza acumuladas; un humor que tiene el color de la sangre gastada y vieja, casi azul.

Escuece.

Así que hunde la punta del cuchillo para extraer la boca, que como un aguijón dentado, se ha quedado firmemente metido en su carne.

Está cansado, está nervioso, hurga en la herida sin llegar a conseguir mover el aguijón. Profundiza, llega la ira de su propia torpeza, hunde el cuchillo con rabia y sin cuidado.

Hay demasiada sangre para que pueda haber un final feliz.

El cuchillo hiere la gran arteria y la sangre ahora le salpica la cara.

No hubiera sido nunca un buen cirujano.

Qué fácil es morir.

Fue un error adoptar la garrapata, cuando hace una semana trepó por su pierna buscando sangre y compañía, la miraba asqueado subir por la piel lenta y torpemente.

Y aún así le invadió cierta ternura. Era tan pequeña…

Estaba necesitado de algo de compañía, de alguien que no se avergonzara de estar con él; pero esa amistad ha resultado ser demasiado agresiva. Obsesiva.

Las cucarachas eran más distendidas.

Ahora no importa, está cansado, es mejor abandonarse.

Bueno, tampoco es nada extraño. Es normal morir de la misma forma en la que se vive.

No sucede que cuando te vas a morir, todos los amigos vienen a despedirte o te dice alguien que te ama.

Te largas igual de solo que has vivido.

Le da una última chupada al cigarro, con incomodidad; sus pies resbalan entre la sangre y no puede relajarlos.

Cuando el corazón falla, da un último ronquido.

Feliz cumpleaños. Feliz cumplemuerte.

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Los mojones del dolor

Publicado: 20 noviembre, 2010 en Reflexiones
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Los dolores son mojones que jalonan el camino y marcan tiempos.

Marcan distancias.

Es lo mismo, todo es tiempo al final; todo es vida que se deja en forma de pasos ebrios de dolor a través del páramo camino del amor. Lo importante es que se distancien mucho, que entre mojón y mojón haya largos periodos paz.

Es difícil ¿verdad?

La paz no debería ser jamás inmovilidad, que no os engañen, no os engañéis.

Se os podrían pudrir las piernas en esa inmovilidad, y también la sangre. Y el alma se secaría en el páramo como la tripa de un animal devorado.

Una pierna se me cayó en el camino, no hice caso y seguí avanzando. Ella me curó. Sed valientes, porque no amar duele más que una amputación.

Todo es páramo en el camino al amor, no hay oasis hasta haber abrazado a quien amáis. No busquéis fuentes, no hay manantiales.

Es ella, es él el manantial, no perdáis el tiempo, atletas del amor.

Es importante fijar la mirada en los ojos amados, no miréis atrás, no penséis en los años que se han petrificado marcando kilómetros, cotas, tiempos perdidos y vacíos.

Aciagos tiempos…

Si pensáis en ellos, caeréis en el dolor ergo en la desesperación.

No dejéis más mojones de dolor clavados en la senda, bestias enamoradas. Ahora que camináis hacia el amor, no sufráis más. Es fácil hacerlo porque estamos acostumbrados al dolor y hemos mal interpretado: concluimos que sin dolor no hay amor.

Es mentira, sonreíd.

Ha habido tanto dolor y soledad, amigos…

No os podéis creer que ahora el corazón bombee con fuerza inusitada, y miráis atrás y contáis mojones sin que sea necesario.

Evocáis dolores porque pensáis que otro error más no lo soportaréis, que moriréis.

Si habéis sido valientes para soportar todo ese camino que ha quedado atrás, soportaréis el camino del amor.

Maldita impaciencia…

No hay atajos, el único atajo sería cruzar Dolores, y eso es lo mismo que perder el camino, perderse para siempre. Porque al igual que las sirenas de Ulises, los alaridos de tiempos sin amor, os harán perder el rumbo. En Dolores los habitantes están convencidos de que vuestra vida ha de ser igual que la de ellos, que habéis de continuar el camino que marcaron los que ahora están muertos, los que hace años que están muertos y además enterrados.

Dolores es la capital de la comarca Cobardía.

No paréis allí aunque os ofrezcan descanso, no hay sirenas bellas, sólo bocas podridas de envidiosos alientos.

De infecciosos afectos.

Os contarán de atajos que se visten de segundas oportunidades a amores muertos, amores ya enterrados.

En nombre de los hijos se nos pide rechazar el placer y el amor.

Los hijos no quieren vuestro dolor, sólo piden crecer y ser como vosotros, os aman porque amáis. No escuchéis a los falsos sabios que con las manos a la espalda, hacen rodar entre los dedos un corazón podrido hablando de civismos y moralidad.

En nombre de muchos años juntos, de lealtades falsas y corruptas, nos piden más mediocridad.

Estáis cansados, pero aguantad; nos espera nuestro amor.

Ellos quieren plantar un mojón con vuestro nombre en el kilómetro exacto de la cobardía y la derrota.

Golpead el próximo mojón, derribadlo y con ello lo que nunca amasteis de verdad, la vida es una mecha que avanza rápida, corred. No escuchéis a los fariseos, a los mercaderes de la envidia y la mediocridad.

Y ya cuando lleguéis cansados y reventados, con los ojos enrojecidos, sacaréis fuerzas para sanar las heridas y dar descanso. Seréis sanados y descansados.

Y no os daréis cuenta de lo agotados que estáis, hasta que os durmáis sin un suspiro, completamente confortados y seguros con vuestro amor.

Cruzad el páramo sin mirar atrás, no oigáis a los dolorianos, no bebáis allí por muy cansados que estéis.

Hay tiempo para el descanso, no desesperéis, colegas.

Dejad atrás el último mojón, tan lejos que se convierta en horizonte.

Sois fuertes, amigos, si habéis llegado aquí, llegaréis a la única fuente que os dará vida.

Y recordad, recordad bien: no hay control de avituallamiento. Es duro, pero el final es lo más bello que podáis imaginar.

Vamos, queda poco…

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Un kilo y medio de amor

Publicado: 11 noviembre, 2010 en Amor cabrón
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Cuando salí de Barcelona pesaba 89 Kg., mi reina.

Cuando he vuelto más solo de lo que nunca en mi vida me he sentido, peso 87,5 Kg.

Mi vida…

Ya puedo cuantificar lo que te he amado, todo lo que guardaba para ti, para entregarte tras un año y medio de amarte.

Te he dado exactamente un kilo y medio de amor en menos de una semana.

Es mucho, mi reina.

Me cuelga la piel, la siento vacía. No es dolor, es una carencia absoluta. No se puede decir que es dolor porque sonrío y lloro y siento tu tacto y tu aroma, siento tu sonido y tu respiración. No es dolor, es un vacío que desespera. Es abrazarse enloquecido uno mismo intentando captar algo parecido a tu piel entre la mía.

Pero ya es tarde hasta para la imaginación, ya no puedo engañar a mis nervios, a mis músculos ansiosos de elevarte, de cargar contigo. Ya saben de ti y no hay fantasía alguna que ahora pueda consolarlos.

Sabes que hay una película que dice que el alma pesa 21 g.

Eso no es nada cielo, mi amor acumulado pesa 1500 g., te he dado un kilo y medio de amor.

Te decía que tenía que darte todo mi amor, pero no he sido consciente hasta que me he sentido vacío, con los músculos flojos y la piel macilenta. Me pudría en vida cruzando el Golfo de Méjico, alejándome.

Y me he pesado rodeado de una atmósfera de absoluta soledad. Eso da una lectura precisa de amor.

He comido lo que tú no podías, lo que me dabas porque no podías comer más. He comido lo que me indicabas con hambre canina. No he hecho pesas como cada día, y el peso se me iba.

A veces me decías que estaba ausente. «¿En qué piensas, amor?».

No pensaba, cielo, sólo sentía. Se me escapaba el amor, y sentía ese instante vertiginoso, sentía que me arrancaban carne y me quedaba quedo y en silencio, aguantando casi con miedo como se me escapaba el amor hacia a ti. Como el aire que me robabas de los pulmones con tus besos y me sentía fatigado y tenía que respirar con un pequeño gemido.

Tal vez a eso se deba que el avión que me alejaba de ti, lo hacía más deprisa de lo que me llevaba hacia a ti. Mi amor era un lastre en sus bodegas, en el pasaje, en sus alas.

Me da risa lo poco que pesa el alma y lo mucho que pesa lo que te amo. Ni siquiera los grandes guionistas podían imaginar hasta ahora la medida exacta, cuantificable, mensurable, identificable y desesperante del amor. Su masa…

Mi vida… Te he dado todo el amor que tenía, me siento débil sin ti.

Pero ya he empezado a recuperar, mañana pesaré más, porque empiezo a acumular. Porque pesas en mí, eres mi gravedad, mi atracción. Eres el mundo sobre el que piso y sin ti, salgo directo al frío y letal espacio.

Perdona si engordo, no es por dejadez, ahora ya lo sé, cielo. Porque seguiré creando músculo, seguiré entrenando el cuerpo para ser tuyo, para ser tu piel y los brazos que te elevan. Pero no comeré con hambre, no beberé con sed desesperada, engordaré de amor que no te puedo dar ahora.

Serán sólo unas semanas, mi reina, pero perdona si engordo un poco, te juro que salgo en la mañana fría y sudo haciendo deporte para aliviar la tremenda soledad en la que has convertido mi espacio con tu piel, con tus labios, con tu cuerpo Dios.

Ahora soy de nuevo carencia, una carencia insoportable, y temo engordar con mucha más rapidez, temo explotar de amor en estas semanas que me esperan sin ti.

¿Me podrás perdonar este exceso de peso, mi reina?

No es dejadez, mi amor.

Cuando llegue a ti, me pondré en forma de nuevo.

Te lo juro, te daré tanto amor, que me mirarás con esos ojos enormes y con cierto malhumor, porque eres presumida y no te gusta subir de peso.

No puedo evitar que mi amor por ti, sea tan pesado, que pese setenta veces más que el alma. Tal vez este amor sea el resultado de setenta vidas que hemos pasado juntos. Setenta almas…

No quiero mi alma insignificante, sin peso específico. Quiero la tuya. Quiero adelgazar a tu lado, no quiero acumular más peso. Quiero quemar toda esa masa de amor junto a ti.

Por que duele este lastre, este amor enquistado que atiranta mi piel.

La ducha es tan fría a pesar del vapor…

 

Iconoclasta

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Las 44 dudas, las 44 desesperadas respuestas

Publicado: 23 octubre, 2010 en Amor cabrón
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Las 44 dudas, las 44 desesperadas respuestas.

Por Aragón (las preguntas), respuestas de Pablo López.

¿Hola? Hola mi amor.

¿Me oyes? Y te siento en la piel.

¿Alcanzas a verme? Con dolorosa lejanía.

¿No quieres hablar? No puedo.

¿No te importa si igual te hablo? Me duele. Sé que va a doler, te temo un poco.

¿No te apetece escucharme por falta de valor o exceso de rabia? Miedo a perderte, rabia hacia la vida.

¿Has olvidado las buenas costumbres y las posiciones correctas para tratarme? Sí, lo olvidé amarte me hace animal.

¿Qué? Perdóname.

¿Has dicho algo? ¡Perdóname!

¿Podrías repetirlo una vez más? ¡Perdóname…!

¿Acaso no merezco una oportunidad? Sí, en todas las vidas.

¿Otra vez caíste en las trampas de tus fantasías? Sí, en una fantasía tan real…

¿No soy yo la que debería temer a tus labios que endulzan a cualquiera? No.

¿Por qué esta vez pusiste en mi mente, en mi boca y en mi alma deseos que no he creado? Los puse en la mía, cielo.

¿Callas? De dolor y vergüenza de mí.

¿No dices nada? Perdóname… No sigas, ya comprendí, ya me avergoncé.

¿Temes aceptar que tengo razón? Tienes razón, no tengo miedo de aceptarlo, mi amor.

¿El orgullo es mayor porque sabes que te equivocaste? No hay orgullo, sólo miedo.

¿Tenias tantas ganas de pelear que era más fácil inventar un pretexto? No, mi amor. Sólo se presentó ante mí la posibilidad que más temía en este mundo.

¿Te das cuenta de que la perfección existe y extrañaste los días malos para ensuciar los nuestros? Nada podría ensuciarlos. Te pido yo piedad.

¿Adios? ¡No!

¿Lo sabías? No sé nada, sólo te amo.

¿Me creíste capaz? No, cielo. Me creí poca cosa.

¿Vendiste mi pensamiento así de fácil? No lo vendí, creí darle la libertad que se merece.

¿Lograste convencerte de que no sirves para esto? Creí ser intrascendente y no pesar en ti.

¿Tuviste la valentía de ponerme de lado y tomar tus propias decisiones? Sí, cielo. Sí. ¡Qué dolor…!

¿Pensaste tanto en ti, en tu dolor que olvidaste que tu adiós era el fin de mi alegría? Lo olvidé, cielo. No sigas, por favor. Es llorar…

¿Recordaste en medio de toda tu rabia mi agonía pausada en respiraciones cortadas y saladas? No lo recordé, cielo. No lo recordé…

¿No? Perdóname…

¿Lloras? Más que nunca.

¿De verdad? Sí.

¿Podrías ayudarme? No haría otra cosa más que vivir para ti.

¿Harías una pausa para acariciar el corazón? La he hecho, estoy llorando, perdona si me demoro demasiado en mi caricia lenta.

¿Ves cómo se apaga mi fuerza? Piedad, mi amor. Otra vez… Estoy pagando mi estupidez con lágrimas ardientes, cielo. Puedo morir si te apagas.

¿Ya no? Ya no, sólo quiero abrazarme a ti, de repente me siento muy cansado. No quería ser débil.

….

¿Si? Te amo.

¿Tal vez? Sin duda, con todas mis fuerzas.

¿No ves la mano que se asoma pidiendo un poco de compasión? Por favor, que coja la mía que también asoma.

¿Ves lo que hace tu mujer por amor? Lo siento en mis entrañas.

¿Me podrías perdonar esta vez? No puedo llorar más esta mañana, mi amor. El perdón lo pido yo. Por favor. No más preguntas.

¿Podemos ir a dormir? Dormiremos y nos besaremos al alba.

¿Haremos el amor? Hasta quedar exhaustos.

¿Ríes? Ahora no puedo, mi reina.

¿Eh? Reiré, mi amor. Sólo necesito llorar unos minutos en ti. Estoy tan nervioso, me tiembla todo.

Aragón / Iconoclasta

Es un texto basado en una primera idea y autoría de Aragón sobre un hecho real (Ver Las 44 dudas). Gracias a ella existe este texto. Por ella existo yo (Iconoclasta).

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La energía perdida

Publicado: 18 octubre, 2010 en Reflexiones
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«La energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma»

Sin Ella, mi energía se pierde, no hay ley alguna que pueda dar consuelo a su ausencia.

Algo se debería romper en el universo cuando hay una pena; no es posible que mientras nos retorcemos de dolor, nada cambie.

No es justo.

No es buena cosa.

¿Todo este dolor no sirve de nada?

Algo de destrucción. Es un ruego.

No puedo soportar que todo este dolor, toda esta desesperanza se quede aquí creando necrosis en mi tejido anímico.

Las penas deberían crear reacciones, que no se queden dentro de nuestro organismo minándonos, que salgan al exterior y destruyan mundos.

Que corra el llanto ajeno también.

Pero no ocurre nada. Caminamos sobre estratos de millones de muertos que han lanzado trillones de gemidos y todo sigue igual de inamovible.

Los muertos están afónicos y el universo es sordo e impermeable a sangre y vómitos.

Es como si este puto dolor de amar, no importara. No importo una mierda.

La soledad es firme como una roca, ni el terremoto más espantoso la puede romper.

Mi soledad no es así. Mi soledad es una muralla, es algo que me protege de lo externo, que me hace sentir seguro. Pero no es tan firme como intento convencerme.

Con sólo su beso o su aliento se desmorona. Ella es el ariete de mi soledad. La catapulta que destroza almenas de aislamiento ya mohoso.

Ella da paso a la luz, y a la lágrima que se vierte involuntaria. Imparable.

Ella hace lo que nadie en la tierra ha hecho a pesar de los infinitos dolores.

Dobla el tiempo y lo maneja a su antojo. Modela nuevas eras bajo el brillo de sus ojos oscuros como la obsidiana.

No hay sacrificio ni vida quemada capaz de intervenir en los hechos cosmogónicos. No hay nadie tan importante. Los muertos no pesan, los millones de muertos están ahí, sin haber influido, sin trascender.

Ella sí, provoca reacciones telúricas, me hace perder la calma y lanza meteoritos que anulan la vida a mi alrededor y soy exclusivamente algo en sus manos.

A Ella le basta con su presencia para eclipsar la vida misma.

Sólo Ella, abductora de la razón, puede variar el universo si así lo decide.

Y no puedo hacer nada ante ello, no quiero.

Sólo dejarme llevar.

Sólo me abandono, soy leño en su océano. Solitario durante eras. Bendecido por su compañía durante escasos segundos.

No quería quitar importancia a otras vidas, a ajenos seres; pero es inevitable que pierdan ante Ella.

Podéis llorar, sufrir y gritar de alegría; pero nada de vosotros trascenderá. No variará nada. Por eso no rezo a los muertos, no respeto a los vivos, no me importa la miseria, ni vuestra alegría. Sois vanos.

Yo solo la espero a Ella. Porque sólo con Ella estoy bien.

Yo la adoro como un renegado de la divinidad sagrada. Un pagano que se retuerce en el vacío de un universo espurio de dioses que nunca existieron. Porque Ella no tiene nada de sagrado. No hay religión ni fe que la pueda definir, que la pueda acoger. Ella es mundo y creación. Adoro su cuerpo lujurioso, su mente lúcida de hedonistas imágenes. De amores tan fuertes que crea oscuras masas que absorben todo a su alrededor.

Hay cosas que no se deberían escribir, no es necesario sincerarse; pero cuando no está soy todo aquello que un día intentaron educarme para que no lo fuera.

Cuando no está ella soy una mala bestia y todo está mal. Todo es sacrificable. Siempre pienso que nunca hay bastantes muertos.

Y soy malo, y estoy desesperado. He escupido en las venas abiertas del suicida y en el cordón umbilical del recién nacido sin haber encontrado consuelo a mi ansia.

Hundo los dedos en mis heridas para que no se cierren. Solo por pura maldad, para que la pena no coagule la sangre en mis venas cuando estoy sin Ella. Para que salga el dolor en forma de infección, para trascender aunque sea en la sangre muerta y seca.

Y nadie me ama, sólo Ella.

Sólo Ella es capaz de abrazar a un abyecto y sacarlo a la luz, convertirlo en un hombre lleno de amor, empapado de lágrimas.

Bendita y maldita Ella.

Y todo este dolor, toda esta tristeza, es energía destruida, que no se convierte en nada que desaparece sin dejar huella. Como yo cuando no está.

No soy nada.

Ni mi dolor.

Iconoclasta

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